martes, 30 de julio de 2013
martes, 2 de julio de 2013
lunes, 25 de marzo de 2013
Loca por las plumas
Personajes:
Doctor
Evangelina
Doctor
Evangelina
Entra
el DOCTOR, guardapolvo blanco, muy formal, se dirige al público.
DOCTOR: Señoras, señores, el
cerebro humano, los misterios de la personalidad, ¿cuándo nuestra capacidad de
razonamiento funciona dentro de parámetros normales y cuándo estamos totalmente
locos? Un enigma que desvela a científicos de las más diversas especialidades.
Soy el Dr. Sergio Dapiaggi, experto en psiquiatría, vamos a ir inmediatamente a
nuestro caso de hoy. ¡Señor director, por favor!
Se
escucha ‘I love you baby’, entra una anciana de 79 años bailando, sensual, lleva malla y plumas de vedette, corretea de
un extremo al otro del escenario, ensaya pasos de baile mientras canta la letra
de la canción.
DOCTOR: Vamos a presentar el
caso Evangelina. Evangelina, ama de casa jubilada, 79 años, viuda, tres hijos
felizmente casados. La de esta anciana es una historia desgarradora, tiene su
génesis en la calle Esmeralda, en las puertas del teatro Maipo. Tarde de
lluvia, de pasada a casa de una de sus nueras, Evangelina resbala con una
deposición de perro e impacta la cabeza contra el filo de un escalón del
conocido teatro de revistas: a partir de ese momento está convencida de que es
Nélida Lobato.
EVANGELINA sigue bailando,
gira en torno del DOCTOR y de golpe queda congelada. El DOCTOR escucha su
respiración, le mira las pupilas.
DOCTOR: Acaba de entrar en
uno de sus estados catalépticos. Uno puede registrarlo por el ritmo cardíaco y
sobre todo, por la expresión cuasi idiota de su rostro. A veces es posible que
abra la boca y babee.
EVANGELINA de golpe vuelve a
moverse, agita los brazos bailando “El lago de los Cisnes.
DOCTOR: El teatro está
lleno, Evangelina
EVANGELINA: ¡Qué emoción!...
Lo felicito, Fernández, en toda mi larga carrera usted ha sido mi mejor
representante.
DOCTOR (al público): En este momento para su cerebro perturbado soy su
representante Olegario Fernández, destacado empresario de la farándula (a EVANGELINA) ¡Escuche como la
aplauden! (hace señas para que el público
aplauda) La gente está conmovida, observe, algunos lloran (hace señas para que lloren)
EVANGELINA (reaccionando): ¿Quién llora?
DOCTOR (señala a un espectador): Por allí.
EVANGELINA (agresiva, al espectador señalado): ¿Y
dígame, por qué llora? ¿No le gusta el espectáculo? ¿Para qué pagó la entrada,
entonces? ¿Por qué no se va?
DOCTOR: No, Evangelina,
llora de emoción.
EVANGELINA, despreocupada,
vuelve a danzar.
EVANGELINA: No es para
menos. Soy una bailarina soñada, una vedette explosiva, la estrella rutilante
del firmamento artístico ¡Gracias, gracias, queridos míos! ¡Gracias mi
público! (recuerda algo, busca entre sus ropas un monedero, le da varios
billetes al DOCTOR): Tome, Fernández, la recaudación de anoche. ¡Me
quedaron los pies a la miseria!
DOCTOR (nervioso, oculta rápidamente el dinero): Está bien, está bien,
Evangelina, je-je, dejémoslo para más tarde (al
público) ¡Esta Evangelina! No vayan a creer que exploto a esta pobre mujer (exaltado) El dinero que produce
Evangelina en la Panamericana ejerciendo el antiguo oficio que ustedes imaginan
forma parte de su terapia de reinserción psico-social. Ha registrado avances
notables y las ganancias son donadas íntegramente a la Fundación Internacional
Felices los Locos, Chapitas y Afines.
EVANGELINA (cambiando): ¡Doctor, Doctor, la capa de
hielo de Groenlandia!
DOCTOR: ¿Qué pasa con la
capa de hielo de Groenlandia, Evangelina?
EVANGELINA: Se derrite. ¡Nos
vamos a ahogar! Hay que nadar hacia la costa, venga, nade, nade, nade.
EVANGELINA empieza a nadar y el DOCTOR la imita.
DOCTOR (al público): El síndrome de strees postraumático producido por el
infausto golpe frente al conocido teatro genera una suerte de confusión espacio
temporal.
EVANGELINA (cambiando,
enamorada): ¡Ricardo, amado mío, volviste!
DOCTOR (cambiando, seductor): ¡Aquí estoy, baby!
EVANGELINA: Me trajiste
flores, galante como siempre.
DOCTOR (entregándole flores imaginarias): ¡Aquí están, chiquita mía, te
extrañé tanto, tanto, mi bomboncito de licor! (al público) Quiero aclarar, señora, que tampoco soy este tal
Ricardo, un “latin lover” de cuarta que se las da de poeta y del que
Evangelina, en su delirio, se ha enamorado perdidamente.
EVANGELINA: Me he aprendido
el poema que me dedicaste. ¿Te lo recito?
DOCTOR (nervioso):
¡Ejem, no, no, amada mía, en otra oportunidad!
EVANGELINA: ¡Por favor, mi
Romeo, te lo recito!
DOCTOR: ¡Dije que no,
Evangelina, después!
