viernes, 26 de agosto de 2016

Mami

(Reg. Prop. Intelectual Expte. Nº 797616)

Personajes:

José María
Mami
Juli
Adrián
Luquitas

La acción se desarrolla en la cocina y el living comedor de una casa antigua, reciclada con detalles de modernidad. Sobre la izquierda un sofá con una mesa baja, sillas y sillones; sobre la derecha la cocina separada por una barra con banquetas altas, a foro una ventana que da a la calle, entrada del exterior por la izquierda, sobre la derecha acceso al piso superior y al resto de la propiedad.


ESCENA 1

Se escuchan llaves en la puerta de entrada, entra JOSÉ MARÍA (40, aspecto juvenil,  moderno, algo descuidado, denota un discreto amaneramiento)
JOSÉ MARÍA: ¡Vení! ¡Pasá! ¡Pasá!
Nervioso, se vuelve y reingresa arrastrando del brazo a MAMI.
JOSÉ MARÍA: ¡Pasá! ¡Pasá! ¡Qué sorpresa!
La mujer (70) tiene el aspecto de alguien totalmente ido, la mirada extraviada, no habla ni registra el entorno, lleva un tapado oscuro, un sombrerito. Desde el patio se escucha ladrar a un perro.
JOSÉ MARÍA: ¡Qué sorpresa! Pero todo bien, ¡eh! Vos sentite cómoda, sentite tranquila. En  realidad parecés tranquila, el que estoy nervioso soy yo. Vení, sentate (levantando la voz) ¡Juli! ¡Juli! ¡Adrián!  Sentate, sentate. ¡Uf, qué agitación! En ésta, no mejor ahí (levantando la voz) ¡Juli! ¿Están?  No están, ¿qué hora es?, todavía no llegaron (el perro vuelve a ladrar insistentemente, JOSÉ MARÍA la ayuda a sentarse en un sillón. Se sienta enfrente, no logra superar el desconcierto) Ese es Black, pero vos no te preocupes, está en el patio y lo tienen siempre atado. Bueno, je. ¿Y?, cómo va. No sé, querés contarme algo… Yo bastante bien, igual, algo más delgado, ¿lo notás? Los chicos re bien, ¡cuando lo veas a Luquitas!  No lo vas a poder creer. Está en esa edad en que pegan el estirón (cambiando) Decime, una pregunta, ¿vos podés andar por ahí? ¿Salir? Digo, ¿cómo es?... Dejá, no importa, hablemos de cosas alegres. ¡Eso, alegría! Yo sigo viniendo, ¿viste? Antes más seguido. Antes en realidad era otra cosa. Me esfuerzo, no te creas, pero con Adrián no hay caso, no me llevo, no lo siento y eso no se puede disimular. ¿Qué pasa, qué mirás?  Ah, ¿lo reconocés? Tu sillón. Querés sentarte, vení, qué problema hay (la ayuda a levantarse, la sienta en el sillón, espera algún tipo de respuesta, pero enseguida desiste. Pasea la vista por el entorno) Creo que es lo único que queda.  Juli cambió todo, contrató un diseñador, se gastaron una fortuna pero quedó bien, ¿no? ¿Te gusta? Juli para todo lo que es decoración tiene buen gusto. Le va re bien en la tele, ¿sabés?, ¡va a ser una estrella!... En fin (suspira, se levanta y se acerca, le pasa las manos delante de los ojos) Vos escuchás lo que digo, ¿no? (va hasta un mueble, saca una botella de whisky y un vaso. Vuelve a ladrar el perro) Perdóname pero yo necesito una copita. ¡Uf! Una sorpresa. ¡Qué digo una sorpresa, una súper sorpresa! (cree que Mami mira la botella)  ¿Qué hay? Ah, no, ya no tomo más. Es decir, solo en algunas ocasiones. ¡Ponele ésta, ja ja! Si me ve Adrián que le agarro el whisky… (vacía el vaso de un trago, se sirve otro) La verdad que me costó dejar, vos viste, esos tratamientos son bastante ingratos, pero poniéndole voluntad. No te voy a mentir, Juli y Adrián me ayudaron un montón (se escucha ruido de llaves, se incorpora de un salto, esconde el vaso y la botella) ¡Ahí están! Cuando te vea Juli… ¡Juli, Juli, mirá con quién estoy!
Entran JULI (38), atractiva, impecablemente vestida, gafas negras, cargando varias bolsas de shopping y ADRIÁN (45), actitud distante, con indumentaria de golfista y cargando el bolso con los palos. Tiempo. 
JOSÉ MARÍA: ¿Y, qué me dicen?
JULI se saca las gafas, se acerca, mira a MAMI con gesto inescrutable, da unos pasos hacia JOSÉ MARÍA, vuelve hacia MAMI, la estudia unos segundos más, se le caen las bolsas, reprime un grito llevándose las manos a la boca.
BREVE APAGÓN


ESCENA 2

Continuación de la acción anterior, MAMI está sentada en el mismo sillón, ADRIÁN se mantiene a distancia, JOSÉ MARÍA y JULI la observan. JULI se lleva las manos a la boca para contener un sollozo, JOSÉ MARÍA se acerca para contenerla pero JULI lo rechaza. JULI, confusa, da unos pasos hacia ADRÍAN que también intenta abrazarla, JULI lo rechaza y sale corriendo hacia el interior de la casa. ADRIÁN reacciona contra JOSÉ MARÍA.
ADRIÁN: ¿Vos sos pelotudo?
ADRIÁN sale tras su mujer, JOSÉ MARÍA lo mira confundido.
APAGON


