viernes, 14 de febrero de 2014

Gombrowicz (escena corta para cuatro personajes)


TERAPEUTA: Diga de una vez, ¿cuál es esa fantasía?
 
PACIENTE: N-no puedo
 
TERAPEUTA: ¿Cómo que no puede?
 
PACIENTE: No puedo.
 
TERAPEUTA: ¡Vamos, Cárdenas!
 
PACIENTE: ¿No hay nadie escuchando?
 
TERAPEUTA: Pero quién va a haber, hombre, esta es su sesión de terapia.
 
PACIENTE: S-siento que me golpean.
 
TERAPEUTA: ¿Lo golpean?
 
PACIENTE: Sí, e-estoy en mi casa, tocan el timbre, abro la puerta, entra un montón de gente desconocida y se turnan para golpearme, en el cuello y en las articulaciones. Después entra un Juez, dice “sentenciado”, ordena que me desnude y todos aplauden.
 
TERAPEUTA (toma nota): “Golpe / desnudez / aplauso” ¡Ajá!
 
PACIENTE: ¿E-eso es grave?
 
TERAPIA: No, no, en principio no tiene por qué ser grave.
 
PACIENTE: A-anoche volví a tener ese sueño.
 
TERAPEUTA: ¿Qué sueño?
 
PACIENTE: Soy un medallón de merluza. E-estoy en la góndola de los frescos y los congelados y los yoghurst de golpe empiezan a decir: “¡Se acerca nuestra fecha de vencimiento! ¡Se acerca nuestra fecha de vencimiento!” ¡Uuuuuuh! (llora)
 
TERAPEUTA: ¡Serenesé!
 
PACIENTE: N-no sabe el clima que se creaba en esa góndola, Licenciada. ¡Íbamos a morir!
 
TERAPEUTA: Dije que se serene.
 
PACIENTE: Es que me siento tan poca cosa, cuando mi madre no esta en casa a veces me meto en una bolsa negra de consorcio, bajo a la calle y me tiro yo mismo en el container de la basura.
 
TERAPEUTA: ¿Que medicación está tomando?
 
PACIENTE: Hago gárgaras con agua y sal.
 
TERAPEUTA (toma nota): “Agua y sal” ¡Ajá!... Suspenda, Cárdenas, eso es una estupidez,  no le puede hacer ningún efecto. A ver si me comprende: a lo que hay que abocarse acá es a crear en su psiquis una ilusión, construir una esperanza. ¿Me explico? Dígame: ¿en éste momento cuál es su anhelo, que desearía con más fuerza?
 
PACIENTE: ¿Qué desearía con m-más fuerza? (piensa) Una fugazzeta rellena, me comería una fugazzeta rellena con mucha cebolla, jamón y queso.
 
TERAPEUTA: Cuando sale se va a una pizzería. Me estoy refiriendo a otra cosa, haga trabajar esas neuronas. ¡No puede ser que sea tan imbécil!
 
PACIENTE: U-una familia...
 
TERAPEUTA: Ahí está, bien, ve cómo, si se lo propone, sale: una familia, excelente.
 
PACIENTE: Como la suya...
 
TERAPEUTA (nerviosa): Bueno, ejem... por qué cómo la mía,  Cárdenas, por favor, yo no soy el tema de esta charla.
 
PACIENTE: Es que usted tiene una hermosa familia: e-el otro día lo vi a su marido, Licenciada...
 
TERAPEUTA (nerviosa): ¿A mi marido, dónde vio a mi marido?
 
PACIENTE: En el videoclub de la esquina. E-es tan varonil. ¿Cómo hace?
 
TERAPEUTA: Ejem... Cárdenas, por favor, le repito...
 
PACIENTE: Me gustaría tanto, no sé, poder escupir de costado como lo hace su marido, llevar esa camiseta  m-musculosa... ¡Uuuuuuuh! (llora)
 
TERAPEUTA: Otra vez no, por favor.
 
MARIDO (irrumpiendo en pantalón pijama y musculosa): ¡Susana!
 
PACIENTE: S-su marido, licenciada.
 
TERAPEUTA: ¿Qué hacés acá?
 
MARIDO: La mayonesa.
 
TERAPEUTA: ¿Qué?
 
MARIDO: La mayonesa, que dónde está el frasco de la mayonesa.
 
TERAPEUTA: ¿¡Pero no ves que estoy con un paciente!?
 
MARIDO: Y yo hace una hora que estoy buscando la mayonesa. ¿Cuál es?  Busqué en la heladera, busqué en la alacena, en el placard del dormitorio, hasta en la caja de herramientas busqué.
 
TERAPEUTA: Andá y preguntale a la sirvienta.
 
MARIDO: Se fue.
 
TERAPEUTA: ¿Se fue, que Rosa se fue?
 