EVANGELINA (solemne,
conmovida): “Por la vía pasa el tren / por la ruta pasa el coche, / por mi
mente pasas tú / todas las noches” (el
DOCTOR enrojece, EVANGELINA, invirtiendo los roles, hace señas para que el
público aplauda) Escucha como aplauden, amado mío, tu también eres un gran
artista.
EVANGELINA vuelve a bailar y
a cantar.
EVANGELINA:
‘I love you baby’/ ‘la-la-la-lá’
Se detiene de golpe en otro
estado cataléptico.
DOCTOR: ¿Cómo
reinsertar a este ser sensible? Esperen que la corro (el DOCTOR agarra a
EVANGELINA y la alza y la corre a un costado como si fuera una lámpara) Decía
¿cómo reinsertar a este ser sensible en la sociedad de la que formaba parte? (el
DOCTOR saca un papel de un bolsillo) Me escriben muchas señoras haciéndome
múltiples consultas: por ejemplo aquí Amparo de Hurlingham pregunta: ¿tejer al
crochet puede ser motivo de acoso sexual? Es un caso interesante, veámoslo:
¡Evangelina! ¡Despierte, Evangelina, vamos! (DOCTOR cachetea a EVANGELINA
para que vuelva en sí) Evangelina, le pido un favor, retome el tejido de
esa tricota que estaba haciendo.
EVANGELINA saca de una bolsa
un tejido y se pone a tejer moviendo exageradamente los hombros, en algo que
pretende ser sensual.
DOCTOR: Crochet, Santa Clara
o Punto Inglés, es indistinto. Obsérvese la sensualidad de los movimientos de
Evangelina al tejer, esta bien que en su delirio está convencida de que es una
vedette, pero si esta mujer realizara esa labor en un espacio público, como ser
una plaza, el puente Alsina o un transporte urbano de pasajeros, podría
provocar una justificada reacción del sexo opuesto. Por eso, Amparo de
Hurlingham, contestando a su inquietud: si necesita tejer, es aconsejable
hacerlo en la intimidad del hogar, a salvo de la poderosa pulsión erótica que la
práctica del tejido de punto provoca en el hombre.
EVANGELINA (cambiando):
¿Qué hace usted aquí señor?
DOCTOR: ¿Cómo qué hago?
EVANGELINA: ¿Para qué es ese
calefón?
DOCTOR (desconcertado):
¿Calefón?
EVANGELINA: Sí, ese calefón.
¿Qué, es ciego?
DOCTOR (mira bajo su
brazo) ¡Ah sí, el calefón, perdóneme! Soy el plomero, se le había tapado la
sentina, recuerda, y vengo a instalarlo.
EVANGELINA: Pero apúrese, mi
amado Ricardo va a volver en cualquier momento. ¿No lo vio?
DOCTOR: Creo que está en el
baño.
EVANGELINA retoma la danza.
EVANGELINA:
Tengo que ensayar una coreografía muy difícil para él. ¿Usted vio Flash Dance? Deje ese
calefón y ayúdeme.
EVANGELINA hace unas figuras
de baile, el DOCTOR la eleva sosteniéndola de la cintura. De golpe EVANGELINA
lo rechaza con violencia.
EVANGELINA: ¡Vete, Ricardo,
te odio, me escuchaste!
DOCTOR: ¿Qué pasa?
EVANGELINA: ¡Estás mirándola
de nuevo! (señala a una mujer del
público)
DOCTOR: ¿A quién?
EVANGELINA: A esa
DOCTOR: ¡Mi chocolate
glaseado, te juro que solo tengo ojos para ti!
EVANGELINA: ¡No te hagas el
idiota!
DOCTOR: Esa mujer es la
primera vez que viene, estamos en un teatro, el público cambia con cada función.
EVANGELINA: ¡Sí, claro,
estamos en un teatro, y yo soy la princesa Máxima Zorreguieta! No vas a
engañarme de nuevo, Ricardo, te dije que no volvieras a hacerlo. Debo
asesinarte (EVANGELINA saca de entre sus
ropas un cuchillo y lo acuchilla varias veces, es un cuchillo de utilería de
esos en los que la hoja de oculta en el mango. Acto seguido entra en otro estado de catalepsia)
DOCTOR (le mira las pupilas, le ausculta la respiración, le saca el cuchillo
de las manos y lo muestra al público): ¡Esta Evangelina! Cuando seres con
esta patología intentan clavarles un cuchillo, no hay que contradecirlos.
Oponer resistencia puede provocarles una regresión. Hay que conservar la calma
y dejarse asesinar. Por eso es conveniente, señora, señor, cambiar los utensilios
punzantes del hogar, tijeras, pelapapas, cuchillos, sacacorchos, por elementos
como estos.
EVANGELINA sale de su estado
de parálisis y, con gran agitación comienza a correr y agitar los brazos
enloquecidamente.
EVANGELINA: ¡Doctor,
ayúdeme!
DOCTOR: ¿Qué le pasa?
EVANGELINA: Las ballenas,
otra vez, volvieron a meterse al living.
DOCTOR: Déjelas retozar, no
pueden estar mucho tiempo encerradas.
EVANGELINA: De ninguna
manera, me ponen los pisos a la miseria. ¡Ayúdeme! (EVANGELINA va hasta el borde del escenario
y agita los brazos) ¡Fuira! ¡Fuira! Hay que sacarlas por la ventana, que
vuelvan al patio.
