viernes, 24 de junio de 2016

¡Participa y gana!

Cuando esa tarde abrí el sobre y leí “usted es el afortunado” hice un par de pestañeos extra: sin dudas algo a nivel planetario había fallado, un choque de asteroides, un error geodésico a macroescala, algo, porque en ese momento yo no podía ser “el afortunado” prácticamente de nada. La carta impresa en letras grandes acompañaba una caja envuelta y lacrada: la habían dejado en la portería mientras estaba en el trabajo. Leí “en nuestra calidad de empresa acreditada, tenemos el placer de confirmar la selección efectuada por nuestra computadora y anunciarle que está en carrera por el premio mayor”. ¡El premio mayor! Se me escapó una risita nerviosa: desde mi separación de Olivia había tenido que vender la colección de CDs, mi escarabajo Wolskwagen, había perdido el trabajo, vivía en un monoambiente sin muebles del que pronto me iban a desalojar, le debía plata a mi padre, a mi hermana, a mi ex profesor de tae-kwondo; por mejor onda que le pusiera no me veía recibiendo ningún premio mayor. Pero, se sabe, en el acaecer de todo ser humano vivo opera ese mecanismo incomprensible que se da en llamar esperanza, o fe en el mañana, o ilusión por un mundo mejor; en fin, que entonces esa cosa, sin que nadie la llamara, salió de su agujero y de pronto me vi abriendo el paquete lo más contento y lleno de amor por la humanidad. En el interior había una especie de licuadora seis velocidades, pero en la parte de donde debía salir el jarro surgía un cono de goma con forma de sopapa: “inhalador facial para el cuidado de la piel”, decía el folleto. ¿Cómo no lo había previsto? ¿De toda la gama de premios dirigidos a gente selecta como yo, un inhalador facial para el cuidado de la piel no era lo justo y necesario?  Me sentí bien, en armonía con el cosmos, pateé la caja hacia el rincón más apartado y me tiré a dormir en el colchón.
Desde que me echaron de la empresa del padre de mi ex mujer (por razones harto arbitrarias, no tengan dudas) la desesperación y los clasificados me fueron llevando de un sitio abyecto a otro, hasta que al fin aterricé en una oficina oscura y pringosa en pleno Microcentro. Allí, por una paga ofensiva, ofrecían lo que en la jerga de las TIC se conoce como un puesto de data entry. ¿De qué estoy hablando?: un cuartucho rectangular sin ventilación, larga mesa con quince o veinte terminales en las que especimenes poco limpios y menos despiertos ingresan talones de tarjetas de crédito durante nueve horas corridas. ¿Puede haber algo más atrayente? Para los que tienen poca idea de lo que hablo, sin exagerar, a partir de la segunda hora de teclear a velocidad números de seis dígitos empiezan las alucinaciones, a las cuatro horas la espina dorsal se te adormece, se pierde el control de esfínteres y te olvidás nombre y dirección; a partir de la sexta hora las curvas de la actividad neuronal se alisan hasta llegar casi al estado vegetativo. Pero la realidad me decía que no tenía opciones, así que me senté en el hueco vacío y empecé a tipear. Esto fue una semana atrás, así que en esos primeros días aciagos llegaba a casa en estado desesperante, con la única ambición de tirarme en el colchón y desmaterializarme. La caja con el inhalador facial obviamente quedó en el rincón donde había caído y la verdad es que terminé por olvidarla.
 El jueves por la tarde la inmobiliaria me hizo llegar una carta de intimación: debía encontrar un lugar donde dormir si no quería ser desalojado por la fuerza. La situación se complicaba: tomé birome y papel y me puse a pensar en un listado de candidatos al rescate. En estos casos parientes y amigos vaya uno a saber por qué siempre están a punto de mudarse, o tienen visitas de lugares tales como las islas Caimán o la base Vicecomodoro Marambio. Mientras pensaba sonó el timbre, fui hasta la puerta y casi caigo de nuca: allí estaba Olivia, no era otra, después de sesenta días con sus largas noches, otra vez ante aquella criatura sin alma. Su presencia alteró instantáneamente mi sistema nervioso central, aprovechando el saludo intenté morderle el cuello, pero con una ágil flexión Olivia se agachó y pasó por entre mis piernas.
- Seguís fumando porquerías –dijo con aspereza.
¿Cómo hacía para mantenerse tan atractiva? Ante semejante ejemplar de mujer la unidad compleja Patricio Walter Dalmaroni (ese es mi nombre, disculpen si no me presenté) entraba en una especie de block-out: la oficina de gerencia, o sea mi cerebro, la rechazaba, pero el sector de recursos humanos, esto es, mi cuerpo hambriento, la requería como al pan. ¿Qué hacer? La contradicción me hacia avanzar y retroceder como un automóvil en maniobra de estacionamiento.
- ¿Querés sentarte? –dije.
Como no tenía muebles, en un impulso creativo se me había ocurrido dibujar con crayones un sofá de tres cuerpos en la pared opuesta a la ventana, señalé hacia allí: a Olivia no le pareció gracioso. Noté que revolvía en el bolso. ¡Por fin! La culpa había logrado horadar su corazón de piedra. Entraba en razones y como prueba me traía un obsequio para firmar nuestra reconciliación definitiva.
- ¡Tomá! –dijo, agitando un manojo de papeles: eran las liquidaciones de las tres tarjetas de crédito. Sentí un planchazo en plena frente. ¿Dónde quedaban nuestras afinidades, tantos mundos compartidos? Me puse a temblar como un taladro con percutor: no había que ser un genio para entender mi situación financiera. Traté de insultarla pero las palabras por alguna causa extraña no me pasaban de las amígdalas. De golpe mi mente se iluminó:
- ¡Llevátelo! –dije, señalando hacia el rincón donde estaba el inhalador facial.
Olivia fue hasta el aparato y lo alzó. Creo que por primera vez en nuestra corta relación la veía desconcertada. Aspiré el vientito de triunfo:
- ¿Es la circunstancia lo que convierte al ser en la negación del ser? – dije, tratando de sonar filosófico (comprenderán que trababa de reconquistarla apelando a todo tipo de recursos): ella como si volara una mosca. Mi ex se demoró unos segundos más en la inspección del inhalador, lo apretó contra sus pechos inolvidables y sin volver la vista enfiló hacia la puerta:
- ¡Ni se te ocurra llamar! –dijo antes del portazo.
Quedé mal, golpeado, mi vida podía representarse con la clásica postal del barco yéndose a pique en pleno océano: ¿Quién habría sido el creador de una imagen tan vívida? Ahí estaba yo, una joven promesa llena de potencialidades, empezando a tragar agua salada, dando pequeñas arcaditas entre cangrejos y aguas vivas, ahogándome sin remedio.  En la ventana, el sol se puso con un último relumbrón agónico y me sentí un poco peor. Esa noche tuve pesadillas: en la que recuerdo yo era un medallón de merluza, estaba en la góndola de los congelados y los kanikama de golpe empezaban a decir que se nos acercaba la fecha de vencimiento: ¡Vamos a morir, vamos a morir!, gritaban. Se corría el rumor: de la góndola de los “frescos” a la de las “carnes”, de las “carnes” a los “enlatados”, se iba creando la psicosis. Me desperté a los gritos, en calzoncillos y con un nylon en la cabeza, intentando entrar en la heladera.
El sábado a media mañana abrí los ojos con una rara sensación de bienestar, me mantuve un tiempo largo en la cama estudiando el cielorraso. Recordaba algo que había leído en un reportaje al director de cine Roman Polanski: el tipo decía que por la mañana acostumbraba darse una ducha helada, porque después en el resto del día nada peor podía sucederle. ¡Toda una estrategia, no estaba mal! Escuché que alguien se colgaba del timbre:
- ¡Dalmaroni! ¡Dalmaroni! –era la voz de la portera.
Espié por la mirilla: ahí estaba el mamut con un gran paquete entre sus brazos de levantador de pesas. No parecía feliz de haber tenido que subir hasta el departamento. Abrí la puerta y sonreí tratando de sonar amigable: ¿Por casualidad no había visto quién traía el paquete?
- ¡Si usted no sabe quien le envía la correspondencia yo tampoco! –me cortó, brutal. Imposible razonar con un animal extinguido hace doce mil años.
