miércoles, 13 de abril de 2016

Un tema delicado

No es mal chico.
No sé si es mal o buen chico, lo que sé es que la reventada esa le llena la cabeza.
¡No seas mala, Marucha!
¡Es un calzonudo! ¿No puede tomar una decisión por sí mismo? ¿Vos qué vas a tomar?
Café
A mí pedime un té solo. Decime, ¿qué tiene que venir a opinar esta mina si no es de la familia? La casa se vende y punto.
Vos porque no estás pasando por necesidades, en cambio ellos…
¿Ellos qué? ¿A ver? ¿Quién lo manda al pavote ese a tener cinco críos?
¡Son mis sobrinos, che!
También son mis sobrinos, pero después del tercero se hubiera hecho un nudo en el pito.
¡Las cosas que decís!
Si siempre fue un cabeza hueca. Las veces que me pidió plata.
Pero te la devolvió.
Sí, a los premios me la devolvió. Anahí, mirá, no es tan complicado: tasamos la casa, le ponemos el cartel de “vende”, cuando se concreta la operación se divide todo por tres, los muebles se regalan y listo. Pero no, claro, para el pobre Marquitos “sería deprimente” si la casa no queda en la familia y “si no tenemos inconvenientes” él se puede meter a vivir hasta que…
Disculpe, pero si en lugar de “meter a vivir” dice “ir a vivir”, o “instalarse a vivir”, ¿no le suena mejor?
¿Y este?
¡Ay, no sé, tengo miedo, Marucha!
Dejá, no le hables, no lo mires que se va solo. Volviendo, entonces, si vos lo apañás, si te ponés de parte de él, una vez que estén adentro, ¿sabés cuándo los sacamos?
Marquitos quiere cambiar el auto, necesita la plata, me lo dijo ayer…
Te dejás empaquetar, tenés la misma ingenuidad que la pobre mamá. En un momento necesita imperiosamente la plata, en el otro tiene que cambiar el auto. ¿No te das cuenta como te maneja?
¡Ay, Marucha, hablá tranquila, que no te agarren los nervios porque me ponés nerviosa a mí!
No me agarran los nervios. Mirá, lo tengo a Néstor con el tratamiento para la psoriasis, Jorgelina que no da pié con bola con ningún trabajo, el lavadero de casa que se me inunda, son muchos problemas como para seguir ocupándome de esto. ¡Quiero que-se-ter-mi-ne! Y no voy a soportar que éste mocoso nos quiera tomar de pelotudas.
De nuevo disculpe, ¿no?, pero “pelotudas”, ¿le parece que da con el tono? Si en cambio usted dijera…
¡¿A VER SEÑOR, SE PUEDE SABER QUIÉN ES USTED Y QUÉ QUIERE?!  Por si no lo notó estamos en medio de una conversación privada.
Tiene toda la razón, perdone, me aparezco así y opino sobre lo que están diciendo, qué van a pensar, ¿no? Mi nombre es Felix, yo soy el encargado de la librería.
¿Librería? 
Librería, sí. Esta librería.
¿Vos entendés qué dice este coso, Anahí?
Ni jota.
¿Y nosotras qué venimos a tener que ver con su librería?
Bastante. Ustedes son dos personajes de “la novedad de la semana”.
¿“Novedad de la semana”?
¡Mire, señor, como verá somos dos señoras mayores, estamos con un tema familiar delicado, “novedad de la semana” será su abuela, así que haga el favor de retirarse!
¡Ay Marucha, por qué sos siempre tan cortante! Mirá como se va el pobre.
¡Y vos sos una marmota! ¿No te das cuenta que es un acosador? Esta ciudad está cada día más llena de pervertidos, hay que estar en guardia.
¿Te parece?
Anahí, no te distraigas y volvamos a lo que estábamos hablando. ¿Estás de acuerdo o no estás de acuerdo?
¿Con qué?
¿Cómo con qué? ¿Para qué nos citamos? ¿Para qué estoy tragándome este té?
Disculpen, estoy buscando “Los rododendros y las azaleas”, es un libro de jardinería…
¡PERO ESTO ES UN COTOLENGO!
No se altere, señora, creo que está editado por Random House, la autora se llama Daniela Beretta, ¿me podrían informar?
¿Y por qué le tendríamos que informar?
Como el dependiente está en el fondo, justo pasé por acá, las vi adentro del libro hablando y…
¡Ay, Marucha, esto es muy raro!
¡Tranquilizate!
Es que no puedo, me viene de golpe la angustia y me pongo a sudar. ¿Vos entendés lo que dice este señor?
No tengo la menor idea.
Ahora que me fijo el café está lleno de estanterías, de mesas con libros.
Yo sin los lentes no veo una vaca en un pasillo. 
Te juro que no estoy loca: recién era sólo un café, ahora parece que también es una librería. ¿Qué está pasando?
Te dije que no lo sé. Vos que ves ubicame al cretino ese, haceme el favor.
¿A quién busca?
Usted concéntrese en su libro de jardinería y no se meta. ¡Librero! ¡LIBREROOOOO!
¡Esto me asusta!
Bueno, aflojá con el drama, Anahí. ¡LIBREROOOOO!
¡SE PUEDEN CALLAR, COTORRAS!
¿QUIÉN HABLÓ? ¿QUIÉN DIJO ESO? ¿QUIÉN TUVO EL TUPÉ DE LLAMARME COTORRA?
¡Shht, bajá la voz!
¡QUÉ BAJÁ LA VOZ NI BAJÁ LA VOZ! ¡MÁS COTORRA SERÁ SU MADRE! ¿QUIÉN HABLÓ?
Marucha, por favor, si ahora estamos en una librería hay que hablar bajito. Creo que la voz salió de ese volumen.
American psycho, de Bret Easton Ellis, un clásico de la literatura sangrienta. Seguramente el que protestó es el protagonista, Patrick Bateman, un loquito de cuidado, les aconsejo no contradecirlo. ¡Je, je!
¡Qué gracioso! ¡Por fin apareció! Mire, señor, acá está sucediendo algo un poco turbio: mi hermana Marucha y yo nos citamos en un café para tratar un tema familiar, yo me olvidé los lentes, pero ella manifiesta -y confío plenamente en lo que dice- que si bien seguimos estando en el café, ahora resulta que también estamos en una librería, que supongo debe ser de la que habla usted. Le quiero aclarar que yo no acostumbro a tomar alcohol, ni mi hermana tampoco.
Es normal.
¿Qué cosa es normal?
Que estén en ese café que dice y al mismo tiempo que estén en esta librería, y que no comprendan qué está sucediendo.
A ver si se explica.
¿El nombre Pablo Albarello les dice algo?
No.
¿Y “Un tema delicado”?
Menos.
Son el autor y el título del libro del que ambas son personajes, el volumen llegó hace una hora, integra una colección de narradores actuales y yo lo coloqué en esta mesa en la sección “novedades de la semana”.
¿Personajes? ¿Qué somos personajes?
¡No diga sandeces, hágame el favor!
¡Pará, pará Marucha! ¿Quiere decir que lo que estábamos hablando recién está publicado en un libro?
Efectivamente.
¿Escuchaste hermana? ¡Pero eso es tremendo! ¡¿Qué va a decir Marquitos, qué va decir la mujer cuando se enteren de todo lo que dijimos de ellos?¡Ay, Dios mío!... 
¡Pará, Anahí, por favor!
¡Es terrible, Dios mío! Claro que pensándolo bien nuestro hermano no es de leer mucho. Pero ¿y la mujer? la mujer es docente, está haciendo un curso de literatura, pedagogía del cuento o algo por el estilo en la Alianza Francesa. ¡Dios mío! En una de esas se lo dan para leer, o una compañera compra el libro y después se lo comenta. ¡Qué desgracia, estoy temblando!
¡PARÁ, ANAHÍ, PARÁ, POR FAVOR! Señor, aclare qué es todo este disparate.
En principio procuren tranquilizarse, yo hace cinco años que trabajo en la librería y ya ha sucedido otras veces. Pueden llegar a sufrir un leve mareo, sentirse algo confundidas por un par de horas, pero después se acostumbran.
¡Ya siento el mareo, Marucha, tiene razón!
¡ANAHÍ, PODÉS PARAR UN CACHITO! ¿Y a qué tenemos que acostumbrarnos?
A aceptar que son personajes. Si su hermana que ve bien se molesta, observará que en esa mesa está Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, Cosmópolis, de Don De Lillo, el Tomo II de los cuentos completos de Ernest Hemingway. ¿Usted escuchó a alguien haciendo escándalo? Claro que no. Cada personaje se mantiene tranquilamente en su volumen viviendo su  historia; y eso que estamos hablando de autores de renombre. En otro orden, quiero disculparme por las interrupciones de hace un rato. Defecto de librero, de aburrido me la paso corrigiendo y juzgando la escritura ajena. Pero para serle sincero hay algunos autores nuevos que escriben tan mal que uno no se explica cómo llegan a publicar.
