jueves, 1 de mayo de 2014

Alto Impactum

(historia urbana)
El 118 se detuvo en la esquina de Ugarteche con una frenada larga y taladrante. Como cada noche yo subí sintiendo que no era eso, que mi vida estaba en la piel de otro, alguien tirado en la cama viendo la tele, leyendo, o cenando en su casa con su mujer y sus hijos, no por calles semivacías en mitad de la noche. Recuerdo que esto fue por febrero o marzo de 2000, por ese tiempo trabajaba de operador nocturno en una empresa de seguridad satelital de vehículos (ese tipo de empleos que se toman por tres meses, y cuando uno quiere acordarse hace dos años que vive como una especie de hombre-búho implume a contrapelo del mundo. Recuerdo el calor y el ómnibus casi desierto, con las ventanillas abiertas, cruzando las bocacalles a una velocidad temeraria.


- ¡Señoras y señores, voy a distraer su amable atención…

El tipo había subido en algún momento que no puedo precisar. Con la mirada perdida en la ventanilla, mientras rumiaba mi desdicha, la verdad que no había reparado en su aparición.

- Hoy traigo para ofrecerles una promoción de Fábricas Extensoro, el inigualable “casco para estamparse contra la pared Alto Impactum”…

Como es fácil de imaginar, las últimas palabras hicieron que volviera la cabeza como un periscopio. Era un sujeto flacucho, de unos treinta años, con una barba de dos días y una camiseta de la selección nacional absurdamente combinada con un pantalón de vestir y unos mocasines gastadísimos.

 Mientras desplegaba el espich para nadie, ya había sacado de una mochila un ejemplar del producto y lo exhibía con su mano derecha. Era un casco ordinario, uno de esos de color amarillo utilizados por los operarios de las compañías de electricidad, con una presilla de plástico para ajustar al mentón.

- Totalmente recubierto de fibra de vidrio. Con su sistema de amortiguación “still stop” el casco para estamparse contra la pared Alto Impactum, evita cualquier tipo de lesión en corteza craneana y cervicales… 

 Al tiempo que hablaba, comenzó a colocarse el casco que había sacado y a ajustárselo cuidadosamente con la presilla. Cuando terminó la operación, dio un largo suspiró:

- Claro que en estos tiempos de discursos vacíos, las palabras poco importan, por lo que si no les incomoda voy hacer a una demostración que ilustrará cabalmente sobre las virtudes del producto.

Y sin otro preámbulo el tipo tomó carrera y se tiró como un torpedo por sobre dos asientos desocupados de la tercera fila. Lo miré boquiabierto. Dio contra el canto de una de las ventanillas abiertas, el casco y debajo la cabeza  hicieron un sonido seco. Rebotó como un  muñeco y cayó de culo en mitad del pasillo.

Tras semejante acto, clavé la vista en el espejo del chofer buscando algún tipo de  orientación, allí me encontré con la mirada desconcertada de los otros seis pasajeros. El conductor levantó unos ojos soñolientos, nos miró, miró al tipo que todavía yacía en el suelo y volvió a lo suyo.

Más que provocadora o escandalosa, pensé, aquella escena era sobre todo deprimente. En el apocalíptico recorrido nocturno al que, por ese tiempo, me obligaba el empleo, había conocido a varios de estos personajes: un mentalista que tras entrar en trance alteraba las luces de los semáforos, un hombre-vegetal que mostraba como le nacían helechos de los sobacos, un trío de karatecas que simulando un duelo con nunchacos terminaron asaltando al pasaje completo. Era como que por las noches la ciudad dejaba escapar por una horas a estos paradigmas de la desesperación y los transportes públicos, vaya uno a saber por qué, se transformaban en una especie de Arca de Noé que los reunía segundos antes del final.

Mientras pensaba esto, el vendedor suicida ya había logrado recuperar la vertical y consciente de haberse adueñado de nuestra atención, enumeraba con vehemencia:

- Contra superficies de granito, fórmica, mármol, ladrillo hueco, korlok, hormigón. Contra asfalto, cerámicos, pisos de madera, columnas de alumbrado, cartelería. El casco para estamparse contra la pared Alto Impactum, viene provisto de una revolucionaria perilla que gradúa su sistema de amortiguación…

De la mochila, había sacado otro casco y señalando un minúsculo botoncito rojo en uno de los bordes internos, lo extendía hacia la mujer mayor que iba en la primera fila.

- Sin compromiso de compra, señora.

La mujer agitó las manos con un rictus de asco. El tipo pareció no acusar recibo y llevando dos dedos a la parte interna de su Alto Impactum, agregó:

- Si observan, yo en este momento estoy ajustando mi unidad para “pisos flotantes, metálicos o entarugado”. Veamos los resultados.

Esta vez no nos tomó desprevenidos. Así, la señora que no había querido recibir el casco, un tipo con pinta de encargado de Mc Donalds abrazado a una rubiecita, un pintor u obrero de la construcción que minutos antes dormía, dos adolescentes con ropa de gimnasia que iban en el fondo y yo, nos arrellanamos en las butacas para ver lo que venía.

Con otra corta carrera, el tipo saltó, describió una comba y se clavó de cabeza contra el piso del pasillo, entre la anteúltima fila de asientos individuales y el hueco de la puerta trasera.

Los chicos de equipo de gimnasia, que habían levantado las piernas para evitar ser golpeados, no pudieron reprimir el entusiasmo:

- ¡Buenísimo, máquina!

La señora mayor, en cambio, ya se había incorporado para increpar al chofer:

- ¿No piensa intervenir? ¡Claro! ¡Ustedes son todos iguales, dejan subir a cualquiera y el que se los tiene que aguantar es el pasajero!

El conductor esta vez ni se molestó en mirarla.

Me pareció bien. Si algo había aprendido en estos itinerarios nocturnos era que ante situaciones como esa lo aconsejable era dejar al personaje expresarse libremente sin intervenir. Aunque sonara a poco ciudadano, uno siempre podía bajarse en la próxima parada, pero el chofer debía cumplir su turno de ocho horas completo y, en definitiva, no hacía más que salvaguardar la cordura para llevar el pan al hogar.

Volviendo al vendedor de Alto Impactum, el tipo se había incorporado y se frotaba la cintura con una mano. Después de hacer una pausa para recobrar el aliento, carraspeó para aclararse la voz y retomó el espich:

- Extremadamente ligero y con componentes dermatológicamente testeados, el casco para estamparse contra la pared “Alto Impactum” protege además contra accidentes de tránsito. El peatón que lleva su Alto Impactum ante la inminencia de un atropellamiento no tiene más que inclinar la cabeza y adelantarla a modo de paragolpes. De gran duración y resistencia en condiciones climatológicamente adversas, también protege contra macetas, deposición de aves, broches para la ropa, cascotes, tapas de termo, o cualquier otro objeto que pueda caer por accidente de un balcón o un edificio en obra… 

Había que reconocer que no se expresaba mal y los argumentos de venta eran convincentes. Cada tanto interrumpía la perorata y situando rápidamente la vista en algún punto decía “¡Cómo no, ya estoy con usted caballero!”, como si alguien invisible para los demás se hubiese mostrado interesado en revisar un casco.