ESCENA 3

JULI está recostada en el sofá cubriéndose los ojos con una mano, JOSÉ MARÍA a su lado, de pie.
JOSÉ MARÍA: Primero no la reconocí. Yo salgo de la boca del subte, siempre vengo por Güemes, ¿viste?, pero como desde ayer estoy buscando un libro, me digo voy a la librería que está en Santa Fe a ver si lo encuentro, y entonces subo por Paraguay. Cuando doy la vuelta a la esquina veo a alguien sentado en el banco de la vereda. Estaba ahí, quietita, lo más tranquila y cuando me acerco…
JULI (en sus pensamientos): Okey, supongamos…Lo que yo digo es… Un planteo hipotético, una fantasía, pero supongamos que viniera alguien y me dijese… Por más loco, por más enfermo de la cabeza, viene y me dice… (desesperándose) ¡No, no, no hay forma, no hay forma, José!
JOSÉ MARÍA: ¿No hay forma de qué?
JULI: ¿Qué viene a ser esto?
JOSÉ MARÍA: ¿Cómo qué viene…? (tanteando) Es… es Mami.
JULI: ¡Sí, ya sé que es Mami, no soy ciega! (se incorpora, va hasta la ventana, vuelve. Vigilando que no escuchen desde adentro) Pero es imposible. ¡Imposible! ¿Vos lo entendés, no?
JOSÉ MARÍA: Creo que sí.
Tiempo.
JULI: Falleció hace tres años, José.
JOSÉ MARÍA: Dos años y ocho meses.
JULI: Dos años y ocho meses, cuál es la diferencia. ¡Pero se-mu-rió, crepó, ya no está!
JULI lloriquea. En la mesa baja hay un vaso con agua y un blíster de ibuprofeno, toma uno.
JULI: ¡Me estalla la cabeza!
JOSÉ MARÍA la observa.
JULI: ¿Qué mirás?
JOSÉ MARÍA: Nada, pensaba. Sabés, pasado el primer momento, quiero decir, pasada la sorpresa, cuando entramos y la ayudé a sentarse ahí… No sé, a mí me puso contento.
JULI: ¿Te puso contento?
JOSÉ MARÍA: Sí, el hecho de volver a verla, de reencontrarnos…
JULI: ¡Cómo te puede poner contento!
JOSÉ MARÍA: ¿Por qué?
JULI: ¿Por qué? Por mil razones. ¡Porque este tipo de cosas no suceden, porque van en contra de la naturaleza, porque son un rotundo disparate! (tiempo) Decime, ¿qué hace acá? ¿A ver? ¿A qué vino?
JOSÉ MARÍA: No sé (tiempo) ¿Pensás que tendríamos que llamar a alguien?
JULI: ¿A quién?
JOSÉ MARÍA: Y qué se yo. A Defensa Civil, al SAME.
JULI: ¡¿Estás loco?! ¡Con lo que es este barrio! (tiempo) A ver, vamos a ordenarnos: José, necesito que me prometas algo.
JOSÉ MARÍA: ¿Qué cosa?
JULI: Esto no puede salir de acá. Esto es un secreto. ¡Dale, promételo!
JOSÉ MARÍA: Está bien, tranquila. Lo prometo.
Se escucha ladrar al perro. Del interior de la casa ingresan ADRIÁN  llevando del brazo a Mami, y LUQUITAS  que los sigue a distancia. LUQUITAS es un adolescente gótico, vestido de negro, botas y rostro maquillado. Mami se lleva por delante una silla.
ADRIÁN: ¡Lucas, corré esa silla, serví para algo!
LUQUITAS  corre la silla y ayuda a MAMI a sentarse en un sillón. La observa, fascinado.
JULI: No le hables así, Adrián.
ADRIÁN: Qué hay, es su abuela, ¿no?
JULI: ¡Era!
Tiempo, se miran unos a otros.
JULI: ¿Y?
ADRIÁN: Y yo qué sé. No quiere ir al baño, no quiere caminar, tampoco quiere dormir. Yo hasta acá llegué, ahora ocupate vos.
LUQUITAS le toca la cara, le estudia las manos.
JULI: ¿Qué pasa, mi amor?
LUQUITAS: Se dan cuenta, ¿no?
JULI: ¿De qué?
LUQUITAS: ¿De qué? ¿Cómo de qué? ¿En qué planeta vivís, mamá? Esto es re groso. The walking dead, Guerra mundial Z, los muertos vivos, ¿no te suena?
JULI lo mira con resignación, LUQUITAS se pone junto a MAMI, apronta su celular y se saca una autofoto. ADRIÁN le arrebata el teléfono.
ADRIÁN: ¿Qué hacés?
LUQUITAS: ¡Dame mi teléfono!
ADRIÁN: Nada de fotos.
LUQUITAS: ¡Dame mi teléfono! ¿Qué tiene?
JULI: Papá tiene razón, Luqui.
LUQUITAS: ¿Por qué?
JULI: Es hasta que decidamos qué hacer. Después te sacás las fotos que quieras.
JULI vuelve a quebrarse. Se escucha ladrar al perro.
ADRIÁN: ¡Nabo, mirá como ponés a tu madre! (suprime la foto y le devuelve el teléfono) Ahora andá a seguir con lo que estabas.
LUQUITAS: No estaba con nada.
ADRIÁN: Bueno, entonces ordená tu cuarto. Andá a calmar a ese perro (su hijo no acusa recibo) ¡ANDÁ, TE DIJE!
LUQUITAS sale a disgusto.
JULI: ¿Por qué lo maltratás?
ADRIÁN: ¡Cortala, Juli, ya es un pelotudo grande!
ADRIÁN se acerca, estudia a MAMI, JULI y JOSÉ MARÍA observan sus movimientos. Tiempo. ADRIÁN se sonríe.
JOSÉ MARÍA: ¿Qué pasa?
ADRIÁN: Ustedes son increíbles.
JOSÉ MARÍA (con frialdad): ¿Y por qué somos increíbles?
ADRIÁN: ¿Vos decís que esta mujer es tu madre?
JOSÉ MARÍA: Obvio.
ADRIÁN: ¿Y vos, Juli?
JULI: Yo ya no sé ni lo que pienso.
ADRIÁN: Dejando de lado que si así fuese habría que convocar a una conferencia de prensa, yo te pregunto: ¿vos la reconocés? Digo, ¿no puede tratarse de alguien parecido?
JOSÉ MARÍA: ¿Me estás jodiendo?
ADRIÁN: Para nada.
JOSÉ MARÍA: ¿Para vos puedo ser tan ruin, tan mala persona como para no reconocer a mi propia madre?
ADRIÁN: Yo no dije eso.
JOSÉ MARÍA: ¡Es Mami, grabátelo en la cabeza, esa señora que ves ahí es nuestra madre! (cambiando, tocado, JOSÉ MARÍA se dirige a JULI) Cuando camina, ¿vos viste, Juli?, yo ya no recordaba. Esa forma de balancearse. Las manitos…
JULI se acerca y lo palmea.
JOSÉ MARÍA: La expresión de la boca, la mirada…
ADRIÁN: ¿La mirada?
JOSÉ MARÍA: Sí, la mirada, ¿qué hay?
JULI: Es verdad, José, ¿la mirada? Si tiene los ojos en cualquier parte (JULI estudia con detenimiento la cara de MAMI, JOSÉ MARÍA se sienta en el sofá, ensimismado. Tiempo.
ADRIÁN: ¿Y pensaron en la ropa?
JULI: ¿Qué pasa con la ropa?
ADRIÁN: ¿Cómo que pasa con la ropa? Es evidente ¿De dónde la sacó?
JULI: Es suya, los zapatos no sé, pero al sombrerito y al tapado los reconozco. ¡Adrián, no entiendo adónde querés llegar! ¿Por qué no hablás claro?
ADRIÁN: Que estás ciega, Juli, que esto no cierra por ningún lado. ¿Vos te acordás cuando reciclamos el primer piso y la terraza?
JULI: Sí.
ADRIÁN: ¿No me pediste que sacara toda la ropa de tu madre?
JULI: ¿Yo?
ADRIÁN: Sí, vos. Y la donamos al Cotolengo Don Orione.
JOSÉ MARÍA (volviendo de su ensimismamiento): ¿Vos donaste la ropa de Mami?
JULI: No, sí, bah, no me acuerdo.
JOSÉ MARÍA: Podrías haber preguntado, ¿no?, podría haber querido quedarme con algo de recuerdo.
JULI: ¿A qué viene eso, José? ¡El tema ahora es otro, te pido por favor! Acá está sucediendo algo grave. Acá seguro que hay una mano negra. Evidentemente alguien de mi entorno me quiere perjudicar.
JOSÉ MARÍA: ¿Alguien de tu entorno te quiere perjudicar?
JULI: ¡Sí! ¿Qué hay?
JOSÉ MARÍA (con intención): ¡No, claro, cierto que ahora sos una estrella de la televisión! ¡Juli, a veces no entiendo como podés ser tan frívola!
JULI: ¡Ay, basta, nene!
ADRIÁN vuelve hasta Mami y la observa.
JOSÉ MARÍA: ¿No traía una cartera, un monedero?
JULI: Creo que no.
JOSÉ MARÍA: Yo no le vi.
ADRIÁN: En ese estado es probable que la hayan choreado. Entonces, no hay documentos, tampoco hay efectos personales…
JULI y JOSÉ MARÍA observan a ADRIÁN, este saca de un bolsillo las llaves del auto Y levanta a MAMI de la silla de un tirón. A continuación, JULI, ADRIÁN y JOSÉ MARÍA la van a levantar y a volver a sentar alternativamente, como si fuera un paquete.
JULI: ¿Qué hacés?
ADRIÁN: Estás lenta, Juli. No hay identificación, nadie querría buscarla, son cosas que juegan a nuestro favor. Hay que actuar rápido, el auto está en la puerta.
JULI: ¡Estás loco! ¿Adónde la vas a llevar?
ADRIÁN: Ya se me va a ocurrir, antes de involucrarnos más hay que sacársela de encima.
JOSÉ MARÍA: ¡PERO VOS SOS UNA MIERDA DE PERSONA!
ADRIÁN: ¡Cuidado con la boca, estás en mi casa y no voy a tolerar que me insultes!
JOSÉ MARÍA: ¡Mami de acá no se mueve!
ADRIÁN: ¿Vos podés probar que es tu madre?
JOSÉ MARÍA: Juli, ¿escuchás esto?
JULI: ¡Córtenla, por favor!
JOSÉ MARÍA (quebrándose): Con lo que fue en vida esta mujer, con los sacrificios que hizo por vos, Juli. Tirarla a la calle, así, como a un perro…
JULI: ¡Ay, vos también pará con el melodrama, José! Serenémonos, tenemos que pensar…
Mientras discuten, MAMI se incorpora y lentamente va hasta la barra de la cocina. De golpe reparan en ella.
JOSÉ MARÍA: ¿Qué hace?
JULI: ¡Y yo qué sé!
MAMI  agarra un rollo de papel de cocina, corta las servilletas y comienza a comérselas.
JULI: ¡MAMI, SOLTÁ ESO! ¡AY, NO PUEDO VER! ¡ADRIÁN, POR EL AMOR DE DIOS, SACALE ESAS SERVILLETAS!
APAGÓN