Señor, ¿y mi libro de jardinería?
Ah, sí, discúlpeme. Venga por acá, por favor. Ya estoy con ustedes, señoras.
Vaya, atienda, atienda.
Marucha, ¿cómo estás tan serena? ¿Te das cuenta que lo que está pasando es terrible? Vos no sos mi hermana Marucha, yo no soy Anahí, no somos gente, apenas si somos dos ficciones imaginadas y escritas por alguien en un papel.
¡Callate, pasmada, a vos cualquiera te vende un buzón! Este no es un abusador ni un chiflado: es un delincuente. Escuchame atentamente: hay que seguirle la corriente, decirle a todo que sí y en cuanto podamos hay que escapar.
¿Escapar? ¿Y por qué escapar? Vos querés decir que…
Sí, Anahí, estamos secuestradas.
¡Ay, Dios mío! Pero esto va de mal en peor. ¿Estás segura?  
Por algún medio se enteró de que estamos vendiendo la casa de papá, evidentemente se quiere alzar con la plata.
¡Estoy temblando como una hoja de nuevo! ¿Qué vamos a hacer? ¡Dios mío! ¿Y si gritamos?
Por una vez en la vida dijiste algo sensato. ¡POLICIIIAAAA! ¡POLICIIIAAAAA!
¡POLICIIIAAAA! ¡SOCORRROOOO!
¡Por favor! ¡Por favor! ¿Qué hacen? ¡Me van a espantar la clientela!
¡POLICIIIAAAA!
¿Qué está pasando acá? ¿Qué son esos gritos?
Ah, hola, cómo le va, agente. No, no es nada, no se preocupe, las señoras son dos personajes en período de adaptación.
¡Miente descaradamente, no le crea! Este señor es un delincuente que nos ha secuestrado. Evidentemente integra una banda con una importante logística, ya que se enteraron de que mi hermana y yo vamos a cobrar una fuerte suma de dinero resultado de la venta de una propiedad familiar.
¡Eso es absurdo!
¡Vamos, querido, que a los de su calaña los tengo bien vistos, salen todos los días en El Noticiero de Santo!
¡Eso es un disparate! Este libro acaba de entrar, sólo escuché accidentalmente un par de parlamentos de las señoras, ignoro de qué trata. Además, son dos personajes, agente, ¿cómo se puede secuestrar a dos personajes?
Depende.
¿QUIÉN HABLÓ? ¿QUIÉN DIJO ESO? ¿QUIÉN HABLÓ? ¿Vos escuchaste, Anahí?
No lo sé, Marucha, que no te agarren los nervios de nuevo. Creo que vino de aquella estantería.
La sección jurídica. Por la voz es el Dr. Antonio Maldonado Ruiz, compilador de la Nueva teoría del Derecho Penal Comparado, de editorial Lumen.
¡Y qué espera, acérquelo, si el hombre tiene algo para decir que lo haga!
¿Me permite, agente?
Tráigalo.
Les presento al Doctor Antonio Maldonado Ruiz, profesor de Derecho Penal. Las señoras Marucha y Anahí, dos personajes de un libro nuevo y el agente… ¿Cuál es su gracia?
Molina, suboficial Molina.
Señoras, agente. Ante todo disculpas, pero los escuché involuntariamente y, si me permiten, antes de determinar si hay o no privación ilegítima de la libertad, es importante discriminar entre dos sujetos de derecho bien definidos: la “persona física o natural” y la “persona ficticia o ilusoria”. De acuerdo al orden jurídico romano la primera es todo miembro de la especie humana susceptible de adquirir derechos y contraer obligaciones, mientras que la segunda es un sujeto que existe pero no como individuo humano, sino como convención creada por una o más “personas físicas o naturales” para cumplir con un rol supra-abstracto o inexistente.
¿Vos entendés algo, Marucha?
Ni jota. Señor, ¿por qué no traduce para la gente común lo que está diciendo?
Lo que intento decir, es que en el presente litigio se hace prioritario discriminar si las señoras se encuadran en una u otra de dichas figuras de derecho,  para luego sí definir fehacientemente el acto delictivo del que son objeto.
Es lo que yo digo, un personaje no puede ser secuestrado.
¡Usted cállese! Prosiga, profesor.
Lamentablemente la cuestión se complejiza si intentamos estipular la calidad de “persona ficticia o ilusoria” en las que las señoras se encuadran, siempre en el caso probado de que quede demostrado dicho status. Esto es, ¿han sido un mero producto de la pura imaginería de un autor o creador literario, sin ningún sustento arraigado en la realidad-real-objetiva? ¿O dicho autor, para la elaboración de esos personajes, se ha basado en “personas físicas o naturales” pertenecientes a su entorno social, familiar o amical? Si conseguimos dilucidar esto, y si nos encontramos frente a la segunda de dichas formas jurídicas, bien puede suceder que las señoras aquí presentes efectivamente existan en la vida real, esto es, que no sean sólo meras “personas ficticias o ilusorias”, entonces la privación ilegítima de la libertad podría encuadrarse en un delito punible por “ut-supra-interpósita-data”.
¿Usted quiere decir un secuestro virtual?
¡No digas gansadas, Anahí, eso es otra cosa! A ver, Doctor, no entiendo nada de derecho, pero según lo que puedo sacar en limpio, acá lo que hay que hacer es encontrar al autor, ¿es así?
Exacto.
¡VAMOS, ENTONCES, A ENCONTRAR A ESE DESNATURALIZADO, QUE ADEMÁS SEGURAMENTE TAMBIÉN ES EL CEREBRO DE LA BANDA! ¡Ahí va a quedar bien claro que yo no soy ninguna ficción, yo soy María Urbina Barbieri, argentina, casada y de carne y hueso!
¡Sí, claro! ¿Y si es argentina, casada y de carne y hueso me quiere decir cómo terminó adentro de ese libro?
Nos drogaron, evidentemente.
Ay Marucha, ¿también nos drogaron?
Nos pusieron anfetaminas, éxtasis, paco, o alguna de esas porquerías en el té. No es para sorprenderse, lo denuncian en El Noticiero de Santo todo el tiempo.
¡Ay, por Dios! Esto ya es más que una tragedia. ¡Estoy temblando de nuevo!
¡PARÁ UN CACHITO, ANAHÍ, POR FAVOR! ¿Y entonces, agente?
¿Qué?
¿Cómo qué? ¿No está escuchando? ¿Qué hacemos? El autor, haga que el librero ubique al autor.
¡Usted: ubique al autor!
Si con eso se aclara este disparate no tengo inconvenientes. Tendría que llamar a la editorial, allí seguramente me van a dar el teléfono.
¡Vaya!
¡Qué vergüenza, Marucha, nosotras que nos habíamos reunido tranquilamente para hablar de la casa de papá, terminar así, en boca de todos!
Perdón, pero si alguien tuviese la amabilidad de volverme a mi estante…
¡Uy, nos olvidamos del Doctor!
Agente, haga el favor.
Hasta luego, señoras.
Muchas gracias, Doctor. Qué caballero más atento, ¿te diste cuenta?
Ahí viene de vuelta ese pillo. ¿Y? ¿Lo consiguió?
En la editorial me dieron un teléfono, es del domicilio particular. Probé dos veces y no contesta. No sé, ¿qué hago, agente, le dejo un mensaje?
No, ya va a ser localizado por la Fuerza.
¡“Localizado por la Fuerza”, seguro! Ese ya debe andar por la triple frontera. ¿Anahí, qué hora es?
Las seis.
Néstor no sabe dónde estoy y ya debe haber puesto el grito en el cielo. Agente, ¿y entonces? ¿Cómo seguimos con esto?
Mire, señora, yo la verdad que estoy un poco confundido. Lo mejor va a ser que vayamos todos a la seccional.
¿Nos va a llevar detenidas?
Hasta que se aclaren las cosas. Señor, cierre la librería. Aquel caballero, el del libro de jardinería, que venga de testigo, usted lleve el volumen con las señoras y traiga los datos que tenga del autor, la policía se va encargar de averiguar si tiene antecedentes.
Vamos.
¡AAAAAYYY!
¡Con cuidado con el libro que no es coctelera!
Sí, qué no nos mueva así que me viene vértigo, Marucha. Qué rara que es la vida, ¿no? ¿Pensaste alguna vez que ibas a vivir algo así, quiero decir, secuestradas, drogadas, marchando presas metidas adentro de un libro?
¿Crees que Marquitos se va a enterar de todo lo que dijimos? ¡Y los nenes, decime: qué culpa tienen los nenes! ¡Dios mío! ¡Yo no podría volver a mirarlos a la cara!...