Durante el parlamento del
DOCTOR, EVANGELINA sigue arriando ballenas, las lleva hasta la platea donde se
encuentran las hipotéticas ventanas, alguna siempre se le escapa, se le
escabulle hacia los camarines, por entre bambalinas, EVANGELINA ira a
buscarlas.
DOCTOR (al público):
Las alucinaciones, un tema recurrente en este tipo de casos. Para Evangelina
hoy son las ballenas, pero debo relatarles una historia asombrosa que la tiene
como protagonista: comienza cuando la paciente cambia el pegamento de su
dentadura postiza, la nueva marca al parecer tiene un compuesto químico
prohibido que la endroga, Evangelina primero se convence de que es Fidel
Castro, luego que levita, hasta que finalmente comienza a experimentar visiones
premonitorias, la noticia corre como reguero de pólvora en su barrio, las
comadres hacen cola para hacerle consultas sobre el futuro. En una oportunidad
Evangelina visualiza que tropas irakies van a invadir Kuwait, uno de sus hijos
se contacta con las fuerzas de la OTAN en el Golfo Pérsico, lo denuncia, y así
es como nuestra querida Evangelina recibe en 1990 el Premio Saddam de Bronce al
Mantenimiento de la Paz. Muestre la medalla. ¡Aplausos por favor! (EVANGELINA,
orgullosa, recorre el escenario mostrando una medalla que lleva prendida al
pecho) ¡Escuche, escuche como la adoran!
EVANGELINA vuelve a danzar.
EVANGELINA: ¡Gracias,
gracias, público mío, gracias!
DOCTOR (mira la hora):
Bueno, Evangelina, yo la noto cada vez mejor, que quiere que le diga. Páseme el
monedero (le saca varios billetes) Son 500 pesitos. La veo la semana entrante. Acuérdese que debe
seguir con su rehabilitación en la Panamericana y tómese estos comprimidos (redacta
una receta) Ahora me retiro, tengo
muchísimo trabajo (saluda al público con una inclinación) ¡Buenas
noches!
El DOCTOR sale.
EVANGELINA (ocupa el
centro del escenario, fija la vista hacia un punto elevado de la platea): Ricardo,
amado mío, ¿me escuchas? No soy una chica fácil, Ricardo. Sin ti, últimamente
he tenido pesadillas tan horrendas. ¿Qué sabemos del amor, amado mío? (pausa, mira el entorno para ver si el
DOCTOR se fue, cambiando, se dirige al público) Ustedes vieron: qué triste,
¿no? En su delirio cree que es un médico psiquiatra y yo una de sus pacientes
más graves. ¡Una verdadera pena! ¡A mí me parte el alma! Hay que seguirle la
corriente, es parte del tratamiento. Es un sobrino segundo y una por la familia
hace cualquier cosa. ¡Que misterio el cerebro humano! ¿No?
APAGÓN
miércoles, 6 de febrero de 2013
Huérfanos
Mi padre cumplió en
junio ochenta y dos años, mi madre tiene setenta y nueve, llevan cincuenta y
siete años de vida juntos, todo un registro si uno piensa en lo que duran hoy
las parejas. Con Carla y Matías, mis dos hermanos, los vemos poco. En nuestra
familia, en realidad, todos nos vemos poco, nunca pusimos mucha energía en esto
de reunirnos y para cuando sucede elegimos un restaurante.
Un restaurante es el sitio acorde porque es territorio neutral, hay una serie de reglas por cumplir, uno no puede andar levantando la voz, tirándose platos por la cabeza, o acomodándose para dormir la mona en un sillón; pero a cambio goza de ciertas ventajas: cuando sobreviene el aburrimiento o nos hartamos de escuchar al que tenemos al lado, sencillamente nos paramos y nos vamos.
Un restaurante es el sitio acorde porque es territorio neutral, hay una serie de reglas por cumplir, uno no puede andar levantando la voz, tirándose platos por la cabeza, o acomodándose para dormir la mona en un sillón; pero a cambio goza de ciertas ventajas: cuando sobreviene el aburrimiento o nos hartamos de escuchar al que tenemos al lado, sencillamente nos paramos y nos vamos.
En su vida activa
mamá daba clases de piano, papá era profesor de educación física y guardavidas.
Una historia como tantas: se conocieron en el colegio donde ejercían, se
pusieron de novios, se casaron y luego entramos en escena mis hermanos y yo.
Gracias al trabajo de guardavidas de mi padre, con Carla, Matías y mi madre
recorrimos todas las playas de la costa atlántica, ese es el mejor recuerdo que
guardo de mi infancia: papá desde su atalaya con la vista concentrada en los
bañistas, mi madre bajo tres toallones leyendo alguna revista sin el menor
interés por nosotros, que podíamos movernos y retozar a gusto por la playa y
los médanos.
De los tres hermanos
yo soy el mayor y, de lejos, el más sensible, a causa de esto arrastro algunos
problemas con el alcohol. Matías, en cambio, siempre ha tenido una energía y
una seguridad envidiables, hoy es un exitoso abogado del foro judicial, con
domicilio en un barrio caro de Zona Norte, esposa y tres hijos en edad escolar.
Mi hermana Carla, por su parte, creo que desde siempre estuvo algo tocada, es
psicóloga de niños, va por el segundo divorcio, tiene dos varones adolescentes
que prefieren vivir con el padre y se tiñe el pelo de color anaranjado. Yo soy
editor de revistas, trabajo en forma independiente para un par de sellos
importantes, el año pasado me separé, mi vida está algo descompaginada, aunque
asisto regularmente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos.