ESCENA 4

Mañana siguiente, JULI, LUQUITAS y JOSÉ MARÍA están en la barra desayunando, a unos metros MAMI está sentada, inmóvil, con un repasador sobre la cabeza que le oculta la cara. JULI y JOSÉ MARÍA tragan sendas tostadas, LUQUITAS bebe su café con los head-phones puestos. Tiempo.
JOSÉ MARÍA: ¿Y adónde fue?
JULI: No sé, salió temprano. Vos también no hacés más que pelearlo.
JOSÉ MARÍA: Yo no lo peleo, Juli, es que no tiene filtro, ¿vos viste las cosas que dice?
JULI: Adrián es así, es frontal, dice lo que piensa. Vos ya lo conocés.
Siguen comiendo. Tiempo.
JULI: Luqui (levantando la voz) ¡LUQUI!
LUQUITAS se saca los head-phones.
LUQUITAS: ¿Qué hay?
JULI: Comete por lo menos una tostada.
LUQUITAS: No quiero.
JULI: No puede ser que te alimentes de aire.
LUQUITAS: No me alimento de aire.
JULI: Estás en el límite de tu peso, recordá lo que dijo el clínico. Te hago media con dulce.
LUQUITAS: Si querés hacela, pero no la voy a comer.
JOSÉ MARÍA (acaba su taza de un trago y se incorpora): Bueno, yo me voy.
JULI: ¡Sí, claro!
JOSÉ MARÍA: Juli, estoy destrozado. Yo fui el que se clavó en ese sofá. No dormí en toda la noche.
JULI: Me lo prometiste, hasta que no le encontremos una salida a esto vos te quedás.
JOSÉ MARÍA: No lo entiendo, estaba como conectada a dos veinte, no paraba de caminar, la volví a la silla doscientas veces. Hasta que a tu hijo se le ocurrió lo del repasador.
JULI: Ah, ¿fuiste vos?
LUQUITAS: Sí.
JULI: ¿Y no me pensabas contar?
LUQUITAS: No hay nada que contar. Cuando bajé serían las cinco, el tío estaba sacadísimo, mientras la abuela caminaba yo me puse a hacer café y entonces recordé lo del documental sobre pájaros: es lo que le hacen a los halcones cuando los entrenan para la caza.
JULI: ¿Halcones? ¡Ay, basta! ¡Esto es morboso, es enfermizo! ¡Luqui, sacale ese repasador, por favor!
LUQUITAS va hasta donde está Mami, le saca el repasador de la cabeza.
LUQUITAS: Lo que te decía, tío, ves como sigue con los ojos abiertos. Los muertos vivientes no duermen, en general tienen el cerebro lobotomizado.  Para estudiarlos hay que instalarles un microchips en la base del cráneo.
JULI: ¡No digas estupideces, hijo! Eso lo sacás de las películas asquerosas que ves.
LUQUITAS: ¡Es verdad!
JULI: Me estalla la cabeza. Desde ayer que no se me va con nada.
JULI saca otro ibuprofeno del blíster y lo traga con un vaso de agua. LUQUITAS se queda estudiando a Mami, en algún momento agarrará un tenedor y le pinchará los dedos para ver sus reacciones. Entra ADRIÁN proveniente de la calle, besa a JULI.
ADRIÁN: ¿Cómo va?
JULI: Mal.
ADRIÁN: Bueno, mientras ustedes dormían yo fui a buscar soluciones: recordé que en el estudio teníamos un contacto en la administración del cementerio, así que hablé por teléfono con el tipo. Obvio que le pedí absoluta discreción. Tengo buenas noticias: fue hasta la bóveda de tu familia, me dijo que el ataúd de tu vieja está tal cual, la bóveda no se abre desde la muerte de tu tía Adolinda. Conclusión: esta buena señora no sabemos quién es, pero olvidate que sea tu madre.
JOSÉ MARÍA: ¡Dios mío, este tipo!
ADRIÁN: ¡Con vos no estoy hablando!
JOSÉ MARÍA: ¿Por qué te metés? Si no es tu familia.
JULI (agarrándose la cabeza por el dolor): ¡Paren un minutito, por favor! Amor, te agradezco la preocupación y todo lo que estás haciendo, pero te pido algo: dejanos que con José nos vamos a ocupar.
ADRIÁN (tocado): Okey. Como quieran.
JULI: Te prometo que antes de la noche le vamos a encontrar una solución, ¿dale?
ADRIÁN: Dale. Entonces me pego un baño y me voy. Porque tengo una reunión y estoy llegando tarde.
ADRIÁN sale hacia el interior de la casa.
JULI (a LUQUITAS, que volvió a alimentar con servilletas a MAMI) ¡Lucas, te dije que no vuelvas a darle papel! 
LUQUITAS: ¿Me la puedo llevar a mi cuarto?
JULI: No.
LUQUITAS: ¡Un rato, nada más!
JULI: ¿SOS SORDO? ¡TE DIJE QUE NO!
LUQUITAS sale a disgusto.
JOSÉ MARÍA: Dejalo, Juli.
JULI: De ninguna manera. No es una mascota, ¿no?
Tiempo.
JOSÉ MARÍA: Yo, si me perdonás, necesito dormir un rato, en este estado no puedo pensar. Subo a la habitación de huéspedes, ¿puede ser?
JULI: Andá.
JOSÉ MARÍA sale. JULI termina su taza de café, observa de reojo a MAMI, comienza a incomodarse. Coloca las tazas y los platos en la bacha, va hasta el sillón, cada vez más ansiosa acomoda almohadones. Se vuelve de golpe.
JULI: ¿Soy una egoísta? Decilo. Yo sé que para vos soy una egoísta. ¿O no?... Nunca lo demostraste, pero en el fondo lo pensás.... “José es débil, a José hay que apoyarlo” ¿Sabés las que tuvimos que pasar con José?... (bajando la voz) Además de que lo enamoran los hombres, tu hijo es alcohólico. ¿Vos lo sabías?… ¿Sabías que ahora vive de lo que yo le doy? Obviamente se lo oculto a Adrián porque se volvería loco... Así de feo es el mundo, así de cruel, siempre distinto a como lo soñamos... Vos nunca lo quisiste ver, pero yo sí, yo lo veo todos los días. No vivo quejándome, no lloro por los rincones, “se hace lo que hay que hacer”, como decía Papi… ¿Con vos me cerré, con vos me hice dura? Puede ser… Pero al final conseguí armar algo: lo tengo a Adrián, lo tengo a Luqui, ¿viste lo grande que está Luqui? Estoy trabajando bien, conseguí la conducción del noticiero en el horario central. Canal 12 es un medio importante que llega a todo el país. La gente me para por la calle, ¿sabés?... Pero no es eso, ¿verdad? Esa vida de la que hablabas, ¿dónde está?, ¿qué era, una metáfora, una parábola como la de los cuentos que me contabas? Yo la busqué, te juro, y cómo la busqué... Me hubiera encantado escucharte, me hubiera encantado que me dijeras, que me susurraras, como cuando venías a darme el beso antes de dormir, que era así, como en los cuentos… (se inclina hacia MAMI, la acaricia) Que la gente como vos se vaya es tan triste… ¿Estás acá? ¿De veras viniste? (cambiando) Uf, ya ni sé lo que digo. Es este dolor de cabeza, perdoname. Ahora tengo que subir a hacer un par de llamados, si necesitás algo, cualquier cosa… Vos tranquila, descansá, ¿sabés?
JULI se comienza a ir y se vuelve, duda, le coloca el repasador en la cabeza. Finalmente sale.
APAGÓN