A los chicos del fondo el palabrerío los aburrió:

-¡Dale, titán, dale!

- ¡Hacele otra!

El tipo detuvo el discurso y pareció sopesar la situación. Se hizo una pausa en la que sólo se oyó la marcha del ómnibus acelerando por Luis María Campos.

Entonces yo escuché bajito:

 - ¡Por favor, que no siga, Gabriel!

La dueña de la voz era la rubiecita novia del encargado de Mc Donalds. Asiento de por medio con el mío, la parejita era la única que apenas si había girado para ver la performance.

Luego del pedido la chica se había apretado contra el hombro del novio. Más obligado por la circunstancia que convencido, el encargado de Mc Donalds giró la cabeza e increpó al vendedor:

- ¡Che, podés terminarla! 

Pero cualquier protesta era inútil porque el vendecascos ya se había lanzado a otra frenética prueba de calidad desde el fondo. Con una curva de gozo en los labios y en cámara lenta (al menos, esa fue mi percepción) pasó volando a mi lado y se clavó como un misil aire-aire contra la máquina expendedora de tickets.

 El choque fue escalofriante: una detonación hueca acompañada de un alegre tintineo de las monedas en la caja metálica. El tipo rebotó, dio con las costillas contra el lateral de los asientos dobles de la primera fila y aterrizó a mis pies.

Miré la nuca flaca bajo el casco amarillo, el gastado número diez de la casaca de la selección. No puedo explicar cómo ni por qué, pero supe que en aquella acción desenfrenada había algo de heroico, una especie de terca protesta contra el mundo. Se me cruzó imaginar su día de trabajo. ¿Desde qué hora vendría haciendo esos vuelos de la muerte? ¿Habría sido una idea suya, o se trataba de una estrategia de venta de la empresa?

De golpe el tipo alzó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Pensé en decirle que arriesgaba la salud injustificadamente, que se dedicara a otro producto, pero sentí pudor. Observé que a un costado del cuello tenía un surco de sangre seca, el tipo lo adivinó y me devolvió una mirada de orgullo.

El breve diálogo mudo fue interrumpido por la señora del asiento individual:

- ¡Obsérvele la mirada! -me dijo, como si lo que yacía el piso fuese una rara mutación de insecto- ¿No lo nota? ¡Eso hace la droga!

Desde su incómoda posición, el vendedor giró la cabeza y le sonrió con expresión idiota.

 - Cincuenta pesos es su valor –dijo.

En ese momento se produjo el error o, por lo menos, eso es lo que yo interpreto. Aunque suene extraño hablar de error en una situación ya de por sí rara. Sencillamente sucedió que el encargado de Mc Donalds y su chica se pararon para descender.

Es difícil introducirse en la cabeza de cualquier mortal para saber lo que piensa, lo que siente o cómo reacciona ante determinados estímulos, cuánto más si se trata de mentalistas hipnotiza-semáforos o vendedores suicidas de cascos. Lo que presumo es que al tipo lo apabulló la responsabilidad, sintió que su performance no había sido lo suficientemente concluyente, que había flaqueado y prueba irrefutable de ello era esa parejita que se incorporaba como si tal cosa para bajar del ómnibus. Semejante liviandad, tamaño desapego demostraban a las claras que él no había alcanzado el objetivo, eso hacía peligrar su reputación, ponía en jaque su salario y, por qué no, el futuro económico de Fábricas Extensoro, la empresa a la que representaba.

Eso pensé yo que estaba pensando el tipo mientras volvía incorporarse, se colgaba al hombro la mochila de tela de avión, y en tanto nos miraba uno a uno con expresión de abierto desafío, se ponía a resoplar como un gimnasta olímpico ante la prueba más difícil.

Reculó dos largos pasos hasta quedar casi junto al chofer (creo que sólo yo advertí que movía la perillita de su Alto Impactum para “superficies de cristal, vidrio templado o acrílico”) y arrancó como un Fórmula 1 hacia el cristal de la luneta trasera. Tres pasos antes de llegar, se impulsó con ambos pies y levantó vuelo. Ante el tremendo impacto el vidrio se astillo y en el sitio del choque se hizo un agujero de unos setenta centímetros de diámetro por el que pasó como un ariete con puntera amarilla el vendedor de Alto Impactum.

El encargado de Mc Donalds y su chica quedaron petrificados a mitad de pasillo, la mujer del primer asiento dio un alarido. Por suerte el 128 estaba detenido esperando paso en el semáforo de Jorge Newbery.

Me incorporé temiendo lo peor, corrí hasta el fondo y me abrí paso entre los chicos de equipo de gimnasia que se asomaban por el vidrio roto. Era un milagro: el tipo ya estaba de pié, tanto él como el casco parecían ilesos. Sólo noté que le sangraba un codo. Uno de los chicos le gritó:

- ¿Máquina, estás bien? 

El tipo nos miró con esa rara expresión de desafío plantada todavía en la cara, dijo algo pero el colectivo arrancó y el estrépito de la acelerada no nos dejó escuchar. Y se quedó ahí, junto a la garita del 118 y un cartel luminoso de desodorantes Rexona. Es la última imagen que conservo.

Seguí con ese trabajo nocturno durante otros seis largos meses hasta diciembre de 2000. Mentiría si no dijera que más de una noche esperé ver ascender al colectivo al vendedor de cascos “Alto Impactum” pero, se sabe, la ciudad es una gran bestia hambrienta que no para de engullir historias. Quizás cambió de rubro, trabaja en otra línea, o (y esto se me antoja como la salida menos cruel) tal vez hizo un último vuelo fatal, contra una superficie demasiado dura para su acto desesperado.

martes, 4 de marzo de 2014

Dormir (monólogo)


Entra Mario, despeinado, ojeroso, un pómulo enrojecido y con un comienzo de hinchazón, en eslip, con una media tres cuartos sí y la otra no, lleva una casaca de fútbol de Banfield con un desgarrón bajo una axila.

MARIO: Si, sí, ahora que las bestias habían parado, tomaban la teta y empezaban a entornar los ojitos, me dije: lo único a lo que aspira cualquier chabón normal, el lujo exótico al que puede entregarse sin culpas, nace de levantar el culo de la silla, ir enfilando para el cuarto mientras con la mano derecha se va aflojando el cinto y –sin pasar por el baño, sólo pateando el pantalón a un rincón- desmoronarse, implosionar, caer como una bolsa de papas en el catre para perder la conciencia para siempre.

Ni más ni menos. Dejar a tu ‘peor es nada’ viendo “Indomables”, el programa de Marley o cualquiera de esas porongas, venirte para este lado, a oscuras, procurando no dar contra nada que pueda alertar a los mellizos; y caer sin más trámite en el deseado pozo oscuro, mínimo deleite, único placer que un esclavo que labura doce horas, almuerza bocados inmundos en parripollos al paso, viaja de una punta a otra de la ciudad junto a otros tres millones de pobres tipos apiñados y sudorosos, puede arrancarle a esta vida infame.

