miércoles, 14 de agosto de 2013

Vocación

Un par de días atrás, estando yo en mi oficina, escuché por la radio una noticia que de inmediato capturó mi atención: en Ingeniero Budge, un grupo de delincuentes había ingresado a una vivienda, amordazando a la familia les robaron todo lo que lograron transportar, pero antes de huir le dieron una mano completa de pintura a un cuarto y al living de la casa. ¿Suena a disparate? Antes de cualquier juicio a priori, me gustaría advertir sobre algo que a simple vista puede parecer una perogrullada pero que no lo es: si la vida de las personas de a pie es un enigma, tanto o más oscura es la subjetividad de alguien que se dedica al delito; dilucidar qué piensa, saber qué lo motiva, cuáles son sus fantasías, sus tabúes y deseos es un completo desafío.

Quizás resulte más claro lo que digo si se me permite contar una breve historia. El relato tiene como protagonista a alguien que llamaré Carlos “Milanesa” Rodriguez (el nombre es falso, pero a los efectos del relato sirve). Milanesa Rodriguez era uno de estos seres dedicados a vivir de lo ajeno, desde hacía unos cuatro años se aplicaba a entrar por la fuerza en domicilios en la que sólo se encontraban ancianos. Milanesa era meticuloso, trabajaba solo y –algo bastante peculiar, ya que hablamos del mundo del hampa- odiaba las armas.


Como no iba armado, para franquearse la entrada a los domicilios se travestía de empleado de una conocida compañía de gas. Había descubierto que el uniforme generaba confianza, bajaba las defensas e invariablemente los viejos le abrían la puerta con una actitud amistosa. Entonces, simulando la punta de un arma dentro del bolsillo irrumpía a los gritos, hacía retroceder a los ancianos hasta la cocina y los maniataba a una silla.    