ESCENA 5

JOSÉ MARÍA está dormido en el sofá, entra JULI y lo sacude.
JULI: ¡Despertate!
JOSÉ MARÍA: ¡Eh!
JULI: ¿Qué pasó? ¿Dónde está?
JOSÉ MARÍA: ¿Quién?
JULI: Mami, José, ¿dónde está?
JOSÉ MARÍA (aún dormido, señalando un sillón): Ahí.
JULI: La tenías que vigilar hasta que yo volviera. ¿Era tan difícil? ¡Cómo puede ser que seas tan inútil!
JOSÉ MARÍA: Te juro que estaba ahí, tenía el repasador puesto (confundido, se incorpora, comienza a recorrer la escena) ¿Buscaste arriba?
JULI: Sí.
JOSÉ MARÍA: ¿En las habitaciones? ¿En el patio, te fijaste?
JULI se sienta en el sofá.
JULI: ¡Estoy harta, agotada! Esto es un desastre y a nadie parece importarle. En el Canal preguntan, me ven desconcentrada. Lo último que yo necesito es un escándalo.
JOSÉ MARÍA: Pará, estás paranoica.
JULI: ¿Paranoica? ¡¿José, vos en qué planeta vivís?! La gente es dañina, está esperando que te equivoques.
JOSÉ MARÍA: Es un asunto familiar.
JULI: Rayano en la locura, injustificable. Una familia conocida conviviendo con su madre vuelta de la muerte. ¿Te parece que alguien podría comprenderlo?
JOSÉ MARÍA se incorpora, va hasta la cocina y se moja la cara. Tiempo.
JOSÉ MARÍA: Juli.
JULI: ¿Qué?
JOSÉ MARÍA: ¿Y si se fue?
JULI: ¿Qué querés decir.
JOSÉ MARÍA: Claro, ¿qué pasa si se fue? Si como apareció se fue, volvió al lugar de donde vino.
JULI (se estira en el sofá, cierra los ojos): No sé, ya no puedo pensar.
Llega ADRIÁN.
ADRIÁN: ¿Qué pasa?
JULI: Mami desapareció.
ADRIÁN: ¿Se fue?
JOSÉ MARÍA: Ves, es lo que yo digo, Juli, se fue.
ADRIÁN: Se fue. No se rompan la cabeza. Si se fue, se fue. No encontró el filón y se mandó a mudar.
JULI: ¿Qué querés decir?
ADRIÁN: Yo me entiendo. Ahora, por favor, ¿podemos volver a la normalidad? Esto ya no parece una casa: no se almuerza, no se cena, desapareció el personal doméstico. ¿Hasta cuándo le diste franco a la chica?
JULI: Viene el martes.
Entra LUQUITAS llevando a MAMI, la conduce de una cadena atada al cuello, como usan los góticos, MAMI también está maquillada y caracterizada de gótica. ADRIÁN se le va encima a LUQUITAS, JULI se incorpora del sofá y se interpone.
ADRIÁN: ¡TE VOY A ARRANCAR TODOS LOS PELOS!
JULI: ¡Por favor, Adrián!
ADRIÁN: DECIME, ¿QUÉ TENÉS EN LA CABEZA, ANIMAL? ¿DE DÓNDE LA TRAÉS?
LUQUITAS se cubre detrás de su madre.
JULI: Es un chico.
ADRIÁN: ¿Un chico? ¡Dejate de joder! Yo a los quince años estudiaba y trabajaba. No hacía el payaso disfrazado de “hombre manos de tijera”.
JULI: Luqui, no le hagas caso, vos hablá conmigo, ¿adónde llevaste a Mami?
LUQUITAS: Con los chicos.
JULI: ¿Y por qué la llevaste con los chicos?
LUQUITAS: La querían conocer. 
JOSÉ MARÍA: ¡La querían conocer! ¿Y qué le hiciste en la cara?
LUQUITAS: Nada.
JULI: ¿Cómo nada, Luqui? ¡No somos ciegos!
LUQUITAS: La produje un poco para que pasara desapercibida.
ADRIÁN: ¡ME IMAGINO, EN LA CALLE NO LOS DEBE HABER MIRADO NADIE!
JULI: ¡Pará, Adrián!... Luqui, concentrate en esta pregunta: ¿por dónde fueron? ¿Pasaste por la galería?
LUQUITAS: Por enfrente.
JULI: ¿Maruca estaba en el negocio?
LUQUITAS: No sé.
JULI (desesperándose): ¿Cómo que no sabés?
ADRIÁN: ¿Esa vieja todavía no se murió?
JULI: No, no se murió, Adri. Era su amiga, y vos sabés lo envidiosa, lo dañina que es.
JOSÉ MARÍA: Pero así como está, seguro que no la reconoció.
JULI: ¡No lo sabés! Te apuesto a que si la reconoció en un rato tenemos a la prensa en la puerta. ¡Dios santo, por qué me tienen que pasar estas cosas!
ADRIÁN (yendo otra vez contra LUQUITAS): ¡YO TE REVIENTO!
JOSÉ MARÍA (interponiéndose): ¡Pará, Adrián! ¿Por qué no nos serenamos un poco?
Tiempo. LUQUITAS levanta una mano.
LUQUITAS: ¿Puedo decir algo?
JULI: A ver.
LUQUITAS: Según Erni, la abuela fue víctima de un hechizo vudú.
ADRIÁN: ¡Perfecto!
LUQUITAS: Dice que un brujo la abordó con algún engaño y le absorbió el alma para luego traspasarla a una botella; después la abuela tuvo el ataque, murió y fue enterrada. Entonces el brujo profanó la tumba para poner debajo de la nariz de la abuela la botella con su alma, mientras le administraba un preparado especial hecho de hierbas…
ADRIÁN: ¡Qué divino!
JULI (a Adrián): Dejalo expresarse.

ADRIÁN (irónico): ¡Expresate, hijo! 
LUQUITAS: Una vez resucitado, el cuerpo de la abuela no descansa ni puede ingerir alimentos, lo mejor es que sólo coma papel porque sino volvería a su condición mortal y al instante entraría en descomposición.
ADRIÁN: Solo una pregunta: ¿Vos y tus amiguitos con qué se drogan?
JULI: ¡PARÁ, ADRI!
LUQUITAS: Ya convertidos, a los zombis se los puede emplear de autómatas en varias ocupaciones: para ayudar en las tareas de la casa, en la limpieza…
ADRIÁN: Y si tenés problemas con las materias también te puede ayudar en los exámenes. ¡DEJATE DE DECIR GANSADAS Y ANDÁ YA MISMO A TU CUARTO! 
JULI: ¡CORTALA, POR FAVOR! Luqui, escuchame bien lo que te voy a decir: te prohíbo que vuelvas a sacar a Mami, ¿de acuerdo? (LUQUITAS no contesta) ¿DE ACUERDO?
LUQUITAS: Sí. De acuerdo.
JULI: Ahora vení y dame un abrazo.
LUQUITAS abraza a JULI.
APAGÓN