¿Qué soy muy negativo? ¿Qué no hay que tomarse las cosas a la tremenda? ¿Qué hay que amar al prójimo como a uno mismo, o cualquiera de esas mierdas? Okey. Ponele. Supongamos… Te lo aceptaría si uno fuera David Beckham, si uno fuera Leonardo Di Caprio, si uno fuera Brad Pitt, tipos de película, súper exitosos, con mujeres descomunales al borde de una piscina, terrible cuenta bancaria, rodeado de siervos que les traen bandejas con tragos y que vos nunca terminás de entender de qué carajo se están riendo. Porque se ríen todo el tiempo. Pero cuando uno es esto que soy yo -mirame con detenimiento- ¡no me vengas con pelotudeces, por el amor de Dios! ¡Dormir es el único bien, la única riqueza! Dormir, eso tan elemental que el cuerpo y la mente necesitan durante tantas horas de corrido, para que al otro día puedas completar una frase sin tener que esperar como un pelotudo el retorno de la sangre al cerebro.

Pero esta vez no. “Dormir”, quiero decir, esta vez no. ¿Y por qué no, si es jueves, son las 12 y 10 de la noche, mañana es último día laborable y vengo con el cansancio acumulado de toda la semana? ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema? Respuesta: porque en “ese” balcón, de “ese” edificio de ahí, del otro lado del pulmón de manzana, están de nuevo esos mexicano-colombianos narcotraficantes patrones del mal indocumentados ilegales del orto, armando su fiestita, con las ventanas abiertas, el balcón iluminado, la música que sale como un rugido haciendo tiritar los vidrios, rebotando contra los muros, como en un puto mega-recital de Metallica en la cancha de River.

No es nuevo. Quiero decir, lo de la fiesta es la segunda vez, la primera no recuerdo si fue el martes o el miércoles de la semana pasada. Esa vez fue más tranqui: abrí la ventana, los puteé un rato, después fui hasta la heladera, volví con una caja con una docena de huevos y se los tiré a distancia. Luego, como los mellizos apenas ronronearon y los tipos cortaron a un horario prudencial, la cosa no pasó a mayores.

Pero esta vez no y -miren qué sorpresa- esta vez la cosa viene con un aditivo: “es con show en vivo”. ¡Sí, amigo, sí señora, pasaron diez minutos de la medianoche, las bestias duermen en las cunas en delicado equilibrio inestable, yo intento hacer otro tanto y ahí, a treinta metros, un amanerado pervertido cocainómano de Zacatecas, Juárez, Tingo María o algún agujero de esos, vistiendo un ridículo traje blanco con zapatos bicolores, grita al micrófono sobre cuáles son los movimientos correctos para bailar el merengue!

Que se entienda, soy un ser pacífico, ante cualquier conflicto intento razonar, entonces me pregunto: ¿Yo, Mario Eduardo Salamendi, DNI 22.626.475, “quiero aprender” a bailar el merengue? ¿Yo, como el medio centenar de ciudadanos que viven detrás de aquellas persianas, “queremos aprender” a bailar el merengue? La respuesta es ¡NO! ¡POR SUPUESTO QUE NO! ¿O algo ha cambiado en el contrato social? ¿O hay una nueva norma del gobierno de esta ciudad que dice que los jueves a la una de la mañana es el momento de los recitales en vivo y en los balcones de los barrios habitados por familias de pelotudos debe enseñarse a bailar el merengue, la rumba, la guaracha, o el ritmo latinoamericano del orto que se les ocurra?

Siguiendo con el relato: allá los mellizos, acá estoy yo, allá arriba el balcón festivalero, las luces centellean, con la guía del amanerado del micrófono la multitud sigue el compás. ¿Y tras las persianas vecinas qué? Saco medio cuerpo por la ventana. Ni una puta luz, ni un movimiento, apenas un murmullo de ratas tras una cortina, un “shhhht” casi insonoro, como pidiendo disculpas. ¡Dan náuseas, dan vergüenza ajena! ¿Qué ha hecho la modernidad con el poblador nativo, con el argentino con dos dedos de frente? ¿Hasta dónde nos ha quebrado la voluntad como para bajar la cabeza de esta forma ante la penetración caribeña que nos vende su droga y nos corrompe con sus ritmos pegadizos?

De golpe el bramido de Manuel me hace dar un respingo –de las bestias, Manuel es el de los pulmones más potentes-, es un aullido animal que nace de las propias entrañas de mi hogar. Me llevo las manos a los oídos y me enceguece la furia. Salgo del cuarto puteando, de pasada entro a la cocina cazo el sacacorchos y un cuchillo tramontina.

- ¿Adónde vas? -dice mi mujer, que cruza al trote del televisor hacia las cunas, porque –como corresponde- Manuel, acaba de despertar a Nicolás y ahora ladran a dúo.

-¡A luchar por la justicia! –digo sin volverme.

Salgo a la vereda, la noche está fresca, voy hasta la esquina y desemboco en la avenida. Al pasar junto a la marquesina del drugstore comprendo la sensación en el cuerpo: olvidé vestirme, llevo la casaca siete de “El Taladro” que uso para el sueño nocturno, las medias tres cuartos y el eslip. Me digo que eso carece de importancia, que no debo distraerme del objetivo. En la entrada del edificio narco hay un tipo en pijama y chinelas. Pelado, algo entrado en kilos, al verme reconoce a un aliado y se me viene encima esgrimiendo el celular:

- Ya llamé al 911 –dice.

- Al pedo, no va a venir nadie –contesto.

Se pone a despotricar: que es una vergüenza, que esta ciudad es una anarquía, que adónde vamos a ir a parar. El tipo habla y mientras lo hace suda y no deja de retorcerse las manos, hace pensar en un protesorero de Banco Nación trasladado y abandonado por su mujer, todo en el mismo día. No pienso entablar diálogo: él en pijama y yo en calzoncillos, a la entrada de ese edificio, o damos un par de putos, o un dúo de colifas fugados del Moyano.

Me acerco a la botonera: es el piso doce contrafrente, por lo que tiene que ser el departamento B. Llamo, pasan unos segundos y se escucha una voz de mujer:

- ¿Aló?

- Mire, soy un vecino de acá a la vuelta…

- ¿Qué es lo que quieres tú?

- Que corten con la fiesta.

- El dueño no está.

- ¡Y A MÍ QUÉ CARAJO ME IMPORTA!...

La Celia Cruz, o la Jennifer López del orto me deja con la puteada en la boca y corta con un sonoro “cloc”. Sacudo la puerta pero está cerrada.

- Tenemos que encontrar la forma de entrar –le digo a mi compañero.

En ese momento escucho dos broncos aullidos que cabalgan las distancias, traspasan medianeras y se imponen al ruido de la avenida y a la música de la fiesta.

- ¿Y eso? –dice el protesorero, ya abiertamente asustado.

