miércoles, 12 de agosto de 2015

Como el agua que moja

Personajes:
Mariela
Ernesto

Departamento despojado, mesa, dos sillas, sobre el fondo puerta de entrada, sobre un costado un espejo de pie. Vemos llegar a Mariela, viste un ambo de médico, deja la cartera, se pone a barrer, acomoda unos libros, se queda por un instante con la mirada perdida, llora, se contiene y recomienza la tarea. Entra Ernesto, con aire apático, lleva un maletín, todo en él denota rutina y naturalidad, salvo por el atuendo: viste un traje de superhéroe (remera y calzas al cuerpo, calzón, botas, capa, etc.) En el pecho y en el centro de la capa pueden leerse las iniciales S.E. de SuperErnesto.

ERNESTO: Hola, amor.

Mariela no responde, Ernesto deja el maletín junto a la mesa, al pasar delante del espejo se mira la capa. Sale de escena para ir al baño, tiempo, se escucha la descarga del depósito, regresa, se sienta.

ERNESTO: Qué calor está haciendo.

Mariela no responde.

ERNESTO: ¿Cómo te fue en la clínica?

Mariela no responde.

ERNESTO: Hoy tuve la boca seca todo el día. ¿Hay algo para tomar?

MARIELA: Hay jugo.

ERNESTO: Que bueno, ¿me traés?

Mariela, a desgano, sale.

ERNESTO (alzando la voz): Creo que queda una lata de cerveza en la puerta del congelador, te la cambio por el jugo, ¿dale?

Mariela vuelve con la lata, se la da y estudia a Ernesto largamente. Este abre la lata, toma tragos cortitos, al sentirse observado se incomoda.

MARIELA: Me agregaron guardias y tengo que trabajar el fin de semana. ¿Y a vos cómo te fue? (vuelve a observarlo) ¿Luchaste por la Justicia?

ERNESTO: Mariela, no empecemos.

MARIELA: ¿No empecemos? Yo no empiezo nada. ¿Acaso no estamos hablando de lo que hicimos durante el día? Bueno, yo te pregunto: ¿luchaste por la Justicia?

ERNESTO (con leve resentimiento): Sí.

MARIELA: ¿Sí qué?

ERNESTO: Sí luché.

MARIELA: Ves, a una pregunta, una respuesta. No es tan difícil.

ERNESTO: No, claro que no es tan difícil. Pero si usas ese tono...

MARIELA: ¿Qué tono?

ERNESTO: Ese tono. Decís ‘luchaste por la Justicia’ con ese tono. ¡Por qué hay que volver siempre a lo mismo, digo yo!

Ernesto se incorpora, se pone delante del espejo, hace poses de carrera, saca músculos.

MARIELA: ¿Sabés por qué? ¿Sabés por qué? Porque el sábado cumplimos un año de casados, por eso (lloriquea) Y esto es un desastre.

ERNESTO (yendo sobre ella): Mariela…

MARIELA (recházandolo): Estoy bien, dejame (contemporizando) Dale, contame qué hiciste.

ERNESTO: ¿De verdad querés saber?

MARIELA: Sí.

Mientras desarrolla el relato Ernesto en algún momento volverá a hacer poses frente al espejo.

ERNESTO (con entusiasmo): Estoy probando varias cosas, algunas más efectivas que otras. Hoy trabajé en dos. La primera es muy graciosa: vos viste cómo circulan los tacheros por el centro, se creen los amos, los dueños de la calle, circulan a mil, invaden carriles, paran donde se les ocurre, pero más que nada yo noté que en las bocacalles los tipos doblan como si tal cosa, y si estás intentando cruzar, por la senda peatonal, con el paso a su favor, más vale que corras, saltes o te tires a un costado porque te llevan puesto. Así que lo estuve pensando y me dije “Esto puede ser un trabajo para SuperErnesto”. Me voy a la esquina de Corrientes y Suipacha, me pongo delante del grupo de peatones que se forma esperando el semáforo, cuando da la luz verde veo por el rabillo del ojo que un taxi viene doblando y me le tiro encima del capot. El tipo clava los frenos, yo doy un par de tumbos aparatosos y caigo en el asfalto. ¡Gran quilombo gran!  Para serte sincero, al principio hay como un momento de confusión, al verme con el taje algunos creen que es una cámara sorpresa o algún tipo de publicidad callejera, pero cuando se dan cuenta de que va en serio llaman al SAME, se corta el tránsito, yo exagero, grito, simulo convulsiones. Y mientras parte de la multitud se preocupa por atenderme, el resto gira hacia el tachero y, primero con timidez y después cada vez más osados comienzan a putearlo, a patearle las puertas, a escupirle el parabrisas, un par meten las manos por la ventanilla y quiere sacarlo de los pelos. Despiertan del letargo, liberan su rebeldía ante el abuso, ¿se entiende? Y entonces yo aprovecho la confusión, me incorporo y me pierdo en la multitud.

Ernesto queda a la expectativa de la reacción de Mariela, pero esta, incrédula, no emite sonido.