Entré la caja, esta vez era un bulto de buen tamaño. ¡Mi segundo premio! ¿No era maravilloso? Me invadió una alegría pueril, llena de globos, me sentí transportado a mi cumpleaños de cuatro: la expectativa ante los regalos, las velitas, las miradas de odio de mi hermana Carola. En la heladera quedaban los dos últimos pack de cerveza, llevé la caja y la bebida y los deposité sobre el colchón predispuesto a la dicha. Del interior del paquete fue saliendo un juego de varillas, tablitas, raras piezas de madera. “Aprenda las técnicas de nuestros ancestros –decía la carta- haga su propio tapiz con este insustituible telar indígena”. ¡Un telar indígena! ¡Qué tal! ¿Acaso algo mejor me reservaba el destino? ¿Por qué no podía ser yo un tejedor del altiplano? Eran las diez de la mañana, solo, en la cama,  en un estado de completa armonía, me puse a armar el telar indígena. La operación consumió el primer pack de seis latas. De una bolsita acompañante saqué un puñado de muestras de lana y un manual de ejercicios. Al abrir el segundo pack, mientras intentaba insertar sin éxito la lana por entre las varillas, ya era un tejedor puneño, con poncho y sandalias, rodeado de vicuñas y melodías de xicus. Sin necesitar mi ayuda, de golpe las hebras de lana empezaron a moverse y a tejerse solas. Anudado al bastidor de madera por un sutil entramado multicolor, empecé a entonar cantos a la Pachamama, estaba sentado sobre una gran piedra sacramental, en Machu Pichu, a punto de hacer contacto con algún dios extraterrestre. En algún momento los ojos se me cerraron y me dormí.
La llegada del premio siguiente me convenció de que debía aclarar el malentendido. Nadie regala nada en este mundo infame, por lo que era estúpido mantener una situación por la que tarde o temprano tendría que responder. La caja apareció una semana después que el telar, era una  “pulidora manual de pisos de madera” y la carta introducía la novedad de que dos técnicos me harían una visita para explicarme la forma de “armar y mejor utilizar los artículos ya obtenidos”. Intenté llamar a la misteriosa empresa, pero un contestador me fue paseando de opción en opción sin permitirme llegar nunca a una voz humana amiga.
A la noche siguiente, entraba al edificio cuando dos tipos de mameluco blanco y gorra de béisbol me saltaron al paso:
- ¡La empresa le trasmite sus felicitaciones! –se presentó el que parecía ser el jefe, un flaco con barba de dos días y cara de facineroso. Me interpuse para impedirles pasar:
- Mire, caballero, justamente ayer estuve llamando a la empresa...
El tipo no me dejó hablar:
- Amigo, sé lo que va a manifestar, no hay equivocación posible. Permítame ahorrarle excusas, va a decir que no participó de ningún sorteo y la empresa le contesta: Sí que participó, con nuestra empresa todo el mundo participa y gana.
- ¡Participa y gana! –repitió el otro con tonada tucumana.
El jefe aprovechó mi vacilación para apoyar una gran caja de herramientas en el piso:
- Notará que no lo hemos importunado con plantillas adelgazantes, dados mágicos, ni depiladoras sin cera, cada producto es entregado luego de un cuidadoso estudio del  perfil del beneficiado.
Mientras soltaba el espiche, en la cara del tipo se materializaba el juego de tics más elaborado que alguna vez hubiese visto: boca, cejas, comisuras, ojo derecho y hasta las orejas participaban de la coreografía. El otro, mientas tanto, contemplaba a su jefe con arrobamiento. En suma, una pareja de psicóticos y sin saber cómo los tres ya estábamos subiendo por el ascensor. Era una situación para preocuparse, claro, me surgían preguntas inquietantes: ¿Cuánto de azar había en esta historia? ¿Por qué justo a mí? ¿Qué se traían estos tipos? Pero quién me aseguraba a mí que en el tránsito por el camino poceado de esos días no debía prepararme para eso y para mucho más.
Cuando entramos al departamento el de los tics hizo una rápida inspección: la pulidora de pisos yacía junto al telar indígena.
- Veo que ha recibido los productos. ¿Y el inhalador facial?
Recién entonces caí en la cuenta de que al inhalador se lo había llevado Olivia, mis neuronas empezaron a trabajar a velocidad buscando una excusa.
- No se preocupe, de todas formas hoy no vamos a poder ver todo -el flaco entonces chasqueó los dedos- ¡Vaninetti! 
El tucumano coreó “¡Participa y gana!” y se puso a recomponer la galleta del telar indígena. Cuando quise moverme el jefe ya tenía un brazo sobre mis hombros:
- Amigo, no se extrañe si nuestros productos generan en usted cambios de carácter, nuestro equipo de psicólogos lo advierte: la transformación se produce inevitablemente. Me arriesgaría a decir que a partir de hoy usted va a ser un hombre nuevo.
La cara volvió a movérsele con tal violencia que estuve tentado a sostenérsela.
- Escúcheme -dije finalmente, tratando de sonar amigable- estos productos, como usted los llama, a mí no me interesan.
El flaco pareció molestarse:
- ¿No me interesan? Escuchó Vaninetti, dijo “no me interesan”.
El tucumano levantó la vista del telar y sacudió la cabeza con gesto de censura.
- Ni se le ocurra decir “no me interesan”: nuestros productos interesan siempre. Observe esto...–el jefe volvió a chasquear los dedos, al escuchar la orden Vaninetti comenzó a subir y bajar el largo peine de madera por entre las hebras tensadas del telar; transcurrió todo un minuto, como por encantamiento, de entre las toscas manos del tucumano empezó a salir un motivo incaico.
- ¿Alguna vez vio algo más hermoso?
Tuve que reconocer que no.
- Sólo le estamos pidiendo un cambio de actitud -insistió el flaco y volvió a palmearme- Repita conmigo: Cambié mi actitud, soy un hombre nuevo, cambié mi actitud, soy un hombre nuevo...
Repetí obediente. A continuación, los tres nos pusimos a corear ‘cambié mi actitud, soy un hombre nuevo’. Por un momento temí que nos tomásemos de las manos para invocar a algún santo desconocido, patrono de los telares o algo por el estilo. En síntesis, los tipos se quedaron cerca de dos horas, lapso en cual el hábil Vaninetti hizo tres fundas para almohadones, dos tapices y una agarradera para fuentes de cocina, después se fueron por donde llegaron.
Los días posteriores no continuaron mejor: el miércoles por la mañana volvieron los tipos de la inmobiliaria y casi tiran abajo la puerta. Los espié por la mirilla, estuvieron cerca de una hora hasta que se cansaron y se fueron. Entendí que la cosa había superado el punto de no retorno, soy una persona con poca iniciativa, me cuesta tomar decisiones, me paralizan los cambios, pero ahora tenía que hacer algo urgente: decidí ir a ver a mi padre. Mi padre es el tipo más positivo que conozco, luego de separarse de mi madre volvió a confiar en el matrimonio y rehizo su vida junto a Sarah, una vasta y atractiva judía que conoció en un grupo de solos y solas. Papá y Sarah, las tres hijas de ésta, una mucama yugoeslava, y dos perros siberianos viven en animada congregación en un departamento del barrio del Once. Almorcé con ellos y en el momento de la sobremesa llevé a mi padre aparte:
- Papá, necesito un lugar donde dormir –le dije. Mi padre me miró en silencio con sus ojos bienhechores. Es notable como la relación con nuestros padres en algún momento cambia y ese hombre otrora invulnerable empieza a dormirse en la silla, te habla de mujeres, se emborracha y ya nunca más puede velar por vos como cuando eras niño.
- Me ponés en un aprieto -dijo con una sonrisa mansa- hasta octubre en que se casa Marcela y se lleva uno de los siberianos, lo único que puedo ofrecerte es la baulera de la terraza.
- No te preocupes, tengo otras opciones –lo tranquilicé.
Otras opciones, pensé más tarde mientras volvía en el subte, la más fuerte un salto ornamental desde el puente Avellaneda.
Cuando llegué al departamento me encontré un mensaje en el contestador: era Olivia, me citaba en un café del centro para tratar un tema legal. Bajé a la portería y le pedí al mamut una plancha: me bañe, perfumé y planché mi mejor camisa. Cuando llegué al bar, allí estaba mi ex en una mesa de la vidriera con un tipo:
- Willy es mi abogado –dijo Olivia, y agregó con un suspiro –estamos saliendo.
Por la cara de ganador olímpico del tipo y la expresión de languidez de Olivia, se notaba de acá a la China que ya habían realizado “el acto”. El tipo tenía pelos en el cuello, en las orejas,  en las manos, era una especie de orangután con corbata y gemelos, intenté por señas hacérselo notar a Olivia, pero fue imposible. Se besaron todo el tiempo en que duró la entrevista. En un momento, con tono profesional, el tipo me aconsejó firmar cuanto antes el divorcio y de esa forma evitar una causa penal por lo de las tarjetas de crédito.  