MARIDO: Sí, qué sé yo, se fue.
 
TERAPEUTA: Mirá, Héctor, no me vas a hacer perder el equilibrio, estoy con un paciente. No me provoques, si Rosa se fue los dos sabemos bien por qué… ¡SE HARTÓ  DE QUE LA PERSIGUIERAS! ¡ASQUEROSO! (el PACIENTE da un respingo)
 
MARIDO: ¿Quién? ¿Yo?
 
TERAPEUTA: ¡SÍ, VOS! (controlándose) Mirá, ahora te vas, okey.
 
PACIENTE: Doctora, si quiere y-yo puedo venir en otro…
 
TERAPEUTA: ¡USTED SE CALLA, CÁRDENAS!... Héctor, no pienso discutir, te pido por favor (le señala la puerta)
 
MARIDO (desentendiéndose, al PACIENTE): Vos sabés que te miro y te miro… Me digo, a este lo conozco de algún lado (agarra las anotaciones de la TERAPEUTA y lee) Epa, sí que estás complicado, chabón.  ¿Cárdenas es tu apellido?
 
TERAPEUTA (le quita las anotaciones): ¡Dame eso!
 
PACIENTE (deslumbrado): C-cárdenas Bartolomeu
 
MARIDO: Cárdenas Bartolomeu, claro.
 
PACIENTE: N-nos vimos en el videoclub.
 
MARIDO: En el videoclub, sí señor. (confianzudo, se sienta junto al PACIENTE y le pasa un brazo por los hombros) Cárdenas Bartolomeu... Sabés, Cárdenas Bartolomeu, yo soy un hombre de múltiples ocupaciones, soy relacionista público, estoy en la Bolsa, viajo mucho, ¿me comprendés?, pero en la temporada que paro en esta casa, a las seis en punto me levanto de la siesta, voy al baño, después paso por la cocina, cazo un pan francés  y me preparo mi sánguche de salame picado fino, queso, tomate,  palmitos y mayonesa.
 
TERAPEUTA: ¡Héctor, por favor! (le señala la puerta)
 
MARIDO: Como toda persona normal necesito mi sanguche, es un hábito. ¡Y ESTA… (levanta la voz, el PACIENTE vuelve a sobresaltarse) pretende que yo pase un día entero sin ese alimento vital para mi delicado estómago! ¿Te parece bien, es justo?
 
PACIENTE: B-bueno...
 
TERAPEUTA (amenazante): ¡No tiene que contestar, Cárdenas!... Escuchame, enfermo, si la sirvienta se fue, entonces andá y preguntale a Carolina.
 
MARIDO: ¿A tu hija? ¡Olvidalo!
 
TERAPEUTA: ¿Qué pasa? ¿Qué pasó con Carolina? ¿Qué le hiciste? Te conozco, ¿volvieron a pelear?
 
MARIDO (al PACIENTE): ¿Cómo podés aguantar a alguien así, Cárdenas? Mirala, ansiosa, llena de inseguridades. ¡Es desesperante!
 
TERAPEUTA (feroz): ¡CONTESTAME!
 
MARIDO: Te contesto: NO SE. Desde anoche que está encerrada en su habitación, escuché ruidos raros, creo que trajo a alguien a dormir.
 
PACIENTE (tras un silencio incómodo, incorporándose): B-bueno, Licenciada, si salgo ahora por ahí puedo llegar a la pizzería...
 
TERAPEUTA (empujándolo en el asiento): ¡USTED SE QUEDA!
 
(La TERAPEUTA suspira, derrotada, se sienta en el sofá, el PACIENTE, queda entre ambos. Pausita. De golpe le tira un puñetazo al MARIDO por sobre el PACIENTE)
 
MARIDO: ¡No pegués!
 
TERAPEUTA: Decime, ¿qué querés de mí, Héctor? ¿Qué estás haciendo? Vos sabés que no podés estar en esta casa.
 
MARIDO: Soy tu marido.
 
TERAPEUTA: ¡Eras! Por orden judicial no podés estar a menos de quinientos metros a la redonda.
 
PACIENTE: Tal vez, en lugar de una fu-fugazzeta rellena con jamón y queso, sería mejor una pizza primavera con tomate cortado en rodajas gruesas…
 
TERAPEUTA: Intento rehacer mi vida, retomar mi profesión y vos venís con toda esta carga de burla, de cinismo. ¿Por qué sos tan egoísta?
 
(La TERAPEUTA vuelve a golpear al MARIDO por sobre el PACIENTE, el MARIDO le da un tirón de pelos)
 
TERAPEUTA: ¡Ay!
 
MARIDO: ¡Te dije que no pegués!... Todavía estamos unidos.
 
TERAPEUTA: ¡Delirás!
 