ERNESTO: Acción dos: ¡esta es genial! Voy trotando por Mitre altura Montevideo –no sé si te lo dije, pero por la calle yo intento siempre trotar para que la capa flamee y se me vean las iniciales- Así que voy trotando por Mitre hasta que llego a Callao y me meto en la sucursal del Banco Nación. Multitud de gente, calor de cagarse, no anda el aire acondicionado, voy hasta el subsuelo, sector Cajas. Como de costumbre, larga cola y de tres ventanillas sólo una atendiendo. Me ubico en el último puesto, dejo pasar unos minutos y digo, así, como al pasar: “¡Claro, cómo si uno no tuviera nada que hacer, no cierto!”  No necesito mirar a alguien para percibir que entre los más cercanos hay como un removerse en sus lugares: el virus ha sido inoculado. Dejo pasar otro par de segundos y ya mirando de lleno a uno, agrego: “Yo no sé. Menos mal que son las cajas para clientes, ¿no?”. “¡La misma historia de siempre, señor!” –engrana el primero. “Sí. Tal cual, ¿me quiere decir porque no atienden las otras ventanillas?”. “¡A los tipos no les importa. Somos como ganado! –grita otro- ¡Peor que eso: somos pedazos de mierda!”. Y ya no hay vuelta: la cola empieza a sacudirse y se rompe. Gritos, puños en alto, algunos avanzan sobre el cajero, otros van contra los mostradores. Yo me voy hacia las escaleras. Y antes de salir, giro para echar una última mirada: alguien parado sobre el mostrador empieza a sacarse la ropa, otro salta con un matafuego en una mano. ¡Éxito total! Una nueva acción de SuperErnesto para socavar los cimientos de una sociedad mezquina… ¿Y? ¿Qué decís?

MARIELA: Vos te das cuenta, ¿no?

ERNESTO: ¿De qué?

MARIELA: ¿Cómo de qué? Esos no son actos heroicos, Ernesto, esas son pelotudeces.

ERNESTO: No son pelotudeces.

MARIELA: ¡Sí que son!

ERNESTO: No son pelotudeces. Si pensás así entonces hay que redefinir qué se entiende por  ‘pelotudez’ y qué se entiende por ‘acto heroico’.

MARIELA: ¡Por favor!

ERNESTO: Es que vos estás muy pegada al superhéroe yanqui, Mari, a Spiderman, a Batman. Te domina el estereotipo de Hollywood. En cambio yo te hablo del mundo real.

MARIELA: ¡No, yo te hablo del mundo real!  Vos no sos un superhéroe, Ernesto.

ERNESTO: Sí que lo soy.

MARIELA: No lo sos.

ERNESTO: ¿Ah, no? ¿Y entonces qué soy?

MARIELA: ¿Querés saber?

ERNESTO: Por favor.

MARIELA: Sos un pelotudazo de 30 años, casado reciente, sin un trabajo fijo, que vive en un departamento alquilado y sin muebles, y que si no fuera por su mujer, que se mata haciendo guardias, hace seis meses que viviría en la plaza de la esquina.

Ernesto intenta disimular el impacto, vuelve al espejo, se contempla.

MARIELA: ¿Podés dejar de hacer eso, por favor?

ERNESTO (volviendo a su silla): Okey, okey, te reconozco que por ahora son intervenciones menores. Pero aunque te suene difícil de creer, acá no hay nada improvisado. Acá hay un camino cuidadosamente delineado, hay un plan, una estrategia.

MARIELA: ¿Y cuál es esa estrategia?

ERNESTO: Lo que en marketing se conoce como ‘imponer la marca’. Tengo que empezar a hacerme visible, sentar presencia, para que la gente cuando me vea no se asuste.

MARIELA: ¡No se cague de risa, mi amor!

ERNESTO: Dije ‘no se asuste’. Para que vayan haciéndose a la idea de que en esta puta ciudad hay alguien que piensa en ellos, que los protege, que vela por sus derechos. ¡Claro que cuando logre mi super poder!...

MARIELA: ¿Tu súper poder?

ERNESTO: Sí (bajando la voz, vigilando que nadie escuche) El rayo paralizante.

MARIELA: ¡¿El rayo paralizante?!? ¡¿El rayo paralizante?!? (Mariela, se pone  a temblar, sufre una crisis de nervios, se agarra de la mesa como si estuviera a punto de caerse, Ernesto la sostiene) ¡¿El rayo paralizante?!?

ERNESTO: Vení, sentate, Mari. Hoy estás muy tensa.

MARIELA: ¡Por favor, escuchate, Ernesto! Si cuando salimos a la calle le tenés miedo a los perros, cuando el mes pasado discutiste con el diariero tuvimos que dormir una semana con la luz prendida ¿A quién te vas a enfrentar? (Tiempo) ¿Sabés?, yo no puedo creer que esté pasando esto: que vos estés así vestido, que hablemos de superpoderes. Por momentos me digo “Mariela, es una pesadilla, a la cuenta de tres vas a despertar”, pero cuento uno, dos, tres y no despierto, nunca despierto.

ERNESTO: Es que no tenés que despertar (mostrándose a sí mismo con las manos) Esto es real.

Mariela vuelve a lloriquear, se calma, advierte la presencia del maletín.

MARIELA: ¿Qué traés ahí?

ERNESTO: ¿Dónde?

MARIELA: ¿Me ves cara de idiota? En ese maletín, Ernesto, ¿qué traés?

ERNESTO: Nada.