Al salir del bar pensé que debía tomar las cosas con filosofía: el suicidio de ninguna manera era una opción, uno debe suicidarse sólo cuando llega a su techo, al cenit de sus posibilidades, de lo contrario es quedarse a mitad de camino. La pregunta era cuánto faltaría para alcanzar ese puntaje. Anduve algunas horas caminando sin rumbo, de golpe se me puso en la cabeza que los tipos de la inmobiliaria estarían esperándome en la puerta de mi casa para emboscarme. Era una noche serena, iluminada por una luna intensa y redonda, di vueltas manzana con la idea de esperar por lo menos hasta la medianoche, pero enseguida me dije que era una estupidez. En la entrada del edificio no había nadie, al subir escuché un sonido penetrante, una especie de zumbido agudo, pensé que el motor del ascensor tal vez necesitara un service. Cuando abrí la puerta del departamento me invadió la niebla y tuve que taparme los oídos. ¿Qué estaba sucediendo? Por entre la nube de polvo logré reconocer la silueta del flaco de los tics, llevaba un barbijo y unas antiparras de expedicionario al Polo Norte, al percatarse de mi llegada se me vino encima:
- ¡Cómo le va, amigo! Aprecie la pulidora de pisos en funcionamiento.
Vaninetti aplicaba el aparato en el parquet: el piso, las paredes, los vidrios de la ventana, el colchón y las sábanas, lo que mirase estaba cubierto por una capa de aserrín y cera pulverizada que se elevaban de la máquina en alegres volutas. El zumbido taladraba los tímpanos. El tipo no cabía en su cuerpo del entusiasmo:
- ¿Y, qué me dice?
Intenté hablar pero la garganta y la nariz empezaron a arderme, me puse a toser y a estornudar como un descosido.
- Tome, póngase ésto –dijo, alcanzándome un barbijo- Es una técnica sencillísima. ¡Vaninetti ayúdelo!
- ¡Participa y gana! –coreó el asistente y entregándome la máquina se ubicó a mis espaldas y me agarró por los hombros para que lograra la inclinación adecuada. Me faltaba el aire, temblando por la vibración del aparato flexioné las rodillas tratando de zafarme, pero el tucumano como un foward experimentado se me prendió a la cintura con fuerza. En medio del forcejeo, escuché la débil chicharra del portero eléctrico.
- ¡No atienda! –conseguí articular.
- Tranquilo –dijo el flaco- no es más que la promoción de la semana, el premio que lo deposita directamente en la recta final por el máximo galardón. Discúlpenos un momento...
Vaninetti y su jefe de golpe desaparecieron. Era mi oportunidad. ¿Dónde estaban las llaves? Busqué en los bolsillos, en el forcejeo con el asistente se podían haber caído, me arrodillé, tanteé  por entre el polvillo. Los estornudos no me dejaban pensar. ¿Se las habrían llevado para abrir abajo? Si no podía cerrar, al menos debía trabar la puerta con algo, pero con qué si no tenía muebles. Fue inútil: al instante ya estaban de vuelta cargando la enorme caja de la promoción de la semana.
Por entre los tics, la expresión del jefe ahora denotaba un arrebato alarmante:
- Observe –ordenó-: un soberbio bote inflable semidirigible, caucho de diez micrones, motor de doscientos caballos, ideal para navegación deportiva. ¿Qué me cuenta?
Pensé en simular un ataque de locura, ponerme a aullar, a correr en cuatro patas, cualquier cosa que los obligara a huir, pero de golpe la garganta se me cerró y se me aflojaron las rodillas.
- ¡Vaninetti, ayude, no ve que el amigo está emocionado!
El asistente me abarajó antes de que cayera. Con la pulidora todavía entre las manos, me dejé llevar: me acostaron en el piso y me levantaron las piernas. Habían sido demasiadas emociones juntas, tal vez estaba somatizando, traté de relajarme recordando los ejercicios de las clases de tae-kwondo: debía pensar en una playa desierta, focalizar mi cuerpo flotando en un agua densa que iba cambiando de color. Poco a poco fui recuperando el aliento, entré en un estado de sopor: como en la lejanía escuché voces, golpes y sonidos metálicos, después un gran silencio.
Dormí profundamente, tuve un sueño cargado de angustia: esta vez yo era un verde ensolve, estaba con mis compañeros en el interior de un lavarropas trabajando en una camisa y de golpe por entre el agua blancuzca divisábamos a una avanzada de jabones inteligentes. Los verdes ensolve y los jabones inteligentes en el sueño eran enemigos mortales. Debíamos organizarnos para entrar en combate, yo sentía terror, alguien me alcanzaba mi arma, una especie de jeringa hipodérmica con mira telescópica, pero la rechazaba y me negaba a pelear; en fin, la batalla se producía y triunfaban los verdes en solves y a mí me condenaba un tribunal de guerra, debían fusilarme, pero por una u otra razón la ejecución siempre se postergaba.
Cuando abrí los ojos creí que estaba muerto, la oscuridad era casi absoluta, moví lentamente la cabeza y sentí un centenar de agujas clavándoseme en la nuca, por la ventana entraba un débil albor gris, me dolían las piernas, la espalda, estaba en el piso. Como un inmenso cetáceo dormido el bote inflable ocupaba las tres cuartas partes de la habitación, al rodearlo tropecé con un remo, el departamento era un campo de batalla abandonado. Fui hasta el baño: el pelo, la cara, la ropa, los tenía cubiertos de polvillo, que con el sudor se había convertido en una especie de máscara de barro pardusca y seca. Intenté lavarme pero el mínimo movimiento me provocaba mareos. ¿Estaría enfermo? Traté de recordar cuándo había sido mi última comida, tal vez era eso lo que me provocaba la debilidad. Necesito un tostado, razoné, un café con leche con seis medialunas. Entonces escuché los ruidos en el palier.
- ¡Dalmaroni, acá los señores de la inmobiliaria y un uniformado preguntan por usted! -era la voz de la portera.
- ¡Sabemos que está adentro! –agregó otra voz.
- Por favor, sea razonable...
Volví lentamente del baño, la luz que ahora entraba por la ventana aumentaba la magnitud del desastre: debía andar con cuidado para no caerme. ¿Que fuera razonable? ¡Si yo era razonable! Debía acomodar, barrer cuidadosamente, incluso si no me desmayaba debía bañarme, cambiarme de ropa y perfumarme si quería dejarlos entrar ¿No era eso razonable? Fui hasta la mirilla y volví, alcé la pulidora, me subí al bote y me senté en el asiento de popa, junto a la palanca del motor. Era absolutamente razonable, y como era razonable lo que necesitaba era tiempo para pensar: complicaciones, una mala racha podía tener cualquiera; por lo demás, si pensaba en los premios recibidos, si pensaba en que todavía faltaba el galardón mayor, ¿acaso no había sido afortunado, un elegido entre mil?  Y cuando uno es afortunado se vuelve magnánimo, se vuelve mejor persona...
- ¡Abra Dalmaroni, no nos obligue a tirar la puerta!

Como decía el flaco de los tics: “un hombre nuevo, con otra actitud”, entonces por qué no levantar el teléfono y llamar a Olivia y al orangután, llamar a mi padre, a Sarah, a mi hermana Carola. No sé, por qué no abrir la guía y llamar al azar: ¡Vengan, los invito! A la portera y a los de la inmobiliaria, a la Policía y a los tipos de los premios, todo es posible cuando uno es un hombre nuevo, con otra actitud. Y conformar un grupo alegre y relajado, abrir la ventana y cargados de ilusiones, con fe en el futuro y tan felices, salir a navegar en la mañana de sol,  en el bote inflable semidirigible, con motor de doscientos caballos, de caucho de diez micrones…

miércoles, 13 de abril de 2016

Un tema delicado

No es mal chico.
No sé si es mal o buen chico, lo que sé es que la reventada esa le llena la cabeza.
¡No seas mala, Marucha!
¡Es un calzonudo! ¿No puede tomar una decisión por sí mismo? ¿Vos qué vas a tomar?
Café
A mí pedime un té solo. Decime, ¿qué tiene que venir a opinar esta mina si no es de la familia? La casa se vende y punto.
Vos porque no estás pasando por necesidades, en cambio ellos…
¿Ellos qué? ¿A ver? ¿Quién lo manda al pavote ese a tener cinco críos?
¡Son mis sobrinos, che!
También son mis sobrinos, pero después del tercero se hubiera hecho un nudo en el pito.
¡Las cosas que decís!
Si siempre fue un cabeza hueca. Las veces que me pidió plata.
Pero te la devolvió.