ESCENA 6

Atardecer.  JOSE MARÍA está sentado junto a MAMI, saca fotografías de una caja, las mira, se las pone delante de los ojos.
JOSÉ MARÍA: Creo que esa Navidad no hubo fotos. Estas las sacó el tío Tito, Papi le pidió copias. Fijate que todavía está la abuela. Creo que murió ese año, ¿no? (pasa a otra foto) Acá tengo el yeso, es en el ochenta y cuatro. Ochenta y cuatro u ochenta y cinco. Si están Lucía y Pato son las vacaciones de invierno. Te acordás cómo protestaba Papi porque dábamos vuelta la casa… Acá hay otra en el patio. Con el pelo así Juli parecía un chico… A vos te gustaba eso, ¿no? Digo, la gran familia reunida, la casa siempre llena de gente, todos en la cocina tomando la leche, corriendo por el comedor, o pateando la pelota en el garaje y rompiendo los vidrios…
JOSÉ MARÍA le toma la mano a MAMI y la pone en su nuca. Entra JULI con un salto de cama, pantuflas, unas anteojeras para dormir en la frente y el cabello revuelto. JOSÉ MARÍA se sobresalta y se saca la mano de MAMI. JULI va hasta la canilla, se sirve un vaso de agua y se traga un ibuprofeno.
JULI: ¿Qué hacés?
JOSÉ MARÍA: Nada, encontré esta caja en el cuarto de arriba.
JULI se sienta y le saca la foto que tiene JOSÉ MARÍA en la mano.
JULI: ¡Qué horror lo que parezco con ese pelo! (agarra otra foto de la caja) El tío Ernesto y la tía Delia. ¡Por Dios! (le da la foto a JOSÉ MARÍA) Se instalaban en casa el verano entero como si estuvieran en un hotel.
JOSÉ MARÍA: No seas mala.
JULI: ¡Sí es verdad! Unos vivos. Se pasaban dos meses de arriba, Mami les hacía de sirvienta, los atendía como a reyes. Mostrásela (JOSÉ MARÍA pone la foto delante de los ojos de MAMI) ¿Te acordás, Mami, del vividor de tu hermanito? ¿Te acordás cuando fuimos a San Luis a visitarlos, a la tía Delia de golpe le dio una gripe repentina y ni siquiera nos sirvieron una mísera taza de té?
Sacan otras fotos de la caja.
JULI: Tu fiesta de egresados.
JOSÉ MARÍA: Ajá.
JULI: ¡La cara que tenés! Ahí tus amigos ya se habían tomado todo el clericó (alza otra foto) Acá hay otra. Está Andrea, Marina, ¿yo dónde estoy?
JOSÉ MARÍA: Perdida en algún rincón oscuro con Gustavo Prato.
JULI: ¿Sí?
JOSÉ MARÍA: ¿Perdiste la memoria? Por esa época te ibas violando uno a uno a todos mis compañeritos.
JULI (ríe): ¡Qué malo! ¡Vos de envidioso!
Tiempo.
JULI: No tiene sentido.
JOSÉ MARÍA: ¿Qué cosa?
JULI: Esto, José. Hacer como que está.
JOSÉ MARÍA: Es que está.
JULI: No está.
JOSÉ MARÍA: No lo sabés. Por ahí está pero de una forma que vos y yo no podemos comprender.
JULI: Es estúpido, es absurdo. Yo ayer le hablé.
JOSÉ MARÍA: Y está muy bien, Juli, yo también le hablo, le hablo todo el tiempo. Escucha, estoy seguro de que es como esos pacientes que están en coma, que aunque no logran hacerse entender escuchan.
JULI: No. Es una locura.
JOSÉ MARÍA: Te voy a contar algo que no sabés: en la clínica donde estaba internada ella tenía a alguien.
JULI: ¿Cómo a alguien?
JOSÉ MARÍA: A alguien. Un amigo.
JULI: ¿Un novio? (JOSÉ MARÍA asiente) ¡Me estás jodiendo! (ríe) ¿Y vos lo conociste?
JOSÉ MARÍA: No.
JULI: ¿Y por qué no me contaste?
JOSÉ MARÍA: No quiso. Le daba pudor. Me hizo prometer...
JULI: Que no me podías decir nada. Ustedes dos siempre se aliaron...
JOSÉ MARÍA: Estás equivocada. Mami siempre te admiró.
JULI: Me tenía miedo.
Vuelven a mirar fotos. Tiempo.
JOSÉ MARÍA: ¿Por qué nunca fuiste?
JULI: No lo sé.
JOSÉ MARÍA: Cuando falleció…
JULI: Yo me quedé en Miami y no viajé...
JOSÉ MARÍA: No iba a decir eso. Cuando falleció, en una caja llena de remedios encontré un papel.  Con el problema en las manos y todo había escrito una carta, era para mí, casi no se podía entender la letra. Ahí puso lo del reloj y la cadena de la abuela, y después decía algo así como que estando vos conmigo ella se quedaba tranquila.
JULI: No entiendo.
JOSÉ MARÍA: Claro, que estando vos yo iba a estar a salvo, que me ibas a proteger y que eso la hacía irse tranquila.
Tiempo.
JOSÉ MARÍA: Mirá, Juli, yo estuve pensando: mejor me la llevo.
JULI: ¿Qué decís?
JOSÉ MARÍA: Me la llevo conmigo, ¿qué tiene?, para vos es un problema que esté acá.
JULI: Eso es una locura.
JOSÉ MARÍA: Me puedo arreglar, si ni siquiera necesito otra cama.
JULI: Hay que soltarla, José, hay que dejarla ir.
JOSÉ MARÍA: ¿Adónde?
JULI: No lo sé, pero hay que soltarla.
JOSÉ MARÍA: Si vino es por algo, nos está queriendo decir algo. ¿Y si está extraviada?  ¿Y si está perdida y muerta de miedo? ¿Adónde va la gente perdida? Suponete que vos tenés un accidente, suponete que estás en una ruta desconocida y es de noche. Estás sola, paralizada por el susto, no sabés si estás herida. ¿Adónde te surgiría llamar? ¿Adónde querrías con más fuerzas volver? A tu casa, con Adrián, con Luquitas, a tu familia. Es lo que a uno le nace por instinto. Sobre todo siendo como era ella, Juli. Somos su sangre. ¿A quién más puede recurrir en este mundo?
JULI: Es que ya no está en este mundo. No se puede retener a los que se van, hay que aprender a despedir, es la única forma de seguir adelante. Yo ya la despedí (a MAMI)  No es que no te quiera y no te extrañe, pero yo te despedí. No podemos forzar al tiempo, no podemos volver a estar como antes…
MAMI de golpe se incorpora y se pone a caminar en círculos.
JULI: Mirala, ¿A vos te parece que está con nosotros?
JOSÉ MARÍA se incorpora, la toma del brazo y camina con ella.
JOSE MARÍA: No lo sé, lo que sí sé es que yo no puedo dejarla así. Vení, caminemos un rato los tres, como cuando íbamos a Traslasierra.
JULI: Eso fue hace treinta años, José.
JOSÉ MARÍA: ¿Y qué hay? ¿Te acordás cuando salíamos de noche por la montaña? Vos protestabas todo el tiempo.
JULI: Porque nunca me gustó caminar, prefería quedarme con Papi.
JOSÉ MARÍA: ¡Dale, vení!
JULI: ¡Por Dios! Agarrados así parecen dos locos de neuropsiquiátrico.
JOSÉ MARÍA: ¡Dale!
Resignada, JULI se incorpora, toma del otro brazo a MAMI. Los tres caminan en círculo.
JOSÉ MARÍA: Tres.
JULI: ¿Qué decís?
JOSÉ MÁRÍA: Que parecemos tres locos de neuropsiquiátrico.
APAGÓN

ESCENA 7

Se escucha ladrar al perro. JOSÉ MARÍA está sentado en la barra de la cocina tomando un vaso de jugo. El perro ladra insistentemente, escuchamos un grito de JULI desde el patio, entra LUQUITAS proveniente de la planta superior, JOSÉ MARÍA se incorpora de un salto.
LUQUITAS: ¿Qué pasa?
JOSÉ MARÍA: No sé. Es tu mamá (levantando la voz) ¿Qué pasó, Juli?
LUQUITAS: Está en el patio.
Ambos salen por derecha corriendo. Ladra el perro, los gritos de Juli, se repiten.
OFF JULI: ¡Por Dios! ¡Sacásela!
OFF JOSÉ MARÍA: ¡Fuera, chicho! ¡Fuera!
OFF JULI: ¡Luqui, llamalo, que la suelte!
OFF LUQUITAS: ¡BLACK, SIT, BLACK! ¡BLACK, SIT!
OFF JULI: ¡Hay por Dios! ¡Atá a ese perro!
OFF JOSÉ MARÍA: ¡Sostenela! ¡Ayudame a llevarla!...
Ingresan los tres trayendo a MAMI. A la altura del hombro izquierdo tiene la manga del saco hecha girones y le falta el brazo. En ese momento se escucha la llave y entra proveniente de la calle ADRIÁN.
ADRIÁN: ¿Qué pasó?
JOSÉ MARÍA: Una desgracia.
JULI (lloriqueando): Black, se desató y cuando yo salí ya le había comido el brazo.
ADRÍAN: ¿Quién sacó a tu madre al patio?
JOSÉ MARÍA: Yo.
JULI: ¡José, te dije que estando el perro Mami no podía salir!
JOSÉ MARÍA: ¡Perdón, no me di cuenta!
ADRIÁN: ¡Qué pedazo de idiota! (acercándose a MAMI, le estudia la herida). Increíble. Se lo arrancó limpito.
JOSÉ MARÍA, corre detrás de la barra y vomita en la bacha de la cocina.
JULI: ¿Y ahora qué hacemos?
ADRIÁN: Nada
JULI (desesperándose): ¿Cómo nada?
ADRIÁN: ¿Qué querés, llamar a un médico?
LUQUITAS: Tiene razón, mamá. No te preocupes porque los zombis no sangran, tampoco sienten dolor.
JULI: ¡Esto ya no da para más! ¡Adrián, cubrile esa herida, por el amor de Diós! ¡Habíamos dicho que no había que sacarla al patio!
JOSÉ MARÍA (recuperado): Ya pedí perdón. ¡No me di cuenta, PERDÓN! ¿OK?
JULI, LUQUITAS Y JOSÉ MARÍA y ADRIÁN se miran, miran a MAMI, vuelven a mirarse.
APAGÓN