MARIELA: ¡Soy tu mujer y quiero saber! (levanta el maletín, lo pone sobre la mesa, lo abre, de su interior saca un gran libro de tapas duras, lee)  “10 claves para el desarrollo del Superhéroe Moderno”

Mariela emite una risita histérica, Ernesto le arrebata el volumen.

MARIELA: Y de dónde sacaste…  Ah, sori, mirá la pregunta que se me ocurre…

ERNESTO: ¡Me lo consiguió mamá, sí! ¿Y qué?  Este es un libro casi imposible de conseguir,  es prácticamente un incunable.

Mariela se incorpora, camina nerviosa buscando las palabras.

MARIELA: A ver, Erni, por si no te diste cuenta: ¡Tu mamá… está TOTAL COMPLETA REMATADAMENTE LOCA!

Ernesto se incorpora y comienza a salir.

MARIELA: ¿Adónde vas?

ERNESTO: Si vamos por ese lado me niego a seguir dialogando.

MARIELA (cambiando): ¡No, esperá, perdóname! (por señas lo invita a sentarse junto a ella, lo toma de las manos) Mi amor, esto que voy a decirte puede sonar feo, pero tu madre me mira mal, yo no le caigo bien.

ERNESTO: No hables así.

MARIELA: Es la verdad, Erni, creo que desde la primera vez que nos vimos, no pegamos onda, no sé, no me quiere.

ERNESTO: Eso es injusto, a su modo, pero mamá te aprecia.

MARIELA: Erni, yo creo que hay formas y formas de intentar sacarse de encima a una nuera (lloriquea, lo señala) Pero no ‘esto’.

ERNESTO: ¿Qué querés decir?

MARIELA: Es tremendamente cruel, es vergonzoso…

ERNESTO (apartándose): ¡Yo no soy un títere de mamá!

MARIELA: No dije eso.

ERNESTO: Con otras palabras pero es lo que insinuás. Y estás completamente equivocada.  Cuando yo nací ella tuvo una iluminación, intuyó que era un ser especial, ella descubrió que yo tenía este potencial y que estaba bendecido por una misión.

Durante este parlamento Ernesto va a realizar el ejercicio del “rayo paralizante”. Abre el libro, observa una ilustración, saca del maletín una varilla con una piola y una arandela atada en el extremo, inserta la varilla en algún orificio en la parte superior del espejo, hace pendular la arandela, se coloca a distancia, respira, se prepara y gira teatralmente clavándole la mirada, sosteniéndose ambas sienes con los dedos, e intentando que la arandela detenga el vaivén. Repite la operación varias veces.

ERNESTO: Pero antes de asumir ese mandato yo debía experimentar el mundo de la gente común, debía crecer, adquirir experiencia. Yo y otros como yo, porque no soy un caso aislado, hay muchos más, la lucha audaz en defensa del inocente existe desde tiempos inmemoriales, ha ido creciendo y multiplicándose…

MARIELA (observando el accionar de Ernesto): ¿Qué hacés?

ERNESTO (en la suya): Generosidad, desinterés, sacrificio por el otro, son el combustible de esta misión. Aunque te suene presumido, los tipos como yo, desde el llano, a veces desde el anonimato más absoluto, somos los santos modernos.

MARIELA: ¿Podés responder qué hacés?

ERNESTO: Ejercito.

MARIELA: Vos sabés que no lo entiendo. Lo pienso, le doy vueltas y no lo entiendo.

ERNESTO: ¿Qué cosa no entendés?

MARIELA: Semejante cambio, Erni. Cuando yo te conocí estudiabas Administración de Empresas, ¿te acordás? eras ambicioso, tenías sueños. Y eras encantador. ¿Te olvidaste de eso?

ERNESTO (se sienta junto a Mariela, cambiando): ¿Cómo voy a olvidarme?

MARIELA: Nos íbamos a ver el amanecer a la Costanera, esperábamos a que abrieran los puestos de flores y me comprabas un ramillete de fresias.

ERNESTO: Y desayunábamos en el bar de Aeroparque, café con leche con churros. Y yo me iba durmiendo en la mesa mientras vos cantabas. ¿Qué cantabas?

MARIELA (canta): Memoria hostil de un tiempo de paz / sin paz / Narices frías de una noche atrás.

ERNESTO Y MARIELA (cantan a dúo): Besos por celular / las momias de este amor / piden el actor de lo que fui… *

ERNESTO: Y cuando te quedabas a dormir en casa, si llegaba mamá tenía que esconderte en el placard (Ríen)

MARIELA: Yo me enamoré de ese chico, Erni, ¿dónde quedó?

ERNESTO: Acá, mi amor, ese y este somos la misma persona.

Mariela se ensombrece, se incorpora.

ERNESTO: ¿Qué pasa?

MARIELA: Hoy hablé con mi hermana. Quiero que me digas algo y que, por favor, seas honesto. ¿Qué le dijiste a Mati? ¿Qué le metiste en la cabeza? 

ERNESTO: ¿A Mati?...

MARIELA: Sí, a Mati.