Milanesa operaba en barrios tranquilos, con poco movimiento, y le iba muy bien. El secreto de su éxito radicaba en el trabajo de inteligencia previa, la información que obtenía en minuciosas recorridas de estudio le permitían dar los golpes siempre en el sitio conveniente, minimizando los riesgos y maximizando los resultados. Así trabajó durante dos años, sin un traspié, hasta que un día como tantos, al irrumpir en un hogar, mientras ataba a su víctima a una silla de la cocina, sintió olor a gas.
Al momento de elegir su falsa identidad de operario, Milanesa Rodriguez se había provisto de una importante cantidad de folletos, manuales e instructivos sobre el funcionamiento de las redes de gas domiciliario, si a esto sumamos el know how propio de alguien que se da maña para reparar cualquier desperfecto de su propio hogar, se comprenderá la seguridad y rapidez con que identificó que ese olor se debía a una pérdida y que dicha pérdida provenía de la cocina de cuatro hornallas que veía allí, entre la mesada y la heladera de aquella casa.
No pudo evitar el impulso, y luego de recaudar todo el efectivo que logro encontrar, se instaló junto a la cocina y desarmando los quemadores, controlando las conexiones del horno y las juntas de la manguera con la red de gas de la pared, solucionó la pérdida. Durante el tiempo que duró la operación, el anciano no pudo sacarle la vista de encima ni disimular la expresión de desconcierto, y antes de que Milanesa se retirase le agradeció el arreglo.
Se trató –convengamos- de un comportamiento extravagante,  y aquella noche, ya en la cama, Milanesa tuvo una sensación extraña, contradictoria: ¿el arreglo de esa cocina había respondido a una necesidad genuina, o había sido el uniforme que llevaba puesto el responsable de aquella reacción? ¿Había un trasfondo de culpa, de prurito moral que se manifestaba de esa manera, o ya no lo satisfacía robar y estaba necesitando nuevas emociones? Los pensamientos lo desvelaron durante varias horas, impidiéndole el descanso, pero Milanesa Rodriguez era un optimista de la acción, una persona extremadamente práctica que aceptaba lo que la vida le ponía adelante.  “El ser humano es un mecanismo complejo  –se dijo- puede tener momentos de lucidez y otros de  comportamiento errático, pero tanto unos como otros obedecen a un plan mayor, a una energía superior que estipula hacia dónde va la vida de cada quién y contra eso no hay tu tía”.
A partir de aquel suceso, sin embargo, en la interioridad de Milanesa pero, sobre todo, en el modus operandi de sus asaltos, algo se alteró para siempre: no sabría explicar el por qué, pero cuando irrumpía en los domicilios era como que una porción de su cerebro siempre estaba atenta a la falla, a la fuga, al desperfecto. Pasaba revista a las conexiones externas, al termostato de los calefones, al piloto de los tiro balanceado, y si encontraba una anomalía, luego que concluir con el robo, se ponía manos a la obra. No es necesario aclarar que por estos trabajos no cobraba (obviamente acababa de robar a sus clientes, con qué iban a pagarle). En su bolso de trabajo comenzó a llevar algunos repuestos: válvulas, llaves de paso, termocuplas.  En una ocasión,  constató una pérdida en la cañería central que entraba de la calle, se trataba de un trabajo de magnitud que había que emprender a la brevedad, él mismo se encargó de llamar a la compañía para que mandaran a una cuadrilla. El cliente domiciliario, por lo general era imprudente con el manejo del gas, no tenía conciencia del peligro al que se exponía con la más sencilla pérdida, y tras los asaltos se encargaba de concientizar a sus víctimas, de dejarles un mensaje.
Lo cierto es que Milanesa Rodriguez con el correr de los atracos fue adquiriendo experiencia. No era un mal técnico y, sobre todo, el oficio le gustaba. En una noche de copas habló sobre lo que estaba viviendo con sus compañeros del ambiente, se rieron pensando que les estaba haciendo una broma y no hizo más comentarios sobre el tema. Debía relajar, permitirse vivir el momento, en definitiva quién podía atribuirse la autoridad para dictaminar qué hacer, o cómo vivir.
Transcurrió un año completo, Milanesa seguía cumpliendo el doble rol con dedicación y buen ánimo, hasta que se produjo el incidente de la camioneta. Buenos Aires es una ciudad intrincada, pero más tarde o más temprano los destinos terminan por cruzarse: cierto día, saliendo de asaltar un chalet de Zona Norte vio pasar la camioneta de la compañía a la que simulaba pertenecer, el vehículo disminuyó la velocidad, un operario se asomó por la ventanilla y le gritó si iba para la empresa. Milanesa Rodriguez se paralizó, un cúmulo de sensaciones lo tomaron por asalto: ¿Qué hacer? ¿Era una señal, o era el simple azar que lo ponía a prueba? No lo pensó demasiado, con mil cosquillas en el estómago les gritó que lo esperaran, apretó el bolso de trabajo bajo el brazo y se trepó al vehículo.
Luego del suceso de la camioneta -y con una gran cuota de audacia - Milanesa aprovechó el malentendido para incorporarse  a una de las cuadrillas de calle de la compañía. De inmediato mostró excelentes cualidades, pasaron varias semanas de trabajo intenso, pero como era dable esperar la situación irregular debía llegar a su fin: era alguien que no figuraba en la oficina de personal, nadie lo conocía, nadie lo había contratado y, sobre todo, no reclamaba sueldo alguno. Con el apoyo de sus compañeros blanqueó su condición y como era un buen operario fue incorporado y cobró su primer sueldo.
Su ascenso en la empresa fue meteórico: a los seis meses de integrar las cuadrillas de calle pasó a la Oficina de Mantenimiento, en poco tiempo fue nombrado Jefe de Sección, medio año más tarde lo enviaron a la Planta Central de la compañía, en Amsterdam, para perfeccionarse. Mientras tanto, los robos, como ahora debía cumplir horario quedaron para los fines de semana. Además, representaban una complicación, porque al ser ya un operario legítimo sus compañeros lo interrumpían a cada rato por handy para pasarle órdenes de reparación, hacerle consultas o, simplemente, para convenir un horario para pasar a buscarlo por el domicilio de sus víctimas. Pero la realidad es que fue perdiendo el interés, sus salidas a robar se fueron espaciando, comenzaron a languidecer y con la misma naturalidad con que había reparado la primera pérdida de gas, un día cualquiera llegaron a su fin.
Hasta aquí llega, a grandes trazos, esta historia. En la actualidad, Carlos “Milanesa” Rodriguez es Gerente de Logística para América Latina y el Caribe y ocupa una oficina con vista al Río de La Plata. Es precisamente de ese despacho desde donde escuchó por radio la noticia del asalto en Ingeniero Budge (él y yo, se habrá deducido, somos la misma persona) Y así funcionan las cosas en el mundo, a veces las historias se reiteran, con algo de maquillaje, cambios de escenario y de actores, los argumentos se repiten. Tengo la esperanza que los muchachos que irrumpieron en esa casa, robaron y antes de huir le dieron una mano de pintura al living y a un cuarto, colaborando con esta buena gente que evidentemente estaba en proceso de reciclar el hogar, si leen estas líneas puedan sentirse algo menos confusos.

lunes, 25 de marzo de 2013

Loca por las plumas


Personajes:
Doctor
Evangelina

Entra el DOCTOR, guardapolvo blanco, muy formal, se dirige al público.

DOCTOR: Señoras, señores, el cerebro humano, los misterios de la personalidad, ¿cuándo nuestra capacidad de razonamiento funciona dentro de parámetros normales y cuándo estamos totalmente locos? Un enigma que desvela a científicos de las más diversas especialidades. Soy el Dr. Sergio Dapiaggi, experto en psiquiatría, vamos a ir inmediatamente a nuestro caso de hoy. ¡Señor director, por favor!

Se escucha ‘I love you baby’, entra una anciana de 79 años bailando, sensual,  lleva malla y plumas de vedette, corretea de un extremo al otro del escenario, ensaya pasos de baile mientras canta la letra de la canción. 