PACIENTE: Pero sin ajo, claro, porque mamá siempre dice que el ajo licua la sangre.
 
MARIDO: Yo te amo.
 
TERAPEUTA: ¡Y YO TE VOY A HACER METER PRESO! ¡ASQUEROSO! ¡TE LO ADVERTÍ MÁS DE UNA VEZ! (entra la HIJA, vestida de cuero y tachas, pelo parado, la cara pintada al estilo “punk”) ¡Hija! ¡Carolina!
 
(Como hipnotizada por el PACIENTE, la hija avanza hacia él. Éste se asusta, se incorpora y huye a un rincón, se pone en cuatro patas)
 
PACIENTE: Gauuuu, guauuu, guauuuu.
 
MARIDO: ¿Qué pasa, titán?
 
TERAPEUTA: ¡Por favor, déjenlo en paz! Lo ponen nervioso y vuelve a sus episodios piscóticos. ¡Así no se puede trabajar! Lo habíamos establecido: de esa puerta para allá soy Susana, para acá soy la Licenciada Susana Comelles Ruiz.
 
MARIDO (burlón): ¡Ay, la Licenciada Susana Comelles Ruiz! (le acaricia la espalda al PACIENTE) Bueno, bueno, Boby, tranquilo. ¡Sit! ¡Sit! ¡La patita, la patita! (el PACIENTE obedece) ¡Muy bien, buen chico!
 
TERAPEUTA (abstraída en la hija): Carolina, a ver, nosotras habíamos convenido algo… (intenta abrazarla y esta la rechaza, la toma de un brazo y se la lleva lejos del PACIENTE) Vení. ¿Por qué estás tan agresiva? Nosotras siempre fuimos compinches, si estás algo desorientada dialoguemos (al MARIDO) ¿Qué le pasa?
 
MARIDO: No sé. Escribió con aerosol toda la pared del living, puso que no quiere hablar hasta que un tal Marilyn Manson sea nombrado Papa.
 
(Pausa, el PACIENTE se recupera y, desorientado, vuelve al sofá, el MARIDO se sienta otra vez junto a él, la TERAPEUTA toma el teléfono)
 
TERAPEUTA: ¡Hola, Juzgado, con la oficina del Dr. Lynch!...Gracias, espero...
 
MARIDO: Hoy evidentemente no es mi día, Cárdenas, al final creo que me voy a quedar sin el sánguche. Tengo 50 años, ¿sabés?, y siento que atravesé la mitad de la vida y todo lo que he sembrado se me escurre entre las manos.
 
TERAPEUTA: ¿Dr. Lynch?... Mi marido... Sí, mi marido... Necesito que envíen un patrullero... ¡Sí, otra vez!...
 
(la HIJA se sienta a los pies del PACIENTE le toma una mano y le lame los dedos)
 
MARIDO: La financiera, la mesa de dinero… ¡Cuántos sueños, cuánto esfuerzo!…
 
PACIENTE (angustiado): ¿Qué me hace en la mano? ¿N-no me la querrá comer?
 
MARIDO: ¿Eh? No, despreocúpate, es solo una adolescente en plena crisis. Observala. Me pregunto cómo pude haber traído algo así al mundo. Uno debería engendrar únicamente hijos varones.
 
TERAPEUTA (al teléfono): ¿Cómo que no hay disponibilidad? ¡Están obligados! Se lo tienen que llevar... ¡PRESO, IDIOTA, SE LO TIENEN QUE LLEVAR PRESO!
 
MARIDO: No sé, a veces siento como un nudo en el estómago. Pienso, me interrogo (de golpe agarra al PACIENTE de las solapas) Decime, ¿por qué estamos acá? ¿Existe la felicidad? ¿Cuál es el sentido de la vida?
 
TERAPEUTA: ¡No tiene que responder, Cárdenas! (separando al MARIDO del PACIENTE): ¡Dejalo en paz, haceme el favor! 
 
(El PACIENTE, aterrado, tiene otro brote y empieza a cabalgar en círculos en torno al sofá)
 
TERAPEUTA: ¡MIRÁ LO QUE HICISTE!... Héctor, si no querés terminar preso, andate, ya te denuncié.
 
MARIDO: No me soprende, vos no cambiás más.
 
TERAPEUTA: ¡Vos sos el que no cambia más!
 
MARIDO: Sabés qué, actuás así por despecho. Y eso significa una sola cosa.
 
TERAPEUTA: ¿Ah, sí? A ver, ¿qué significa?
 
MARIDO: Qué estás loca por mí. Pero es inútil, vos nunca lo vas a entender. ¡Vamos, Cárdenas!
 