ERNESTO: Ah, nada, estuvimos hablando. Me preguntó algunas cosas y… 

MARIELA: Tiene siete años, Ernesto. ¡A vos evidentemente algo en la cabeza no te funciona! ¿Sabés que el domingo, en la pileta, tuvieron que hacerle reanimación durante cinco minutos porque casi se ahoga? Dijo que estaba (hace con los dedos comillas) ‘ejercitando’ para desarrollar el poder de la respiración abajo del agua.

ERNESTO: No puede ser.

MARIELA: ¡Sí puede ser! (lloriquea) Carla me dijo que no quiere que vuelvas a verlo. Y que mientras yo esté con vos, tampoco. Mati es mi ahijado. ¿Qué opinás de eso?

Ernesto también se incorpora, vuelve al espejo y se estudia.

ERNESTO: Que hay que ser fuertes, Mari. Las resistencias, la incomprensión son parte la lucha.

MARIELA: ¡Escuchate! ¡Ni vos te crees lo que estás diciendo!

ERNESTO: No me agredas.

MARIELA: Yo no te agredo. Mirá, Erni, discúlpame que te baje de tu nube de pedos pero necesitamos plata. ¿Alguna vez vas a traer algo parecido a un sueldo? ¿Dónde cobran vos, Linterna Verde, Superman? ¿Con qué bancos operan? Yo tengo necesidades concretas, necesito irme de vacaciones, necesito que compremos un auto, no puedo seguir cruzando toda la ciudad en tres colectivos para llegar a la Clínica.

ERNESTO: Me estás presionando.

MARIELA: No te estoy presionando, te hablo de la realidad. Quiero una vida normal, con planes, con ocupaciones normales, me quiero hacer socia del Club de Amigos, ir a tomar sol los fines de semana. El mes que viene mis padres y Carla alquilan casa en Cariló, ¿por qué nosotros no podemos ir?

ERNESTO: Basta, Mariela.

Ernesto rumbea hacia el dormitorio.

MARIELA: ¡No te escapes! (lloriquea) Si por lo menos siguieras usando esa máscara.

ERNESTO: ¡Sabés que me irrita las mejillas!

MARIELA: ¡Pero no te reconocen, Ernesto! ¡Andar por el barrio es tan vergonzoso! ¿Sabés las cosas que me dicen en el trabajo? En la Sala de Guardia me pegan carteles. La semana pasada tuve que ir a hablar con el Director, me dijo que lamentaba mi situación familiar, me ofreció una licencia.

ERNESTO: ¡Basta, Mariela!

MARIELA: ¡No, basta las pelotas! ¿Y nuestros hijos? ¿Recordás lo que planeamos? Yo en un año más quiero tener, primero una nena, después el varoncito (lo señala, el llanto le impide continuar) Te imagino… yendo así a las reuniones de padres de la escuela, corro al baño y vomito.

ERNESTO: ¡Basta, Mariela! ¡BASTA! ¡MARIELA, MIRAME! ¡MARIELA, MIRAME!

Mariela lo mira sin comprender, Ernesto se lleva los dedos a las sienes y le lanza ‘el rayo paralizante’. Mariela queda petrificada. Tiempo.

ERNESTO: ¡Mierda, funcionó! ¡Mariela! ¡Mariela! ¡Uno, dos! ¡Funcionó! (de la sorpresa y la satisfacción pasa a la desesperación, intenta hacerla volver en sí) ¡Mariela! ¡Reaccioná! ¿Y ahora cómo se hace para hacerla volver? (corre hasta el libro, busca) En algún lado tiene que decir. ¡Nada, no dice nada! La puta madre (la sacude con desesperación) ¡Mariela, mi amor! (le apoya el oído en el pecho) ¿Le late el corazón? ¿La asesiné, eliminé a mi mujer? (lloriquea, busca en el maletín el celular, llama) Hola, mamá, hola, escuchame: asesiné a Mariela… No lo sé, estábamos discutiendo, perdí la cabeza y usé ‘el rayo paralizante’… (levantando la voz) Qué usé ‘El rayo paralizante’… Sí, funcionó, ¿no es increíble?... Sí, claro que estoy contento. ¡No, me hacés decir cualquier cosa, cómo voy a estar contento si asesiné a mi esposa! ¡No reacciona, mamá! (llora)…  ¿Desaparecer el cuerpo? ¿Cómo desaparecer el cuerpo? ¿ESTÁS DEMENTE?…  Sólo a vos se te ocurre hacer chistes en un momento así. ¡No estoy para bromas!... ¿Ah, sí? ¿Estás segura? Mirá que en el libro no…. A ver, dejame ver, después te llamo, chau, chau (deja el celular, se acerca a Mariela y le aplaude en la cara. Esta vuelve en sí en el acto) ¡Ay, qué suerte! Qué susto, mi amor (la abraza) pensé que te había perdido para siempre.

MARIELA: ¿Qué pasó?

ERNESTO: Nada, nada, olvidate.

MARIELA: ¿Decime qué pasó? ¿Sufrí un desmayo? No recuerdo nada.

ERNESTO: Te paralicé. Fue ‘el rayo paralizante’, finalmente funcionó.