DOCTOR: Vamos a presentar el caso Evangelina. Evangelina, ama de casa jubilada, 79 años, viuda, tres hijos felizmente casados. La de esta anciana es una historia desgarradora, tiene su génesis en la calle Esmeralda, en las puertas del teatro Maipo. Tarde de lluvia, de pasada a casa de una de sus nueras, Evangelina resbala con una deposición de perro e impacta la cabeza contra el filo de un escalón del conocido teatro de revistas: a partir de ese momento está convencida de que es Nélida Lobato.

EVANGELINA sigue bailando, gira en torno del DOCTOR y de golpe queda congelada. El DOCTOR escucha su respiración, le mira las pupilas.

DOCTOR: Acaba de entrar en uno de sus estados catalépticos. Uno puede registrarlo por el ritmo cardíaco y sobre todo, por la expresión cuasi idiota de su rostro. A veces es posible que abra la boca y babee.

EVANGELINA de golpe vuelve a moverse, agita los brazos bailando “El lago de los Cisnes.

DOCTOR: El teatro está lleno, Evangelina

EVANGELINA: ¡Qué emoción!... Lo felicito, Fernández, en toda mi larga carrera usted ha sido mi mejor representante.

DOCTOR (al público): En este momento para su cerebro perturbado soy su representante Olegario Fernández, destacado empresario de la farándula (a EVANGELINA) ¡Escuche como la aplauden! (hace señas para que el público aplauda) La gente está conmovida, observe, algunos lloran (hace señas para que lloren)

EVANGELINA (reaccionando): ¿Quién llora?

DOCTOR (señala a un espectador): Por allí.

EVANGELINA (agresiva, al espectador señalado): ¿Y dígame, por qué llora? ¿No le gusta el espectáculo? ¿Para qué pagó la entrada, entonces? ¿Por qué no se va?

DOCTOR: No, Evangelina, llora de emoción.

EVANGELINA, despreocupada, vuelve a danzar.

EVANGELINA: No es para menos. Soy una bailarina soñada, una vedette explosiva, la estrella rutilante del firmamento artístico ¡Gracias, gracias, queridos míos! ¡Gracias mi público!  (recuerda algo, busca entre sus ropas un monedero, le da varios billetes al DOCTOR): Tome, Fernández, la recaudación de anoche. ¡Me quedaron los pies a la miseria!

DOCTOR (nervioso, oculta rápidamente el dinero): Está bien, está bien, Evangelina, je-je, dejémoslo para más tarde (al público) ¡Esta Evangelina! No vayan a creer que exploto a esta pobre mujer (exaltado) El dinero que produce Evangelina en la Panamericana ejerciendo el antiguo oficio que ustedes imaginan forma parte de su terapia de reinserción psico-social. Ha registrado avances notables y las ganancias son donadas íntegramente a la Fundación Internacional Felices los Locos, Chapitas y Afines.

EVANGELINA (cambiando): ¡Doctor, Doctor, la capa de hielo de Groenlandia!

DOCTOR: ¿Qué pasa con la capa de hielo de Groenlandia, Evangelina?

EVANGELINA: Se derrite. ¡Nos vamos a ahogar! Hay que nadar hacia la costa, venga, nade, nade, nade.

EVANGELINA empieza a nadar  y el DOCTOR la imita.

DOCTOR (al público): El síndrome de strees postraumático producido por el infausto golpe frente al conocido teatro genera una suerte de confusión espacio temporal.

EVANGELINA (cambiando, enamorada): ¡Ricardo, amado mío, volviste!

DOCTOR (cambiando, seductor): ¡Aquí estoy, baby!

EVANGELINA: Me trajiste flores, galante como siempre.

DOCTOR (entregándole flores imaginarias): ¡Aquí están, chiquita mía, te extrañé tanto, tanto, mi bomboncito de licor! (al público) Quiero aclarar, señora, que tampoco soy este tal Ricardo, un “latin lover” de cuarta que se las da de poeta y del que Evangelina, en su delirio, se ha enamorado perdidamente.

EVANGELINA: Me he aprendido el poema que me dedicaste. ¿Te lo recito?

DOCTOR (nervioso): ¡Ejem, no, no, amada mía, en otra oportunidad!

EVANGELINA: ¡Por favor, mi Romeo, te lo recito!

DOCTOR: ¡Dije que no, Evangelina, después!

EVANGELINA (solemne, conmovida): “Por la vía pasa el tren / por la ruta pasa el coche, / por mi mente pasas tú / todas las noches” (el DOCTOR enrojece, EVANGELINA, invirtiendo los roles, hace señas para que el público aplauda) Escucha como aplauden, amado mío, tu también eres un gran artista.

EVANGELINA vuelve a bailar y a cantar.

EVANGELINA: ‘I love you baby’/ ‘la-la-la-lá’

Se detiene de golpe en otro estado cataléptico.