(De improviso, el MARIDO se monta a la espalda del PACIENTE, la TERAPEUTA los persigue)
 
MARIDO: ¡Aioooo, Silver! ¡Ta-ra-ran ta-ra-ran tan tan / ta-ra-ran tan tan!  Así es el  mundo, chabón. Como te decía, yo tenía mi cueva en Puerto Madero, mi cartera de clientes, lo más alto de lo más alto. El dinero fluía a mares... ¡Guarda la mesa!
 
TERAPEUTA: ¡No lo escuche, Cárdenas! ¿Por qué mejor no hablás de lo que le hiciste a mis pacientes?
 
MARIDO: Los ayudé a invertir
 
TERAPEUTA: ¡Los robaste!
 
MARIDO: El mercado es fluctuante, en esto no siempre se gana.
 
TERAPEUTA: ¡ERAN PACIENTES DE RIESGO, INMUNDO, PACIENTES SUICIDAS!
 
(En una de las vueltas, el MARIDO manotea la cartera de la TERAPEUTA y  le saca la billetera) 
 
TERAPEUTA: ¡Dame esa billetera, Héctor!
 
MARIDO: Es un pequeño préstamo. Ahora hay que darse a la fuga, saltaremos ese acantilado, Cárdenas. ¡Arre!
 
(La TERAPEUTA consigue desestabilizar al MARIDO, que cae al piso, lo agarra del pelo e intenta sacarle la billetera. La HIJA, a su vez, agarra de un pie a la TERAPEUTA y le muerde la pantorrilla. Quedan trenzados los tres en el piso)
 
MARIDO: ¡Soltame!
 
TERAPEUTA: ¡Aaaay! ¡Carolina, por favor!
 
MARIDO: Si me largás los pelos ella te suelta.
 
TERAPEUTA: ¡Ni lo sueñes!... Nena, me estás haciendo daño.
 
MARIDO: ¿Me vas a soltar?
 
TERAPEUTA: ¡Basta!
 
(El PACIENTE vuelve de su delirio y se queda parado observando a los que yacen en el piso)
 
PACIENTE: B-bueno, uy, se hizo la hora, ¿no? (mira su reloj) Este reloj l-la verdad es que no funciona bien, es un recuerdo de mi padre. Mamá dice que igual tengo que seguir usándolo porque los relojes digitales provocan cáncer. Licenciada, ¿entonces nos vemos el martes? (va hacia la puerta)
 
TERAPEUTA: ¡LE PROHÍBO QUE SE VAYA, CÁRDENAS!
 
MARIDO: ¿Me vas a soltar?
 
TERAPEUTA: ¡Carolina, me estás clavando los dientes!
 
(El PACIENTE duda, a continuación, intentando que no se le arrugue la ropa, se recuesta en el piso y reptando lentamente se une al grupo agarrándose de un pie de la hija)
 
TERAPEUTA: ¡Cárdenas!
 
MARIDO: ¿Qué pasa, Susana?
 
TERAPEUTA: ¡Le ordeno que se separe, Cárdenas, esta es una disputa familiar!
 
MARIDO: No veo. ¿Qué está haciendo? ¿Te está tocando?
 
TERAPEUTA: A la nena, Héctor, está tocando a la nena... ¡Retírese, le digo!
 
MARIDO: ¡TE ESTÁS PROPASANDO, CHABÓN, DEJÁ A MI HIJA O TE BAJO TODOS LOS DIENTES!
 
PACIENTE: N-no puedo.
 
TERAPEUTA: Sí puede, Cárdenas.
 
PACIENTE: N-no puedo.
 
TERAPEUTA: Respire hondo, le repito que sí puede.
 
PACIENTE: U-una familia, ustedes son u-una familia.
 
TERAPEUTA: Pero no su familia.
 
PACIENTE: M-mi familia
 
TERAPEUTA: No su familia, usted es mi paciente.
 
MARIDO: Y ESTÁS TOTALMENTE COLIFATO. ¡DEJÁ A LA NENA O TE REVIENTO!
 
TERAPEUTA: ¡Vos cállate, Héctor!
 
PACIENTE: Mamá.
 
TERAPEUTA: No, mamá no, Cárdenas, soy la Licenciada Susana Comelles Ruiz y usted está haciendo una regresión. A ver, suelte a la nena y respire hondo. Usted debe reconciliarse con la imagen de su padre, debe reconstruir su propia idea de familia. ¿Me escucha?
 
PACIENTE: ¿Papá?
 
TERAPEUTA: Sí, Cárdenas, su padre. Deje fluir su memoria emotiva, ¿Qué imágenes guarda de él? ¿Su padre le traía golosinas a casa?
 
PACIENTE: Chicles Yun – yun.
 
MARIDO: ¡Chicles Yun-yun, muy bien!
 
(De improviso, la HIJA suelta la pierna de la TERAPEUTA, se le monta encima al PACIENTE y lo besa con furia en la boca. El PACIENTE siente pánico, quiere escaparse y no lo consigue)
 
PACIENTE: Hmmmmmmm.
 