MARIELA: ¡¿Qué decís?! (se enfurece, le pega con los puños en el pecho) ¡VOS SOS UN INSANO! ¡SOS UN ENFERMO! ¡SE ACABÓ, ESTOY HARTA, ERNESTO! (va a la habitación, vuelve con una valija, la apoya sobre la mesa, la abre) Hasta acá llegamos. Yo no puedo seguir con esta locura (vuelve a salir, regresa con una pila de ropa y la pone dentro y la cierra)

ERNESTO: Mariela, por favor, ¿qué decís?

MARIELA: Se acabó, me voy, no tiene sentido que sigamos de esta forma.

ERNESTO: Pero yo te quiero.

MARIELA: Es que somos muy distintos, somos el agua y el aceite, Erni. Así no se puede vivir.

ERNESTO: No es tan complicado, yo te acepto como sos, vos aceptame a mí.

MARIELA (lloriquea): No quiero que sigamos lastimándonos. Es doloroso, pero esa capa absurda, tus misiones, tu rayo paralizante, para vos son más importantes. Yo no quiero competir con eso.

ERNESTO: Es que no tenés que competir, mi amor, esto es algo a lo que no puedo renunciar, como el viento que agita los árboles, como el agua que moja, es algo que está en mi naturaleza, es lo que me configura como individuo, ¿comprendés? Por favor, no te vayas.

MARIELA: Sori. No puedo.

Mariela corre melodramáticamente hacia la puerta, se detiene, amaga volverse y finalmente sale. Pausa. Ernesto va hacia el espejo. Se observa por unos segundos y rompe en llanto. Va en busca del celular.

ERNESTO: Hola. Se fue… (levantando la voz) Qué se fue, mamá, que Mariela me abandonó…  ¡Sí que la tiene, sí que la tiene! ¡Tiene toda la razón: yo soy el culpable! ¡Yo la perdí! (llora)…. Ya lo sé, ya lo sé. Por supuesto que me acuerdo, pero ahora no lo voy a decir… ¡Mamá, basta, ahora no lo voy a decir!…  (por lo bajo, a desgano) “SuperErnesto del lado de la gente”…  No, basta, ¿querés que me escuchen los vecinos? (levantando algo más la voz) “SuperErnesto del lado de la gente”, ¿estás contenta? …  (animándose paulatinamente) Pienso, pienso, no soy negativo. Ya lo sé, ahora con ‘el rayo paralizante’ se abre otro panorama... No, creo que no necesito nada (vuelve al espejo y se mira las botas) Les puse las plantillas. Estas se lucen más, además  son más cómodas (se mira el traje) Los colores están bien, el rojo no me convence del todo, creo que la gama del violeta combinaba más. ¿Sabés qué? Fijate si la capa se puede hacer de alguna tela más liviana. Al mediodía, con el sol en la espalda te mata. Podría ser un raso o algún material más fino…

Con el diálogo telefónico la luz va disminuyendo.

 APAGÓN.



*“Spaghetti del rock” - Divididos

viernes, 17 de julio de 2015

Salidor

Personaje:
MECHA


Sala de control de base aero-espacial, entra Mecha, vestida de entre casa, chinelas, cabello despeinado, cara lavada, lleva un bebé en brazos. Naira y Alexis, sus otros dos hijos, corretean por el lugar. Primero temerosa y luego con más confianza, habla a un punto fijo ubicado en la altura.