Sí, a los premios me la devolvió. Anahí, mirá, no es tan complicado: tasamos la casa, le ponemos el cartel de “vende”, cuando se concreta la operación se divide todo por tres, los muebles se regalan y listo. Pero no, claro, para el pobre Marquitos “sería deprimente” si la casa no queda en la familia y “si no tenemos inconvenientes” él se puede meter a vivir hasta que…
Disculpe, pero si en lugar de “meter a vivir” dice “ir a vivir”, o “instalarse a vivir”, ¿no le suena mejor?
¿Y este?
¡Ay, no sé, tengo miedo, Marucha!
Dejá, no le hables, no lo mires que se va solo. Volviendo, entonces, si vos lo apañás, si te ponés de parte de él, una vez que estén adentro, ¿sabés cuándo los sacamos?
Marquitos quiere cambiar el auto, necesita la plata, me lo dijo ayer…
Te dejás empaquetar, tenés la misma ingenuidad que la pobre mamá. En un momento necesita imperiosamente la plata, en el otro tiene que cambiar el auto. ¿No te das cuenta como te maneja?
¡Ay, Marucha, hablá tranquila, que no te agarren los nervios porque me ponés nerviosa a mí!
No me agarran los nervios. Mirá, lo tengo a Néstor con el tratamiento para la psoriasis, Jorgelina que no da pié con bola con ningún trabajo, el lavadero de casa que se me inunda, son muchos problemas como para seguir ocupándome de esto. ¡Quiero que-se-ter-mi-ne! Y no voy a soportar que éste mocoso nos quiera tomar de pelotudas.
De nuevo disculpe, ¿no?, pero “pelotudas”, ¿le parece que da con el tono? Si en cambio usted dijera…
¡¿A VER SEÑOR, SE PUEDE SABER QUIÉN ES USTED Y QUÉ QUIERE?!  Por si no lo notó estamos en medio de una conversación privada.
Tiene toda la razón, perdone, me aparezco así y opino sobre lo que están diciendo, qué van a pensar, ¿no? Mi nombre es Felix, yo soy el encargado de la librería.
¿Librería? 
Librería, sí. Esta librería.
¿Vos entendés qué dice este coso, Anahí?
Ni jota.
¿Y nosotras qué venimos a tener que ver con su librería?
Bastante. Ustedes son dos personajes de “la novedad de la semana”.
¿“Novedad de la semana”?
¡Mire, señor, como verá somos dos señoras mayores, estamos con un tema familiar delicado, “novedad de la semana” será su abuela, así que haga el favor de retirarse!
¡Ay Marucha, por qué sos siempre tan cortante! Mirá como se va el pobre.
¡Y vos sos una marmota! ¿No te das cuenta que es un acosador? Esta ciudad está cada día más llena de pervertidos, hay que estar en guardia.
¿Te parece?
Anahí, no te distraigas y volvamos a lo que estábamos hablando. ¿Estás de acuerdo o no estás de acuerdo?
¿Con qué?
¿Cómo con qué? ¿Para qué nos citamos? ¿Para qué estoy tragándome este té?
Disculpen, estoy buscando “Los rododendros y las azaleas”, es un libro de jardinería…
¡PERO ESTO ES UN COTOLENGO!
No se altere, señora, creo que está editado por Random House, la autora se llama Daniela Beretta, ¿me podrían informar?
¿Y por qué le tendríamos que informar?
Como el dependiente está en el fondo, justo pasé por acá, las vi adentro del libro hablando y…
¡Ay, Marucha, esto es muy raro!
¡Tranquilizate!
Es que no puedo, me viene de golpe la angustia y me pongo a sudar. ¿Vos entendés lo que dice este señor?
No tengo la menor idea.
Ahora que me fijo el café está lleno de estanterías, de mesas con libros.
Yo sin los lentes no veo una vaca en un pasillo. 
Te juro que no estoy loca: recién era sólo un café, ahora parece que también es una librería. ¿Qué está pasando?
Te dije que no lo sé. Vos que ves ubicame al cretino ese, haceme el favor.
¿A quién busca?
Usted concéntrese en su libro de jardinería y no se meta. ¡Librero! ¡LIBREROOOOO!
¡Esto me asusta!
Bueno, aflojá con el drama, Anahí. ¡LIBREROOOOO!
¡SE PUEDEN CALLAR, COTORRAS!
¿QUIÉN HABLÓ? ¿QUIÉN DIJO ESO? ¿QUIÉN TUVO EL TUPÉ DE LLAMARME COTORRA?
¡Shht, bajá la voz!
¡QUÉ BAJÁ LA VOZ NI BAJÁ LA VOZ! ¡MÁS COTORRA SERÁ SU MADRE! ¿QUIÉN HABLÓ?
Marucha, por favor, si ahora estamos en una librería hay que hablar bajito. Creo que la voz salió de ese volumen.
American psycho, de Bret Easton Ellis, un clásico de la literatura sangrienta. Seguramente el que protestó es el protagonista, Patrick Bateman, un loquito de cuidado, les aconsejo no contradecirlo. ¡Je, je!
¡Qué gracioso! ¡Por fin apareció! Mire, señor, acá está sucediendo algo un poco turbio: mi hermana Marucha y yo nos citamos en un café para tratar un tema familiar, yo me olvidé los lentes, pero ella manifiesta -y confío plenamente en lo que dice- que si bien seguimos estando en el café, ahora resulta que también estamos en una librería, que supongo debe ser de la que habla usted. Le quiero aclarar que yo no acostumbro a tomar alcohol, ni mi hermana tampoco.
Es normal.
¿Qué cosa es normal?
Que estén en ese café que dice y al mismo tiempo que estén en esta librería, y que no comprendan qué está sucediendo.
A ver si se explica.
¿El nombre Pablo Albarello les dice algo?
No.
¿Y “Un tema delicado”?
Menos.
Son el autor y el título del libro del que ambas son personajes, el volumen llegó hace una hora, integra una colección de narradores actuales y yo lo coloqué en esta mesa en la sección “novedades de la semana”.
¿Personajes? ¿Qué somos personajes?
¡No diga sandeces, hágame el favor!
¡Pará, pará Marucha! ¿Quiere decir que lo que estábamos hablando recién está publicado en un libro?
Efectivamente.
¿Escuchaste hermana? ¡Pero eso es tremendo! ¡¿Qué va a decir Marquitos, qué va decir la mujer cuando se enteren de todo lo que dijimos de ellos?¡Ay, Dios mío!... 
¡Pará, Anahí, por favor!
¡Es terrible, Dios mío! Claro que pensándolo bien nuestro hermano no es de leer mucho. Pero ¿y la mujer? la mujer es docente, está haciendo un curso de literatura, pedagogía del cuento o algo por el estilo en la Alianza Francesa. ¡Dios mío! En una de esas se lo dan para leer, o una compañera compra el libro y después se lo comenta. ¡Qué desgracia, estoy temblando!
¡PARÁ, ANAHÍ, PARÁ, POR FAVOR! Señor, aclare qué es todo este disparate.
En principio procuren tranquilizarse, yo hace cinco años que trabajo en la librería y ya ha sucedido otras veces. Pueden llegar a sufrir un leve mareo, sentirse algo confundidas por un par de horas, pero después se acostumbran.
¡Ya siento el mareo, Marucha, tiene razón!
¡ANAHÍ, PODÉS PARAR UN CACHITO! ¿Y a qué tenemos que acostumbrarnos?
A aceptar que son personajes. Si su hermana que ve bien se molesta, observará que en esa mesa está Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, Cosmópolis, de Don De Lillo, el Tomo II de los cuentos completos de Ernest Hemingway. ¿Usted escuchó a alguien haciendo escándalo? Claro que no. Cada personaje se mantiene tranquilamente en su volumen viviendo su  historia; y eso que estamos hablando de autores de renombre. En otro orden, quiero disculparme por las interrupciones de hace un rato. Defecto de librero, de aburrido me la paso corrigiendo y juzgando la escritura ajena. Pero para serle sincero hay algunos autores nuevos que escriben tan mal que uno no se explica cómo llegan a publicar.
Señor, ¿y mi libro de jardinería?
Ah, sí, discúlpeme. Venga por acá, por favor. Ya estoy con ustedes, señoras.
Vaya, atienda, atienda.
Marucha, ¿cómo estás tan serena? ¿Te das cuenta que lo que está pasando es terrible? Vos no sos mi hermana Marucha, yo no soy Anahí, no somos gente, apenas si somos dos ficciones imaginadas y escritas por alguien en un papel.
¡Callate, pasmada, a vos cualquiera te vende un buzón! Este no es un abusador ni un chiflado: es un delincuente. Escuchame atentamente: hay que seguirle la corriente, decirle a todo que sí y en cuanto podamos hay que escapar.
¿Escapar? ¿Y por qué escapar? Vos querés decir que…
Sí, Anahí, estamos secuestradas.