TERAPEUTA: Por favor, enfóquese en lo que le estoy diciendo, Cárdenas.
 
PACIENTE: Hmmmmmm.
 
MARIDO: ¿Qué pasa, Susana, por qué hace ese ruido con la boca?
 
TERAPEUTA: No sé, no responde al estímulo terapéutico y está por violar a la nena, vas a tener que intervenir.
 
MARIDO: Entonces soltame el pelo.
 
TERAPEUTA: ¿Vos me devolvés la billetera?
 
MARIDO: Si me decís dónde está la mayonesa, te la devuelvo.
 
TERAPEUTA: Okey.
 
(El MARIDO se incorpora, corre a la HIJA de arriba del PACIENTE y lo inmoviliza con una toma al cuello)
 
MARIDO: ¡Tranquilo, titán, no te retobes!
 
TERAPEUTA (va hasta el teléfono y llama): Hola, Clínica… La Licenciada Ruiz, por favor mándeme un móvil con dos enfermeros (pausita, suspira, al PACIENTE) Ay, Cárdenas, Cárdenas,  acaba de violar el acuerdo terapeuta/paciente, no sería una buena profesional si no lo reporto.
 
PACIENTE: ¿Sí?
 
TERAPEUTA: Si, no me dejó otra salida. Su referencialidad sufrió lo que técnicamente se entiende como “lapsus de recognocibilidad invertida”. Un pequeño desajuste, no debe alarmarse. A propósito, ¿usted me pagó las últimas tres sesiones?
 
PACIENTE: N-no recuerdo, Licenciada.
 
(El MARIDO lo mantiene inmovilizado, la HIJA lo palpa, le saca la billetera y se la da a la TERAPEUTA, que le extrae los billetes que contiene)
 
TERAPEUTA: A pesar de todo la verdad que estoy contenta: ha tenido una gran progreso.
 
PACIENTE: ¿L-le parece?
 
TERAPEUTA: Sí, sí, tal vez tenga que volver a un par de sesiones más, pero casi podemos considerar que tiene el alta.
 
PACIENTE: ¿Y si regreso, podemos v-volver a agarrarnos todos en el piso?
 
TERAPEUTA: No, temo que eso va a ser imposible (al MARIDO) Bueno, llevalo al hall que pasan a retirarlo, Héctor.
 
(El MARIDO y el PACIENTE salen. La HIJA está totalmente transformada, sonríe, se abraza a la TERAPEUTA)
 
TERAPEUTA: ¿Estás mejor, nena?
 
HIJA: Sí, má.
 
TERAPEUTA: Vi un vestido alucinante en la galería de abajo, ¿me acompañás a probármelo?
 
HIJA: Bueno, dale.
 
APAGON

viernes, 24 de enero de 2014

Una del espacio

¿La distancia espacio-temporal facilita el progreso de una historia? ¿Qué diferencia hay entre un braamaliano de Galaxia 0, escamoso y de sangre rosa salmón y mi tía Olga del barrio de San Cristóbal? Son preguntas que me fueron naciendo así, espontáneamente, un par de semanas atrás. Preguntas que vieron la luz cuando todavía no estaba exiliado en Pergamino, no había cortado con mi familia y sobre todo no había resultado eyectado de la casa materna en un acto de extrema e imperdonable injusticia. El poder de la literatura es extraño, espiralado, a bastoncillos y a lunares, en suma: indescifrable.

Paso a explicar: mi nombre es Carlos Martínez Vidal, Carlitos para mis parientes y amigos. Soy fotógrafo y prolífico escritor del género ciencia-ficción. Autor de veinticinco libros exitosamente publicados por la editorial independiente Destellos del espacio, dirigida por mi tío segundo Armando Carvera Lynch. Y según los entendidos, es decir, mi tío Armando: “una imaginación y una voz potentes, un valor en despegue, candidato a encabezar todas las listas de best sellers.”

Hasta allí todo fenómeno, pero ocurre que hace cosa de veinte días algo sucedió. ¿Cómo decirlo? La fuente se apagó, mi cabeza se vació, me bloqueé y ya no me salió una línea. Alarmado, desempolvé mi colección de historietas del espacio que tengo arrumbada en lo alto del placard y me puse a hojear buscando ideas. ¿Otra lucha de mega-computadoras en el núcleo oscuro de la vía láctea? No. ¿El colapso de la última ciudad sumergida en el lago mayor de Urano? Menos. Pensaba, me devanaba chapoteando en la masa cenagosa de la duda, cuando de golpe surgió lo que nunca tendría que haber surgido. ¿Por qué no intentar una ruptura?, me dije. ¿Dejar por una vez el frío espacio sideral para arriesgarme fuera del género y abordar algo más próximo? Por ejemplo un relato totalmente realista que transcurriese en el lugar donde habito, que involucrase a gente de carne y hueso, como mi familia.