DOCTOR: ¿Cómo reinsertar a este ser sensible? Esperen que la corro (el DOCTOR agarra a EVANGELINA y la alza y la corre a un costado como si fuera una lámpara) Decía ¿cómo reinsertar a este ser sensible en la sociedad de la que formaba parte? (el DOCTOR saca un papel de un bolsillo) Me escriben muchas señoras haciéndome múltiples consultas: por ejemplo aquí Amparo de Hurlingham pregunta: ¿tejer al crochet puede ser motivo de acoso sexual? Es un caso interesante, veámoslo: ¡Evangelina! ¡Despierte, Evangelina, vamos! (DOCTOR cachetea a EVANGELINA para que vuelva en sí) Evangelina, le pido un favor, retome el tejido de esa tricota que estaba haciendo.

EVANGELINA saca de una bolsa un tejido y se pone a tejer moviendo exageradamente los hombros, en algo que pretende ser sensual.

DOCTOR: Crochet, Santa Clara o Punto Inglés, es indistinto. Obsérvese la sensualidad de los movimientos de Evangelina al tejer, esta bien que en su delirio está convencida de que es una vedette, pero si esta mujer realizara esa labor en un espacio público, como ser una plaza, el puente Alsina o un transporte urbano de pasajeros, podría provocar una justificada reacción del sexo opuesto. Por eso, Amparo de Hurlingham, contestando a su inquietud: si necesita tejer, es aconsejable hacerlo en la intimidad del hogar, a salvo de la poderosa pulsión erótica que la práctica del tejido de punto provoca en el hombre.

EVANGELINA (cambiando): ¿Qué hace usted aquí señor?

DOCTOR: ¿Cómo qué hago?

EVANGELINA: ¿Para qué es ese calefón?

DOCTOR (desconcertado): ¿Calefón?

EVANGELINA: Sí, ese calefón. ¿Qué, es ciego?

DOCTOR (mira bajo su brazo) ¡Ah sí, el calefón, perdóneme! Soy el plomero, se le había tapado la sentina, recuerda, y vengo a instalarlo.

EVANGELINA: Pero apúrese, mi amado Ricardo va a volver en cualquier momento. ¿No lo vio?

DOCTOR: Creo que está en el baño.

EVANGELINA retoma la danza.

EVANGELINA: Tengo que ensayar una coreografía muy difícil para él. ¿Usted vio Flash Dance? Deje ese calefón y ayúdeme.

EVANGELINA hace unas figuras de baile, el DOCTOR la eleva sosteniéndola de la cintura. De golpe EVANGELINA lo rechaza con violencia.

EVANGELINA: ¡Vete, Ricardo, te odio, me escuchaste!

DOCTOR: ¿Qué pasa?

EVANGELINA: ¡Estás mirándola de nuevo! (señala a una mujer del público)

DOCTOR: ¿A quién?

EVANGELINA: A esa

DOCTOR: ¡Mi chocolate glaseado, te juro que solo tengo ojos para ti!

EVANGELINA: ¡No te hagas el idiota!

DOCTOR: Esa mujer es la primera vez que viene, estamos en un teatro, el público cambia con cada función.

EVANGELINA: ¡Sí, claro, estamos en un teatro, y yo soy la princesa Máxima Zorreguieta! No vas a engañarme de nuevo, Ricardo, te dije que no volvieras a hacerlo. Debo asesinarte (EVANGELINA saca de entre sus ropas un cuchillo y lo acuchilla varias veces, es un cuchillo de utilería de esos en los que la hoja de oculta en el mango. Acto seguido entra en otro  estado de catalepsia)

DOCTOR (le mira las pupilas, le ausculta la respiración, le saca el cuchillo de las manos y lo muestra al público): ¡Esta Evangelina! Cuando seres con esta patología intentan clavarles un cuchillo, no hay que contradecirlos. Oponer resistencia puede provocarles una regresión. Hay que conservar la calma y dejarse asesinar. Por eso es conveniente, señora, señor, cambiar los utensilios punzantes del hogar, tijeras, pelapapas, cuchillos, sacacorchos, por elementos como estos.

EVANGELINA sale de su estado de parálisis y, con gran agitación comienza a correr y agitar los brazos enloquecidamente.

EVANGELINA: ¡Doctor, ayúdeme!

DOCTOR: ¿Qué le pasa?

EVANGELINA: Las ballenas, otra vez, volvieron a meterse al living.

DOCTOR: Déjelas retozar, no pueden estar mucho tiempo encerradas.

EVANGELINA: De ninguna manera, me ponen los pisos a la miseria. ¡Ayúdeme!  (EVANGELINA va hasta el borde del escenario y agita los brazos) ¡Fuira! ¡Fuira! Hay que sacarlas por la ventana, que vuelvan al patio.

Durante el parlamento del DOCTOR, EVANGELINA sigue arriando ballenas, las lleva hasta la platea donde se encuentran las hipotéticas ventanas, alguna siempre se le escapa, se le escabulle hacia los camarines, por entre bambalinas, EVANGELINA ira a buscarlas.