ESCENA 8

Medianoche, MAMI, sin el brazo izquierdo, la misma actitud ausente, ocupa el centro de la escena sentada en una silla. Entra ADRIÁN en pijama proveniente de la planta alta, va al mueble en busca de un vaso y la botella de whisky, se sirve. Se escucha del piso superior la voz de JULI.
OFF JULI: Adri, ¿qué hacés?
ADRIÁN: Ya voy.
Al pasar, ADRIÁN observa a MAMI, está por irse pero se vuelve. Está algo bebido.
ADRIÁN: ¿Y? ¿Cómo la estamos pasando, suegrita? Disculpe lo del brazo, les tengo dicho que ese perro de mierda es un peligro (pasea una mirada por el ambiente) ¿Y, le gusta cómo quedó la casa? Parece otra, ¿no? Entre nosotros, estaba muy descuidada, poco mantenimiento. ¡Su marido, la verdad que un vago importante, eh!…
Vigilando que no haya terceros, ADRIÁN va en busca de una silla, la arrastra junto a la de MAMI, la pone al revés y se sienta a caballo. Cambiando.
ADRIÁN: Dígame, doña, ¿vale la pena todo esto? Sentada en una silla toda la noche, tomando frío, acalambrada. El dolor que le debe estar causando esa herida. Usted debe ser una mujer bastante grande (se tienta, lanza una carcajada, casi no puede hablar por la risa) ¡Comer papel! ¡Eso es genial! ¡Es extraordinario! Déjeme adivinar: a que es actriz.  Ahí está: es actriz, quiero decir era actriz. Una actriz retirada, hace años que dejaron de llamarla, sin trabajo, resentida con el mundo. ¿Estoy muy lejos? Entonces la ve a Juli en el noticiero de Canal 12 y se dice: puedo despuntar el vicio de la actuación y hacerme unos pesos. ¿Se le ocurrió a usted sola? ¿Con quién lo planeó? Lo que no me termina de cerrar es lo del parecido. ¡Es notable! Es muy parecida a la finada. Yo casi entro, ¿sabe?, casi me convence (pega su cara a la de MAMI, la agarra del mentón) ¿Hasta cuándo todo este puto circo, doña? Yo a las de su calaña las tengo bien fichadas, ¿sabe las tipas como usted que pasan por el estudio? (cambiando) Bueno, pero no hay que alterarse.
En el siguiente parlamento, ADRIÁN se incorpora, vuelve lentamente la silla que había acercado a su lugar, agarra el bolso con los palos de golf y lo acerca. Busca un palo, lo saca, lo sopesa, se decide por otro. Se para apuntando a la cabeza de MAMI, haciendo los movimientos y tomando distancia. 
ADRIÁN: Repasemos su plan maestro. Qué le diría -usted, yo, el vecino de la vuelta- a alguno de sus mayores ya desaparecidos. Algo que en vida del difunto no consiguió comunicar, o porque no se atrevió o porque lo fue postergando hasta que se hizo demasiado tarde. Pero entonces, de golpe, ¡aleluya!: milagrosa aparición, regreso inesperado, y la posibilidad de saldar esa vieja deuda, de expresar aquello que le quedó AHI…
De pronto ejecuta el golpe, pero lo detiene a centímetros de la sien izquierda de MAMI. La mujer ni pestañea, ADRIÁN la contempla con asombro, pero enseguida se rehace.
ADRIÁN: … que le quedó ahí, decía, atravesado. ¡Una buena idea, una idea excelente! Lástima que uno sea tan poco romántico, que sea tan desconfiado (volviendo a violentarse) Ahora, doña, si no se desangró por lo de ese brazo, si todavía no se mando a mudar y le queda algo de inteligencia, sabrá que en este momento usted es una puta intrusa, a la una de la madrugada, metida en el puto living de mi domicilio. Y si se me antoja, si junto el coraje, yo puedo golpearla ASÍ, ASÍ, ASÍ (con el palo de golf simula golpearla una y otra vez) hasta hacerle puré la cabeza. Después llamo al 911 y elaboro una pequeña historia…
Vuelve a escucharse a JULI desde el piso superior.
OFF JULI: Adri, dale, ¿qué hacés?
ADRIÁN: Ya voy, ya estoy subiendo, amor.
ADRIÁN deja el palo de golf, va hasta el mueble de dónde sacó el whisky y vuelve trayendo un fajo de dinero.
ADRIÁN: Le pido que preste atención porque es única oferta: yo me voy a olvidar esto acá (suelta el fajo sobre la falda de MAMI) Son diez mil pesos en billetes de cien. Usted los guarda, antes de que amanezca sale por esa puerta y no le vemos más el pelo ¿Es un trato? (le agarra la mano y se la sacude) Lo tomo por un sí. Fue un gusto. Ahora si me disculpa tengo que subir.
ADRIÁN  alza el vaso de whisky, apaga la luz y sale. MAMI queda iluminada por una luz cenital. Entonces, tras unos segundos la expresión de MAMI comenzará a cambiar, será una transformación paulatina, sus ojos irán cobrando vida, su expresión inteligencia. Ya consciente, observará el entorno, reconocerá la casa, la manga hecha girones y su brazo faltante, el fajo de billetes en su falda. Se descubrirá sola, mirará al público a los ojos, transmitiendo con intensidad el dolor y el desencanto que le provoca esa realidad, moverá los labios una y otra vez intentando decir algo. Y así, tan fugazmente como sobrevinieron, culminarán esos segundos de contacto. Su mirada volverá a perderse, retornará la expresión ausente, los movimientos de autómata. Entonces, con la mano sana romperá el fajo y comenzará  a comerse los billetes.
APAGÓN


ESCENA 9

JOSÉ MARÍA está tirado en el sofá, pesadamente dormido, entran JULI y ADRIÁN provenientes de la calle. ADRIÁN se sienta en un sillón y abre el diario que acaba de traer, JULI mira la hora, mira a su hermano y vuelve a mirar la hora.
JULI: ¿Cuánto hace que duerme?
ADRIÁN: Salimos a las cuatro, hará unas dos horas y media.
JULI: ¿Qué le diste?
ADRIÁN: Tranquila.
JULI: Adrián, por lo menos, ¿sabés qué le diste?
ADRIÁN: Es un anestésico de cuando operaron al perro, creo.
JULI: ¿Cómo qué creés? ¡Vos sos un inconsciente! Y lo mezclaste con alcohol, sabiendo que él no puede tomar alcohol.
ADRIÁN: (señala el par de porrones vacíos que hay en la mesita): ¡Se lo di con cerveza, Juli, no rompas!
Tiempo.
JULI: Lo que hicimos es espantoso.
ADRIÁN: No lo es.
JULI: ¡No era tu madre!
ADRIÁN: Precisamente, porque no era mi madre.
JULI: ¿Qué querés decir?
ADRIÁN: Que  necesitabas de alguien que pudiese poner la cabeza en frío, que supiese qué hacer. Además te recuerdo que tu madre me morfó un fajo con 10 mil pesos (Tiempo. Cambiando) Estaba pensando, Juli, el próximo fin de semana largo podríamos irnos a Uruguay y si querés lo llevamos a José (JULI no responde) Por ahí conoce un amiguito, se pone de novio y nos lo sacamos de encima por un tiempo (JULI ídem) ¡Dale, Juli, cambiá la cara!
JULI: ¿Y si está intoxicado? ¿Y si no despierta? Además si Luqui lo ve así se va a asustar.
ADRIÁN: ¡Qué obsesiva, por favor! (se incorpora a desgano, sacude a JOSÉ MARÍA) ¡José, José, despertá!
JOSÉ MARÍA se despierta sobresaltado, da un salto del sofá.
JOSÉ MARÍA: Eh, ¿Cuántos hay? ¿Dónde están? ¿Qué pasó? (trastabilla)
ADRIÁN: ¿Estabas soñando?
JOSÉ MARÍA: Uf, me siento terrible, me da vueltas la cabeza. ¿Qué hora es?  (mira los porrones, gradualmente comprende y va sobre ADRIAN) ¡VOS SOS UN HIJO DE PUTA! ¿QUÉ ME DISTE? ¿DÓNDE ESTÁ MAMI?
JULI (se interpone): ¡Pará, José!
JOSÉ MARÍA: Por eso insistía con las cervezas. ¡Tu marido no tiene escrúpulos! ¡Tu marido es una mierda de persona!
ADRIÁN: No es para tanto.
JOSÉ MARÍA: Juli, ¿y vos?... ¡No lo puedo creer!
JULI (sosteniéndolo): ¿Te sentís bien?
JOSÉ MARÍA: ¡No me toques! ¿Adónde la llevaron?
Tiempo.
JOSÉ MARÍA: Te hice una pregunta.
JULI: No daba para más, José, vos lo sabés bien.
JOSÉ MARÍA: ¿Adónde la llevaron?
JULI (con dificultad): Adrián pensó… Mejor dicho, se nos ocurrió que sacándola de la ciudad… a algún lugar… de Provincia…
JOSÉ MARÍA: No iba a poder volver, no la ibas a tener de nuevo acá en la puerta, ¿no es cierto? ¿Adónde la llevaron?
JULI: Por autopista para el oeste. Después tomamos la ruta cinco…
ADRIÁN: La siete
JULI: ¿Cómo?
ADRIÁN: Que tomamos la siete, no la cinco, Juli. Si tomábamos la cinco hubiéramos ido para el lado de Chivilcoy. Pero a tu hermana le agarró una crisis y discutimos.
JULI: Pegamos la vuelta, y mientras volvíamos empezamos a barajar posibilidades más cercanas.
JOSÉ MARÍA (sacado, vuelve a ir sobre ADRIÁN): ¡¿DECIME ADÓNDE?!
ADRIÁN: Al cementerio.
JOSÉ MARÍA (acusa el golpe, lloriquea): ¿Al cementerio?
JULI: La llevamos hasta la entrada. La bajamos  y nos quedamos en el auto para ver qué hacía. Yo dije “si vemos que no sabe para donde ir, si vemos que duda, o que no quiere…”  (JULI se quiebra)  Pensé en lo que habías dicho vos, que a su manera pero que ella igual comprendía. Entonces se quedó parada. Yo sentí que iba a reaccionar, que iba a levantar la vista y que me iba a mirar. Estábamos ahí, apenas a cinco metros de distancia... Pero se dio vuelta y entró.
ADRIÁN: ¡Te juro por la vida de tu hermana y de Luquitas que entró, José!
JULI: Empezó a caminar lento, primero apenas movía los pies y después fue acelerando, cada vez más rápido. Entonces ya no pude mirar.
ADRIÁN: Le dije que nos fuéramos, arranqué el auto y acá estamos. 
Juli va en busca de un vaso de agua, saca de un blíster un ibuprofeno y se lo traga.
JULI: Por favor, ¿ahora necesito que volvamos a la normalidad?
JOSÉ MARÍA (con intención): ¡Sí, sí, volvamos a la normalidad, vos lo necesitás!
ADRIÁN ¡Uy, cortala, José!
Tiempo. Entra Luquitas, va hasta la mesada de la cocina, saca de un paquete una pila de galletitas, se pone una en la boca, se detiene a observarlos.
LUQUITAS: ¿Pasa algo?
JULI: Nada, mi amor.
LUQUITAS: ¿Seguro?
JULI: Seguro.
LUQUITAS: ¿Y la abuela?
ADRIÁN: Tu abuela se fue.
LUQUITAS: ¿Cómo se fue? ¿Adónde?
JULI: Después te explico.
LUQUITAS: Pero si sola no puede ir a ningún lado. Tío, vos dijiste…
JULI: ¡LUQUI, DESPUÉS! 
LUQUITAS acepta a disgusto, va a mirar por la ventana, sigue tragando las galletitas. ADRIÁN vuelve con el diario. Tiempo.
ADRIÁN: Escuchá, José, estábamos hablando con Juli, vamos a alquilar algo el próximo fin de semana largo en Uruguay, ¿no querés venir?
JOSÉ MARÍA: No, gracias.
ADRIÁN: Hacé un esfuerzo, nos va a servir a todos. La podemos pasar bien, en serio.
JOSÉ MARÍA: No me gusta la playa.
Tiempo. Se escucha ladrar al perro.
LUQUITAS: Má.
JULI: ¿Qué pasa, Luqui?
LUQUITAS: ¿Vos te acordás del abuelo Mario?
JULI: Sí, por supuesto.
LUQUITAS: ¿Cómo era?
JULI: ¿Cómo, cómo era? 
Luquitas mira por la ventana en dirección a la puerta de calle. El perro ladra.
LUQUITAS: El aspecto físico, digo, era alto, tenía el pelo canoso, ¿no?
JULI: Sí, ¿por?
El perro ladra más fuerte, JOSÉ MARÍA, ADRIÁN y JULI parecen comprender al unísono, giran la vista hacia LUQUITAS al tiempo que se escucha el timbre.