No fue una buena idea. Vivo, mejor dicho vivía, en un viejo edificio de departamentos construido por un tío abuelo ya fallecido,  compartido con mi madre, tres tías, una prima atractiva con su hijo adolescente, un vecino anciano algo tocado, la portera. En suma un ecosistema difícil, en equilibrio inestable.

Pero nada de esto me pareció relevante y cuando me quise acordar ya estaba metido en la historia hasta más arriba de la cintura: en la trama la prima Miriam, luego de una noche de alcohol y desenfreno rompía con su segundo marido, corredor de turismo carretera (cosa que había sucedido en la vida real, porque el tipo hacía un año la había abandonado por una promotora de agua para el radiador). Tommy, el hijo rebelde, testigo de la amarga escena, para expresar su descontento se encerraba en su cuarto, ponía el equipo a  3.000 watt de potencia y escuchaba hard rock durante cuarenta y ocho horas ininterrumpidas. En medio del maratón metalero, el viejo edificio sufría un escape de gas y un gasista contratado al efecto buscaba obsesivamente el lugar de la pérdida. A medida que transcurriera el tiempo, la música iría violentando la relación de las mujeres de la casa, provocando además la muerte de los hámsters del señor Campolongo, del departamento “B”, jubilado del ferrocarril. Como introducción no estaba mal: drama, acción, suspenso, un toque de erotismo. No habría choques con mutantes de segunda generación, ni evacuaciones de cruceros interestelares, pero la cosa podía encaminarse.

El lunes por la tarde preparé un litro de café y me puse a teclear con determinación. Comparto el escritorio con el taller de Tía Olga, que hace confecciones para novias y madrinas. La mañana del martes no hubo clientas, el golpeteo de mi máquina portátil era un concerto para piano y orquesta.Hacia el mediodía Tía Juana, de paso para el almacén, se acercó a mis borradores y levantó una hoja al azar (yo digo que fue una circunstancia fortuita, una combinación de aleatoriedades, porque para mi familia lo que yo hago es tan comprensible como el sistema de refrigeración del motor gasolero o la decodificación del ADN) Leyó moviendo los labios y de golpe estrujó la hoja entre las manos:

- ¡Ese chico es tarado! –dijo, y sin darme tiempo a nada salió disparada del taller. En el departamento de mi prima se escucharon voces, un taconeo febril y al rato Miriam entró hecha una fiera:

- ¿Qué significa esto!? – tenía un salto de cama casi transparente. Su presencia alteró por unos segundos mis respuestas motoras. Paseaba por mi cara el bollo de papel del borrador:

- ¿Estás sordo? ¡¿Qué significa esto?!

- E-es lo que iba a explicarle a la tía. Es el argumento para una historia que estoy escribiendo....

- ¡Para que sepas, tarado, Tommy tiene roto el equipo hace una semana!

Detrás de su madre se asomó Tommy, con aspecto de haberse tomado un litro y medio de jarabe para la tos. Tía Juana volvió al ataque:

- Carlitos tiene razón: ¡tu hijo nos tiene hartos!

- Mi hijo no hace nada.

- Si no hiciera nada, ¿de dónde sacó mi sobrino lo que acabás de leer? 

Se hizo un silencio: el argumento de la tía parecía irrefutable.Yo me había ido deslizando debajo de una de las máquinas de coser, tratando de recuperar el bollo de papel de mi borrador. Miriam quebró la cintura y me apuntó con sus pechos amartillados:

- ¡Ni siquiera te molestaste en cambiar los nombres!

El sonido del teléfono intervino por milagro. Llamaban de la agencia. Me excusé y salí a cambiarme. Agarré el bolso con la cámara, el trípode y huí al trabajo. Mientras viajaba en el subte, comenzaron a desfilar por mi cabeza problemas en los que nunca había pensado. ¿La gente cree que lo que está escrito debe suceder? ¿Sucede porque está escrito o está escrito porque sucede?

Cuando al atardecer volví a casa, en el hall había dos inspectores de la Asociación Protectora de Animales: analizaban con detenimiento dos carillas de mis borradores junto a la portera. ¿Mis papeles eran de uso público? Ya que estaban, ¡por qué no hacían fotocopias y los repartían por el barrio! Iba a protestar cuando Tía Juana se interpuso y me tapó la boca:

- Vinieron por los hámsters –murmuró.