Voy a intentar contar
esta historia lo más llanamente posible, de lo contrario puede pasar por un
chiste exagerado, una alegoría, o directamente (y me adelanto a decirlo antes
de que alguien lo piense) como el resultado de una botella y media de J&B.
Primero sucedió lo de mamá. Yo vivo en Barracas, al centro vengo poco, un
viernes de principios de mayo tenía una reunión en una de las editoriales y se
me ocurrió organizar uno de estos encuentros familiares. Matías enseguida dijo
que no –sospecho que no tenía muchas ganas de movilizarse con toda la prole
hasta el centro- y Carla avisó por mensajito que estaba en Córdoba en un
congreso, o un seminario de psiquiatría.
Llamé a papá y a mamá
por teléfono y, entonces, quedé con ellos. Se me ocurrió reservar en un
restaurante de cocina vasca que había conocido en un almuerzo con unos editores
españoles, que está a un par de cuadras de Plaza Congreso. Llegué una media
hora antes, era temprano y el local estaba vacío. Me tomé una botella completa
de agua mineral pensando en nuestra infancia y preguntándome qué cosa había
sucedido para que todo resultara de la forma en que luego resultó. ¿Cuánto
hacía que no veía a papá y a mamá? Unos cuatro meses, desde la última Navidad.
A los pocos minutos los vi trasponer la puerta: papá me pareció algo más
delgado, pero se lo veía erguido y aún mantenía los hombros poderosos de sus
épocas de bañero, mamá venía semioculta detrás. Sortearon la distancia que
había hasta la mesa y cuando llegaron junto a mí sucedió esto que quiero relatar:
la mujer que había ingresado detrás de papá y que entrevista detrás de su
corpachón mientras se aproximaba era
mi madre, al llegar junto a mí ya no. Quiero decir, era alguien con un parecido
notable a mamá, pero era una extraña.
Si me permiten, quiero
detenerme para razonar un poco esto: una persona puede tener la complexión
física, la estatura, el cabello, el corte de la cara, el color de piel, el
estilo en el vestir parecidos, muy parecidos, incluso idénticos a los de otra;
sin embargo hay algo indubitable que a simple vista distingue un ser humano de
los otros siete mil millones que habitan el Planeta Tierra, y que, podríamos
decir, constituye su ADN, ese algo está en los ojos, en la expresión de la
mirada. Pues bien, esos ojos, la expresión de esa mirada no eran los de mi
madre, esa mujer, sin dudas, no era ella.
Como es lógico, sentí
un sacudón interior, el desconcierto se agravó cuando la mujer, con una sonrisa
natural se inclinó y me besó en la frente tal cual lo hacía mi madre. Levanté
la vista hacia papá, que me contemplaba con la afabilidad un poco torpe de cada
encuentro y, porque lo conozco, tuve la certeza de que ignoraba lo que estaba
sucediendo.
Justamente esa noche
yo cumplía ocho meses sin alcohol -lo recuerdo porque cuando llegué a casa lo
anoté en un papel que tengo pegado en la heladera- venía durmiendo bien, no
estaba consumiendo psicotrópicos, no podía haber error ni engaño: esa mujer que
ahora se sentaba como si nada y, escandalosamente, estaba ocupando el lugar de
mi madre, era otra persona.
Ahora bien, sabido esto
y volviendo al almuerzo, ¿qué hacer? ¿Cómo sobrellevar la situación? Ignoro si
fue instinto, desesperación, o esa inteligencia oscura que hay detrás del
pensamiento, la cuestión es que ese algo me murmuró al oído que nada de gritos,
ni de escándalo, no debía producirse una escena; y entonces disimulé, fingí
naturalidad, compartí una cena agradable hablando de generalidades -por las
dudas nunca de nada que pusiera en aprietos a la desconocida-; y así
transcurrió la velada, cenamos una entrada de rabas, cazuela de mariscos,
tiramizú y nos despedimos pasadas las once.
Mi padre siempre fue
un hombre distraído, para mí esa es una realidad incontrastable. Nuestra
infancia está plagada de anécdotas al respecto, baste mencionar la vez que
volviendo de Mar de Ajó (mi madre esa vez no era de la partida) nos dejó a
Carla y a mí, de 5 y 6 años, olvidados en una estación Isaura a la altura de
Santa Teresita. Se percató a los 60 kilómetros, cuando Matías, desde su sillita del asiento trasero le
preguntó por qué sus dos hermanos se habían quedado a vivir en la playa y él
no. Se comprenderá que hablo de distracción intentando encontrar algún
argumento que explique lo sucedido, pero la verdad es que incluso hoy no lo
entiendo.
Dejé pasar todo el
día siguiente y por noche llamé a mis hermanos. No les adelanté de qué se
trataba, solo dije que debíamos reunirnos porque tenía algo importante que
comunicarles. Nos encontramos a la mañana siguiente en el consultorio de Carla.
Era domingo, el edificio en que mi hermana atiende estaba vacío. Preparó café y
nos sentamos entre un grupo de mesas, muebles y silloncitos para liliputienses
(como trata a niños, vaya uno a saber por qué mi hermana entiende que el lugar
debe mostrar un aspecto a escala). Les relaté paso a paso lo sucedido, Matías
me estudiaba en silencio, Carla se puso a caminar con su taza en la mano.