¡Ay, Dios mío! Pero esto va de mal en peor. ¿Estás segura?  
Por algún medio se enteró de que estamos vendiendo la casa de papá, evidentemente se quiere alzar con la plata.
¡Estoy temblando como una hoja de nuevo! ¿Qué vamos a hacer? ¡Dios mío! ¿Y si gritamos?
Por una vez en la vida dijiste algo sensato. ¡POLICIIIAAAA! ¡POLICIIIAAAAA!
¡POLICIIIAAAA! ¡SOCORRROOOO!
¡Por favor! ¡Por favor! ¿Qué hacen? ¡Me van a espantar la clientela!
¡POLICIIIAAAA!
¿Qué está pasando acá? ¿Qué son esos gritos?
Ah, hola, cómo le va, agente. No, no es nada, no se preocupe, las señoras son dos personajes en período de adaptación.
¡Miente descaradamente, no le crea! Este señor es un delincuente que nos ha secuestrado. Evidentemente integra una banda con una importante logística, ya que se enteraron de que mi hermana y yo vamos a cobrar una fuerte suma de dinero resultado de la venta de una propiedad familiar.
¡Eso es absurdo!
¡Vamos, querido, que a los de su calaña los tengo bien vistos, salen todos los días en El Noticiero de Santo!
¡Eso es un disparate! Este libro acaba de entrar, sólo escuché accidentalmente un par de parlamentos de las señoras, ignoro de qué trata. Además, son dos personajes, agente, ¿cómo se puede secuestrar a dos personajes?
Depende.
¿QUIÉN HABLÓ? ¿QUIÉN DIJO ESO? ¿QUIÉN HABLÓ? ¿Vos escuchaste, Anahí?
No lo sé, Marucha, que no te agarren los nervios de nuevo. Creo que vino de aquella estantería.
La sección jurídica. Por la voz es el Dr. Antonio Maldonado Ruiz, compilador de la Nueva teoría del Derecho Penal Comparado, de editorial Lumen.
¡Y qué espera, acérquelo, si el hombre tiene algo para decir que lo haga!
¿Me permite, agente?
Tráigalo.
Les presento al Doctor Antonio Maldonado Ruiz, profesor de Derecho Penal. Las señoras Marucha y Anahí, dos personajes de un libro nuevo y el agente… ¿Cuál es su gracia?
Molina, suboficial Molina.
Señoras, agente. Ante todo disculpas, pero los escuché involuntariamente y, si me permiten, antes de determinar si hay o no privación ilegítima de la libertad, es importante discriminar entre dos sujetos de derecho bien definidos: la “persona física o natural” y la “persona ficticia o ilusoria”. De acuerdo al orden jurídico romano la primera es todo miembro de la especie humana susceptible de adquirir derechos y contraer obligaciones, mientras que la segunda es un sujeto que existe pero no como individuo humano, sino como convención creada por una o más “personas físicas o naturales” para cumplir con un rol supra-abstracto o inexistente.
¿Vos entendés algo, Marucha?
Ni jota. Señor, ¿por qué no traduce para la gente común lo que está diciendo?
Lo que intento decir, es que en el presente litigio se hace prioritario discriminar si las señoras se encuadran en una u otra de dichas figuras de derecho,  para luego sí definir fehacientemente el acto delictivo del que son objeto.
Es lo que yo digo, un personaje no puede ser secuestrado.
¡Usted cállese! Prosiga, profesor.
Lamentablemente la cuestión se complejiza si intentamos estipular la calidad de “persona ficticia o ilusoria” en las que las señoras se encuadran, siempre en el caso probado de que quede demostrado dicho status. Esto es, ¿han sido un mero producto de la pura imaginería de un autor o creador literario, sin ningún sustento arraigado en la realidad-real-objetiva? ¿O dicho autor, para la elaboración de esos personajes, se ha basado en “personas físicas o naturales” pertenecientes a su entorno social, familiar o amical? Si conseguimos dilucidar esto, y si nos encontramos frente a la segunda de dichas formas jurídicas, bien puede suceder que las señoras aquí presentes efectivamente existan en la vida real, esto es, que no sean sólo meras “personas ficticias o ilusorias”, entonces la privación ilegítima de la libertad podría encuadrarse en un delito punible por “ut-supra-interpósita-data”.
¿Usted quiere decir un secuestro virtual?
¡No digas gansadas, Anahí, eso es otra cosa! A ver, Doctor, no entiendo nada de derecho, pero según lo que puedo sacar en limpio, acá lo que hay que hacer es encontrar al autor, ¿es así?
Exacto.
¡VAMOS, ENTONCES, A ENCONTRAR A ESE DESNATURALIZADO, QUE ADEMÁS SEGURAMENTE TAMBIÉN ES EL CEREBRO DE LA BANDA! ¡Ahí va a quedar bien claro que yo no soy ninguna ficción, yo soy María Urbina Barbieri, argentina, casada y de carne y hueso!
¡Sí, claro! ¿Y si es argentina, casada y de carne y hueso me quiere decir cómo terminó adentro de ese libro?
Nos drogaron, evidentemente.
Ay Marucha, ¿también nos drogaron?
Nos pusieron anfetaminas, éxtasis, paco, o alguna de esas porquerías en el té. No es para sorprenderse, lo denuncian en El Noticiero de Santo todo el tiempo.
¡Ay, por Dios! Esto ya es más que una tragedia. ¡Estoy temblando de nuevo!
¡PARÁ UN CACHITO, ANAHÍ, POR FAVOR! ¿Y entonces, agente?
¿Qué?
¿Cómo qué? ¿No está escuchando? ¿Qué hacemos? El autor, haga que el librero ubique al autor.
¡Usted: ubique al autor!
Si con eso se aclara este disparate no tengo inconvenientes. Tendría que llamar a la editorial, allí seguramente me van a dar el teléfono.
¡Vaya!
¡Qué vergüenza, Marucha, nosotras que nos habíamos reunido tranquilamente para hablar de la casa de papá, terminar así, en boca de todos!
Perdón, pero si alguien tuviese la amabilidad de volverme a mi estante…
¡Uy, nos olvidamos del Doctor!
Agente, haga el favor.
Hasta luego, señoras.
Muchas gracias, Doctor. Qué caballero más atento, ¿te diste cuenta?
Ahí viene de vuelta ese pillo. ¿Y? ¿Lo consiguió?
En la editorial me dieron un teléfono, es del domicilio particular. Probé dos veces y no contesta. No sé, ¿qué hago, agente, le dejo un mensaje?
No, ya va a ser localizado por la Fuerza.
¡“Localizado por la Fuerza”, seguro! Ese ya debe andar por la triple frontera. ¿Anahí, qué hora es?
Las seis.
Néstor no sabe dónde estoy y ya debe haber puesto el grito en el cielo. Agente, ¿y entonces? ¿Cómo seguimos con esto?
Mire, señora, yo la verdad que estoy un poco confundido. Lo mejor va a ser que vayamos todos a la seccional.
¿Nos va a llevar detenidas?
Hasta que se aclaren las cosas. Señor, cierre la librería. Aquel caballero, el del libro de jardinería, que venga de testigo, usted lleve el volumen con las señoras y traiga los datos que tenga del autor, la policía se va encargar de averiguar si tiene antecedentes.
Vamos.
¡AAAAAYYY!
¡Con cuidado con el libro que no es coctelera!
Sí, qué no nos mueva así que me viene vértigo, Marucha. Qué rara que es la vida, ¿no? ¿Pensaste alguna vez que ibas a vivir algo así, quiero decir, secuestradas, drogadas, marchando presas metidas adentro de un libro?
¿Crees que Marquitos se va a enterar de todo lo que dijimos? ¡Y los nenes, decime: qué culpa tienen los nenes! ¡Dios mío! ¡Yo no podría volver a mirarlos a la cara!...

¡ANAHÍ, POR UNA VEZ EN LA VIDA, PODÉS PARAR UN CACHITO!

sábado, 19 de marzo de 2016

Club social

Lo vimos acercarse por el caminito de lajas, bordear las canchas, la pileta grande y caminar hacia el sector de las mesas bajo los plátanos. El mismo andar bamboleante y un poco a la deriva, la misma expresión bonachona de cuando a eso de las cinco cerraba el negocio y se aparecía por el club con la bolsa de facturas.
Desde la plegadiza Cati se llevó las manos a la boca, Toresani paralizó el mate a mitad de camino y preguntó con voz de pito:
- ¿Yo veo mal o ese que viene ahí es Ramón?
Una reacción más que justificada, claro,  ya que Ramón llevaba unos diez años de fallecido.