¿Los hámsters? ¿La portera había hecho una denuncia por los hámsters? En efecto, el viejo Campolongo, en pijama y chinelas, yacía en un banquito junto al espejo de la entrada, sollozando. Hice un esfuerzo para creer lo que veía: era una imagen extravagante pero a la vez llena de sentimiento. Desde que en el año ‘62’ se había caído del Expreso Sanjuanino en plena marcha, la salud del viejo Campolongo era de cuidado. Entre mi madre y Tía Olga lo apantallaban para evitarle el soponcio. Estuve a punto de palmearle la espalda y explicarle que sus mascotas de ninguna forma iban a morir, que mi rubro era la ficción, que todos debían reflexionar por un segundo y rever su comportamiento, pero me sentí abrumado. Rumié con dificultad: tal vez haciendo algunos cambios, transformando la muerte de los hámsters en la agonía de otro bicho, digamos un matrimonio de loros que sufrieran una infección en los tímpanos producto de la música metalera, aunque fuera un hecho dramático no sería tan crudo, ya que no había loros en el edificio.

Me escabullí por la escalera del costado pero un extraño de mameluco azul me cortó el paso:

- ¿Usted quién es? –preguntó.

- Yo vivo acá. ¿Y usted?

- Yo soy el gasista ¿Dónde está el caño mayor?

- ¡Ni idea!

- ¿Vive acá y no sabe dónde está el caño mayor?

- ¡Le digo que no tengo ni idea! Hable con la portera.

Corrí y me encerré en el taller de Tía Olga ya completamente asustado. ¿Había visto un fantasma? ¿Era un gasista de carne y hueso, o uno de ficción? Ya no podía razonar. Me tomé dos tazas de café recalentado sin respirar y llamé a mi tío Alberto, el de la editorial, pero la secretaria me dijo que estaba de viaje en Mendoza. Necesitaba una voz amiga que me asegurara que no estaba loco. Volví a marcar y ubiqué a Diego, un ex compañero de colegio, admirador incondicional de mis libros. Le conté atropelladamente:

- ¡Un argumento impecable! ¡Una historia buenísima para una película! Cada día se te ocurren mejores cosas –me dijo.

- ¡No es ningún argumento para ninguna película! -le grité-. ¡Está sucediendo de verdad!

- No entiendo –balbuceó, pero le tuve que colgar porque estaba entrando al taller Tía Olga, en puntillas y con una expresión de misterio:

- Nene, quiero pedirte un favor... –dijo la tía y me hizo una seña para que la siguiera hasta una pequeña despensa. Entonces, de la cajita forrada donde guarda los botones, ¿qué pudo haber sacado? Por supuesto, otra de mis páginas, muy manoseada y doblada en cuatro.

- Perdoname, nene –murmuró, ruborizándose- pero viste acá, donde ponés que voy hasta el departamento de Miriam con ese trajecito oscuro que no uso desde hace dos años, si no es mucho problema, me gustaría aparecer con el vestido de chiffon que me regaló tu madre para el cumpleaños. ¿Pueda ser, nene? ¿Si lo cambiás no perjudica tu trabajo?

Me dio un escalofrío, ahora sí necesitaba de mis alienígenas: Duplicator, X Omega, decenas, cientos de peligrosos hombres del espacio, especies hiperdesarrolladas con alto poder destructivo que habían pasado por mi portátil sin un sí ni un no, que ignoraban mi presencia como para venir con semejantes reclamos. Me tomé tres aspirinas,  junté las carillas que quedaban, corregí lo de los hámsters, le puse el vestido a Tía Olga (en el texto, quiero decir) y, extenuado, me dormí sentado en el escritorio. 

Pero por la noche la cosa comenzó a desmadrarse. Tommy despertó de uno de sus largos sueños, preguntó que sucedía, al enterarse se sintió una incomprendida estrella del rock y, obviamente, corrió a encerrarse a su cuarto para poner el equipo a 3.000 watt de potencia. Mi madre estalló:

- ¡CARLITOS!

- Tranquila, mamá… ¡yo lo voy a convencer! –dije sin mucha convicción. Golpeé la puerta de mi sobrino, intenté forzar la cerradura, traté de derribarla, finalmente me arrodillé a implorar. El gasista, mientras tanto, sin una directiva precisa, se había puesto a desmantelar los caños del tanque de agua.

- ¿Estás conforme? ¡Ves lo que lograste! –por el verde pálido en la cara de mi madre, supe que estaba a punto de sufrir uno de sus ataques de hígado. Tía Olga, coquetamente maquillada y con su vestido de chiffon, me tomó del brazo y con una sonrisa esotérica me arrastró hacia el taller. Allí me esperaban la portera, tía Selma, tía Juana, Miriam y el viejo Campolongo. Tía Juana fue la encargada de hablar:

- ¡Nene, hay que volver a modificar!