MECHA: ¡Miguel! ¡Miguel, bajá! (...) ¡Miguel, haceme el favor, bajá y hablemos! (lloriquea) ¿Por qué me hacés esto? No me querían dejar pasar. ¡Qué vergüenza! Al verme con los nenes, al hombre de seguridad le dio lástima y me hizo entrar.
A los hijos, fuera de la vista.
¡Naira! ¡Alexis! ¡Naira, cuidá a tu hermano! ¡Qué no toque ese tablero! (a Miguel) Yo sé que sos un poco un tiro al aire, Miguel, que sos rebelde, que tus amigos te pierden. Yo lo entiendo, vos lo sabés. Has desaparecido fines de semana completos, ¿y yo dije algo? ¡Nunca! Te banqué, pero esto no. ¡Esto no, Miguel! (…) ¿Podés bajar un minuto de esa plataforma? Así no puedo hablar, se me contractura el cuello. ¿Y adónde vas, me querés decir? ¿Al espacio exterior? ¿A otros planetas? Reflexioná un poquito, ¿no estás exagerando? (...) Okey, te gusta viajar, sos salidor. Yo eso ya lo sé, y te repito: te banco. Pero cuando estabas en la remisería era una cosa, viajabas, pero yo sabía que no ibas más allá de Monte Grande, a lo sumo hasta Ezeiza. ¿Y ahora? ¿qué es esto?
A los hijos.
¡Alexis! ¡Naira, los señores se van a enojar! ¡Dejen eso y vengan a saludar a papá! Miren que lindo traje plateado que tiene (a Miguel, bajando la voz) Estos chicos son inmanejables, Miguel. Mamá ya no quiere ni aparecer por casa. ¡Siento que sola yo ya no puedo! (lloriquea) ¿Y vos te querés pirar, así, lo más campante, fuera de la atmósfera? ¿Qué necesidad? ¿Eh? (engranando) Decime, ¿vos estás escuchando lo que digo? Por lo menos hacé otra seña, ¿eso qué significa? (hace la seña del dedo pulgar para arriba) ¿Que me estás escuchando? ¿Que tengo razón? ¿Que no me preocupe que todo esto es una puta broma? ¡PODÉS BAJAR DE ESA PLATAFORMA, PEDAZO DE BOLUDO, YO NO PUEDO HABLAR DE COSAS PRIVADAS ASÍ, A LOS GRITOS, DELANTE DE EXTRAÑOS!
Lloriquea.Tiempo.
¿Miguel, vos te querés separar? Si estamos mal, si necesitás tiempo, okey, me puedo ir una semana a lo de mamá y papá con los chicos. ¡Pero no esto! No sé. Suena extremo, suena muy drástico (cambiando) A propósito, decime: ¿qué es esa nota que dejaste en la heladera? ¿Cómo que por ahí tenés que parar dos años en una estación orbital? (…) ¿Cómo va a resistir nuestra pareja así, Miguel? ¿Y si conocés a alguien? ¿Y si conocés a una cosmonauta rusa? Lo muestran todas la películas, el espacio exterior es un desconche, un vale todo, y las cosmonautas rusas son las peores.
A los hijos.
¡Chicos, dejen ese tablero! ¡Por el amor de Dios, Alexis, no toques esos botones! (a Miguel) Son un peligro, son inmanejables, Miguel, y vos sos un padre ausente. ¡Peor que ausente: sos un padre de paso! Primero cuando te contrataron de piloto de pruebas del turismo carretera, ¿recordás?, cuando te acordabas de venir a casa con los nenes teníamos que salir a la esquina para verte pasar. Después cuando conseguiste ese trabajo de hombre bala en el circo Wonderland. Siempre por el aire, Miguel, siempre disparado, sin tiempo para un gesto de afecto, para una palabra de contención. ¿Y ahora esto?  No sos un buen ejemplo. Así no se educan a los hijos, para eso no tenerlos.
Suena el celular, atiende.Hola (…) Acá, en el lanzamiento (…) ¡Ahora no puedo hablar, papá! (…) No puedo preguntarle nada, ¿no escuchás?, está lejos, en la plataforma de lanzamiento (a Miguel) Dice que si pensás irte a otro planeta que te establezcas, porque si volvés a la Tierra te va a perseguir hasta encontrarte. No le hagas caso, ya conocés a papá (al padre) Hola, no, no me pases porque ahora no puedo (…) Hola, mamá. Ahora no puede hablar. Está en la plataforma de lanzamiento (…) ¡Lo de Miguel y yo es un tema nuestro, ni vos ni papá pueden meterse, es mi pareja, okey! Después te llamo.
Corta la comunicación. Mece al bebé, observa el entorno. Tiempo.
Ahora que lo noto: acá hay poca gente. ¿No te parece? En las salas de control siempre hay una cantidad de personas, todas corriendo para un lado y para otro, consultando monitores. Decime, ¿son gente confiable? (…) Antes de venir estuve mirando en Internet. Programa Espacial, ¿cómo es el nombre completo?... Para-Bol-Ar, Programa Espacial Para-Bol-Ar. Ahora, yo pregunto: el Paraguay, Bolivia y la Argentina asociándose para explorar el espacio, con una mano en el corazón, ¿a vos te parece serio? Te lo digo con onda, Miguel, sin ánimo de discutir. Para serte sincera, eso no se parece a un transbordador. Más que un cohete, parece un interno de la línea 168. Incluso está pintado de rojo y todo.
Mecha acomoda al bebé sobre un pecho y comienza a amamantarlo.
Perdoname, pero es la hora de la teta del Yeison. Miguel, y que te paguen, ¿me escuchás? Yo sé que a vos no te gusta hablar de estas cosas, pero necesitamos la plata. ¿Si uno de estos se me enferma adónde lo llevo? ¿Te dieron obra social? Otra cosa, ¿qué hago con la cuota del club? Ya vinieron a cobrarla dos veces (hace la seña del pulgar para arriba, vuelve a sacarse) ¡DEJÁ DE HACERME ASÍ COMO UN PELOTUDO, NO LEO LOS LABIOS, NO ENTIENDO EL LENGUAJE DE SEÑAS, NO ENTIENDO QUÉ CARAJO ME ESTÁS DICIENDO!
Algo sucede, se adivina movimiento. Ruidos, voces, alarmas.
¡Hay! ¿Qué está pasando? ¿Por qué se prenden esas luces?
Se escucha el conteo y el estruendo del despegue. Mecha se pone unos anteojos para sol, queda paralizada, la vista fija en las alturas.
¡Y se fue! ¡Y voló, nomás! Mirá, Yeison, saluda a papi que se va (lloriquea, le levanta una manito al bebé y la agita. Se saca los lentes) ¡Te amo, mi amor! Te voy a esperar, ¿sabés? Pero prométeme que vas a volver pronto.
A los hijos.
¡Chicos! ¿Dónde se metieron? ¡Alexis! ¡Naira! Vengan a despedirse de papá. ¡Miren como se eleva! ¡Va a recorrer planetas desconocidos, va a conquistar nuevos mundos! ¡Siéntanse orgullosos, papá es un ejemplo para la humanidad!
Mecha va saliendo, bajan gradualmente las luces.
 ¡Vamos, chicos! Aparezcan que nos vamos. Acá por lo visto ya cierran. ¡Qué loco! Si hay algo que una no puede hacer con este hombre es aburrirse.