¡ANAHÍ, POR UNA VEZ EN LA VIDA, PODÉS PARAR UN CACHITO!

sábado, 19 de marzo de 2016

Club social

Lo vimos acercarse por el caminito de lajas, bordear las canchas, la pileta grande y caminar hacia el sector de las mesas bajo los plátanos. El mismo andar bamboleante y un poco a la deriva, la misma expresión bonachona de cuando a eso de las cinco cerraba el negocio y se aparecía por el club con la bolsa de facturas.
Desde la plegadiza Cati se llevó las manos a la boca, Toresani paralizó el mate a mitad de camino y preguntó con voz de pito:
- ¿Yo veo mal o ese que viene ahí es Ramón?
Una reacción más que justificada, claro,  ya que Ramón llevaba unos diez años de fallecido.
El vientre voluminoso, la toalla corta colgada al cuello, el short de baño azul y las eternas sandalias marrones, el tiempo parecía haber practicado un extravagante salto mortal hacia atrás; pero sin dudas era él, era nuestro amigo Ramón.
Fuera del perímetro de los plátanos el sol todavía pegaba fuerte. Al paso del visitante, en la zona de las especies venenosas, la Vieja Paoluci, Tota Smith y Martita Mercante, estiraron los cuellos y rotaron las cabezas de culebra señalando a las demás sombrillas el escándalo que representaba tamaña novedad. Ramón sorteó la prueba con estoicismo y se encaminó hacia nuestra mesa.
Aquella tarde estábamos Juan Titanti, Cati, Julito Ayerbe, Mary Salonia, Eduardo Toresani y yo; Obdulio Clavera y señora desde el día anterior estaban en Buenos Aires. Los nombrados, junto con Ramón y Teresita, la viuda –que desde hacía tres años había vuelto a casarse y vivía en Río Cuarto-, conformábamos la histórica “mesa de la canasta” del club.
Que así como así se aparezca alguien muerto una década atrás, por mejor amigo y buen compañero de cartas que haya sido, de por sí ya es toda una experiencia. Ramón se detuvo unos metros antes de llegar, alzó las cejas y nos contempló con una expresión de tímida alegría. El silencio obstinado creó una atmósfera irreal. Yo la verdad que no supe qué decir. Fue el agrio de Juan Titanti el que rompió el hechizo:
- ¿Qué es esto, una especie de chiste?
Ramón enrojeció.
- ¿Qué hacés acá?
Juan Titanti y Ramón nunca habían congeniado, en la prehistoria de “la mesa” se habían disputado los favores de Teresita, Ramón y su afabilidad habían triunfado, desde entonces y hasta su muerte la rispideces nunca habían sido zanjadas.
- Por suerte hoy no hay ningún cardíaco, ¿cómo se te ocurre aparecerte así?
Ya repuesta de la sorpresa, Mary terció en defensa del recién llegado:
- No es para tanto, che.
- Es verdad –apoyé yo- Es nuestro amigo.
Ramón me miró y se le humedecieron los ojos. A continuación, nos fue repasando uno  a uno con una rara intensidad:
- Los veo tan bien.
Cati quiso decir algo pero no lo consiguió y Toresani le pasó una mano por los hombros. Ramón se sentó, alzó el mazo de cartas y se lo llevó a la nariz aspirando profundo. Era una situación inédita, por primera vez en su larga historia de vida la mesa de los chistes, las discusiones y la chachara interminable había extraviado las palabras. Por fin Mary dijo con tono casual:
- ¿Si querés armamos una partida?
Ramón, soltó las barajas y se incorporó de golpe:
- Después. Ahora, si no se enojan, querría algo que vengo deseando desde hace tiempo -y se sacó la musculosa, se ajustó el cordón de la malla y comenzó a desabrocharse las sandalias.
A nadie se le ocurrió detenerlo. Desde la mesa lo vimos caminar hacia la pileta, detenerse bajo la regadera, mojarse la espalda, el cabello ralo, e intercambiar un par de palabras con el Gallego García, que se había acercado a saludar.
En vida Ramón había sido un tipo apreciado, su familia, oriunda de Santiago del Estero, había instalado en la avenida principal una zapatería, al heredar el negocio Ramón consiguió agrandarla y un par de años después abrir un nuevo local del otro lado de la vía. Había sido un tipo tranquilo, de gustos simples, nada presuntuoso a pesar de que económicamente le había ido muy bien, y su muerte repentina había sorprendido a todos.
Concluida la ducha, se subió al borde y se tiró de cabeza. En el sector beligerante ya se había montado el operativo. La Vieja Paoluci y sus dos lugartenientes, ya estaban de pie reclutando aliados. Miraban hacia la pileta con movimientos expresionistas y hacían comentarios a viva voz. Ajeno a cualquier afán de violencia y en completa armonía con el agua clorada, Ramón nadó un largo completo sin detenerse.
- Está igual –dijo Julito.
Juan Titanti, cerró el diario:
- ¡Demasiados problemas tengo yo como para que ahora se aparezca este del más allá!
- ¿Y qué tiene, che?
- ¡Que siempre fue un vivo!
- ¡No digas pavadas!
- ¡No digo pavadas! ¿No te das cuenta cuál es su manejo? Siempre se quiso hacer notar.
- Relajate, Juan –medió Eduardo Caresani- Ramón siempre fue un tipo trasparente.
- Sos un ingenuo. ¿Te preguntaste alguna vez cómo hizo para hacer tanta plata?
Titanti se levantó de la plegadiza y alzó el termo vacío:
- Les adelanto que si se queda un rato más yo me voy –dijo, y se fue para el lado de la cantina.
Teresita y Ramón no habían tenido hijos, tras su muerte ella había seguido asistiendo a la mesa y Titanti luego de cumplido un plazo prudencial había vuelto a intentar la conquista, pero sin éxito. Cumplido el quinto aniversario, Teresita conoció a un viajante de comercio divorciado en un grupo para dejar de fumar y al tiempo se fueron a vivir a Río Cuarto.
- ¿Y el torneo de fútbol de fin de año se sigue haciendo?
Aquí estaba de nuevo, chorreando agua, con los ojos encendidos, un poco colorado por el esfuerzo.
- Empieza mañana –dijo Toresani.
- ¡Qué lástima! Me hubiera gustado ver por lo menos un partido.
- Te habrás enterado lo de River, ¿no? –dijo Julito, con tono zumbón.
- Prefiero que hablemos de otra cosa –lo cortó Ramón simulando indignación.
Cati, que estaba cortando un bizcochuelo, dejó el cuchillo y le posó la mano en el brazo:
- ¿Sabés lo de Teresita?
Ramón sonrió:
- Estuve con ella hace un rato.
Yo me desconcerté:
- ¿Cómo hace un rato? ¿Ella no está viviendo en Córdoba?
Nuestro amigo se frotó el cuero cabelludo con la toalla y la dejó sobre el respaldo de la plegadiza:
- Es algo complicado de explicar…
- Y dale, hay tiempo –dijo Cati.
Ramón suspiró:
- Bueno, mirá, es raro, pero si en algún momento uno tiene la necesidad y pide…
La voz de Juan Titanti, lo cortó:
- ¡Es él!
El  grupo, de unos diez, con la Vieja Paoluci, Juan Titanti  y Carbone, el cuidador del club, a la cabeza, venía en formación desde  la cantina. Rápido de reflejos, Julito Ayerbe se incorporó de la reposera:
 - ¿Qué pasa, Carbone?
El encargado titubeó:
- El señor…
- Es un antiguo socio.
Juan Titanti estalló:
- ¡Dejate de joder, Julio, este se murió hace diez años!
Mary se incorporó de la plegadiza:
- ¿Y cuál es el problema?
Fue el momento esperado por la vieja Paoluci:
- ¿Me permiten? En principio quiero decir que las integrantes de nuestra sombrilla nos alegramos de la visita de Ramón y, por supuesto, nos entristece su fallecimiento. Pero lamentablemente el club se rige por un Reglamento que en su apartado octavo dice…
Desde la segunda fila, Martita Mercante filtró una mano veloz con unas hojas impresas sujetas con un clip (se notaba que ya lo tenían ensayado) La vieja Paoluci se colocó unas gafas en la punta de la nariz y leyó con entonación leguleya:
-“Ante la extinción o desaparición física del socio, la administración del club suspende automáticamente su cuota social y el fallecido pasa a la categoría de ex socio”.
Mary le arrebató el documento de mala manera:
- ¿Me permitís, Paoluci? –y dio vuelta una hoja- El Reglamento también dice “el socio que por mudanza o traslado interrumpa la concurrencia regular al club, deja de pagar la cuota y, manteniendo los derechos, ingresa en la categoría de ‘socio no residente’”.
Juan Titanti volvió a estallar:
- ¿“Mudanza o traslado” adónde? ¡Al más allá! Mary, ¿vos me estás cargando?
El grupo beligerante comenzó a murmurar, Tota Smith, que se moría por intervenir, asomó la cabeza desde atrás:
- ¡Sin mencionar que el desubicado cometió la asquerosidad de meterse en la pileta!
Durante la refriega, Ramón se había mantenido en la plegadiza con la mirada baja, ya se había puesto la musculosa y ahora se calzaba las sandalias.
- Permítanme hacer una pregunta –terció Eduardo Toresani- ¿El Reglamento no dice también que se pueden traer invitados?
Las miradas de amigos y enemigos confluyeron en la Vieja Paoluci:
- Sí, sí, por supuesto. ¿Pero a Ramón quién lo invitó?
- ¡Yo! ¡YO! –aullaron a coro Cati, Mary y Eduardo.
Julito Ayerbe miró a Carbone y a la comitiva con expresión desafiante:
- ¡Situación zanjada! Como actual Tesorero, les repito que aquí está todo bajo control y el que tenga alguna otra queja que la plantee en la próxima reunión de comisión. ¿Estamos de acuerdo? ¡Carbone, vaya nomás!
Ante la firmeza de esas últimas palabras, los levantados en armas bajaron la vista y la Vieja Paoluci, la Tota Smith y Martita Mercante no tuvieron más remedio que girar sobre sus pasos y emprender la retirada. Juan Titanti agarró el estuche del mate, el bolso, las llaves del auto y se fue sin saludar.
Cuando se quedó entre amigos, Ramón se incorporó:
- Por favor, Julito, yo no quiero crear problemas.
- ¿No escuchaste? Vos sos nuestro invitado y te quedás –sentenció Mary Salonia.
Nos sentamos y mientras hacíamos la partida de canasta fue atardeciendo. Aquella siempre había sido la mejor hora del club, cuando se hacía la procesión de socios hacia los vestuarios, poco a poco se apagaban las voces, y crecía el canto de las chicharras y el olor húmedo del rocío.
Julián Doyle fue hasta la cantina. Al rato vino junto al cantinero con una tabla de fiambres, las cervezas y una botella de sidra helada. 
Hablamos de los últimos diez años, de la suma de sucesos grandes y pequeños que fueron definiendo nuestras vidas; Ramón preguntaba, a continuación bebía las palabras del que hablaba con expresión ávida, se quedaba en silencio y por unos segundos sus ojos se llenaban de pasado.
En un momento, se hizo la pausa que todos de una u otra forma esperábamos.
- ¿Y, vas a hablar o no vas a hablar? –dijo Cati.
Nuestro amigo vació de un trago el vaso de sidra y la miró con una expresión de inocencia:
- ¿Ustedes quieren saber cómo es?
- ¡Y obvio!
Mientras buscaba las palabras, Ramón paseó la vista por la extensión de pasto cortado, por las mesas y las sombrillas vacías, se detuvo en la superficie lisa del agua de la pileta y suspiró.