En la ancha mesa de costura estaban mis borradores prolijamente acomodados. Con un frasco familiar de Liquid Paper, tía Selma se encargaba de tachar aquí y allá. Miriam y tía Olga me miraban con la misma expresión curiosa. Había reprobación pero a la vez cierto aire de respeto, de mudo acatamiento, como si en ese momento yo encarnase una especie de oscuro alquimista con la facultad de disponer sobre sus destinos. ¿Yo era eso que estaban pensando o en todo aquello no había más que una tremenda, delirante, equivocación? Con manos temblorosas puse una hoja en la máquina de escribir, me inquietaba el silencio expectante, todas esas miradas:

- ¡N-no sé, decidan! –tartamudeé.

Pero mantenían un silencio pertinaz. Claro, cómo preguntarle a ellas si era yo el que debía saberlo. A gatas había terminado el secundario, no tenía novia, ni siquiera había podido abrir una cuenta en el banco, ¿cómo iba a hacerme cargo de aquel embrollo? Supe que había que huir.

 - La agencia –grité mirando el reloj. Tenía que salir, había un trabajo urgente que terminar, les juré que traería todo resuelto al volver y me escabullí.

Esa tarde tuve que viajar a Pilar y hacer algunas tomas para una campaña de comida naturista. Trabajé mal, inquieto, pensaba todo el tiempo en lo que me esperaba al regresar. Pero si quería regresar tenía, justamente, que pensar en algo. Me surgían combinaciones calamitosas: Miriam se reconcilia con su marido; Tommy se hace monaguillo; la portera se enamora de Don Campolongo y ponen un criadero de hámsters. En esa situación patética en la que me había metido solo, cualquier cosa era posible.

Antes de que cayera el sol estuve de vuelta y entonces sí fue el Apocalipsis. El rugido intolerable del heavy metal  había obligado al uso de gruesos tapones de algodón en los oídos. A la pobre tía Selma, como siempre había sido la más callada de las hermanas, se me había olvidado ponerle algún parlamento en el texto. La cuestión es que desde el lunes vagaba de un lado para otro moviendo las manos y aclarándose la garganta para empezar a decir algo que nunca llegaba. Mi madre al verla así se inquietó, llamó al médico y la internaron en observación. A don Campolongo finalmente le había saltado la térmica. Fue a detener el escándalo de Tommy, pero como no consiguió franquear la puerta de la habitación siguió hasta el baño y se metió en la bañera mientras Miriam tomaba su baño de inmersión.

Cuando entré al taller, mi madre y Miriam me saltaron como gatas rabiosas:

- ¡Enfermo mental!

- ¡Irresponsable!

Don Campolongo había sido inmovilizado con una soga, al parecer no respiraba bien, ya que por la boca le salía una copiosa espuma blanca. Alguien hasta ese momento fuera de mi campo visual se me vino encima y empezó a golpearme en la cara.

- Carlitos, nuestro autor… Éste es el hijo menor del Sr. Campolongo  –nos presentó Tía Olga.  Caí al piso. La situación se había desquiciado. Por entre los golpes sentía el ruido de unos potentes mazazos provenientes de las calderas. De pronto el piso tembló y escuchamos la explosión.

Un cyborg, a pesar de su aspecto reconcentrado y circunspecto, es un ser vulnerable. Al ser atacado, su fluido sintético altera su composición y un braamaliano puede derrotarlo con el pensamiento. Más allá de nuestra galaxia se producen conflictos terribles, guerras sangrientas en las que se juega la subsistencia de civilizaciones enteras, pero en cada una de estas historias impera un orden, una lógica, cierta prolijidad que parecerían no prosperar entre ocho terráqueos insanos encerrados en un viejo edificio de departamentos de una ciudad perdida del Cono Sur.

¿Por qué? ¿Cuál es el error? ¿Dónde está la falla?

El edificio debió ser evacuado. Con el auxilio de los bomberos se pudo rescatar al gasista que había quedado embutido en el tambor de un termotanque. Hasta que se repararan los daños, mi familia tuvo que mudarse al hotel de enfrente. Digo tuvo y no tuvimos porque lógicamente entendieron que yo era el culpable de todo. Mi madre me retiró la palabra. Después me preparó la valija y por señas me fue guiando hacia la salida. Desde una de las ventanas la prima Miriam levantó una mano y me hizo esa desagradable seña con el dedo mayor extendido. La Tía Olga, en cambio, se cubrió los ojos con un pañuelito.

Y esa es la historia. Dada mi situación acepté una propuesta que me habían hecho tiempo atrás en la agencia y me vine para Pergamino, donde hago fotos de nutrias y garzas moras. Disfruto de la soledad, leo mucho y cuando me asalta alguna idea estrafalaria corro a refugiarme en lo mío. Mi próxima novela se va a titular Androides del espacio sideral, y será editada por Destellos del espacio, de tío Armando. Claro, siempre y cuando caduque el castigo y mi madre y sus hermanas lo autoricen.