- Si decís que hace ocho meses que no tomás, no lo pongo en duda –dijo.
Supe que ninguno de los dos me creía. Para mis hermanos yo soy un ser en equilibrio inestable, alguien que no sabe muy bien cómo lidiar con la vida, no les faltan argumentos pero en este caso se equivocaban:
- Organicemos un encuentro –propuse.
Aceptaron a regañadientes. No había cumpleaños cercanos y que cayésemos en casa de papá y mamá sin motivo iba resultar más que sospechoso. Matías planteó que el sábado siguiente su hijo mayor había invitado a los compañeritos de rugby de la escuela porque habían ganado un torneo intercolegial, no era el mejor argumento para citar a nuestros padres, pero en fin. Carla quedó en que se encargaría de avisarles y convinimos para el sábado a primeras horas de la tarde en casa de Matías.
- Si decís que hace ocho meses que no tomás, no lo pongo en duda –dijo.
Supe que ninguno de los dos me creía. Para mis hermanos yo soy un ser en equilibrio inestable, alguien que no sabe muy bien cómo lidiar con la vida, no les faltan argumentos pero en este caso se equivocaban:
- Organicemos un encuentro –propuse.
Aceptaron a regañadientes. No había cumpleaños cercanos y que cayésemos en casa de papá y mamá sin motivo iba resultar más que sospechoso. Matías planteó que el sábado siguiente su hijo mayor había invitado a los compañeritos de rugby de la escuela porque habían ganado un torneo intercolegial, no era el mejor argumento para citar a nuestros padres, pero en fin. Carla quedó en que se encargaría de avisarles y convinimos para el sábado a primeras horas de la tarde en casa de Matías.
Ese día abordé un
ómnibus diferencial y estuve en Olivos pasado el mediodía. Cuando llegué Carla
ya estaba allí, se la notaba ansiosa, los hijos de Matías y el ruidoso team de rugby zapateaban en algún lugar
de la planta alta, donde la dueña de casa les había servido pizzas y gaseosas.
Cerca de las dos llegaron papá y nuestra falsa madre. Cuando ingresaron al
living a Carla le salió de la garganta un gritito ahogado, quiso incorporarse
del sillón pero trastabilló y se cayó de traste al piso. En esos primeros
segundos se produjeron una serie de movimientos inconexos: la mujer de Matías,
que había hecho bajar a sus tres hijos para saludar a los abuelos, los remontó
casi en el aire de regreso a la planta alta, mi hermana, imposibilitada de
hablar, no hacía más que buscar con ojos homicidas la mirada de la extraña.
Temiendo que la situación se desbocase Matías improvisó unas palabras sobre lo
bueno de reunirnos y la importancia de los lazos familiares. Dentro de lo raro
de la escena, yo por lo menos sentía la tranquilidad de que ahora sí me creían.
Como dos trenes que
se aproximan de frente por la misma vía, pensé, la confrontación tarde o
temprano se haría inevitable. Pero no, para mi sorpresa tampoco esta vez sucedió:
una energía blanda y algodonosa
–conectada tal vez con esa tarde soleada y de clima agradable- propició
el mismo mecanismo de la cena y entonces todos fingimos, hicimos como si nada
fuera de lo común estuviese sucediendo. Nuestra falsa madre enumeraba recuerdos
de familia con una precisión de cirujano, por su parte, papá asentía y nos
contemplaba con una ternura tal que partía el alma. ¿Qué contraponer a eso?
¿Cómo imponernos y triunfar?
Tomamos el té, en
algún momento aparecieron un par de álbumes de fotos, los hicimos circular
bromeando y riendo. Yo, de todas formas, vigilaba las reacciones de mi hermana,
que sobrellevaba el encuentro presa de una violenta lucha interior. Salvo la
confusión de Carla, el clima se hizo tan relajado que en un momento la mujer de
Matías propuso una partida de burako. A eso de las seis y media papá dijo que
se tenían que ir, Matías les pidió un coche, los chicos bajaron a despedirlos y
papá y la mujer partieron.
¿Puede alguien
confundir a una persona con la que convivió por más de cincuenta años? Si esto
sucede, ¿debe enmarcarse dentro de los parámetros de un comportamiento normal o
implica un desorden? ¿Papá estaba senil? ¿Adónde había ido a parar nuestra
madre? ¿Qué se proponía la extraña? ¿Y si nuestro padre no estaba demente y era
cómplice de la desaparición de su verdadera esposa? Si esto ocurría ¿no era una
ingenuidad mostrar a la impostora a sus propios hijos? ¿Debíamos hacer la
denuncia? ¿En qué términos? ¿Y si por el contrario era mamá la responsable y
había abandonado a nuestro padre? Peor aún, ¿si ella había contratado e
instruido a esta falsa madre para cubrirla en la huida?
Nos mantuvimos
sopesando la situación en casa de Matías casi hasta la medianoche. Como buen
abogado, a mi hermano le preocupaba la criminalización del asunto, si lo
denunciábamos lo más probable era que se iniciase una causa por la desaparición
de nuestra madre, si existía peligro de fuga la impostora podía ir a la cárcel,
papá otro tanto o, en el mejor de los casos, sería declarado insano e internado
en un neuropsiquiátrico.