jueves, 18 de febrero de 2016

oooh.noten.és.ag.uan.te.tet

Los hechos de violencia entre las hinchadas de San Lorenzo y de Huracán datan de años, tantos como dilatada historia de estos clásicos rivales del fútbol argentino. Por un lado, “el ciclón” de Almagro, uno de los cinco grandes del fútbol vernáculo, con Sanfilippo como su máximo goleador, diez títulos en el país, dos copas internacionales; y por otro el emblema de Parque Patricios, el equipo de Brindisi, de Ardiles, del inolvidable René Houseman.
Aquella tarde, la última, tras la victoria del Globo ante el equipo azulgrana por dos tantos contra cero, las agresiones se iniciaron fuera del estadio del Nuevo Gasómetro. Cinco micros de la barra de Huracán partieron de regreso hacia Parque Patricios, cuando en la intersección de la avenida Cobo con la calle Beauchef un grupo de unos diez hinchas de San Lorenzo comenzó a arrojar botellas contra la caravana.
La respuesta no se hizo esperar, los agredidos hicieron detener los micros, se bajaron y respondieron con piedras y cuanto objeto contundente pudieran recolectar de un coqueto restó inaugurado semanas atrás en la intersección de esas arterias. En cuestión de minutos se inició una lucha casi cuerpo a cuerpo, noticia que no tardó en llegar al resto de la afición que todavía evacuaba el estadio y que –como es lógico- corrió hacia la zona para sumarse a la refriega.
La violencia se tornó ingobernable, a los golpes de puño, botellas y proyectiles de toda laya se sumaron armas blancas, manoplas y cadenas. Los enardecidos hinchas de San Lorenzo, con contactos en la zona, lograron ingresar a varios edificios que se elevaban por sobre el “campo de batalla” y desde los balcones comenzaron a arrojar muebles, enseres y electrodomésticos. Los vecinos dieron aviso a las autoridades y en pocos minutos unos veinte  patrulleros de la Seccionales 10, 20, 32 y 34 de la Federal, dos autobombas, un vehículo lanza agua y el Escuadrón Antimotines de la Gendarmería, acudieron con la orden de aislar la reyerta.
Ante la atropellada de las fuerzas del orden en un principio los fanáticos de ambas parcialidades retrocedieron y los uniformados ganaron fácilmente posiciones. Pero entonces sucedió algo curioso: primero en forma velada, pero luego de modo cada vez más ostensible, la dura Seccional 34 de Nueva Pompeya y los efectivos de la Gendarmería fueron buscando como objetivos de sus palos a los parciales de Huracán. Fue un cambio espontáneo, podría decirse, casi natural. En tanto, la Seccional 20 de San Cristóbal y la 32 de Parque Patricios, se volcaron a gasear y a aporrear a conciencia a los barras de San Lorenzo.
Como decíamos en un principio, la rivalidad entre las hinchadas de estas escuadras es de vieja data, hay en el medio disputas de barrio, pujas, alianzas, historias de familia y hasta oscuros intereses políticos y económicos, elementos que ahora emergían a la luz provocando que las fuerzas del orden implicadas, primero acataran “objetivamente” las órdenes superiores, para luego dar cabida a lo que libremente dictaba su corazón futbolero.
Al choque con piedras, cadenas, palos y navajas, entonces, como si a un enajenado se le hubiese ocurrido echar nafta a un incendio, se agregaban ahora las pistolas nueve milímetros y las mortíferas itakas de las fuerzas del orden.
Los canales de televisión y las radios, anoticiados de lo que sucedía no tardaron en enviar sus móviles. Las imágenes y los informes de los reporteros hacían poner los pelos de punta: en poco más de dos horas de enfrentamientos ya se habían producido 20 muertos y más de 300 heridos.
Los habitantes de Buenos Aires, ejemplo de compromiso y participación ciudadana, superado un primer momento de estupor comprendieron que no podían mantenerse al margen. En Liniers, Villa Urquiza, Villa Crespo, Constitución y Barracas fueron surgiendo los primeros intercambios de palabras: simpatizantes de Argentinos Juniors, de Ferro, de Platense, aliados históricos de San Lorenzo salían de sus hogares, se agrupaban a deliberar en las bocacalles y propalaban sus razones; partidarios de Boca, de Vélez, de Banfield y Nueva Chicago, más cercanos al Globo, retrucaban con las suyas. Acto seguido, se distribuían en dos bandos, comenzaban a insultarse hasta que alguien lanzaba el primer cascotazo: esa era la señal para irse unos contra otros como fieras rabiosas en mitad de la calle.
La ciudad fue asaltada por la violencia, en poco tiempo las víctimas fatales se contaban por centenares y el traslado y la atención de los heridos hizo colapsar el sistema sanitario. Desde el gobierno metropolitano se declaró el estado de emergencia, pero con las fuerzas encargadas de restablecer el orden, involucradas en el desorden, no había forma de controlar nada. Impotente, el Jefe de Gobierno porteño se comunicó con el ministro del Interior de la administración nacional, este se encerró en el despacho presidencial y en un tris se decidió la intervención federal de la ciudad capital. El Presidente de la Nación reunió de urgencia a su gabinete y en pocos minutos realizó el comunicado por cadena nacional.
Las provincias de Córdoba, Neuquén, Santa Fe y San Luis, opositoras al partido gobernante, recibieron el anuncio de la peor forma. El Gobernador de Córdoba, candidato perdedor de las últimas elecciones presidenciales e hincha de Talleres, tradicional aliado de San Lorenzo desde las épocas del antiguo Torneo Nacional de Fútbol, comunicó a los medios que lo del enfrentamiento entre hinchadas era “la excusa perfecta para violar el federalismo y llevarse por delante las autonomías provinciales”.
Ante la medida consumada, las provincias rebeldes decidieron desconocer la decisión de la Nación y junto a Catamarca, Chubut y Tierra del Fuego, elevaron un comunicado en el que se solidarizaban con la causa de “la gloriosa hinchada de Boedo, cuyos colores azul y rojo simbolizan el ideal y la lucha y les desean el mayor de los éxitos en el próximo torneo de verano”.
Santa Cruz, Mendoza, Entre Ríos y Jujuy no tardaron en responder a la provocación, en sus capitales de provincia la gente se dio cita en las plazas para dar apoyo irrestricto a la decisión del Presidente de la Nación, quemaron públicamente casacas de los de Boedo y mediante decretos de necesidad y urgencia sus gobiernos declararon obligatoria la afiliación de las administraciones públicas provinciales al club de socios de Huracán de Parque Patricios.
Los ánimos se caldearon, viejos rencores entre vecinos afloraron como el pus en una herida infectada, y en los asentamientos y poblados de los límites provinciales no tardaron en producirse los primeros hechos de violencia.
Las Fuerzas Armadas, con sus filas divididas, lanzaron un comunicado en el que se declaraban inoperantes. Los mandos medios de la Marina desconocieron a su Estado Mayor y en un acto de audacia extrema ordenaron izar la bandera de San Lorenzo en toda la flota de guerra. Mientras las bases y los altos mandos del Ejército y la Aeronáutica adherían a Huracán, la oficialidad de las tropas de tierra y los mandos medios de la Marina se pronunciaron a favor de “El Ciclón” de Boedo.
De esta forma, un torpe duelo de hinchadas surgido en una esquina cualquiera de la ciudad de Buenos Aires había logrado crecer, mutar y contagiarse como un virus purulento a cada rincón de la República.