El vientre voluminoso, la toalla corta colgada al cuello, el short de baño azul y las eternas sandalias marrones, el tiempo parecía haber practicado un extravagante salto mortal hacia atrás; pero sin dudas era él, era nuestro amigo Ramón.
Fuera del perímetro de los plátanos el sol todavía pegaba fuerte. Al paso del visitante, en la zona de las especies venenosas, la Vieja Paoluci, Tota Smith y Martita Mercante, estiraron los cuellos y rotaron las cabezas de culebra señalando a las demás sombrillas el escándalo que representaba tamaña novedad. Ramón sorteó la prueba con estoicismo y se encaminó hacia nuestra mesa.
Aquella tarde estábamos Juan Titanti, Cati, Julito Ayerbe, Mary Salonia, Eduardo Toresani y yo; Obdulio Clavera y señora desde el día anterior estaban en Buenos Aires. Los nombrados, junto con Ramón y Teresita, la viuda –que desde hacía tres años había vuelto a casarse y vivía en Río Cuarto-, conformábamos la histórica “mesa de la canasta” del club.
Que así como así se aparezca alguien muerto una década atrás, por mejor amigo y buen compañero de cartas que haya sido, de por sí ya es toda una experiencia. Ramón se detuvo unos metros antes de llegar, alzó las cejas y nos contempló con una expresión de tímida alegría. El silencio obstinado creó una atmósfera irreal. Yo la verdad que no supe qué decir. Fue el agrio de Juan Titanti el que rompió el hechizo:
- ¿Qué es esto, una especie de chiste?
Ramón enrojeció.
- ¿Qué hacés acá?
Juan Titanti y Ramón nunca habían congeniado, en la prehistoria de “la mesa” se habían disputado los favores de Teresita, Ramón y su afabilidad habían triunfado, desde entonces y hasta su muerte la rispideces nunca habían sido zanjadas.
- Por suerte hoy no hay ningún cardíaco, ¿cómo se te ocurre aparecerte así?
Ya repuesta de la sorpresa, Mary terció en defensa del recién llegado:
- No es para tanto, che.
- Es verdad –apoyé yo- Es nuestro amigo.
Ramón me miró y se le humedecieron los ojos. A continuación, nos fue repasando uno  a uno con una rara intensidad:
- Los veo tan bien.
Cati quiso decir algo pero no lo consiguió y Toresani le pasó una mano por los hombros. Ramón se sentó, alzó el mazo de cartas y se lo llevó a la nariz aspirando profundo. Era una situación inédita, por primera vez en su larga historia de vida la mesa de los chistes, las discusiones y la chachara interminable había extraviado las palabras. Por fin Mary dijo con tono casual:
- ¿Si querés armamos una partida?
Ramón, soltó las barajas y se incorporó de golpe:
- Después. Ahora, si no se enojan, querría algo que vengo deseando desde hace tiempo -y se sacó la musculosa, se ajustó el cordón de la malla y comenzó a desabrocharse las sandalias.
A nadie se le ocurrió detenerlo. Desde la mesa lo vimos caminar hacia la pileta, detenerse bajo la regadera, mojarse la espalda, el cabello ralo, e intercambiar un par de palabras con el Gallego García, que se había acercado a saludar.
En vida Ramón había sido un tipo apreciado, su familia, oriunda de Santiago del Estero, había instalado en la avenida principal una zapatería, al heredar el negocio Ramón consiguió agrandarla y un par de años después abrir un nuevo local del otro lado de la vía. Había sido un tipo tranquilo, de gustos simples, nada presuntuoso a pesar de que económicamente le había ido muy bien, y su muerte repentina había sorprendido a todos.
Concluida la ducha, se subió al borde y se tiró de cabeza. En el sector beligerante ya se había montado el operativo. La Vieja Paoluci y sus dos lugartenientes, ya estaban de pie reclutando aliados. Miraban hacia la pileta con movimientos expresionistas y hacían comentarios a viva voz. Ajeno a cualquier afán de violencia y en completa armonía con el agua clorada, Ramón nadó un largo completo sin detenerse.
- Está igual –dijo Julito.
Juan Titanti, cerró el diario:
- ¡Demasiados problemas tengo yo como para que ahora se aparezca este del más allá!
- ¿Y qué tiene, che?
- ¡Que siempre fue un vivo!
- ¡No digas pavadas!
- ¡No digo pavadas! ¿No te das cuenta cuál es su manejo? Siempre se quiso hacer notar.
- Relajate, Juan –medió Eduardo Caresani- Ramón siempre fue un tipo trasparente.
- Sos un ingenuo. ¿Te preguntaste alguna vez cómo hizo para hacer tanta plata?
Titanti se levantó de la plegadiza y alzó el termo vacío:
- Les adelanto que si se queda un rato más yo me voy –dijo, y se fue para el lado de la cantina.
Teresita y Ramón no habían tenido hijos, tras su muerte ella había seguido asistiendo a la mesa y Titanti luego de cumplido un plazo prudencial había vuelto a intentar la conquista, pero sin éxito. Cumplido el quinto aniversario, Teresita conoció a un viajante de comercio divorciado en un grupo para dejar de fumar y al tiempo se fueron a vivir a Río Cuarto.
- ¿Y el torneo de fútbol de fin de año se sigue haciendo?
Aquí estaba de nuevo, chorreando agua, con los ojos encendidos, un poco colorado por el esfuerzo.
- Empieza mañana –dijo Toresani.
- ¡Qué lástima! Me hubiera gustado ver por lo menos un partido.
- Te habrás enterado lo de River, ¿no? –dijo Julito, con tono zumbón.
- Prefiero que hablemos de otra cosa –lo cortó Ramón simulando indignación.
Cati, que estaba cortando un bizcochuelo, dejó el cuchillo y le posó la mano en el brazo:
- ¿Sabés lo de Teresita?
Ramón sonrió:
- Estuve con ella hace un rato.
Yo me desconcerté:
- ¿Cómo hace un rato? ¿Ella no está viviendo en Córdoba?
Nuestro amigo se frotó el cuero cabelludo con la toalla y la dejó sobre el respaldo de la plegadiza:
- Es algo complicado de explicar…
- Y dale, hay tiempo –dijo Cati.
Ramón suspiró:
- Bueno, mirá, es raro, pero si en algún momento uno tiene la necesidad y pide…
La voz de Juan Titanti, lo cortó:
- ¡Es él!
El  grupo, de unos diez, con la Vieja Paoluci, Juan Titanti  y Carbone, el cuidador del club, a la cabeza, venía en formación desde  la cantina. Rápido de reflejos, Julito Ayerbe se incorporó de la reposera:
 - ¿Qué pasa, Carbone?
El encargado titubeó:
- El señor…
- Es un antiguo socio.
Juan Titanti estalló:
- ¡Dejate de joder, Julio, este se murió hace diez años!
Mary se incorporó de la plegadiza:
- ¿Y cuál es el problema?
Fue el momento esperado por la vieja Paoluci:
- ¿Me permiten? En principio quiero decir que las integrantes de nuestra sombrilla nos alegramos de la visita de Ramón y, por supuesto, nos entristece su fallecimiento. Pero lamentablemente el club se rige por un Reglamento que en su apartado octavo dice…
Desde la segunda fila, Martita Mercante filtró una mano veloz con unas hojas impresas sujetas con un clip (se notaba que ya lo tenían ensayado) La vieja Paoluci se colocó unas gafas en la punta de la nariz y leyó con entonación leguleya:
-“Ante la extinción o desaparición física del socio, la administración del club suspende automáticamente su cuota social y el fallecido pasa a la categoría de ex socio”.
Mary le arrebató el documento de mala manera:
- ¿Me permitís, Paoluci? –y dio vuelta una hoja- El Reglamento también dice “el socio que por mudanza o traslado interrumpa la concurrencia regular al club, deja de pagar la cuota y, manteniendo los derechos, ingresa en la categoría de ‘socio no residente’”.
Juan Titanti volvió a estallar:
- ¿“Mudanza o traslado” adónde? ¡Al más allá! Mary, ¿vos me estás cargando?
El grupo beligerante comenzó a murmurar, Tota Smith, que se moría por intervenir, asomó la cabeza desde atrás:
- ¡Sin mencionar que el desubicado cometió la asquerosidad de meterse en la pileta!
Durante la refriega, Ramón se había mantenido en la plegadiza con la mirada baja, ya se había puesto la musculosa y ahora se calzaba las sandalias.
- Permítanme hacer una pregunta –terció Eduardo Toresani- ¿El Reglamento no dice también que se pueden traer invitados?
Las miradas de amigos y enemigos confluyeron en la Vieja Paoluci:
- Sí, sí, por supuesto. ¿Pero a Ramón quién lo invitó?