- Mis mellizos –contesto y se me seca la garganta de la indignación. ¿Por qué un tipo ordinario, un laburante que paga el ABL, está al día con el crédito hipotecario y va una vez por semana al supermercado, tiene que estar ahí intentando hacer justicia por mano propia? ¡Es absurdo, es deprimente! Les abrimos las fronteras a esta escoria, que se burla, que nos falta el respeto en la cara y mientras tanto nuestros ingenieros nucleares huyen en masa a las universidades de Massachusetts ¡Que vayan, que vayan a lo de los yanquis, que intenten entrar en Alemania a ver si los dejan si no demuestran una ocupación decente! Así estamos, así este país se está yendo poco a poco a la mierda.

En el hall aparece un tipo con ropa de trabajo que nos hace una seña con una mano y viene hacia nosotros. “No digan que yo les abrí”, murmura casi sin detenerse y sale a buen paso hacia la esquina.

- ¿Ese era el encargado, no? –pregunta el protesorero. No le respondo. Los del piso doce, calculo, como mínimo son del Cártel de Sinaloa, o de esos que decapitan gente y los cuelgan de los puentes, que creo que son los de Yucatán. Pulso el botón del ascensor, cuando me vuelvo veo que el protesorero lucha por decidir si viene conmigo o se queda. Le transpira la papada, le cuesta respirar, realmente el tipo da pena. No lo dejo pensar, le muestro el sacacorchos y se lo pongo en una mano:

- Usted lo único que tiene que hacer es cubrirme las espaldas- le digo.

Subimos. Cuando se abre la puerta del ascensor, la sorpresa nos deja congelados: el hall del piso es propiamente el vestíbulo de una “disco”, el humo artificial y la poca luz dificultan la visión, hay parejas abrazadas, grupos de mujeres bailando solas, tipos con manos enjoyadas y camisas de cuello ancho abierto hablando a los gritos. La vibración de la música se siente en el estómago. Aquel piso, tal vez el edificio entero, es lo que en los informes de la tele llaman “zona liberada”. El protesorero me agarra de la cintura y -él en piyama y chinelas, y yo en calzones y medias tres cuartos- salimos del ascensor y comenzamos a avanzar en fila india.

Hacia el fondo hay una puerta abierta de la que sale un resplandor azul verdoso. Ingresamos en un primer ambiente, está abarrotado: hombres y mujeres se sacuden evidentemente bajo los efectos de sustancias prohibidas. El protesorero me agarra tan fuerte que me hace doler. En un momento siento un roce en el cuello y descubro que alguien nos colocó un par de guirnaldas de papel. A los efectos de mi plan no está mal, debemos aparentar una pareja de bailarines haciendo “el trencito”. Le ordeno al protesorero que mientras avancemos mueva el culo como si estuviese bailando. Dije "plan" pero ignoro cualquier cosa parecida a un plan, más bien es una astuta improvisación sobre la marcha. No tengo en claro qué daño voy a hacer, pero algo me dice que para lograrlo hay que llegar hasta el centro de esa perdición, donde ahora se escucha al amanerado del micrófono que da instrucciones para bailar el mambo.

Pasamos a un segundo ambiente bastante más grande, ahí el humo es espeso, cuesta respirar y como si hubiésemos entrado al país de los sueños, por sobre el mar de cabezas veo surgir una fuente de aguas danzantes. ¡Sí, querido, sí, señora, una fuente, y de agua auténtica! Está iluminada por luces interiores de color esmeralda, ocupa el centro de la habitación y en el interior un cardumen de peces tropicales va y viene en un nado imbécil. Es una grasada tan tremenda, una mariconada tan ostentosa que dan ganas de ir a buscar una masa y, al grito de “¡Jus-ti-cia!”, convertirla en arena de setecientos martillazos.

Giro para ver la reacción del protesorero, pero noto que sus ojos desorbitados están clavados en un rincón, donde un tumulto de invitados se agita, silba y alienta a alguien. Nos aproximamos: sobre un sofá una chica joven, extremadamente delgada, cabalga desnuda encima de un negro provisto de una pistola de tamaño descomunal. El miembro del negro ingresa y egresa del interior de la chica, que parece sufrir una descarga eléctrica con cada envión. Eso, al parecer, provoca un entusiasmo irresistible en el público, que sigue la operación a un metro de distancia.

Es demasiado para el protesorero. En el paroxismo del cagazo el tipo se pone a temblar y a tartamudearme al oído una catarata de disparates, habla de lo cara que paga las expensas, de una tía que tiene en Morón. Parece estar al borde del colapso. De golpe me clava las uñas en la cintura y doy un salto:

- ¡Contrólese, viejo!

En ese momento se corta la luz, siento un fuerte empujón y se produce una avalancha que me hace dar unos pasos a tientas y caer al piso. La música también se detuvo. Cuando intento pararme se enciende una luz blanca y observo que estoy a los pies de alguien. Identifico unas botas de cuero de víbora, un jean nevado, debajo de una panza de regulares dimensiones asoma un cinturón con una hebilla dorada con las iniciales J S, dos manos de dedos amorcillados con media docena de anillos, una camisa de raso negra, una gran cruz de plata al cuello, habano, dos ojitos de suricata bajo una frente corta rematada con un jopo negro a la gomina. Deduzco que no puede ser otro que el dueño del puto circo.

Alguien a mis espaldas dice:

- ¡Es el pinche cabrón que tocaba el portero!

Todavía de rodillas, busco con un movimiento disimulado el mango del cuchillo tramontina que hasta ese momento llevaba en la cintura, pero en los empujones alguien lo ha hecho desaparecer.

- Soy Joaquín “el Chapo” Salazar –dice el tipo.

“Y a mí qué carajo me importa”, pienso. Me sorprende mi serenidad, tal vez sean mis últimos minutos de vida pero no siento miedo, más bien un rencor liviano, un odio saltarín que me hormiguea en el estómago y la garganta. El“narco” me mira con curiosidad:

- ¿Qué hay wey? ¿Qué anda buscando por aquí?

- Dormir –digo con sequedad.

Se hace un silencio, el tipo de golpe parece haber descubierto algo que le produce una gracia enorme y larga una carcajada:

- ¿Y qué sucedió con sus pantalones, friend? ¿Acaso los perdió jugando al truco?

Risa general. ¡Qué sentido del humor! ¡Qué chispa! Con la boca abierta y la buzarda temblequeante, el “Chapo” Salazar este más que reír parece estar sufriendo un ataque de epilepsia. De golpe, se me cruza un pensamiento: ¿Y el protesorero? Busco entre la gente intentando ubicarlo. Seguro que se escabulló llevándose mi sacacorchos.

Veo que el “narco” habla con alguien que tiene al lado, le entrega una pistola automática plateada y se está desprendiendo las correas de la sobaquera donde lleva el arma. La circunferencia que se había formado en torno nuestro se cierra un par de pasos. Resoplando y con expresión concentrada, el “Chapo” ahora se coloca frente a mí, separa los brazos doblando las rodillas y comienza a moverse en círculos. ¿O yo estoy loco, o el tipo quiere que luchemos?