Que no suene a
justificación de nada, pero nuestra relación con mamá no se había caracterizado
precisamente por el afecto, en nuestra infancia y mucho más luego, su
comportamiento hacia nosotros había sido el de un raro desapego. Recuerdo que
de chico había odiado eso, ¿dónde estaba el amor?, me preguntaba, era como si en
algún momento algo se hubiese quebrado en su interior y a partir de allí su
deseo se localizase en una zona remota, más allá de nosotros y de mi padre. Si a
papá ahora se lo veía animado en compañía de la otra y mi madre había iniciado
una nueva vida, ¿era una monstruosidad aceptar el actual estado de cosas y ya?
Nos separamos con un
montón de interrogantes y sin decidir nada. Lo mejor por el momento era dejar
las cosas como estaban. Busqué poner la cabeza en el trabajo, tenía en carpeta
la producción periodística de una revista sobre alimentación y unos fascículos
encargados por un sello del exterior sobre las virtudes del caballo criollo.
Una noche, pasadas
las doce, como es su costumbre, me llamó mi hermana diciendo que estaba
deprimida y con un montón de dudas:
- Estuve pensando, ¿y si nos equivocamos y es nuestra madre?
- ¡Carla, esa mujer no es mamá!
- No lo sabés, no la vemos seguido, la gente cambia…
Se puso a llorar, no quise seguir escuchando y le corté.
- Estuve pensando, ¿y si nos equivocamos y es nuestra madre?
- ¡Carla, esa mujer no es mamá!
- No lo sabés, no la vemos seguido, la gente cambia…
Se puso a llorar, no quise seguir escuchando y le corté.
No sé cómo sucede,
pero a veces los problemas por algún mecanismo secreto se encausan solos, lo
único que hay que hacer es dejar transcurrir tiempo en el medio. Pasó un mes,
luego dos, y cuando reaccioné estábamos en vísperas de Navidad. Como cada año
teníamos nuestra cita del restaurante, para bien o para mal allí habría que
hacer frente definitivamente a la situación.
Nos reunimos al
mediodía del 25, pasados los excesos y el vértigo de la Noche Buena. Mi hermano
Matías había elegido un local de comida armenia en Palermo, yo llegué media
hora tarde porque al Subte D se le había antojado dejar de funcionar. El
restaurante era pequeño, allí estaba mi familia completa ocupando una mesa
larga: en el extremo que daba a la vidriera se ubicaban mis sobrinos abstraídos
en sus videojuegos (les habían anticipado que iban a ver otra vez a la hermana
gemela de la abuela, porque ella seguía enferma; al parecer ellos lo tomaron
con naturalidad, pero para Carla era un disparate que podía provocarles
trastornos y había discutido con mi hermano); junto a los chicos se sentaban Matías
y Carla, luego la mujer de Matías, a continuación nuestra falsa madre, y junto
a ella la silla vacía con el saco de papá, que estaba en el baño. Quedaba libre
la cabecera, así que allí me senté yo.
La mujer de Matías y
la impostora conversaban en voz baja sobre algo ininteligible, parecían
congeniar, en cambio, por la actitud de mis hermanos supe que algo no estaba
del todo bien. Matías no me había saludado y le untaba un menjunje verde en un
pancito al menor de mis sobrinos con una dedicación incomprensible. Mi hermana,
en tanto, se llenaba la copa de vino y la vaciaba con la mirada clavada en el
techo (se notaba que había estado llorando) La busqué sin disimulos hasta que
bajó los ojos:
- ¿Qué pasa?
- No voy a hablar –me respondió, cortante.
Convengamos que no era la situación ideal, estamos de acuerdo, pero en la sociedad también había familias que albergaban comedores de insectos, piratas del asfalto, no sé, gemelos unidos por la espalda, a nosotros nos habían cambiado a nuestra madre, qué otro remedio. Decidí que si para los postres Matías no encaraba de una vez por todas el asunto, como hermano mayor lo haría yo.
- ¿Qué pasa?
- No voy a hablar –me respondió, cortante.
Convengamos que no era la situación ideal, estamos de acuerdo, pero en la sociedad también había familias que albergaban comedores de insectos, piratas del asfalto, no sé, gemelos unidos por la espalda, a nosotros nos habían cambiado a nuestra madre, qué otro remedio. Decidí que si para los postres Matías no encaraba de una vez por todas el asunto, como hermano mayor lo haría yo.
Se acercó el mozo y
pedimos las entradas, le pregunté si preparaban un plato hecho con hojas de
parra rellenas con arroz y especias del que no recordaba el nombre, en ese
momento sentí la mano en el hombro y respiré el perfume del agua colonia de
papá:
- Feliz Navidad, Martín.
La vista del desconocido y la sensación de un puño cerrándoseme en el estómago fueron simultáneas. Me brotó una carcajada. ¿Quién era ese anciano? ¿Qué hacía allí, vestido y hablando como mi padre, esa mala copia de mi padre? Reí y reí sin parar (se comprenderá que ante ciertos estímulos uno no maneja las reacciones), Matías y Carla sacaban chispas por los ojos, mis sobrinos, que en un principio me habían mirado con curiosidad, se contagiaron y de las mesas vecinas se empezaron a escuchar murmullos.
¿Era un disparate? ¿Era una locura? Probablemente. De todas formas el fenómeno guardaba una lógica brutal: lo que en un principio había sucedido con mamá, con nuestro padre cerraba el círculo, lo completaba. Allí teníamos ahora a dos muletos, más frescos, renovados, sin la carga de tanta historia en común, ¿por qué no? No había que buscar una explicación, estaba en nosotros aceptarlo o rechazarlo.