APAGÓN

martes, 23 de junio de 2015

La velocidad de las cosas

Personaje:
Martín

En una sala de estar o un living vemos a Martín (20), a unos metros, sobre su izquierda y de perfil, a la humanidad paralizada de Rosita (30). La mujer ha quedado inmovilizada en momentos en que cruzaba diagonalmente la habitación, en una mano lleva un balde y en la otra un plumero. Sobre la derecha hay un perchero con un abrigo, una bufanda y una bolsa con ropa.

        
MARTÍN: Mi padre se detuvo, mi hermano Ramiro y su mujer también se detuvieron, mi madre obviamente no, mi madre falleció en el ‘95’ y si viviese, pobre, creo que no se hubiese detenido. Mi hermana Vivi, no; yo estoy escribiendo esto, así que tampoco. En el barrio el fenómeno fue dispar, sin lógica aparente, hablo de alguna lógica de este mundo.

Martín se acerca a Rosita, la vigila unos segundos y retoma.

         La cosa es más o menos esta: hoy es jueves, el lunes a eso de las diez, diez y media de la mañana, la gente que iba por la calle para las oficinas, a los súper, a los gimnasios, a casa de otra gente, empezó a andar lento, cada vez más lento, hasta que se detuvo. Así de simple.
Digo la gente que iba por la calle para que la cuestión sea comprensible, pero el fenómeno incluye a los que estaban en sus casas, en las casas donde trabajan, como en el caso de esta (señala a Rosita), en edificios públicos, negocios, iglesias, colegios, automóviles, pizzerías. Cuando sucedió yo dormía, siempre duermo hasta el mediodía, así que al despertar, mientras encendía las hornallas para calentar el café me enteré por la tele.

Vuelve a acercarse a la mujer.

         Esta es Rosita. ¡Saludá, Rosita! (por señas la conmina a girar inútilmente hacia el público) Es una buena mujer, está casada, tiene un par de hijos. Bah, no sé si está casada, sí que tiene un par de hijos, pero eso ahora no tiene importancia. Rosita estaba limpiando, siempre comienza por las habitaciones, sigue por los baños, luego va hasta el balcón y riega las plantas (mientras describe esto camina como intentando reconstruir el trayecto seguido por la mujer) Sí, yo creo que había terminado con los baños y estaba yendo hacia el balcón.
Que es raro, es raro. Ahora bien, ¿cuesta creerlo? A mí no, diría más bien que lo creo perfectamente, como están dadas las cosas en el mundo hoy puede suceder casi cualquier cosa.
¿Estrés, un virus desconocido que ataca al sistema nervioso central? Los genios de los programas de la tarde tartamudean su asombro y nunca se ponen de acuerdo. Como en toda ciudad más o menos organizada se puso en marcha el sistema sanitario y a media tarde aullaron ambulancias trasladando a los primeros a los centros de diagnóstico. Los sometieron a exámenes, los tomografiaron, no habían entrado en pánico, no estaban en estado de shock, sencillamente se habían detenido.
La cantidad total se ignora: digamos que una parte importante de la población. De una familia tipo, por poner un ejemplo, dos se detuvieron y tres no. En nuestro caso, si cuento a mi cuñada como familia, la cifra se invierte: tres sí y dos no.

Va hasta Rosita y le toca un pecho.

         Perdón, pero esto es algo que siempre quise hacer. El martes, mi hermana lloró casi todo el día, por la tarde me insultó como si yo fuese el responsable, por la noche armó un bolso y se fue a lo de nuestra tía Haydée a Mar del Plata.
Los hospitales, como es lógico, colapsaron y las autoridades -ante nada mejor a que echar mano- decidieron dejar a los detenidos allí donde habían dado el último paso.
Mi padre quedó a mitad de camino entre la puerta abierta de su auto y la entrada del taller adonde lo lleva a revisarle el sistema eléctrico. El miércoles lo fui a ver. De mi hermano y su mujer no hay noticias, así que deduzco que también han sufrido su detención.
Yo soy de naturaleza tranquila, no me alarmo, no entro en pánico como esa multitud de desaforados que taponan la subida a la autopista para escapar. No es que no me importe, digamos más bien que guardo ciertas distancias, no tengo demasiadas expectativas en cuanto a lo que pueda suceder con la vida, entonces no dramatizo y trato pensar.
En principio, me gustó la arbitrariedad. ¿De qué depende el haberse detenido o el seguir en movimiento? ¿Hay alguna razón oculta? ¿Es puro azar?
Ayer  salí a ver el panorama. Las calles son como la imagen de una película cuyo proyector acaba de trabarse: un mismo fotograma, vibrante, espasmódico, busca echarse a andar y no lo consigue. Es una pausa rara, impenetrable. Me quedé observando a los detenidos largo rato:

Se acerca nuevamente a la mujer y observa su rostro.

         Todos tienen como una mueca de interrogación, las aletas de la nariz apenas se les mueven, algunos transpiran a mares, otros lloran, las lágrimas les bajan por las mejillas en un acto mecánico, sin gracia. Lo fascinante es la expresión de los ojos: es como si en la última milésima de segundo sus cerebros hubiesen procesado una única imagen, un mismo, exacto pensamiento. ¿Cuál fue? ¿Qué vieron?