No hay mucho para elegir, pienso, escapar es imposible así que desde mi posición arrodillada me abalanzo como un perro de presa sobre mi rival. Con el envión caemos al piso y comenzamos a rodar.

- ¡Órale, Chapo!

- ¡Destroza al pendejo! –escucho.

El “Chapo” Salazar me agarra de ambas muñecas y con una facilidad asombrosa me inmoviliza, se me monta encima y me da un violento puñetazo en el pómulo derecho que me hacer ver las estrellas. Evidentemente, el tipo está habituado a las peleas de los barrios peligrosos de Juárez o Mérida. Lo agarro de una pierna e intento volcarlo hacia un costado pero debe andar por los ciento diez kilos y es inútil. Recibo una feroz andanada de golpes en momentos en que escucho dos broncos, taladrantes aullidos que acallan las voces del ringside y distraen a mi rival. Por el timbre reconozco a los mellizos y de golpe se me nubla la razón y veo todo rojo. Con una energía desconocida agarro un pie de mi rival y se lo retuerzo con tal violencia que, en un grito, el tipo se incorpora a medias, cae pesadamente de costado y en una décima de segundo ya estoy montado sobre él machacándole la cabeza contra el piso.

“¡Ahora mastiquen! ¡Zaparrastrosos! ¡A chuparla! ¡Aguante, Argentina!”, digo para mis adentros. ¡Era hora! ¡Alguien por una vez tenía que poner las cosas en su lugar! A cada golpe contra el suelo la cabeza del “Chapo” Salazar emite un ruido a cáscara de coco a punto de colapsar. Entonces siento un fuerte impacto en un oído y dos pares de manos poderosas me elevan.

- ¡Déjenlo! –escucho desde el piso la voz ahogada del jefe. Las manos me sueltan. Estoy mareado, el esfuerzo de la lucha ha sido demasiado, a duras penas puedo sostenerme parado. Cuando doy la vuelta, el círculo que nos rodeaba lentamente comienza a abrirse. La “luz de sala” ha roto con todo el glamour: la “narcodisco” resultó ser un departamento de tres ambientes bastante sucio, la fuente parece un bidet, las mujeres trolas baqueteadas de Plaza Constitución. Si no sintiese ese mareo debería ir por el cocainómano del micrófono, dejarle un rodillazo en los huevos de recuerdo.

Salgo al hall y comienzo a descender por las escaleras. La simetría y la repetición de los pisos del descenso agravan la sensación de irrealidad. En un momento me cruzo con una decena de tipos vestidos de negro, con armas largas, cascos, la cara cubierta por pasamontañas. Nada para extrañarse, como el merengue y la fuente de aguas danzantes, forman parte de la misma alucinación. Desemboco por fin en el hall y me detengo frente al espejo. Lo que veo da pena: despeinado, el pómulo izquierdo enrojecido y con un comienzo de hinchazón, perdí una media y la casaca de “El Taladro” tiene un desgarrón bajo una axila. Así funciona el mundo, pienso, los platos rotos siempre los terminan pagando los mismos.

Me saco la guirnalda de papel y la estrujo. En la distracción no vi lo que sucedía en la vereda: hay dos carros de asalto de la policía de culata, tres cámaras de televisión y unas treinta personas detrás de un vallado de seguridad. Al salir reconozco a varios: un matrimonio con dos hijos pequeños de la otra cuadra, el viejo del videoclub, Adelma, una vecina de mi edificio. Al verme aplauden. ¿Qué pasa con la gente? ¿Qué pasa con el mundo?

- El señor fue el que ingresó primero –está diciendo alguien frente a cámaras, reconozco al encargado del edificio que me señala. Las luces giran y me enceguecen.

- ¿Es verdad que ha desarticulado un cartel de la droga?

- ¿Se da cuenta de que usted es un héroe?

- ¿Para quién trabaja?

No hay arreglo posible, estamos perdidos, hay que entender de una vez por todas que el ser humano fracasó, no tiene salvación. Y ojo que no hablo del Apocalipsis y todas esas gansadas. El ser humano no tiene salvación por lo pelotudo que es, por lo superficial, ingenuo, manipulable, nabo y compra-buzones que es.

En fin, cerrando con la historia me digo tengo que desaparecer, doy dos pasos y paso por debajo de la cinta perimetral:

- ¡Por favor, no se vaya! -escucho a mis espaldas.

Me vuelve el mareo, siento frío en la planta del pie sin la media. Lo único que quiero es llegar a mi casa y dormir. Voy hacia la esquina, estoy a unos metros del drugstore cuando un tsunami sonoro pega la vuelta a la ochava y me da de lleno en pleno pecho: con menos obstáculos, los bramidos de mis hijos ahora son una explosión seca, compacta, en mi estado de debilidad trastabillo. Calculo: tres de la mañana, una hora hasta lograr que se callen, hacen las cuatro, veinte minutos hasta que me relaje y pueda conciliar el sueño, las cuatro y veinte. Para hacer tiempo a bañarme y llegar al tren de las seis tengo que levantarme a las cinco menos diez. Resultado: treinta minutos de sueño. ¡TREINTA MINUTOS, MIL OCHOCIENTOS SEGUNDOS, MEDIA PUTA HORA SUEÑO! ¡NO HAY JUSTICIA! Antes de dar vuelta a la esquina cambio de idea y me planto en seco.

- ¡Vuelve! ¡Ahí viene! ¡Va a hablar!

Los curiosos detrás de la valla se agitan, los movileros luchan por hacerse espacio y que no les pisen los cables. Me acercan un micrófono.

Transmitir un mensaje, ¿por qué no? Algo que sacuda los cerebros de estos retrasados mentales, algo que los motive a comprender que un edificio tomado por narcotraficantes está mal; que una policía que no llega nunca y cuando lo hace ya es demasiado tarde, también está mal; que la presencia de ellos mismos ahí, a las tres de la mañana, para salir en la tele en vivo y así tener algo para contar de sus mierdosas vidas, también está mal.

- ¿Qué va a decir? ¿Qué quiere declarar?

Me aclaro la garganta, los miro, me tomo mi tiempo, total el daño está hecho y ya no voy a dormir:

- Señores –digo, y hago una pausa para dar mayor énfasis a mis palabras-, sólo quiero trasmitirles un deseo: ¡PUEDEN IRSE TODOS A LA RE-PUTÍSIMA MADRE QUE LOS RE-MIL PARIÓ!

APAGÓN

viernes, 14 de febrero de 2014

Gombrowicz (escena corta para cuatro personajes)


TERAPEUTA: Diga de una vez, ¿cuál es esa fantasía?
 
PACIENTE: N-no puedo
 
TERAPEUTA: ¿Cómo que no puede?
 
PACIENTE: No puedo.
 
TERAPEUTA: ¡Vamos, Cárdenas!
 
PACIENTE: ¿No hay nadie escuchando?
 
TERAPEUTA: Pero quién va a haber, hombre, esta es su sesión de terapia.
 
PACIENTE: S-siento que me golpean.
 