La noticia no tardó en traspasar las fronteras. En el encuentro de cancilleres previo a la asamblea anual del Mercosur, el representante de Brasil interpelo a su par argentino expresando la preocupación de la Región por la guerra civil que había estallado en el Río de la Plata y su temor por “los inevitables coletazos de violencia en las naciones vecinas”. El canciller argentino respondió que se trataba de una cuestión doméstica, que su gobierno no iba a permitir injerencias y que “para hablar con ese tono el canciller evidentemente aún no digería la eliminación del Corinthians a manos de Boca Junior, aliado de Huracán, en la última copa mundial de clubes”. El representante brasileño se incorporó encolerizado, el presidente “pro témpore” de la Asamblea trató de apaciguar los ánimos proponiendo pasar al postergado debate de la baja de las barreras arancelarias, pero la mecha estaba encendida.
A los gritos, el representante venezolano denunció que los servicios bolivarianos de inteligencia habían descubierto que las FARC colombianas fomentaban con droga y armas la reacción violenta entre los fanáticos del Atlético Orinoco de Venezuela, el Chivas azteca y el Sporting Cristal peruano.  El canciller de Bolivia, acusó a Chile y Uruguay de racismo contra su gobierno de mayoría indígena y de discriminar “la altura” de La Paz en los encuentros de la Copa América. Reinó el descontrol: el canciller de Ecuador sacó de su maletín una bandera del Emelec y se paró sobre su escritorio, mientras los representantes de Venezuela y Colombia ya se habían tomado del cuello con claras intenciones de ahorcamiento.
Por la mañana, los principales diarios del continente coincidían en diagnosticar “la herida de muerte propinada al bloque del Mercosur”. En Brasil, las torcidas del Palmeiras de Sao Paulo y el Flamengo, comenzaron a salir espontáneamente a las calles, declaraban su adhesión a uno u otro de los equipos de la capital argentina e iniciaban los desmanes. Sao Paulo, Brasilia y Belo Horizonte se transformaron de la noche a la mañana en incontrolables focos de violencia.
El presidente de Paraguay, desacreditado por la corrupción y con un débil 5% de la aprobación popular, enmascarando la medida con una distractiva adhesión a “la heroica lucha libertadora de la parcialidad de Huracán contra de las mafias enquistadas en la Confederación Sudamericana de Fútbol”, declaró campeón por decreto a Cerro Porteño de Asunción. La población asunceña, enardecida, salió a la calles y comenzó a saquear e incendiar oficinas públicas. En el transcurso de 48 horas varias capitales de continente comenzaron a arder.
En la Casa Blanca las repercusiones no se hicieron esperar, el Subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Paul Cannon, planteó al Presidente su inquietud ante el inesperado brote de violencia en América del Sur. Reunido con el Comité de Crisis, el Presidente de improviso pidió ubicar a su Ministro de Deportes, el Secretario de Estado lo miró azorado. Se sabía que el Presidente era fanático de los NY Yankees, su deporte era el baseball y prácticamente lo ignoraba todo sobre el balompié, por lo que había que averiguar a cuál de las dos hinchadas del fútbol argentino adscribían sus admirados Yankees, la lógica indicaba que esa era una tarea de su Ministro de Deportes. En el Salón Oval se sucedieron minutos tensos, los miembros del Estado Mayor Conjunto consultaron en silencio los últimos informes de la CIA, finalmente sonó el teléfono rojo: “estamos con Huracán”, se escuchó del otro lado. Y aquellas tres palabras sellaron la posición de la principal potencia del mundo en la nueva amenaza que se cernía sobre la paz del planeta.
Como correspondía en estos casos, se convocó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Antes de la reunión, China y la Federación Rusa lanzaron sendos comunicados en el que se declaraban a favor de San Lorenzo de Almagro. La Unión Europea, excepto las intransigentes Irlanda y República Checa, propusieron llegar a algún tipo de acuerdo que desactivase el enfrentamiento, “quizás apoyando a alguna hinchada no alineada como la del Al-Shabab de Arabia Saudita o el Racing de Camerún podrían aquietarse las aguas” Las principales potencias prometieron sopesar la propuesta y la reunión del Consejo se programó para el día siguiente en la ciudad de Ginebra.
Mientras en los estratos del poder esto sucedía, entre la población civil las víctimas se contaban por decenas de miles. La Argentina, el lugar donde había estallado el conflicto, ya era tierra arrasada, se producían movimientos de tropas y enfrentamientos en Venezuela, Colombia, México y Bolivia. En el D.F. mexicano la gente comenzó a salir armada a la calle y los carteles de la droga aprovecharon la anarquía para ejecutar sus crueles venganzas. El caos desembarcó en el continente africano y Siria amenazó con lanzar sus misiles atómicos.
Aunque sin datos concluyentes, entre las principales escuadras del planeta se registraba el siguiente alineamiento:
* A favor de San Lorenzo: Real Madrid, Bayern Munich, Arsenal, Milan, Olympique de Marsella, Hamburgo, Dynamo, América de Cali, Santos y Cruz Azul.
* A favor de Huracán: Manchester United, Barcelona, Chelsea, Inter, Tottenham, Olimpyacos, Colo Colo, Peñarol, Flamengo y FC Torpedo de Moscú.
La reunión del Consejo de Seguridad de la ONU fue un fracaso rotundo. Japón y Alemania, si bien no opusieron reparos a su alineamiento con EE.UU., instaron a los miembros a aplicar urgentes sanciones económicas contra la Confederación Asiática de Fútbol por sospechar que era utilizada como pantalla por el comunismo de mercado chino para perpetrar espionaje industrial. Como represalia, Corea del Norte amenazó, a su vez, con utilizar su arsenal nuclear. Un fanático se filtró en la reunión, burlando la seguridad se subió al estrado y se inmoló a lo bonzo. El desgraciado llevaba puesta una casaca de un equipo del ascenso de la Liga Árabe, lo que agregó más confusión a la confusión porque era un club desconocido y no se sabía a cuál de las facciones en pugna respondía.
A una semana de su inicio, la escalada de violencia se hizo ingobernable: dos millones de muertos, dieciseis capitales arrasadas, desabastecimiento, saqueos y los primeros desplazamientos masivos de poblaciones hambrientas y desesperadas que huían a ninguna parte. John W.Tornes, el destacado analista internacional de “The Washington Post”, señaló en su editorial: “la tan temida Tercera Guerra Mundial finalmente ha estallado. Sus causas: un estúpido duelo de hinchadas en un ignoto arrabal latinoamericano. Sin dudas un desenlace esperado, que sólo denuncia el patético fracaso de la especie humana por perpetuarse en la historia”

En el planeta lunar Oxímeris, Alawhi W, Interceptor a cargo de la poderosa Antena Imbelonita III bostezó, estaba mal dormido, la Jefatura Suprema le había ordenado vigilar un pequeño planeta ubicado en la galaxia vecina y a eso había dedicado las últimas cuarenta y ocho horas. De pronto, una rara interferencia saturó el audio, Alawhi W intentó modular la señal y aguzó el oído: escuchó una suma de voces que coreaban algo así como: “ooooh.noten.és.ag.uan.te.tet”. Transcurrieron un par de segundos, la letanía se repitió. Se disponía a ecualizar la transmisión para grabarla  y pasar el informe cuando un resplandor enceguecedor lo hizo caer de la butaca: el pequeño planeta de pronto se tornó refulgente, pareció sufrir un breve espasmo, pasó a una coloración verde violácea, volvió al brillante y estalló en mil pedazos. Nunca había presenciado cosa parecida. Alawhi W pensó en el suceso que tendría para relatarle a su hembra-robot. Fascinado, observó los diminutos trozos incandescentes que se esparcían en la densa noche estelar, los fragmentos emitieron un último destello y se perdieron para siempre.