Se vuelve hacia el público.

         Estoy ahí, en la calle, junto a un detenido cualquiera y entonces a mis espaldas de golpe escucho un carraspeo. Sé lo que sucede, me corro y doy paso al familiar o al amigo que con un banquito plegadizo, el tejido o el diario de la tarde viene a hacerle compañía al detenido y sigo mi camino: quiero dejarles en claro que no soy un mirón, que no me estoy divirtiendo, o burlando, que sólo trato de entender.
Mi padre dice que soy apático, que desde que terminé de estudiar mi actividad más regular y productiva ha sido proyectar sombra. A él le gusta formular esos juicios de humor dudoso. No lo sé. No es que yo piense que el mundo es un mal sueño, la humanidad un sistema alienado, me encajo los auriculares, me tiro en la cama y que todo estalle en mil pedazos. No. Más bien me aturde el caos, la multiplicación, la velocidad de las cosas. Creo que para que uno se mueva primero tiene que haber alguna dirección hacia la cual ir, y por más que me empeñe no la encuentro.
Con mi padre somos opuestos, él tuvo mil actividades, viajó por el mundo, se casó tres veces, sabe hacer dinero y vive jactándose de sus logros. Pero resulta que ahora yo estoy acá, descorchando las botellas de su vino carísimo, o fumándole los habanos, y él detenido a mitad de camino entre la portezuela abierta de su Land Rover y la entrada del taller de Rodados Mario. ¿No es irónico? Quizás en eso haya algún mensaje, una respuesta a lo que está pasando.

Se acerca a la mujer, la toma por atrás y le aprisiona ambos pechos.

         ¡Te amo, Rosita! ¡Volvé! ¡Recuperate! (la suelta, de nuevo al público) ¿Hay recuperados? Hace un rato, en el canal de noticias por segunda vez se informa el caso de un recuperado -el otro fue el miércoles, había sido primicia de Crónica. Miro la placa con el titular, a continuación las cámaras muestran el lugar de los hechos: el protagonista, un vendedor de panchos en Avenida de Mayo y Florida, dos testigos describen la secuencia: hombre detenido entre otros detenidos, hombre en el que en sus ojos de golpe algo cambia, cuerpo que sufre un espasmo violento, hombre que sacude la cabeza, mira el entorno, se toma unos segundos para volver en sí y huye despavorido. Como la de Crónica el miércoles, la información es falsa. Media hora después otro canal la desmiente, un locutor habla de irresponsabilidad, de amarillismo. Se me ocurre pensar que quizás estamos en las horas finales del mundo y que existe alguien en un canal de televisión que por tres puntos de rating y un ascenso inventa lo que los demás, a gritos, necesitan creer.
A la detención de mi padre no la siento, en cambio extraño a mi madre. En líneas generales la extraño desde que murió, pero creo que si ahora estuviese aquí me ayudaría a comprender. Mi madre era un ser armónico, vivía en paz con su prójimo y eso se malinterpretaba por debilidad. En cierta forma era alguien de otra época, decía que hay que temer a la naturaleza, y dentro de la naturaleza que debemos aprender de los animales. Me inquieta asociar sus palabras con las palomas de plaza Holanda: al principio las palomas de plaza Holanda se mostraban desconfiadas, pero ahora duermen sobre los hombros de los detenidos, los defecan alegremente. ¿Eso qué significa? ¿Por qué ya no les temen?
Mi hermana me llamó por teléfono y me pidió disculpas. Mi hermana Vivi atraviesa la adolescencia, por lo tanto hay momentos en que es un ser normal y otros en que no. Me dijo que cierre la casa, que active las alarmas y que me tome un ómnibus a Mar del Plata, que la tía Haydée nos puede alojar hasta que esto pase. Le respondí que estoy bien acá: la ciudad tarde o temprano tendrá que retomar su ritmo, la mitad en movimiento se acostumbrará al nuevo paisaje, redoblará el esfuerzo para suplir a los detenidos y todos felices y contentos. Además, ¿qué hago con Rosita? ¿La saco a la calle y la pongo en un container?

Va hasta el perchero, saca el abrigo,  la bufanda y la bolsa de ropa. Se coloca el abrigo.

         En la calle escuché un diálogo entre dos individuos que parecían saber de lo que hablaban: uno decía que pasado el período de “incubación” -utilizó esa palabra- el virus debería mutar o desaparecer, con lo que todo tendría que volver a la normalidad; el otro le retrucó que no, que por el contrario la cosa mostraba síntomas de empeorar y que se esperaban réplicas de detenciones en otras latitudes.

Se pone la bufanda, le da un beso en la mejilla a Rosita y se apresta a salir.

         Si alguien me preguntara a mí, me inclinaría por la segunda hipótesis, no es que sea negativo, lo que sucede es que no creo en los finales felices, como cuando veo películas suenan armados, artificiales. Pero no veo de qué puede servir lo que yo opine.  Ahora salgo a ver a mi padre (muestra la bolsa) lo voy a afeitar, le llevo una gorra para el sol, también tengo que cambiarle la ropa humedecida por el rocío. Y voy a aprovechar para verle los ojos, es notable la expresión que tienen en los ojos.

APAGÓN