DOCTOR (al público): Las alucinaciones, un tema recurrente en este tipo de casos. Para Evangelina hoy son las ballenas, pero debo relatarles una historia asombrosa que la tiene como protagonista: comienza cuando la paciente cambia el pegamento de su dentadura postiza, la nueva marca al parecer tiene un compuesto químico prohibido que la endroga, Evangelina primero se convence de que es Fidel Castro, luego que levita, hasta que finalmente comienza a experimentar visiones premonitorias, la noticia corre como reguero de pólvora en su barrio, las comadres hacen cola para hacerle consultas sobre el futuro. En una oportunidad Evangelina visualiza que tropas irakies van a invadir Kuwait, uno de sus hijos se contacta con las fuerzas de la OTAN en el Golfo Pérsico, lo denuncia, y así es como nuestra querida Evangelina recibe en 1990 el Premio Saddam de Bronce al Mantenimiento de la Paz. Muestre la medalla. ¡Aplausos por favor! (EVANGELINA, orgullosa, recorre el escenario mostrando una medalla que lleva prendida al pecho) ¡Escuche, escuche como la adoran!

EVANGELINA vuelve a danzar.

EVANGELINA: ¡Gracias, gracias, público mío, gracias!

DOCTOR (mira la hora): Bueno, Evangelina, yo la noto cada vez mejor, que quiere que le diga. Páseme el monedero (le saca varios billetes) Son 500 pesitos. La veo la semana entrante. Acuérdese que debe seguir con su rehabilitación en la Panamericana y tómese estos comprimidos (redacta una  receta) Ahora me retiro, tengo muchísimo trabajo (saluda al público con una inclinación) ¡Buenas noches!

El DOCTOR sale.

EVANGELINA (ocupa el centro del escenario, fija la vista hacia un punto elevado de la platea): Ricardo, amado mío, ¿me escuchas? No soy una chica fácil, Ricardo. Sin ti, últimamente he tenido pesadillas tan horrendas. ¿Qué sabemos del amor, amado mío? (pausa, mira el entorno para ver si el DOCTOR se fue, cambiando, se dirige al público) Ustedes vieron: qué triste, ¿no? En su delirio cree que es un médico psiquiatra y yo una de sus pacientes más graves. ¡Una verdadera pena! ¡A mí me parte el alma! Hay que seguirle la corriente, es parte del tratamiento. Es un sobrino segundo y una por la familia hace cualquier cosa. ¡Que misterio el cerebro humano! ¿No?

APAGÓN

miércoles, 6 de febrero de 2013

Huérfanos

Mi padre cumplió en junio ochenta y dos años, mi madre tiene setenta y nueve, llevan cincuenta y siete años de vida juntos, todo un registro si uno piensa en lo que duran hoy las parejas. Con Carla y Matías, mis dos hermanos, los vemos poco. En nuestra familia, en realidad, todos nos vemos poco, nunca pusimos mucha energía en esto de reunirnos y para cuando sucede elegimos un restaurante.

Un restaurante es el sitio acorde porque es territorio neutral, hay una serie de reglas por cumplir, uno no puede andar levantando la voz, tirándose platos por la cabeza, o acomodándose para dormir la mona en un sillón; pero a cambio goza de ciertas ventajas: cuando sobreviene el aburrimiento o nos hartamos de escuchar al que tenemos al lado, sencillamente nos paramos y nos vamos.

En su vida activa mamá daba clases de piano, papá era profesor de educación física y guardavidas. Una historia como tantas: se conocieron en el colegio donde ejercían, se pusieron de novios, se casaron y luego entramos en escena mis hermanos y yo. Gracias al trabajo de guardavidas de mi padre, con Carla, Matías y mi madre recorrimos todas las playas de la costa atlántica, ese es el mejor recuerdo que guardo de mi infancia: papá desde su atalaya con la vista concentrada en los bañistas, mi madre bajo tres toallones leyendo alguna revista sin el menor interés por nosotros, que podíamos movernos y retozar a gusto por la playa y los médanos.

De los tres hermanos yo soy el mayor y, de lejos, el más sensible, a causa de esto arrastro algunos problemas con el alcohol. Matías, en cambio, siempre ha tenido una energía y una seguridad envidiables, hoy es un exitoso abogado del foro judicial, con domicilio en un barrio caro de Zona Norte, esposa y tres hijos en edad escolar. Mi hermana Carla, por su parte, creo que desde siempre estuvo algo tocada, es psicóloga de niños, va por el segundo divorcio, tiene dos varones adolescentes que prefieren vivir con el padre y se tiñe el pelo de color anaranjado. Yo soy editor de revistas, trabajo en forma independiente para un par de sellos importantes, el año pasado me separé, mi vida está algo descompaginada, aunque asisto regularmente a las reuniones de Alcohólicos Anónimos.