APAGÓN FINAL

viernes, 24 de junio de 2016

¡Participa y gana!

Cuando esa tarde abrí el sobre y leí “usted es el afortunado” hice un par de pestañeos extra: sin dudas algo a nivel planetario había fallado, un choque de asteroides, un error geodésico a macroescala, algo, porque en ese momento yo no podía ser “el afortunado” prácticamente de nada. La carta impresa en letras grandes acompañaba una caja envuelta y lacrada: la habían dejado en la portería mientras estaba en el trabajo. Leí “en nuestra calidad de empresa acreditada, tenemos el placer de confirmar la selección efectuada por nuestra computadora y anunciarle que está en carrera por el premio mayor”. ¡El premio mayor! Se me escapó una risita nerviosa: desde mi separación de Olivia había tenido que vender la colección de CDs, mi escarabajo Wolskwagen, había perdido el trabajo, vivía en un monoambiente sin muebles del que pronto me iban a desalojar, le debía plata a mi padre, a mi hermana, a mi ex profesor de tae-kwondo; por mejor onda que le pusiera no me veía recibiendo ningún premio mayor. Pero, se sabe, en el acaecer de todo ser humano vivo opera ese mecanismo incomprensible que se da en llamar esperanza, o fe en el mañana, o ilusión por un mundo mejor; en fin, que entonces esa cosa, sin que nadie la llamara, salió de su agujero y de pronto me vi abriendo el paquete lo más contento y lleno de amor por la humanidad. En el interior había una especie de licuadora seis velocidades, pero en la parte de donde debía salir el jarro surgía un cono de goma con forma de sopapa: “inhalador facial para el cuidado de la piel”, decía el folleto. ¿Cómo no lo había previsto? ¿De toda la gama de premios dirigidos a gente selecta como yo, un inhalador facial para el cuidado de la piel no era lo justo y necesario?  Me sentí bien, en armonía con el cosmos, pateé la caja hacia el rincón más apartado y me tiré a dormir en el colchón.
Desde que me echaron de la empresa del padre de mi ex mujer (por razones harto arbitrarias, no tengan dudas) la desesperación y los clasificados me fueron llevando de un sitio abyecto a otro, hasta que al fin aterricé en una oficina oscura y pringosa en pleno Microcentro. Allí, por una paga ofensiva, ofrecían lo que en la jerga de las TIC se conoce como un puesto de data entry. ¿De qué estoy hablando?: un cuartucho rectangular sin ventilación, larga mesa con quince o veinte terminales en las que especimenes poco limpios y menos despiertos ingresan talones de tarjetas de crédito durante nueve horas corridas. ¿Puede haber algo más atrayente? Para los que tienen poca idea de lo que hablo, sin exagerar, a partir de la segunda hora de teclear a velocidad números de seis dígitos empiezan las alucinaciones, a las cuatro horas la espina dorsal se te adormece, se pierde el control de esfínteres y te olvidás nombre y dirección; a partir de la sexta hora las curvas de la actividad neuronal se alisan hasta llegar casi al estado vegetativo. Pero la realidad me decía que no tenía opciones, así que me senté en el hueco vacío y empecé a tipear. Esto fue una semana atrás, así que en esos primeros días aciagos llegaba a casa en estado desesperante, con la única ambición de tirarme en el colchón y desmaterializarme. La caja con el inhalador facial obviamente quedó en el rincón donde había caído y la verdad es que terminé por olvidarla.
 El jueves por la tarde la inmobiliaria me hizo llegar una carta de intimación: debía encontrar un lugar donde dormir si no quería ser desalojado por la fuerza. La situación se complicaba: tomé birome y papel y me puse a pensar en un listado de candidatos al rescate. En estos casos parientes y amigos vaya uno a saber por qué siempre están a punto de mudarse, o tienen visitas de lugares tales como las islas Caimán o la base Vicecomodoro Marambio. Mientras pensaba sonó el timbre, fui hasta la puerta y casi caigo de nuca: allí estaba Olivia, no era otra, después de sesenta días con sus largas noches, otra vez ante aquella criatura sin alma. Su presencia alteró instantáneamente mi sistema nervioso central, aprovechando el saludo intenté morderle el cuello, pero con una ágil flexión Olivia se agachó y pasó por entre mis piernas.
- Seguís fumando porquerías –dijo con aspereza.
¿Cómo hacía para mantenerse tan atractiva? Ante semejante ejemplar de mujer la unidad compleja Patricio Walter Dalmaroni (ese es mi nombre, disculpen si no me presenté) entraba en una especie de block-out: la oficina de gerencia, o sea mi cerebro, la rechazaba, pero el sector de recursos humanos, esto es, mi cuerpo hambriento, la requería como al pan. ¿Qué hacer? La contradicción me hacia avanzar y retroceder como un automóvil en maniobra de estacionamiento.
- ¿Querés sentarte? –dije.
Como no tenía muebles, en un impulso creativo se me había ocurrido dibujar con crayones un sofá de tres cuerpos en la pared opuesta a la ventana, señalé hacia allí: a Olivia no le pareció gracioso. Noté que revolvía en el bolso. ¡Por fin! La culpa había logrado horadar su corazón de piedra. Entraba en razones y como prueba me traía un obsequio para firmar nuestra reconciliación definitiva.
- ¡Tomá! –dijo, agitando un manojo de papeles: eran las liquidaciones de las tres tarjetas de crédito. Sentí un planchazo en plena frente. ¿Dónde quedaban nuestras afinidades, tantos mundos compartidos? Me puse a temblar como un taladro con percutor: no había que ser un genio para entender mi situación financiera. Traté de insultarla pero las palabras por alguna causa extraña no me pasaban de las amígdalas. De golpe mi mente se iluminó:
- ¡Llevátelo! –dije, señalando hacia el rincón donde estaba el inhalador facial.
Olivia fue hasta el aparato y lo alzó. Creo que por primera vez en nuestra corta relación la veía desconcertada. Aspiré el vientito de triunfo:
- ¿Es la circunstancia lo que convierte al ser en la negación del ser? – dije, tratando de sonar filosófico (comprenderán que trababa de reconquistarla apelando a todo tipo de recursos): ella como si volara una mosca. Mi ex se demoró unos segundos más en la inspección del inhalador, lo apretó contra sus pechos inolvidables y sin volver la vista enfiló hacia la puerta:
- ¡Ni se te ocurra llamar! –dijo antes del portazo.
Quedé mal, golpeado, mi vida podía representarse con la clásica postal del barco yéndose a pique en pleno océano: ¿Quién habría sido el creador de una imagen tan vívida? Ahí estaba yo, una joven promesa llena de potencialidades, empezando a tragar agua salada, dando pequeñas arcaditas entre cangrejos y aguas vivas, ahogándome sin remedio.  En la ventana, el sol se puso con un último relumbrón agónico y me sentí un poco peor. Esa noche tuve pesadillas: en la que recuerdo yo era un medallón de merluza, estaba en la góndola de los congelados y los kanikama de golpe empezaban a decir que se nos acercaba la fecha de vencimiento: ¡Vamos a morir, vamos a morir!, gritaban. Se corría el rumor: de la góndola de los “frescos” a la de las “carnes”, de las “carnes” a los “enlatados”, se iba creando la psicosis. Me desperté a los gritos, en calzoncillos y con un nylon en la cabeza, intentando entrar en la heladera.