- ¡Yo! ¡YO! –aullaron a coro Cati, Mary y Eduardo.
Julito Ayerbe miró a Carbone y a la comitiva con expresión desafiante:
- ¡Situación zanjada! Como actual Tesorero, les repito que aquí está todo bajo control y el que tenga alguna otra queja que la plantee en la próxima reunión de comisión. ¿Estamos de acuerdo? ¡Carbone, vaya nomás!
Ante la firmeza de esas últimas palabras, los levantados en armas bajaron la vista y la Vieja Paoluci, la Tota Smith y Martita Mercante no tuvieron más remedio que girar sobre sus pasos y emprender la retirada. Juan Titanti agarró el estuche del mate, el bolso, las llaves del auto y se fue sin saludar.
Cuando se quedó entre amigos, Ramón se incorporó:
- Por favor, Julito, yo no quiero crear problemas.
- ¿No escuchaste? Vos sos nuestro invitado y te quedás –sentenció Mary Salonia.
Nos sentamos y mientras hacíamos la partida de canasta fue atardeciendo. Aquella siempre había sido la mejor hora del club, cuando se hacía la procesión de socios hacia los vestuarios, poco a poco se apagaban las voces, y crecía el canto de las chicharras y el olor húmedo del rocío.
Julián Doyle fue hasta la cantina. Al rato vino junto al cantinero con una tabla de fiambres, las cervezas y una botella de sidra helada. 
Hablamos de los últimos diez años, de la suma de sucesos grandes y pequeños que fueron definiendo nuestras vidas; Ramón preguntaba, a continuación bebía las palabras del que hablaba con expresión ávida, se quedaba en silencio y por unos segundos sus ojos se llenaban de pasado.
En un momento, se hizo la pausa que todos de una u otra forma esperábamos.
- ¿Y, vas a hablar o no vas a hablar? –dijo Cati.
Nuestro amigo vació de un trago el vaso de sidra y la miró con una expresión de inocencia:
- ¿Ustedes quieren saber cómo es?
- ¡Y obvio!
Mientras buscaba las palabras, Ramón paseó la vista por la extensión de pasto cortado, por las mesas y las sombrillas vacías, se detuvo en la superficie lisa del agua de la pileta y suspiró.

jueves, 18 de febrero de 2016

oooh.noten.és.ag.uan.te.tet

Los hechos de violencia entre las hinchadas de San Lorenzo y de Huracán datan de años, tantos como dilatada historia de estos clásicos rivales del fútbol argentino. Por un lado, “el ciclón” de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol vernáculo, con Sanfilippo como su máximo goleador, diez títulos en el país, dos copas internacionales; y por otro el emblema de Parque Patricios, el equipo de Brindisi, de Ardiles, del inolvidable René Houseman.
Aquella tarde, la última, tras la victoria del Globo ante el equipo azulgrana por dos tantos contra cero, las agresiones se iniciaron fuera del estadio del Nuevo Gasómetro. Cinco micros de la barra de Huracán partieron de regreso hacia Parque Patricios, cuando en la intersección de la avenida Cobo con la calle Beauchef un grupo de unos diez hinchas de San Lorenzo comenzó a arrojar botellas contra la caravana.
La respuesta no se hizo esperar, los agredidos hicieron detener los micros, se bajaron y respondieron con piedras y cuanto objeto contundente pudieran recolectar de un coqueto restó inaugurado semanas atrás en la intersección de esas arterias. En cuestión de minutos se inició una lucha casi cuerpo a cuerpo, noticia que no tardó en llegar al resto de la afición que todavía evacuaba el estadio y que –como es lógico- corrió hacia la zona para sumarse a la refriega.
La violencia se tornó ingobernable, a los golpes de puño, botellas y proyectiles de toda laya se sumaron armas blancas, manoplas y cadenas. Los enardecidos hinchas de San Lorenzo, con contactos en la zona, lograron ingresar a varios edificios que se elevaban por sobre el “campo de batalla” y desde los balcones comenzaron a arrojar muebles, enseres y electrodomésticos. Los vecinos dieron aviso a las autoridades y en pocos minutos unos veinte  patrulleros de la Seccionales 10, 20, 32 y 34 de la Federal, dos autobombas, un vehículo lanza agua y el Escuadrón Antimotines de la Gendarmería, acudieron con la orden de aislar la reyerta.
Ante la atropellada de las fuerzas del orden en un principio los fanáticos de ambas parcialidades retrocedieron y los uniformados ganaron fácilmente posiciones. Pero entonces sucedió algo curioso: primero en forma velada, pero luego de modo cada vez más ostensible, la dura Seccional 34 de Nueva Pompeya y los efectivos de la Gendarmería fueron buscando como objetivos de sus palos a los parciales de Huracán. Fue un cambio espontáneo, podría decirse, casi natural. En tanto, la Seccional 20 de San Cristóbal y la 32 de Parque Patricios, se volcaron a gasear y a aporrear a conciencia a los barras de San Lorenzo.
Como decíamos en un principio, la rivalidad entre las hinchadas de estas escuadras es de vieja data, hay en el medio disputas de barrio, pujas, alianzas, historias de familia y hasta oscuros intereses políticos y económicos, elementos que ahora emergían a la luz provocando que las fuerzas del orden implicadas, primero acataran “objetivamente” las órdenes superiores, para luego dar cabida a lo que libremente dictaba su corazón futbolero.
Al choque con piedras, cadenas, palos y navajas, entonces, como si a un enajenado se le hubiese ocurrido echar nafta a un incendio, se agregaban ahora las pistolas nueve milímetros y las mortíferas itakas de las fuerzas del orden.
Los canales de televisión y las radios, anoticiados de lo que sucedía no tardaron en enviar sus móviles. Las imágenes y los informes de los reporteros hacían poner los pelos de punta: en poco más de dos horas de enfrentamientos ya se habían producido 20 muertos y más de 300 heridos.
Los habitantes de Buenos Aires, ejemplo de compromiso y participación ciudadana, superado un primer momento de estupor comprendieron que no podían mantenerse al margen. En Liniers, Villa Urquiza, Villa Crespo, Constitución y Barracas fueron surgiendo los primeros intercambios de palabras: simpatizantes de Argentinos Juniors, de Ferro, de Platense, aliados históricos de San Lorenzo salían de sus hogares, se agrupaban a deliberar en las bocacalles y propalaban sus razones; partidarios de Boca, de Vélez, de Banfield y Nueva Chicago, más cercanos al Globo, retrucaban con las suyas. Acto seguido, se distribuían en dos bandos, comenzaban a insultarse hasta que alguien lanzaba el primer cascotazo: esa era la señal para irse unos contra otros como fieras rabiosas en mitad de la calle.
La ciudad fue asaltada por la violencia, en poco tiempo las víctimas fatales se contaban por centenares y el traslado y la atención de los heridos hizo colapsar el sistema sanitario. Desde el gobierno metropolitano se declaró el estado de emergencia, pero con las fuerzas encargadas de restablecer el orden, involucradas en el desorden, no había forma de controlar nada. Impotente, el Jefe de Gobierno porteño se comunicó con el ministro del Interior de la administración nacional, este se encerró en el despacho presidencial y en un tris se decidió la intervención federal de la ciudad capital. El Presidente de la Nación reunió de urgencia a su gabinete y en pocos minutos realizó el comunicado por cadena nacional.
Las provincias de Córdoba, Neuquén, Santa Fe y San Luis, opositoras al partido gobernante, recibieron el anuncio de la peor forma. El Gobernador de Córdoba, candidato perdedor de las últimas elecciones presidenciales e hincha de Talleres, tradicional aliado de San Lorenzo desde las épocas del antiguo Torneo Nacional de Fútbol, comunicó a los medios que lo del enfrentamiento entre hinchadas era “la excusa perfecta para violar el federalismo y llevarse por delante las autonomías provinciales”.
Ante la medida consumada, las provincias rebeldes decidieron desconocer la decisión de la Nación y junto a Catamarca, Chubut y Tierra del Fuego, elevaron un comunicado en el que se solidarizaban con la causa de “la gloriosa hinchada de Boedo, cuyos colores azul y rojo simbolizan el ideal y la lucha y les desean el mayor de los éxitos en el próximo torneo de verano”.
Santa Cruz, Mendoza, Entre Ríos y Jujuy no tardaron en responder a la provocación, en sus capitales de provincia la gente se dio cita en las plazas para dar apoyo irrestricto a la decisión del Presidente de la Nación, quemaron públicamente casacas de los de Boedo y mediante decretos de necesidad y urgencia sus gobiernos declararon obligatoria la afiliación de las administraciones públicas provinciales al club de socios de Huracán de Parque Patricios.