Voy a intentar contar esta historia lo más llanamente posible, de lo contrario puede pasar por un chiste exagerado, una alegoría, o directamente (y me adelanto a decirlo antes de que alguien lo piense) como el resultado de una botella y media de J&B. Primero sucedió lo de mamá. Yo vivo en Barracas, al centro vengo poco, un viernes de principios de mayo tenía una reunión en una de las editoriales y se me ocurrió organizar uno de estos encuentros familiares. Matías enseguida dijo que no –sospecho que no tenía muchas ganas de movilizarse con toda la prole hasta el centro- y Carla avisó por mensajito que estaba en Córdoba en un congreso, o un seminario de psiquiatría.

Llamé a papá y a mamá por teléfono y, entonces, quedé con ellos. Se me ocurrió reservar en un restaurante de cocina vasca que había conocido en un almuerzo con unos editores españoles, que está a un par de cuadras de Plaza Congreso. Llegué una media hora antes, era temprano y el local estaba vacío. Me tomé una botella completa de agua mineral pensando en nuestra infancia y preguntándome qué cosa había sucedido para que todo resultara de la forma en que luego resultó. ¿Cuánto hacía que no veía a papá y a mamá? Unos cuatro meses, desde la última Navidad. A los pocos minutos los vi trasponer la puerta: papá me pareció algo más delgado, pero se lo veía erguido y aún mantenía los hombros poderosos de sus épocas de bañero, mamá venía semioculta detrás. Sortearon la distancia que había hasta la mesa y cuando llegaron junto a mí sucedió esto que quiero relatar: la mujer que había ingresado detrás de papá y que entrevista detrás de su corpachón mientras se aproximaba era mi madre, al llegar junto a mí ya no. Quiero decir, era alguien con un parecido notable a mamá, pero era una extraña.

Si me permiten, quiero detenerme para razonar un poco esto: una persona puede tener la complexión física, la estatura, el cabello, el corte de la cara, el color de piel, el estilo en el vestir parecidos, muy parecidos, incluso idénticos a los de otra; sin embargo hay algo indubitable que a simple vista distingue un ser humano de los otros siete mil millones que habitan el Planeta Tierra, y que, podríamos decir, constituye su ADN, ese algo está en los ojos, en la expresión de la mirada. Pues bien, esos ojos, la expresión de esa mirada no eran los de mi madre, esa mujer, sin dudas, no era ella.

Como es lógico, sentí un sacudón interior, el desconcierto se agravó cuando la mujer, con una sonrisa natural se inclinó y me besó en la frente tal cual lo hacía mi madre. Levanté la vista hacia papá, que me contemplaba con la afabilidad un poco torpe de cada encuentro y, porque lo conozco, tuve la certeza de que ignoraba lo que estaba sucediendo.

Justamente esa noche yo cumplía ocho meses sin alcohol -lo recuerdo porque cuando llegué a casa lo anoté en un papel que tengo pegado en la heladera- venía durmiendo bien, no estaba consumiendo psicotrópicos, no podía haber error ni engaño: esa mujer que ahora se sentaba como si nada y, escandalosamente, estaba ocupando el lugar de mi madre, era otra persona.

Ahora bien, sabido esto y volviendo al almuerzo, ¿qué hacer? ¿Cómo sobrellevar la situación? Ignoro si fue instinto, desesperación, o esa inteligencia oscura que hay detrás del pensamiento, la cuestión es que ese algo me murmuró al oído que nada de gritos, ni de escándalo, no debía producirse una escena; y entonces disimulé, fingí naturalidad, compartí una cena agradable hablando de generalidades -por las dudas nunca de nada que pusiera en aprietos a la desconocida-; y así transcurrió la velada, cenamos una entrada de rabas, cazuela de mariscos, tiramizú y nos despedimos pasadas las once.

Mi padre siempre fue un hombre distraído, para mí esa es una realidad incontrastable. Nuestra infancia está plagada de anécdotas al respecto, baste mencionar la vez que volviendo de Mar de Ajó (mi madre esa vez no era de la partida) nos dejó a Carla y a mí, de 5 y 6 años, olvidados en una estación Isaura a la altura de Santa Teresita. Se percató a los 60 kilómetros, cuando Matías,  desde su sillita del asiento trasero le preguntó por qué sus dos hermanos se habían quedado a vivir en la playa y él no. Se comprenderá que hablo de distracción intentando encontrar algún argumento que explique lo sucedido, pero la verdad es que incluso hoy no lo entiendo.