TERAPEUTA: ¿Lo golpean?
 
PACIENTE: Sí, e-estoy en mi casa, tocan el timbre, abro la puerta, entra un montón de gente desconocida y se turnan para golpearme, en el cuello y en las articulaciones. Después entra un Juez, dice “sentenciado”, ordena que me desnude y todos aplauden.
 
TERAPEUTA (toma nota): “Golpe / desnudez / aplauso” ¡Ajá!
 
PACIENTE: ¿E-eso es grave?
 
TERAPIA: No, no, en principio no tiene por qué ser grave.
 
PACIENTE: A-anoche volví a tener ese sueño.
 
TERAPEUTA: ¿Qué sueño?
 
PACIENTE: Soy un medallón de merluza. E-estoy en la góndola de los frescos y los congelados y los yoghurst de golpe empiezan a decir: “¡Se acerca nuestra fecha de vencimiento! ¡Se acerca nuestra fecha de vencimiento!” ¡Uuuuuuh! (llora)
 
TERAPEUTA: ¡Serenesé!
 
PACIENTE: N-no sabe el clima que se creaba en esa góndola, Licenciada. ¡Íbamos a morir!
 
TERAPEUTA: Dije que se serene.
 
PACIENTE: Es que me siento tan poca cosa, cuando mi madre no esta en casa a veces me meto en una bolsa negra de consorcio, bajo a la calle y me tiro yo mismo en el container de la basura.
 
TERAPEUTA: ¿Que medicación está tomando?
 
PACIENTE: Hago gárgaras con agua y sal.
 
TERAPEUTA (toma nota): “Agua y sal” ¡Ajá!... Suspenda, Cárdenas, eso es una estupidez,  no le puede hacer ningún efecto. A ver si me comprende: a lo que hay que abocarse acá es a crear en su psiquis una ilusión, construir una esperanza. ¿Me explico? Dígame: ¿en éste momento cuál es su anhelo, que desearía con más fuerza?
 
PACIENTE: ¿Qué desearía con m-más fuerza? (piensa) Una fugazzeta rellena, me comería una fugazzeta rellena con mucha cebolla, jamón y queso.
 
TERAPEUTA: Cuando sale se va a una pizzería. Me estoy refiriendo a otra cosa, haga trabajar esas neuronas. ¡No puede ser que sea tan imbécil!
 
PACIENTE: U-una familia...
 
TERAPEUTA: Ahí está, bien, ve cómo, si se lo propone, sale: una familia, excelente.
 
PACIENTE: Como la suya...
 
TERAPEUTA (nerviosa): Bueno, ejem... por qué cómo la mía,  Cárdenas, por favor, yo no soy el tema de esta charla.
 
PACIENTE: Es que usted tiene una hermosa familia: e-el otro día lo vi a su marido, Licenciada...
 
TERAPEUTA (nerviosa): ¿A mi marido, dónde vio a mi marido?
 
PACIENTE: En el videoclub de la esquina. E-es tan varonil. ¿Cómo hace?
 
TERAPEUTA: Ejem... Cárdenas, por favor, le repito...
 
PACIENTE: Me gustaría tanto, no sé, poder escupir de costado como lo hace su marido, llevar esa camiseta  m-musculosa... ¡Uuuuuuuh! (llora)
 
TERAPEUTA: Otra vez no, por favor.
 
MARIDO (irrumpiendo en pantalón pijama y musculosa): ¡Susana!
 
PACIENTE: S-su marido, licenciada.
 
TERAPEUTA: ¿Qué hacés acá?
 
MARIDO: La mayonesa.
 
TERAPEUTA: ¿Qué?
 
MARIDO: La mayonesa, que dónde está el frasco de la mayonesa.
 
TERAPEUTA: ¿¡Pero no ves que estoy con un paciente!?
 
MARIDO: Y yo hace una hora que estoy buscando la mayonesa. ¿Cuál es?  Busqué en la heladera, busqué en la alacena, en el placard del dormitorio, hasta en la caja de herramientas busqué.
 
TERAPEUTA: Andá y preguntale a la sirvienta.
 
MARIDO: Se fue.
 
TERAPEUTA: ¿Se fue, que Rosa se fue?
 
MARIDO: Sí, qué sé yo, se fue.
 
TERAPEUTA: Mirá, Héctor, no me vas a hacer perder el equilibrio, estoy con un paciente. No me provoques, si Rosa se fue los dos sabemos bien por qué… ¡SE HARTÓ  DE QUE LA PERSIGUIERAS! ¡ASQUEROSO! (el PACIENTE da un respingo)
 
MARIDO: ¿Quién? ¿Yo?
 
TERAPEUTA: ¡SÍ, VOS! (controlándose) Mirá, ahora te vas, okey.
 
PACIENTE: Doctora, si quiere y-yo puedo venir en otro…
 
TERAPEUTA: ¡USTED SE CALLA, CÁRDENAS!... Héctor, no pienso discutir, te pido por favor (le señala la puerta)
 
MARIDO (desentendiéndose, al PACIENTE): Vos sabés que te miro y te miro… Me digo, a este lo conozco de algún lado (agarra las anotaciones de la TERAPEUTA y lee) Epa, sí que estás complicado, chabón.  ¿Cárdenas es tu apellido?
 
TERAPEUTA (le quita las anotaciones): ¡Dame eso!
 
PACIENTE (deslumbrado): C-cárdenas Bartolomeu
 
MARIDO: Cárdenas Bartolomeu, claro.
 
PACIENTE: N-nos vimos en el videoclub.
 
MARIDO: En el videoclub, sí señor. (confianzudo, se sienta junto al PACIENTE y le pasa un brazo por los hombros) Cárdenas Bartolomeu... Sabés, Cárdenas Bartolomeu, yo soy un hombre de múltiples ocupaciones, soy relacionista público, estoy en la Bolsa, viajo mucho, ¿me comprendés?, pero en la temporada que paro en esta casa, a las seis en punto me levanto de la siesta, voy al baño, después paso por la cocina, cazo un pan francés  y me preparo mi sánguche de salame picado fino, queso, tomate,  palmitos y mayonesa.
 
TERAPEUTA: ¡Héctor, por favor! (le señala la puerta)
 
MARIDO: Como toda persona normal necesito mi sanguche, es un hábito. ¡Y ESTA… (levanta la voz, el PACIENTE vuelve a sobresaltarse) pretende que yo pase un día entero sin ese alimento vital para mi delicado estómago! ¿Te parece bien, es justo?
 
PACIENTE: B-bueno...
 
TERAPEUTA (amenazante): ¡No tiene que contestar, Cárdenas!... Escuchame, enfermo, si la sirvienta se fue, entonces andá y preguntale a Carolina.
 
MARIDO: ¿A tu hija? ¡Olvidalo!
 
TERAPEUTA: ¿Qué pasa? ¿Qué pasó con Carolina? ¿Qué le hiciste? Te conozco, ¿volvieron a pelear?
 
MARIDO (al PACIENTE): ¿Cómo podés aguantar a alguien así, Cárdenas? Mirala, ansiosa, llena de inseguridades. ¡Es desesperante!
 