martes, 12 de enero de 2016

Que vivan los novios

El JEFE, el LADERO y el NOVATO, peinados a la gomina y de anacrónicos trajes oscuros a rayas, están en la fiesta de casamiento de otro miembro de la organización. Sentados a la mesa, la fiesta transcurre fuera de escena, por delante la pista de baile. Se escucha música electrónica y de “marcha”. En un largo primer momento no hablan, el JEFE alza un centro de mesa hecho de mimbre, vidrio y flores secas estilo “vintage” y lo estudia con un rictus de asco, el LADERO lo apoya, el NOVATO, en cambio, parece encantado, por momentos sigue el ritmo de la música, pero enseguida se retrae intimidado por las miradas de los otros.
LADERO: ¿Se aputozó?
JEFE: Saque sus propias conclusiones.
LAVADERO: Sí, se aputozó.
NOVATO: A mí no me parece.
LADERO: ¿Y a vos quién te preguntó algo?
Tiempo.
JEFE: ¡¿Qué es esa bola luminosa?! ¡¿Qué son esas luces?!
LADERO (al NOVATO): La gente como nosotros nunca hace este tipo de cosas.
NOVATO: ¿Y por qué no?
LADERO: ¡Porque no!
El JEFE alza algo más y lo observa como a un insecto de especie desconocida.
NOVATO: Bolsitas de arroz personalizadas con las iniciales de los novios. ¿No son alucinantes?
Ante el comentario, el JEFE y el LADERO se miran. Tiempo.
JEFE: Ruggerito, encargate.
LADERO: ¿Ahora?
JEFE: ¿Cuándo, sino?
LADERO: No sé, pensaba, por lo menos dejarle la luna de miel.
NOVATO: ¡Eso, Jefe, déjele la luna de miel!
JEFE: Imposible.
NOVATO: ¿No le da ni un poquito de pena? (se escucha el vals, alguien grita “que vivan los novios”, el NOVATO sin poder contenerse salta de la silla) ¡Que vivan!
El JEFE le hace una seña al LADERO, que se lleva al NOVATO de un brazo al sector de los baños.
OFF NOVATO: ¡No, con la manopla no! ¡Aaayy! ¡Huugh! ¡Aaaay! ¡Aaaay!
El LADERO y el NOVATO vuelven a la mesa como si nada. El NOVATO tiene la cara toda marcada. Tiempo.
JEFE (señalando a la pista, misma actitud): ¡¿Saco color salmón?! ¡¿Sandalias?! ¿Un miembro del Clan Basilio, el día de su casamiento, con un saco color salmón y sandalias?
LADERO: Usted disculpe, pero Guillermo para mí siempre se quiso hacer notar.
NOVATO: Es la onda Miami Beach. ¡Willy es lo más! Se acuerdan el año pasado cuando organizó la reunión esa con los mexicanos y envenenó a los mariachis. Ja ja.
Arrecia la música y les tiran papel picado. El JEFE y el LADERO afrontan estoicos la lluvia de papelitos, el NOVATO se muestra encantado. Tiempo.
LADERO: ¿Y cómo lo sacamos?
NOVATO: ¿A quién?
LADERO: ¡Shht! ¡Vos callate!
JEFE: Decile que tenemos reunión.
El LADERO se levanta, se abotona el saco y se retira, el JEFE se mantiene inmóvil con el ceño fruncido, el NOVATO sigue el ritmo de la música con los pies. El LADERO vuelve.
LADERO: Dice que no.
JEFE: ¿Qué no? ¿Qué es, una broma?
NOVATO: ¡Sea bueno, Jefe, es uno de los momentos más importantes de su vida!  La chica además está preciosa.
El JEFE vuelve a hacerle una seña al LADERO, que se lleva al NOVATO al sector de los baños.
OFF NOVATO: ¡No, no con la cachiporra! ¡Aaayy! ¡Huugh! ¡Aaaay! ¡Aaaay!
Ambos vuelven a la mesa. Tiempo
LADERO: Me llegó la información sobre ella (grave) Bailarina.
JEFE (agarrándose la cabeza): ¡Por Dios! ¿Y dónde?
LADERO: Programas televisivos. Parece que se muestra en malla en lo de un tal Pirelli.
NOVATO: ¡Jaja! ¡Tinelli, bestia! ¡No te puedo creer! ¿Clasificó para el “Bailando”? Con ese cuerpo seguro que llega por lo menos a la semifinal.
El LADERO salta y agarra del cuello, el JEFE lo contiene.
JEFE: ¡Por favor!
La música de “marcha” vuelve a subir. Tiempo.
JEFE: Creo que no termina de entender. Ruggerito, vuelva y explíquele mejor cuál es la situación.
El LADERO se incorpora, se abotona el saco, sale y vuelve al instante.
LADERO: Dice que renuncia.
JEFE: ¿Qué renuncia? ¿Dice qué renuncia? ¿EL DESNATURALIZADO ESTE DICE QUÉ RENUNCIA? (se incorpora de un salto y saca el arma) ¡ENTONCES SE ACABÓ LA JODA!
APAGÓN. Se escuchan tiros, gritos, luego silencio.

ESCENA 2
Cuando vuelve la luz están los tres atados de pies y manos. El JEFE está como ausente.
LADERO: ¡Increíble! (tiempo) Qué desagradecida que es la gente (tiempo) Usted que lo recogió de la calle, que confió en él, que le dio todo (tiempo) ¿Cómo fue que dijo? Que la organización se quedó en el tiempo, que no evolucionó…
NOVATO (con intención): Y…
LADERO: ¡¿Y qué?! ¡Cómo va a decir esa barbaridad! ¡Eso es una falta de respeto total, es un disparate!
Tiempo.
NOVATO: ¿Y ahora qué va a pasar? ¿Nos van a eliminar?
JEFE (volviendo en sí): El protocolo.
NOVATO: ¿Qué?
LADERO: Que tienen que seguir el protocolo.
NOVATO: ¿Qué protocolo?
LADERO: Primero deben llevarnos a un lugar aislado en el medio del campo, ahí nos van a patear por espacio de una media hora. Después nos tienen que quemar los genitales, o con agua hirviendo o con un soplete.
NOVATO: ¿Agua hirviendo, un soplete? ¡Ay, por Dios!
LADERO: Después nos sacan toda la ropa y, por alrededor de otra media hora van a molernos a golpes con bates de beisbol.
NOVATO: ¿Con bates, de beisbol? ¡Eso es tremendo!... ¿Y por qué nos tienen que sacar la ropa?
JEFE: Para que al ser enterrados nuestros cadáveres se descompongan más rápido y no queden evidencias.
NOVATO: ¡Ah! (lloriquea) ¡No, yo no quiero morir así! Tengo que avisarle a mamá, ni siquiera sabe donde estoy.
EL JEFE le hace un gesto al LADERO para que lo lleve al baño, el LADERO le hace señas que no puede porque está atado. Arrecia la música, vuelven a tirar papelitos. El JEFE se quiebra.
LADERO: ¡Tranquilo, no lo tome así!
JEFE: ¡Si nos viera Don Basilio! ¡Qué vergüenza!... Mirá a esos imbéciles, ¿qué tienen puesto, pantalones pijama?
NOVATO: Calzas.
JEFE: ¿Calzas? ¡¿Qué pasa con la gente?! ¡¿Qué ha pasado con el delito organizado, Ruggerito?!... ¿Y esos, por qué nos miran?
LADERO: Creen que estamos haciendo una performance.
JEFE: ¿Una qué?
NOVATO: Un show contratado para la fiesta.
JEFE (descontrolado): ¡RAJEN DE ACÁ! ¡FUERA! ¿QUÉ ES ESTO, UNA PROVOCACIÓN? ¡YO NO SOY NINGÚN ACTOR HERMAFRODITA! ¡SOY DON MARIANO, JEFE DEL CLAN BASILIO! (mirando al cielo) ¡Perdón, Don Basilio, perdón! El pobre debe estar revolcándose en la tumba.
El JEFE se calma. Tiempo
NOVATO: ¿Y ahora qué hacemos?
LADERO: Esperar a que termine la fiesta.
NOVATO: ¿Qué termine? Miren que duran. Algunas llegan hasta las ocho de la mañana, sirven desayunos increíbles: café negro con scons, unos wafles con forma de corazón chorreantes de caramelo, o unas french toast acompañanadas de leche de soja y palmeritas y mucha fruta. En fin...
JEFE: Andá vos.
NOVATO: ¿Perdón?
JEFE: ¿No escuchaste? Andá vos y averigüá qué pasa.
NOVATO: Sí, Jefe.
El NOVATO se va saltando, vuelve al instante desatado, con una copa de champagne y con una bolsa de cotillón. Comienza a sonar música brasilera.
NOVATO: ¡Ja ja! ¡Alegría! ¡Alegría!
LADERO: ¿Qué pasó? ¿Qué dijo?
NOVATO: ¡Willy es un loco! Dice qué nos deja con vida, pero que necesita una prueba de buena voluntad.
LADERO: ¿Y eso?
El NOVATO le dice algo en secreto a LADERO y este hace lo mismo con el JEFE.
JEFE: ¡Olvídenlo!
NOVATO: Yo sabía que iba a reaccionar así. ¡Dele, Jefe! ¡No sea amargo!
Arrecia la música brasilera, el NOVATO les saca las ataduras de los pies al JEFE y al LADERO y empieza a sacar de la bolsa el cotillón para el carnaval carioca. Se pone un sobrero y unos lentes, les da una pulsera luminosa y unos cuernitos al LADERO. El JEFE los rechaza.
NOVATO: Elimine el pensamiento negativo, ponga la mente en blanco y pliéguese a la fiesta.
LADERO: Yo le diría que haga el esfuerzo, Jefe.
JEFE: ¡Ni hablar!
NOVATO: Venga, Ruggerito, dele que me muero por bailar.
El NOVATO y el LADERO salen moviéndose al ritmo de la música y haciendo el trencito. Tiempo. El JEFE recoge un bigote postizo con unos lentes, se los prueba, de mala gana alza una cornetita, la sopla.
APAGÓN