Dejé pasar todo el día siguiente y por noche llamé a mis hermanos. No les adelanté de qué se trataba, solo dije que debíamos reunirnos porque tenía algo importante que comunicarles. Nos encontramos a la mañana siguiente en el consultorio de Carla. Era domingo, el edificio en que mi hermana atiende estaba vacío. Preparó café y nos sentamos entre un grupo de mesas, muebles y silloncitos para liliputienses (como trata a niños, vaya uno a saber por qué mi hermana entiende que el lugar debe mostrar un aspecto a escala). Les relaté paso a paso lo sucedido, Matías me estudiaba en silencio, Carla se puso a caminar con su taza en la mano.
- Si decís que hace ocho meses que no tomás, no lo pongo en duda –dijo.
Supe que ninguno de los dos me creía. Para mis hermanos yo soy un ser en equilibrio inestable, alguien que no sabe muy bien cómo lidiar con la vida, no les faltan argumentos pero en este caso se equivocaban:
- Organicemos un encuentro –propuse.
Aceptaron a regañadientes. No había cumpleaños cercanos y que cayésemos en casa de papá y mamá sin motivo iba resultar más que sospechoso. Matías planteó que el sábado siguiente su hijo mayor había invitado a los compañeritos de rugby de la escuela porque habían ganado un torneo intercolegial, no era el mejor argumento para citar a nuestros padres, pero en fin. Carla quedó en que se encargaría de avisarles y convinimos para el sábado a primeras horas de la tarde en casa de Matías.

Ese día abordé un ómnibus diferencial y estuve en Olivos pasado el mediodía. Cuando llegué Carla ya estaba allí, se la notaba ansiosa, los hijos de Matías y el ruidoso team de rugby zapateaban en algún lugar de la planta alta, donde la dueña de casa les había servido pizzas y gaseosas. Cerca de las dos llegaron papá y nuestra falsa madre. Cuando ingresaron al living a Carla le salió de la garganta un gritito ahogado, quiso incorporarse del sillón pero trastabilló y se cayó de traste al piso. En esos primeros segundos se produjeron una serie de movimientos inconexos: la mujer de Matías, que había hecho bajar a sus tres hijos para saludar a los abuelos, los remontó casi en el aire de regreso a la planta alta, mi hermana, imposibilitada de hablar, no hacía más que buscar con ojos homicidas la mirada de la extraña. Temiendo que la situación se desbocase Matías improvisó unas palabras sobre lo bueno de reunirnos y la importancia de los lazos familiares. Dentro de lo raro de la escena, yo por lo menos sentía la tranquilidad de que ahora sí me creían.

Como dos trenes que se aproximan de frente por la misma vía, pensé, la confrontación tarde o temprano se haría inevitable. Pero no, para mi sorpresa tampoco esta vez sucedió: una energía blanda y algodonosa  –conectada tal vez con esa tarde soleada y de clima agradable- propició el mismo mecanismo de la cena y entonces todos fingimos, hicimos como si nada fuera de lo común estuviese sucediendo. Nuestra falsa madre enumeraba recuerdos de familia con una precisión de cirujano, por su parte, papá asentía y nos contemplaba con una ternura tal que partía el alma. ¿Qué contraponer a eso? ¿Cómo imponernos y triunfar?

Tomamos el té, en algún momento aparecieron un par de álbumes de fotos, los hicimos circular bromeando y riendo. Yo, de todas formas, vigilaba las reacciones de mi hermana, que sobrellevaba el encuentro presa de una violenta lucha interior. Salvo la confusión de Carla, el clima se hizo tan relajado que en un momento la mujer de Matías propuso una partida de burako. A eso de las seis y media papá dijo que se tenían que ir, Matías les pidió un coche, los chicos bajaron a despedirlos y papá y la mujer partieron.

¿Puede alguien confundir a una persona con la que convivió por más de cincuenta años? Si esto sucede, ¿debe enmarcarse dentro de los parámetros de un comportamiento normal o implica un desorden? ¿Papá estaba senil? ¿Adónde había ido a parar nuestra madre? ¿Qué se proponía la extraña? ¿Y si nuestro padre no estaba demente y era cómplice de la desaparición de su verdadera esposa? Si esto ocurría ¿no era una ingenuidad mostrar a la impostora a sus propios hijos? ¿Debíamos hacer la denuncia? ¿En qué términos? ¿Y si por el contrario era mamá la responsable y había abandonado a nuestro padre? Peor aún, ¿si ella había contratado e instruido a esta falsa madre para cubrirla en la huida?

Nos mantuvimos sopesando la situación en casa de Matías casi hasta la medianoche. Como buen abogado, a mi hermano le preocupaba la criminalización del asunto, si lo denunciábamos lo más probable era que se iniciase una causa por la desaparición de nuestra madre, si existía peligro de fuga la impostora podía ir a la cárcel, papá otro tanto o, en el mejor de los casos, sería declarado insano e internado en un neuropsiquiátrico.

Que no suene a justificación de nada, pero nuestra relación con mamá no se había caracterizado precisamente por el afecto, en nuestra infancia y mucho más luego, su comportamiento hacia nosotros había sido el de un raro desapego. Recuerdo que de chico había odiado eso, ¿dónde estaba el amor?, me preguntaba, era como si en algún momento algo se hubiese quebrado en su interior y a partir de allí su deseo se localizase en una zona remota, más allá de nosotros y de mi padre. Si a papá ahora se lo veía animado en compañía de la otra y mi madre había iniciado una nueva vida, ¿era una monstruosidad aceptar el actual estado de cosas y ya?