Con los ojos llenos de lágrimas, poco a poco me fui calmando, vi que Carla con manos temblorosas volvía a servirse vino en su copa y le acerqué la mía (era una pena, caían por tierra doce meses sin beber). Entonces me mantuve ajeno al ruido de los cubiertos y a las voces de la mesa, imaginando un sitio insólito, un lugar absurdo en una dimensión extraña a todo lo conocido, y en él logré divisar a papá y a mamá caminando juntos por lo que podía ser una costa o una playa vacías, con aspecto relajado, exceptuados para siempre de la obligación de ser, y me sentí mejor.
- Feliz Navidad, Martín.
La vista del desconocido y la sensación de un puño cerrándoseme en el estómago fueron simultáneas. Me brotó una carcajada. ¿Quién era ese anciano? ¿Qué hacía allí, vestido y hablando como mi padre, esa mala copia de mi padre? Reí y reí sin parar (se comprenderá que ante ciertos estímulos uno no maneja las reacciones), Matías y Carla sacaban chispas por los ojos, mis sobrinos, que en un principio me habían mirado con curiosidad, se contagiaron y de las mesas vecinas se empezaron a escuchar murmullos.
¿Era un disparate? ¿Era una locura? Probablemente. De todas formas el fenómeno guardaba una lógica brutal: lo que en un principio había sucedido con mamá, con nuestro padre cerraba el círculo, lo completaba. Allí teníamos ahora a dos muletos, más frescos, renovados, sin la carga de tanta historia en común, ¿por qué no? No había que buscar una explicación, estaba en nosotros aceptarlo o rechazarlo.
Con los ojos llenos de lágrimas, poco a poco me fui calmando, vi que Carla con manos temblorosas volvía a servirse vino en su copa y le acerqué la mía (era una pena, caían por tierra doce meses sin beber). Entonces me mantuve ajeno al ruido de los cubiertos y a las voces de la mesa, imaginando un sitio insólito, un lugar absurdo en una dimensión extraña a todo lo conocido, y en él logré divisar a papá y a mamá caminando juntos por lo que podía ser una costa o una playa vacías, con aspecto relajado, exceptuados para siempre de la obligación de ser, y me sentí mejor.
martes, 25 de diciembre de 2012
jueves, 29 de noviembre de 2012
viernes, 9 de noviembre de 2012
Con mucha inteligencia
La pareja de Marcos y
Paloma en algún momento de su breve historia comenzó a hacer agua, como en
tantos otros casos el joven matrimonio descubrió que era incompatible, sus
proyectos, sus expectativas, hasta sus hábitos cotidianos apuntaban en
direcciones opuestas; y pese a empecinarse en tratar de no aceptar lo evidente,
la vida en común rápidamente les puso ante sus ojos la realidad. Por suerte aún
no habían tenido hijos, algo que en cierta forma aligeraba la mochila de aquel
fracaso, sólo compartían la crianza de un gato castrado al que llamaban
Gorbachov y que, a decir verdad, apenas los necesitaba.
Una vez aceptado el
problema, Marcos y Paloma decidieron continuar bajo el mismo techo hasta tanto
consiguieran una nueva casa. En el sector de mantenimiento del banco donde
trabajaba, Marcos consiguió una de esas cintas extensibles con pie para
organizar las colas y –con mucha inteligencia- dividió los ambientes del PH
para circular sin tener que cruzarse ni compartir los mismos espacios. Con esta
barrera, cada cual podía moverse y a hacer uso de su medio baño, su media
cocina, su media habitación, su medio living, sin incomodar al otro. Por
supuesto, en algún momento el otro debía hacer uso de la parte que le quedaba
afuera (quiero decir, el que tenía acceso al lavatorio y a la ducha del baño, por
ejemplo, debía utilizar el inodoro y el bidet y viceversa), para ello
dispusieron del lavadero como zona neutral en la que cada cierto tiempo hacían
el intercambio.
Aquella medida un
tanto atípica, permitió un tiempo de relativa calma. Paloma y Marcos no sólo no
se entendían, ni siquiera hacían el mínimo esfuerzo por intentarlo. Entre otras
cosas, ella le reprochaba el carácter débil, las intromisiones reiteradas de su
suegra y cada salida fuera de la rutina, él la obsesión por las dietas, la
obstinación de hablar y hablar sin parar con los taxistas y el hecho de que
pusiese la radio encendida bajo la almohada a la hora de dormir. La cinta
divisoria impedía el contacto físico, pero las pujas, los sarcasmos, las
agresiones verbales iban en progresión.
Luego de sopesarlo,
con mucha inteligencia decidieron que lo mejor sería dejar de hablarse. De común
acuerdo, propusieron que a partir del jueves 17 de mayo, Día Internacional de
las Telecomunicaciones, sólo podrían contactarse vía mensajes de texto, y para
cuando los móviles no tuviesen señal, con una pizarra y marcadores podrían
escribir alternadamente lo que tenían para decirse.
Hay que decir en
favor de la pareja que tanto él como ella eran buena gente, generosos, amigos
de sus amigos y desde el momento de su unión el PH había sido el lugar obligado
de encuentro de un ruidoso grupo de camaradas: amigos de infancia, ex compañeros
del secundario caían sin aviso y organizaban cenas, partidas de cartas, se
juntaban a ver películas o a jugar al escrabel. En la actual situación, era
comprensible que esa relación también se resintiese: ahora se veía llegar a los
amigos, circular desorientados por uno u otro lado de la cinta, sin poder
hablar con el que estaba del otro lado, o escribiendo extravagantes mensajes en
una pizarra. Sin contar con el clima cargado de malas vibraciones que se respiraba
en la casa. Poco a poco dejaron de ir a visitarlos y, con más tiempo para estar
el uno con el otro, la situación entre Marcos y Paloma empeoró.