TERAPEUTA (feroz): ¡CONTESTAME!
 
MARIDO: Te contesto: NO SE. Desde anoche que está encerrada en su habitación, escuché ruidos raros, creo que trajo a alguien a dormir.
 
PACIENTE (tras un silencio incómodo, incorporándose): B-bueno, Licenciada, si salgo ahora por ahí puedo llegar a la pizzería...
 
TERAPEUTA (empujándolo en el asiento): ¡USTED SE QUEDA!
 
(La TERAPEUTA suspira, derrotada, se sienta en el sofá, el PACIENTE, queda entre ambos. Pausita. De golpe le tira un puñetazo al MARIDO por sobre el PACIENTE)
 
MARIDO: ¡No pegués!
 
TERAPEUTA: Decime, ¿qué querés de mí, Héctor? ¿Qué estás haciendo? Vos sabés que no podés estar en esta casa.
 
MARIDO: Soy tu marido.
 
TERAPEUTA: ¡Eras! Por orden judicial no podés estar a menos de quinientos metros a la redonda.
 
PACIENTE: Tal vez, en lugar de una fu-fugazzeta rellena con jamón y queso, sería mejor una pizza primavera con tomate cortado en rodajas gruesas…
 
TERAPEUTA: Intento rehacer mi vida, retomar mi profesión y vos venís con toda esta carga de burla, de cinismo. ¿Por qué sos tan egoísta?
 
(La TERAPEUTA vuelve a golpear al MARIDO por sobre el PACIENTE, el MARIDO le da un tirón de pelos)
 
TERAPEUTA: ¡Ay!
 
MARIDO: ¡Te dije que no pegués!... Todavía estamos unidos.
 
TERAPEUTA: ¡Delirás!
 
PACIENTE: Pero sin ajo, claro, porque mamá siempre dice que el ajo licua la sangre.
 
MARIDO: Yo te amo.
 
TERAPEUTA: ¡Y YO TE VOY A HACER METER PRESO! ¡ASQUEROSO! ¡TE LO ADVERTÍ MÁS DE UNA VEZ! (entra la HIJA, vestida de cuero y tachas, pelo parado, la cara pintada al estilo “punk”) ¡Hija! ¡Carolina!
 
(Como hipnotizada por el PACIENTE, la hija avanza hacia él. Éste se asusta, se incorpora y huye a un rincón, se pone en cuatro patas)
 
PACIENTE: Gauuuu, guauuu, guauuuu.
 
MARIDO: ¿Qué pasa, titán?
 
TERAPEUTA: ¡Por favor, déjenlo en paz! Lo ponen nervioso y vuelve a sus episodios piscóticos. ¡Así no se puede trabajar! Lo habíamos establecido: de esa puerta para allá soy Susana, para acá soy la Licenciada Susana Comelles Ruiz.
 
MARIDO (burlón): ¡Ay, la Licenciada Susana Comelles Ruiz! (le acaricia la espalda al PACIENTE) Bueno, bueno, Boby, tranquilo. ¡Sit! ¡Sit! ¡La patita, la patita! (el PACIENTE obedece) ¡Muy bien, buen chico!
 
TERAPEUTA (abstraída en la hija): Carolina, a ver, nosotras habíamos convenido algo… (intenta abrazarla y esta la rechaza, la toma de un brazo y se la lleva lejos del PACIENTE) Vení. ¿Por qué estás tan agresiva? Nosotras siempre fuimos compinches, si estás algo desorientada dialoguemos (al MARIDO) ¿Qué le pasa?
 
MARIDO: No sé. Escribió con aerosol toda la pared del living, puso que no quiere hablar hasta que un tal Marilyn Manson sea nombrado Papa.
 
(Pausa, el PACIENTE se recupera y, desorientado, vuelve al sofá, el MARIDO se sienta otra vez junto a él, la TERAPEUTA toma el teléfono)
 
TERAPEUTA: ¡Hola, Juzgado, con la oficina del Dr. Lynch!...Gracias, espero...
 
MARIDO: Hoy evidentemente no es mi día, Cárdenas, al final creo que me voy a quedar sin el sánguche. Tengo 50 años, ¿sabés?, y siento que atravesé la mitad de la vida y todo lo que he sembrado se me escurre entre las manos.
 
TERAPEUTA: ¿Dr. Lynch?... Mi marido... Sí, mi marido... Necesito que envíen un patrullero... ¡Sí, otra vez!...
 
(la HIJA se sienta a los pies del PACIENTE le toma una mano y le lame los dedos)
 
MARIDO: La financiera, la mesa de dinero… ¡Cuántos sueños, cuánto esfuerzo!…
 
PACIENTE (angustiado): ¿Qué me hace en la mano? ¿N-no me la querrá comer?
 
MARIDO: ¿Eh? No, despreocúpate, es solo una adolescente en plena crisis. Observala. Me pregunto cómo pude haber traído algo así al mundo. Uno debería engendrar únicamente hijos varones.
 
TERAPEUTA (al teléfono): ¿Cómo que no hay disponibilidad? ¡Están obligados! Se lo tienen que llevar... ¡PRESO, IDIOTA, SE LO TIENEN QUE LLEVAR PRESO!
 
MARIDO: No sé, a veces siento como un nudo en el estómago. Pienso, me interrogo (de golpe agarra al PACIENTE de las solapas) Decime, ¿por qué estamos acá? ¿Existe la felicidad? ¿Cuál es el sentido de la vida?
 
TERAPEUTA: ¡No tiene que responder, Cárdenas! (separando al MARIDO del PACIENTE): ¡Dejalo en paz, haceme el favor! 
 
(El PACIENTE, aterrado, tiene otro brote y empieza a cabalgar en círculos en torno al sofá)
 
TERAPEUTA: ¡MIRÁ LO QUE HICISTE!... Héctor, si no querés terminar preso, andate, ya te denuncié.
 
MARIDO: No me soprende, vos no cambiás más.
 
TERAPEUTA: ¡Vos sos el que no cambia más!
 
MARIDO: Sabés qué, actuás así por despecho. Y eso significa una sola cosa.
 
TERAPEUTA: ¿Ah, sí? A ver, ¿qué significa?
 
MARIDO: Qué estás loca por mí. Pero es inútil, vos nunca lo vas a entender. ¡Vamos, Cárdenas!
 
(De improviso, el MARIDO se monta a la espalda del PACIENTE, la TERAPEUTA los persigue)
 
MARIDO: ¡Aioooo, Silver! ¡Ta-ra-ran ta-ra-ran tan tan / ta-ra-ran tan tan!  Así es el  mundo, chabón. Como te decía, yo tenía mi cueva en Puerto Madero, mi cartera de clientes, lo más alto de lo más alto. El dinero fluía a mares... ¡Guarda la mesa!
 
TERAPEUTA: ¡No lo escuche, Cárdenas! ¿Por qué mejor no hablás de lo que le hiciste a mis pacientes?
 