martes, 29 de diciembre de 2015

Diario de viaje a Rosario

Jueves 4, 8 PM. Me hacen una invitación de último momento para viajar a Rosario. Una compañía de teatro off va a montar una obra de mi autoría, el director me llama dos días antes para decirme que cuentan conmigo para el estreno, que se hacen cargo de mi estadía, que solo debo subirme a un micro en Retiro y alguien va a ir a esperarme a la terminal de Rosario. No puedo negarme. Se lo explico a mi mujer, ella ensaya algunos gestos de irritación, emite un gruñidito, me hace una docena de advertencias, y finalmente me sella el pase.

Sábado 6, 8 AM. Feliz como un chico, Rosario es una ciudad que todavía no conozco. Temprano por la mañana armo el bolso y voy a Retiro. La función es esa misma noche, mi idea es pernoctar y el domingo al mediodía volver a Buenos Aires con un libro de cuentos para mi hija, un par de aros para mi mujer y, quizás, un hueso de plástico para Osvaldo, el perro salchicha. Es un día invernal agradable, el viaje por autopista transcurre sin sobresaltos. Al llegar, ya en la larga avenida arbolada por la que ingresa el ómnibus, detecto el fenómeno por el que he decidido escribir estas páginas: los rosarinos son más bajos. Por los rosarinos quiero decir toda la gente de Rosario, la suma total de sus habitantes, son unas dos cabezas más bajos.
Quedo anonadado. Lo raro es que todo lo demás, esto es, edificios, medios de transporte, escaleras, kioscos, las mesas de los bares, parecen conservar su tamaño ordinario.
Al descender en la terminal estrecho la mano de un hombrecito de pelo largo y canoso, sumamente locuaz, que estaba esperándome en la dársena. Es la persona con la que he hablado por teléfono, el director de la obra. Me dice que si no tengo inconvenientes vamos a ir a un par de radios para promocionar el espectáculo, pero que antes me va a dejar en el hotel para que me ponga cómodo y descanse un rato. Subimos a su automóvil, que lógicamente le queda grande, usa dos almohadones sobre los que se sienta para poder elevar la cabeza por sobre el tablero. Noto que debe hacer un esfuerzo para llegar a los pedales. La situación me inquieta. Lo curioso es que toma todo con absoluta naturalidad. Me empieza a hablar sobre la puesta que ha ideado para mi texto y el trabajo que está realizando con los actores. Absorto en el espectáculo de las calles, yo apenas si lo escucho. Un enjambre de gente dos cabezas más baja se mueve a velocidad, se detiene en los kioscos, compra diarios, luego entra por las puertas giratorias a los edificios, se cruza con otros que apenas si los miran, que penetran presurosos en las galerías, hormiguean por los pasajes internos de las plazas, algunos tirando de desproporcionados perros falderos; varias decenas de oficinistas de traje y corbata transpiran ante el esfuerzo de cargar tremendos maletines. Las bicicletas y ciclomotores zigzaguean en peligroso equilibrio inestable, pero lo más inquietante está en los taxis y los colectivos urbanos que parecen andar solos; ansioso, yo estiro el cuello para descubrir las cabecitas de los conductores y me tranquilizo. Tengo la impresión de estar metido en una fea película post apocalíptica donde el planeta ha sido violentado por un extraño virus que transforma la escala de la gente, preanunciando vaya uno a saber qué tragedia inevitable.

Sábado 6, 2 PM. Ya en el hotel, como un sánguche con una gaseosa en el bar y luego subo a la habitación y me recuesto antes de que el director pase a buscarme. Pienso que la vida está llena de fenómenos sin explicación, que quizás lo que sucede en Rosario es algo que en algún momento se ha producido y están aguardando que todo vuelva a la normalidad, y mientras tanto disimulan. Eso me gusta, odio a la gente que se conduele de sus rarezas y vive exponiéndolas. ¿Qué debo hacer yo? Obviamente, nada, también disimular.

Sábado 6, 4 PM. Vamos a FM Latina y a Radio Santa Fe de la Veracruz a dos programas de espectáculos. Nos recibe gente de lo más jovial. A mí naturalmente me inquietan las radios, cada vez que voy a una imagino que del otro lado están pendientes de cada furcio que cometo mi hermano Fernando, mi maestra de Castellano de tercer grado y –sobre todo- mis compañeros del papi fútbol de los jueves, que se burlan y se ríen como locos. Superada la timidez inicial hablamos sobre el teatro en Buenos Aires, me preguntan cosas que en su mayor parte ignoro pero de las que hablo con fluidez, aunque debo inclinarme mucho para acercarme a los micrófonos y termino con dolor de cuello.
Al salir de las entrevistas me despido del director, vuelvo caminando al hotel y aprovecho para comprar los regalos para mi familia.

Sábado 6, 9 PM. Por la noche se hace la función. La sala está en el centro, al costado de una galería comercial, es acogedora y bien puesta, el público colma las cincuenta localidades. La obra se llama “Grand Slam”, trata de un tenista joven que juega su primera final internacional, en la tribuna están sus padres que lo explotan, la novia que lo ama y lleva un hijo suyo en sus entrañas y los padres de la novia que son del interior y desean irse de allí cuanto antes. Al finalizar todos aplauden, pero a mí me parece que la obra es un bodrio, no está el clima de asfixia original, la energía de dispersa, los personajes parecen naufragar en un escenario demasiado grande. Dudo si tengo que decirle al director cual es el problema, que ese texto está pensado para gente dos cabezas más alta, pero temo ofender. Además estaría exponiendo la problemática completa de lo que veo en la ciudad y los pondría en el brete de tener que darme una explicación. Llegado el momento de dar mi opinión hablo de generalidades, disimulo, miento.
Esa noche cenamos con el elenco en una trattoría ubicada sobre una peatonal, pido ravioles a la bolognesa, pero las porciones son pequeñas y me quedo con hambre. Lo que sí, tomo incontables copas de vino; Juanjo, uno de los actores, se encarga con exagerada amabilidad de llenarme a cada rato la copa. Por suerte mis excesos alcohólicos son educados y bastante lúcidos y en ningún momento saco el tema.

Domingo 7, 10 AM. Despierto con resaca, mientras me baño en el hotel pienso,  ¿y si no es real? ¿Y si esta deformación responde a un estado de ánimo mío y estoy sufriendo un simple ataque de pánico? Decido comprobarlo, antes de abandonar la habitación lleno un vaso con agua y tomo un rivotril, pero al salir todo sigue normal, quiero decir: la gente continua siendo dos cabezas más baja.
Como despedida, el director de largos cabellos grises ha planeado un encuentro con el resto del elenco y un crítico teatral local en un bar emblemático de la ciudad. Vamos a El Cairo y ocupamos una mesa interior. El crítico, un anciano pequeño como un gnomo al que llaman Don Sergio Fidalgo, me pregunta cuales son a mi juicio los puntos sobresalientes de la influencia brechtiana en la dramaturgia latinoamericana de la última década, vuelvo a hablar con fluidez por espacio de varios minutos de cosas que ignoro, mientras me pregunto a velocidad qué estatura real tendrían Alberto Olmedo o Roberto Fontanarrosa. A Fito Páez y a Angélica Gorodischer los he visto en persona y parecen de tamaño normal, Leo Messi, en cambio, es efectivamente dos cabezas más bajo. En fin, no llego a ninguna conclusión.