¿Se habrían
equivocado tanto con aquel matrimonio? Los reproches de toda laya, que ahora se
hacían por escrito o vía celular, iban en peligroso aumento, llegando al
extremo de hacer insoportable el sólo contacto visual entre ambos. Volvieron a
replantear la situación, con mucha inteligencia Marcos propuso la confección de
una grilla horaria para estar siempre en distintos ambientes. De tal forma,
aunque estuviesen ambos en la casa, no tendrían que verse. El cronograma
estipulado fue el siguiente:
Paloma
Baño de 8 a 10 - de 12 a 14 - de 16 a 18 - de 20 a 22. Cocina: contra turno. Living de 8 a 10 - de 12 a 14 - de 16 a 18 - de 20 a 22. Patio contra turno. Habitación de 24 a 4. |
Marcos
Baño de 10 a 12 - de 14 a 16 - de 18 a 20 - 22 a 24. Cocina contra turno. Living de 10 a 12 - de 14 a 16 - de 18 a 20 - 22 a 24. Patio contra turno. Habitación de 4 a 8. |
Pero sirvió de poco y
nada, la grilla era permanentemente infringida, en el trajín del día se pasaban
de la hora, se olvidaban, se confundían los turnos. Lo más problemático era la
utilización del baño y de la habitación, sin bañarse, mal dormidos, se
propinaban cataratas de insultos, el fracaso los exasperaba. En la
desesperación, a Paloma se le ocurrió la idea de reemplazar la cinta divisoria
directamente por una pared, lo consultaron con un estudio de arquitectos que
enseguida dio por tierra con el plan: una construcción irregular de esas
características inevitablemente bajaría la valuación de la vivienda en el
momento que quisieran venderla para dividir los bienes.
A esta altura, la
situación se tornó irrespirable, en un silencio áspero y cargado se echaban
terribles miradas de odio. Paloma desde la adolescencia tomaba clases de kick boxing, en dos oportunidades estuvo
a un tris de saltar la cinta para golpear a su marido en el cuello y en las
articulaciones. Previendo esa posibilidad, Marcos se había comprado un aerosol
de gas pimienta que planeaba vaciar en los ojos de su mujer ante el menor
amague. Era un escándalo, un verdadero papelón. ¿Debían llegar al extremo de
comportarse como animales salvajes? ¿Acaso no eran personas normales, con una
educación? (Marcos había completado el Colegio Comercial, Paloma tenía estudios
terciarios en diseño de indumentaria), era absurdo llegar al punto de la
violencia física. Algo tenían que hacer y debía ser drástico.
Con mucha
inteligencia entonces Marcos recurrió a ese fenómeno físico omnipresente en la
vida moderna e imprescindible en los hogares: la electricidad. Convocaron a un
técnico que diseñó y distribuyó un denso cableado adherido a la cinta divisoria
y conectado a un transformador de 3000 voltios. El otrora hogar de la pareja,
quedaba ahora partido por una valla perimetral chisporroteante que, al tiempo
de impedir cualquier agresión, invitaba por su misma peligrosidad a mejorar el
trato y a recomponer mínimas pautas de convivencia.
No hubo tiempo,
claro. Al enfrascarse en conflictos intensos, los seres humanos se obnubilan y
muchas veces no reparan en los detalles; invirtiendo un transitado refrán: el
bosque les impide ver el árbol, y eso, claro, tiene sus consecuencias. Sucedió
que Margarita, la señora de la limpieza que asistía en la casa de la pareja
tres veces por semana, y Gorbachov, el gato castrado, a las dos horas de
instalado el sistema murieron electrocutados.
Fue una circunstancia
penosa y a los efectos del relato los detalles sobran. Baste decir que el
destino quiso que la pareja llegase junta de sus respectivos trabajos minutos
después de los decesos, para terminar de apagar los cuerpos carbonizados y
humeantes con un extinguidor de incendios.
Marcos y Paloma
reportaron lo sucedido y se entregaron espontáneamente a las autoridades. Como
se declararon culpables, fueron juzgados en un juicio abreviado y se los
condenó a seis años de prisión efectiva por la muerte de la mujer, más seis
meses adicionales por el óbito del gato.
Paloma hoy ocupa una
celda en una cárcel de mujeres de Misiones y Marcos otra en el Penal de
Ushuaia. ¿Un capricho de la burocracia penal? Nada de eso: fue en este caso el
Servicio Penitenciario del Estado quien con mucha inteligencia se propuso
alojarlos en dos unidades lo más distantes posible una de otra. Y otro dato importante,
según los informes policiales Marcos y Paloma son reclusos ejemplares:
evidentemente el problema radicaba en la vida en común.
Hace dos meses
comenzaron a escribirse, largas y sentidas cartas donde reflexionan sobre lo
sucedido. No son delincuentes, el sufrimiento los ha curtido, han madurado y
planean rehacer sus vidas, por supuesto ya no como pareja, pero tal vez cuando
salgan puedan encontrarse, aunque más no sea para tomar un café.
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