MARIDO: Los ayudé a invertir
 
TERAPEUTA: ¡Los robaste!
 
MARIDO: El mercado es fluctuante, en esto no siempre se gana.
 
TERAPEUTA: ¡ERAN PACIENTES DE RIESGO, INMUNDO, PACIENTES SUICIDAS!
 
(En una de las vueltas, el MARIDO manotea la cartera de la TERAPEUTA y  le saca la billetera) 
 
TERAPEUTA: ¡Dame esa billetera, Héctor!
 
MARIDO: Es un pequeño préstamo. Ahora hay que darse a la fuga, saltaremos ese acantilado, Cárdenas. ¡Arre!
 
(La TERAPEUTA consigue desestabilizar al MARIDO, que cae al piso, lo agarra del pelo e intenta sacarle la billetera. La HIJA, a su vez, agarra de un pie a la TERAPEUTA y le muerde la pantorrilla. Quedan trenzados los tres en el piso)
 
MARIDO: ¡Soltame!
 
TERAPEUTA: ¡Aaaay! ¡Carolina, por favor!
 
MARIDO: Si me largás los pelos ella te suelta.
 
TERAPEUTA: ¡Ni lo sueñes!... Nena, me estás haciendo daño.
 
MARIDO: ¿Me vas a soltar?
 
TERAPEUTA: ¡Basta!
 
(El PACIENTE vuelve de su delirio y se queda parado observando a los que yacen en el piso)
 
PACIENTE: B-bueno, uy, se hizo la hora, ¿no? (mira su reloj) Este reloj l-la verdad es que no funciona bien, es un recuerdo de mi padre. Mamá dice que igual tengo que seguir usándolo porque los relojes digitales provocan cáncer. Licenciada, ¿entonces nos vemos el martes? (va hacia la puerta)
 
TERAPEUTA: ¡LE PROHÍBO QUE SE VAYA, CÁRDENAS!
 
MARIDO: ¿Me vas a soltar?
 
TERAPEUTA: ¡Carolina, me estás clavando los dientes!
 
(El PACIENTE duda, a continuación, intentando que no se le arrugue la ropa, se recuesta en el piso y reptando lentamente se une al grupo agarrándose de un pie de la hija)
 
TERAPEUTA: ¡Cárdenas!
 
MARIDO: ¿Qué pasa, Susana?
 
TERAPEUTA: ¡Le ordeno que se separe, Cárdenas, esta es una disputa familiar!
 
MARIDO: No veo. ¿Qué está haciendo? ¿Te está tocando?
 
TERAPEUTA: A la nena, Héctor, está tocando a la nena... ¡Retírese, le digo!
 
MARIDO: ¡TE ESTÁS PROPASANDO, CHABÓN, DEJÁ A MI HIJA O TE BAJO TODOS LOS DIENTES!
 
PACIENTE: N-no puedo.
 
TERAPEUTA: Sí puede, Cárdenas.
 
PACIENTE: N-no puedo.
 
TERAPEUTA: Respire hondo, le repito que sí puede.
 
PACIENTE: U-una familia, ustedes son u-una familia.
 
TERAPEUTA: Pero no su familia.
 
PACIENTE: M-mi familia
 
TERAPEUTA: No su familia, usted es mi paciente.
 
MARIDO: Y ESTÁS TOTALMENTE COLIFATO. ¡DEJÁ A LA NENA O TE REVIENTO!
 
TERAPEUTA: ¡Vos cállate, Héctor!
 
PACIENTE: Mamá.
 
TERAPEUTA: No, mamá no, Cárdenas, soy la Licenciada Susana Comelles Ruiz y usted está haciendo una regresión. A ver, suelte a la nena y respire hondo. Usted debe reconciliarse con la imagen de su padre, debe reconstruir su propia idea de familia. ¿Me escucha?
 
PACIENTE: ¿Papá?
 
TERAPEUTA: Sí, Cárdenas, su padre. Deje fluir su memoria emotiva, ¿Qué imágenes guarda de él? ¿Su padre le traía golosinas a casa?
 
PACIENTE: Chicles Yun – yun.
 
MARIDO: ¡Chicles Yun-yun, muy bien!
 
(De improviso, la HIJA suelta la pierna de la TERAPEUTA, se le monta encima al PACIENTE y lo besa con furia en la boca. El PACIENTE siente pánico, quiere escaparse y no lo consigue)
 
PACIENTE: Hmmmmmmm.
 
TERAPEUTA: Por favor, enfóquese en lo que le estoy diciendo, Cárdenas.
 
PACIENTE: Hmmmmmm.
 
MARIDO: ¿Qué pasa, Susana, por qué hace ese ruido con la boca?
 
TERAPEUTA: No sé, no responde al estímulo terapéutico y está por violar a la nena, vas a tener que intervenir.
 
MARIDO: Entonces soltame el pelo.
 
TERAPEUTA: ¿Vos me devolvés la billetera?
 
MARIDO: Si me decís dónde está la mayonesa, te la devuelvo.
 
TERAPEUTA: Okey.
 
(El MARIDO se incorpora, corre a la HIJA de arriba del PACIENTE y lo inmoviliza con una toma al cuello)
 
MARIDO: ¡Tranquilo, titán, no te retobes!
 
TERAPEUTA (va hasta el teléfono y llama): Hola, Clínica… La Licenciada Ruiz, por favor mándeme un móvil con dos enfermeros (pausita, suspira, al PACIENTE) Ay, Cárdenas, Cárdenas,  acaba de violar el acuerdo terapeuta/paciente, no sería una buena profesional si no lo reporto.
 
PACIENTE: ¿Sí?
 
TERAPEUTA: Si, no me dejó otra salida. Su referencialidad sufrió lo que técnicamente se entiende como “lapsus de recognocibilidad invertida”. Un pequeño desajuste, no debe alarmarse. A propósito, ¿usted me pagó las últimas tres sesiones?
 
PACIENTE: N-no recuerdo, Licenciada.
 
(El MARIDO lo mantiene inmovilizado, la HIJA lo palpa, le saca la billetera y se la da a la TERAPEUTA, que le extrae los billetes que contiene)
 
TERAPEUTA: A pesar de todo la verdad que estoy contenta: ha tenido una gran progreso.
 
PACIENTE: ¿L-le parece?
 
TERAPEUTA: Sí, sí, tal vez tenga que volver a un par de sesiones más, pero casi podemos considerar que tiene el alta.
 
PACIENTE: ¿Y si regreso, podemos v-volver a agarrarnos todos en el piso?
 
TERAPEUTA: No, temo que eso va a ser imposible (al MARIDO) Bueno, llevalo al hall que pasan a retirarlo, Héctor.
 
(El MARIDO y el PACIENTE salen. La HIJA está totalmente transformada, sonríe, se abraza a la TERAPEUTA)
 
TERAPEUTA: ¿Estás mejor, nena?
 
HIJA: Sí, má.
 
TERAPEUTA: Vi un vestido alucinante en la galería de abajo, ¿me acompañás a probármelo?
 
HIJA: Bueno, dale.
 
APAGON