Domingo 7, 12.30 PM. El director me ha llevado hasta la terminal y ya estoy en el ómnibus saliendo de Rosario. Saludo con la mano. Quizás lo vivido en esos dos días me ha estresado porque a los pocos minutos duermo como un tronco. Y de golpe ya estoy en el palier de entrada de mi casa, abro la puerta y veo a mi hija recostada en el sillón con los auriculares. Me mira, se incorpora, abre la boca y emite un grito agudo; Osvaldo me ladra asomándose desde abajo de la mesa. Mi mujer entra corriendo desde la cocina para ver qué significa ese barullo, crispada como siempre dice que ha tenido un montón de problemas de los que ha tenido que ocuparse sola, que no está para chistes, que deje de hacerme el vivo y que vuelva a mi tamaño normal. Recién ahí comprendo el por qué del recibimiento, giro y me miro en el espejo del living: soy dos cabezas más bajo. Intentó explicarles, les hablo de lo que está sucediendo en Rosario, pero por las expresión de sus caras no me creen. Entonces Osvaldo, un salchicha por lo general cobarde, sale de abajo de la mesa como un rayo y me salta con las fauces abiertas dispuesto a destrozarme. Despierto de un salto y cuando vuelvo en mí noto que ya estamos entrando a Retiro. Miro al resto de los pasajeros, sus rostros abotagados nada manifiestan pero yo sé que ellos también saben. Nos hermana un secreto, aunque algo me dice que van a retomar sus vidas y no van a hablar. Este tipo de cosas -y todavía peores- suceden todo el tiempo, y no creo que haya que hacer tanto escándalo por unos centímetros de más o de menos de estatura.

martes, 20 de octubre de 2015

¡BESAME MUCHIIIOOOO!...

La elección era reñida, Maloney y Lubbek, habían recorrido el país, se habían disfrazado de obreros, de agricultores, de buzos tácticos. Habían visitado asociaciones de socorro, hospitales, estrechado manos sucias, compartido pizzas y hot dogs. Pero a pesar de tanto esfuerzo las diferencias entre ambos eran ínfimas.
Robert W. Maloney, el Presidente en ejercicio, luchaba por un segundo mandato. Su equipo de asesores, reunido desde hacía setenta y dos horas en el Salón Rectangular, no lograba dar con una idea decente. Peter Carretiere, el publicista de confianza del candidato, un viejo halcón en luchas electorales, pidió la palabra:
- Señor Presidente, con todo respeto, en situaciones como la presente, con cifras tan ajustadas y tal porcentaje de indecisos, la medida aconsejable es besar niños.
El equipo de campaña se sumió en un silencio admirado. ¡Besar niños! El poder del beso al niño en la sensibilidad de la masa, ¡una estrategia psicológica imbatible! Se hicieron los arreglos. Robert Maloney se subió a un helicóptero, en ocho horas visitó treinta y dos nurseries y sesenta y siete orfelinatos. Fue un esfuerzo encomiable: besó once mil doscientos quince bebes de pecho y catorce mil seis niños.
Agitados, los observadores del partido rival llegaron al bunker de William Lubbek con la calamitosa noticia.
- ¿Jefe, ya lo sabe?
- ¡Tranquilos! -el candidato opositor, un político veterano de basta experiencia en contiendas electorales, sabía qué hacer.
Esa noche, en el programa televisivo de Ronnie Salcedo, en lo más álgido de una interpelación con organizaciones sindicales, se escuchó un murmullo detrás de cámaras. Un asesor acercó a la mesa de debate la silla de ruedas de Carol Mary Oates, la mujer del candidato, hemipléjica por un accidente aéreo desde un par de años atrás. William Lubbek se inclinó sobre su esposa y con extrema dulzura sus labios se encontraron: fue un beso casto, marital.
¡Una estocada  irreprochable!. El beso de marido fiel conquistaba la adhesión inmediata de las poderosas ligas de familia, los grupos puritanos, el clero y las esposas decentemente casadas. A los que Lubbek, con astucia de tahúr, sumaba las asociaciones de minusválidos y discapacitados.
En el Salón Rectangular, las hojas de las encuestas volaron por el piso: “¡Por qué nadie lo pensó!”, parecía reprochar con la mirada  Robert Maloney. Los cinco puntos laboriosamente ganados con los niños, volvían a caer. El equipo citado de urgencia parecía hundirse en un nuevo clima de amenaza. Peter Carretiere no se entretuvo en preámbulos:
- ¡Señor Presidente, con todo respeto, de acuerdo a mi análisis y conforme a tendencias y otros datos relevantes, ¡lo aconsejable ahora es el beso al padre!
¡Notable! ¡Extraordinario! ¡La autoridad simbólica del beso al padre, al anciano de la tribu! ¡Qué poder de síntesis! ¿Cuántos votos representaba la tercera edad? Se consultaron nerviosamente los últimos registros. El comité de campaña volvió a actuar como un aceitado escuadrón de especialistas. El viejo Senador Robert Maloney no estaba en la Capital, se hallaba de vacaciones en las nevadas montañas de Wyoming con su tercera esposa. Hacia allí partieron. Pero había cierta dificultad: Maloney padre y Maloney hijo no se dirigían la palabra. Desde finales de la Guerra de Corea, el progenitor había expulsado del hogar al ahora Presidente por haber atropellado en estado de ebriedad a Jimmy, el gato siamés premiado de la familia.
Las negociaciones fueron arduas pero el viejo Senador accedió al beso filial por una nueva banca en el Senado y un permiso de pesca de por vida en los lagos de Disneyworld. 
Sin demoras, comenzaron a sonar los teléfonos:  el Club de Abuelos, la Federación de Numismáticos y Filatelistas, diversas asociaciones de veteranos, de solos y solas, adelantaban su voto favorable. Tres estados indecisos se volcaban por el Presidente. Las encuestas volvían  a sonreír.
El contraataque no se hizo esperar. El veterano William Lubbek y su equipo de campaña, en franca guerra declarada, salieron a besar minorías étnicas: mezquitas y sinagogas, mercados coreanos, locales de comida mexicana, trattorias italianas. El dispositivo opositor funcionaba de maravillas: el candidato y su escolta ingresaban en los establecimientos, sin preámbulos besaban a los presentes y tirando al aire boletas electorales se retiraban cantando “Bésame / bésame muchiiiooo...” Para grupos de riesgo, como enfermos contagiosos o musulmanes fundamentalistas se usaba un equipo de dobles.
Faltaba una semana para la elección, el clima de la contienda entraba en el frenesí de la recta final y la situación no había mejorado. En los distritos del Norte y Sudeste las encuestas registraban un virtual empate técnico. Llegaban noticias confusas de que en varios estados, en un desesperado impulso por conseguir votos, varios equipos de campaña habían enloquecido saliendo a la calle a besar indiscriminadamente.
En el Salón Rectangular, tras las palabras irrebatibles de Peter Carretiere, de pronto se hizo un silencio: en media hora el Presidente debía salir al aire para la confrontación final con William Lubbek.
- ¡Demasiado arriesgado! -se atrevió a comentar el Jefe de Prensa. Peter Carretiere ni siquiera lo miró. Sus ojos  de halcón estaban clavados en Robert W. Maloney:
- ¡Señor Presidente, con todo respeto, si usted confía en mí, esto es lo que corresponde!
Robert Maloney tragó saliva y se acomodó el nudo de la corbata mientras la maquilladora le empolvaba la frente.

El programa de Johnny Ribson era el clásico de los programas   políticos: el país entero estaba paralizado, el rating al tope, ciento cuarenta y cinco millones de televidentes pegados a la pantalla a la espera del debate final. Los candidatos en sendos estrados, enceguecidos por los reflectores, sonreían a la nada. El periodista estrella, Johnny Ribson, se demoraba en un largo prólogo exaltatorio de los postulantes. En el segundo bloque finalmente se le cedió la palabra al presidente en ejercicio: Robert W. Maloney miró con determinación a cámara y carraspeó:
- ¡Señores, señoras, queridos conciudadanos! -pero de golpe plegó el papel del discurso y se bajó del estrado.
Hubo un murmullo de confusión. El Presidente ahora caminaba hacia el estrado de su rival y entonces sucedió. Con un diestro movimiento de mano  aprisionó la nuca de Lubbek y lo atrajo hacia sí: fue un beso largo, denso, lúbrico. El beso agresivo del macho dominante que somete violentamente a su débil amante apropiándose de su voluntad, haciéndose dueño de su destino.
Los flashes captaron el parpadeo atónito y semiasfixiado del veterano Lubbek y un ¡Aaaah! de asombro de los equipos de asesores, de los productores, de la gente del piso, acompañó de fondo. ¡Fue la salida genial! ¡El plan maestro del más astuto halcón de la confrontación política!
Los ojos de Peter Carretiere en un extremo apartado del estudio, lejos del tumulto y la excitación, sonreían. La elección estaba definida.