Nos separamos con un montón de interrogantes y sin decidir nada. Lo mejor por el momento era dejar las cosas como estaban. Busqué poner la cabeza en el trabajo, tenía en carpeta la producción periodística de una revista sobre alimentación y unos fascículos encargados por un sello del exterior sobre las virtudes del caballo criollo.

Una noche, pasadas las doce, como es su costumbre, me llamó mi hermana diciendo que estaba deprimida y con un montón de dudas:
- Estuve pensando, ¿y si nos equivocamos y es nuestra madre?
- ¡Carla, esa mujer no es mamá!
- No lo sabés, no la vemos seguido, la gente cambia…
Se puso a llorar, no quise seguir escuchando y le corté.

No sé cómo sucede, pero a veces los problemas por algún mecanismo secreto se encausan solos, lo único que hay que hacer es dejar transcurrir tiempo en el medio. Pasó un mes, luego dos, y cuando reaccioné estábamos en vísperas de Navidad. Como cada año teníamos nuestra cita del restaurante, para bien o para mal allí habría que hacer frente definitivamente a la situación.

Nos reunimos al mediodía del 25, pasados los excesos y el vértigo de la Noche Buena. Mi hermano Matías había elegido un local de comida armenia en Palermo, yo llegué media hora tarde porque al Subte D se le había antojado dejar de funcionar. El restaurante era pequeño, allí estaba mi familia completa ocupando una mesa larga: en el extremo que daba a la vidriera se ubicaban mis sobrinos abstraídos en sus videojuegos (les habían anticipado que iban a ver otra vez a la hermana gemela de la abuela, porque ella seguía enferma; al parecer ellos lo tomaron con naturalidad, pero para Carla era un disparate que podía provocarles trastornos y había discutido con mi hermano); junto a los chicos se sentaban Matías y Carla, luego la mujer de Matías, a continuación nuestra falsa madre, y junto a ella la silla vacía con el saco de papá, que estaba en el baño. Quedaba libre la cabecera, así que allí me senté yo.

La mujer de Matías y la impostora conversaban en voz baja sobre algo ininteligible, parecían congeniar, en cambio, por la actitud de mis hermanos supe que algo no estaba del todo bien. Matías no me había saludado y le untaba un menjunje verde en un pancito al menor de mis sobrinos con una dedicación incomprensible. Mi hermana, en tanto, se llenaba la copa de vino y la vaciaba con la mirada clavada en el techo (se notaba que había estado llorando) La busqué sin disimulos hasta que bajó los ojos:
- ¿Qué pasa? 
- No voy a hablar –me respondió, cortante.
Convengamos que no era la situación ideal, estamos de acuerdo, pero en la sociedad también había familias que albergaban comedores de insectos, piratas del asfalto, no sé, gemelos unidos por la espalda, a nosotros nos habían cambiado a nuestra madre, qué otro remedio. Decidí que si para los postres Matías no encaraba de una vez por todas el asunto, como hermano mayor lo haría yo.

Se acercó el mozo y pedimos las entradas, le pregunté si preparaban un plato hecho con hojas de parra rellenas con arroz y especias del que no recordaba el nombre, en ese momento sentí la mano en el hombro y respiré el perfume del agua colonia de papá:
- Feliz Navidad, Martín.
La vista del desconocido y la sensación de un puño cerrándoseme en el estómago fueron simultáneas. Me brotó una carcajada. ¿Quién era ese anciano? ¿Qué hacía allí, vestido y hablando como mi padre, esa mala copia de mi padre? Reí y reí sin parar (se comprenderá que ante ciertos estímulos uno no maneja las reacciones), Matías y Carla sacaban chispas por los ojos, mis sobrinos, que en un principio me habían mirado con curiosidad, se contagiaron y de las mesas vecinas se empezaron a escuchar murmullos.
¿Era un disparate? ¿Era una locura? Probablemente. De todas formas el fenómeno guardaba una lógica brutal: lo que en un principio había sucedido con mamá, con nuestro padre cerraba el círculo, lo completaba. Allí teníamos ahora a dos muletos, más frescos, renovados, sin la carga de tanta historia en común, ¿por qué no?  No había que buscar una explicación, estaba en nosotros aceptarlo o rechazarlo.
Con los ojos llenos de lágrimas, poco a poco me fui calmando, vi que Carla con manos temblorosas volvía a servirse vino en su copa y le acerqué la mía (era una pena, caían por tierra doce meses sin beber). Entonces me mantuve ajeno al ruido de los cubiertos y a las voces de la mesa, imaginando un sitio insólito, un lugar absurdo en una dimensión extraña a todo lo conocido, y en él logré divisar a papá y a mamá caminando juntos por lo que podía ser una costa o una playa vacías, con aspecto relajado, exceptuados para siempre de la obligación de ser, y me sentí mejor.