Los ánimos se caldearon, viejos rencores entre vecinos afloraron como el pus en una herida infectada, y en los asentamientos y poblados de los límites provinciales no tardaron en producirse los primeros hechos de violencia.
Las Fuerzas Armadas, con sus filas divididas, lanzaron un comunicado en el que se declaraban inoperantes. Los mandos medios de la Marina desconocieron a su Estado Mayor y en un acto de audacia extrema ordenaron izar la bandera de San Lorenzo en toda la flota de guerra. Mientras las bases y los altos mandos del Ejército y la Aeronáutica adherían a Huracán, la oficialidad de las tropas de tierra y los mandos medios de la Marina se pronunciaron a favor de “El Ciclón” de Boedo.
De esta forma, un torpe duelo de hinchadas surgido en una esquina cualquiera de la ciudad de Buenos Aires había logrado crecer, mutar y contagiarse como un virus purulento a cada rincón de la República.
La noticia no tardó en traspasar las fronteras. En el encuentro de cancilleres previo a la asamblea anual del Mercosur, el representante de Brasil interpelo a su par argentino expresando la preocupación de la Región por la guerra civil que había estallado en el Río de la Plata y su temor por “los inevitables coletazos de violencia en las naciones vecinas”. El canciller argentino respondió que se trataba de una cuestión doméstica, que su gobierno no iba a permitir injerencias y que “para hablar con ese tono el canciller evidentemente aún no digería la eliminación del Corinthians a manos de Boca Junior, aliado de Huracán, en la última copa mundial de clubes”. El representante brasileño se incorporó encolerizado, el presidente “pro témpore” de la Asamblea trató de apaciguar los ánimos proponiendo pasar al postergado debate de la baja de las barreras arancelarias, pero la mecha estaba encendida.
A los gritos, el representante venezolano denunció que los servicios bolivarianos de inteligencia habían descubierto que las FARC colombianas fomentaban con droga y armas la reacción violenta entre los fanáticos del Atlético Orinoco de Venezuela, el Chivas azteca y el Sporting Cristal peruano.  El canciller de Bolivia, acusó a Chile y Uruguay de racismo contra su gobierno de mayoría indígena y de discriminar “la altura” de La Paz en los encuentros de la Copa América. Reinó el descontrol: el canciller de Ecuador sacó de su maletín una bandera del Emelec y se paró sobre su escritorio, mientras los representantes de Venezuela y Colombia ya se habían tomado del cuello con claras intenciones de ahorcamiento.
Por la mañana, los principales diarios del continente coincidían en diagnosticar “la herida de muerte propinada al bloque del Mercosur”. En Brasil, las torcidas del Palmeiras de Sao Paulo y el Flamengo, comenzaron a salir espontáneamente a las calles, declaraban su adhesión a uno u otro de los equipos de la capital argentina e iniciaban los desmanes. Sao Paulo, Brasilia y Belo Horizonte se transformaron de la noche a la mañana en incontrolables focos de violencia.
El presidente de Paraguay, desacreditado por la corrupción y con un débil 5% de la aprobación popular, enmascarando la medida con una distractiva adhesión a “la heroica lucha libertadora de la parcialidad de Huracán contra de las mafias enquistadas en la Confederación Sudamericana de Fútbol”, declaró campeón por decreto a Cerro Porteño de Asunción. La población asunceña, enardecida, salió a la calles y comenzó a saquear e incendiar oficinas públicas. En el transcurso de 48 horas varias capitales de continente comenzaron a arder.
En la Casa Blanca las repercusiones no se hicieron esperar, el Subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Paul Cannon, planteó al Presidente su inquietud ante el inesperado brote de violencia en América del Sur. Reunido con el Comité de Crisis, el Presidente de improviso pidió ubicar a su Ministro de Deportes, el Secretario de Estado lo miró azorado. Se sabía que el Presidente era fanático de los NY Yankees, su deporte era el baseball y prácticamente lo ignoraba todo sobre el balompié, por lo que había que averiguar a cuál de las dos hinchadas del fútbol argentino adscribían sus admirados Yankees, la lógica indicaba que esa era una tarea de su Ministro de Deportes. En el Salón Oval se sucedieron minutos tensos, los miembros del Estado Mayor Conjunto consultaron en silencio los últimos informes de la CIA, finalmente sonó el teléfono rojo: “estamos con Huracán”, se escuchó del otro lado. Y aquellas tres palabras sellaron la posición de la principal potencia del mundo en la nueva amenaza que se cernía sobre la paz del planeta.
Como correspondía en estos casos, se convocó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Antes de la reunión, China y la Federación Rusa lanzaron sendos comunicados en el que se declaraban a favor de San Lorenzo de Almagro. La Unión Europea, excepto las intransigentes Irlanda y República Checa, propusieron llegar a algún tipo de acuerdo que desactivase el enfrentamiento, “quizás apoyando a alguna hinchada no alineada como la del Al-Shabab de Arabia Saudita o el Racing de Camerún podrían aquietarse las aguas” Las principales potencias prometieron sopesar la propuesta y la reunión del Consejo se programó para el día siguiente en la ciudad de Ginebra.
Mientras en los estratos del poder esto sucedía, entre la población civil las víctimas se contaban por decenas de miles. La Argentina, el lugar donde había estallado el conflicto, ya era tierra arrasada, se producían movimientos de tropas y enfrentamientos en Venezuela, Colombia, México y Bolivia. En el D.F. mexicano la gente comenzó a salir armada a la calle y los carteles de la droga aprovecharon la anarquía para ejecutar sus crueles venganzas. El caos desembarcó en el continente africano y Siria amenazó con lanzar sus misiles atómicos.
Aunque sin datos concluyentes, entre las principales escuadras del planeta se registraba el siguiente alineamiento:
* A favor de San Lorenzo: Real Madrid, Bayern Munich, Arsenal, Milan, Olympique de Marsella, Hamburgo, Dynamo, América de Cali, Santos y Cruz Azul.
* A favor de Huracán: Manchester United, Barcelona, Chelsea, Inter, Tottenham, Olimpyacos, Colo Colo, Peñarol, Flamengo y FC Torpedo de Moscú.
La reunión del Consejo de Seguridad de la ONU fue un fracaso rotundo. Japón y Alemania, si bien no opusieron reparos a su alineamiento con EE.UU., instaron a los miembros a aplicar urgentes sanciones económicas contra la Confederación Asiática de Fútbol por sospechar que era utilizada como pantalla por el comunismo de mercado chino para perpetrar espionaje industrial. Como represalia, Corea del Norte amenazó, a su vez, con utilizar su arsenal nuclear. Un fanático se filtró en la reunión, burlando la seguridad se subió al estrado y se inmoló a lo bonzo. El desgraciado llevaba puesta una casaca de un equipo del ascenso de la Liga Árabe, lo que agregó más confusión a la confusión porque era un club desconocido y no se sabía a cuál de las facciones en pugna respondía.
A una semana de su inicio, la escalada de violencia se hizo ingobernable: dos millones de muertos, dieciseis capitales arrasadas, desabastecimiento, saqueos y los primeros desplazamientos masivos de poblaciones hambrientas y desesperadas que huían a ninguna parte. John W.Tornes, el destacado analista internacional de “The Washington Post”, señaló en su editorial: “la tan temida Tercera Guerra Mundial finalmente ha estallado. Sus causas: un estúpido duelo de hinchadas en un ignoto arrabal latinoamericano. Sin dudas un desenlace esperado, que sólo denuncia el patético fracaso de la especie humana por perpetuarse en la historia”

En el planeta lunar Oxímeris, Alawhi W, Interceptor a cargo de la poderosa Antena Imbelonita III bostezó, estaba mal dormido, la Jefatura Suprema le había ordenado vigilar un pequeño planeta ubicado en la galaxia vecina y a eso había dedicado las últimas cuarenta y ocho horas. De pronto, una rara interferencia saturó el audio, Alawhi W intentó modular la señal y aguzó el oído: escuchó una suma de voces que coreaban algo así como: “ooooh.noten.és.ag.uan.te.tet”. Transcurrieron un par de segundos, la letanía se repitió. Se disponía a ecualizar la transmisión para grabarla  y pasar el informe cuando un resplandor enceguecedor lo hizo caer de la butaca: el pequeño planeta de pronto se tornó refulgente, pareció sufrir un breve espasmo, pasó a una coloración verde violácea, volvió al brillante y estalló en mil pedazos. Nunca había presenciado cosa parecida. Alawhi W pensó en el suceso que tendría para relatarle a su hembra-robot. Fascinado, observó los diminutos trozos incandescentes que se esparcían en la densa noche estelar, los fragmentos emitieron un último destello y se perdieron para siempre.