El sábado a media mañana abrí los ojos con una rara sensación de bienestar, me mantuve un tiempo largo en la cama estudiando el cielorraso. Recordaba algo que había leído en un reportaje al director de cine Roman Polanski: el tipo decía que por la mañana acostumbraba darse una ducha helada, porque después en el resto del día nada peor podía sucederle. ¡Toda una estrategia, no estaba mal! Escuché que alguien se colgaba del timbre:
- ¡Dalmaroni! ¡Dalmaroni! –era la voz de la portera.
Espié por la mirilla: ahí estaba el mamut con un gran paquete entre sus brazos de levantador de pesas. No parecía feliz de haber tenido que subir hasta el departamento. Abrí la puerta y sonreí tratando de sonar amigable: ¿Por casualidad no había visto quién traía el paquete?
- ¡Si usted no sabe quien le envía la correspondencia yo tampoco! –me cortó, brutal. Imposible razonar con un animal extinguido hace doce mil años.
Entré la caja, esta vez era un bulto de buen tamaño. ¡Mi segundo premio! ¿No era maravilloso? Me invadió una alegría pueril, llena de globos, me sentí transportado a mi cumpleaños de cuatro: la expectativa ante los regalos, las velitas, las miradas de odio de mi hermana Carola. En la heladera quedaban los dos últimos pack de cerveza, llevé la caja y la bebida y los deposité sobre el colchón predispuesto a la dicha. Del interior del paquete fue saliendo un juego de varillas, tablitas, raras piezas de madera. “Aprenda las técnicas de nuestros ancestros –decía la carta- haga su propio tapiz con este insustituible telar indígena”. ¡Un telar indígena! ¡Qué tal! ¿Acaso algo mejor me reservaba el destino? ¿Por qué no podía ser yo un tejedor del altiplano? Eran las diez de la mañana, solo, en la cama,  en un estado de completa armonía, me puse a armar el telar indígena. La operación consumió el primer pack de seis latas. De una bolsita acompañante saqué un puñado de muestras de lana y un manual de ejercicios. Al abrir el segundo pack, mientras intentaba insertar sin éxito la lana por entre las varillas, ya era un tejedor puneño, con poncho y sandalias, rodeado de vicuñas y melodías de xicus. Sin necesitar mi ayuda, de golpe las hebras de lana empezaron a moverse y a tejerse solas. Anudado al bastidor de madera por un sutil entramado multicolor, empecé a entonar cantos a la Pachamama, estaba sentado sobre una gran piedra sacramental, en Machu Pichu, a punto de hacer contacto con algún dios extraterrestre. En algún momento los ojos se me cerraron y me dormí.
La llegada del premio siguiente me convenció de que debía aclarar el malentendido. Nadie regala nada en este mundo infame, por lo que era estúpido mantener una situación por la que tarde o temprano tendría que responder. La caja apareció una semana después que el telar, era una  “pulidora manual de pisos de madera” y la carta introducía la novedad de que dos técnicos me harían una visita para explicarme la forma de “armar y mejor utilizar los artículos ya obtenidos”. Intenté llamar a la misteriosa empresa, pero un contestador me fue paseando de opción en opción sin permitirme llegar nunca a una voz humana amiga.
A la noche siguiente, entraba al edificio cuando dos tipos de mameluco blanco y gorra de béisbol me saltaron al paso:
- ¡La empresa le trasmite sus felicitaciones! –se presentó el que parecía ser el jefe, un flaco con barba de dos días y cara de facineroso. Me interpuse para impedirles pasar:
- Mire, caballero, justamente ayer estuve llamando a la empresa...
El tipo no me dejó hablar:
- Amigo, sé lo que va a manifestar, no hay equivocación posible. Permítame ahorrarle excusas, va a decir que no participó de ningún sorteo y la empresa le contesta: Sí que participó, con nuestra empresa todo el mundo participa y gana.
- ¡Participa y gana! –repitió el otro con tonada tucumana.
El jefe aprovechó mi vacilación para apoyar una gran caja de herramientas en el piso:
- Notará que no lo hemos importunado con plantillas adelgazantes, dados mágicos, ni depiladoras sin cera, cada producto es entregado luego de un cuidadoso estudio del  perfil del beneficiado.
Mientras soltaba el espiche, en la cara del tipo se materializaba el juego de tics más elaborado que alguna vez hubiese visto: boca, cejas, comisuras, ojo derecho y hasta las orejas participaban de la coreografía. El otro, mientas tanto, contemplaba a su jefe con arrobamiento. En suma, una pareja de psicóticos y sin saber cómo los tres ya estábamos subiendo por el ascensor. Era una situación para preocuparse, claro, me surgían preguntas inquietantes: ¿Cuánto de azar había en esta historia? ¿Por qué justo a mí? ¿Qué se traían estos tipos? Pero quién me aseguraba a mí que en el tránsito por el camino poceado de esos días no debía prepararme para eso y para mucho más.
Cuando entramos al departamento el de los tics hizo una rápida inspección: la pulidora de pisos yacía junto al telar indígena.
- Veo que ha recibido los productos. ¿Y el inhalador facial?
Recién entonces caí en la cuenta de que al inhalador se lo había llevado Olivia, mis neuronas empezaron a trabajar a velocidad buscando una excusa.
- No se preocupe, de todas formas hoy no vamos a poder ver todo -el flaco entonces chasqueó los dedos- ¡Vaninetti! 
El tucumano coreó “¡Participa y gana!” y se puso a recomponer la galleta del telar indígena. Cuando quise moverme el jefe ya tenía un brazo sobre mis hombros:
- Amigo, no se extrañe si nuestros productos generan en usted cambios de carácter, nuestro equipo de psicólogos lo advierte: la transformación se produce inevitablemente. Me arriesgaría a decir que a partir de hoy usted va a ser un hombre nuevo.
La cara volvió a movérsele con tal violencia que estuve tentado a sostenérsela.
- Escúcheme -dije finalmente, tratando de sonar amigable- estos productos, como usted los llama, a mí no me interesan.
El flaco pareció molestarse:
- ¿No me interesan? Escuchó Vaninetti, dijo “no me interesan”.
El tucumano levantó la vista del telar y sacudió la cabeza con gesto de censura.
- Ni se le ocurra decir “no me interesan”: nuestros productos interesan siempre. Observe esto...–el jefe volvió a chasquear los dedos, al escuchar la orden Vaninetti comenzó a subir y bajar el largo peine de madera por entre las hebras tensadas del telar; transcurrió todo un minuto, como por encantamiento, de entre las toscas manos del tucumano empezó a salir un motivo incaico.
- ¿Alguna vez vio algo más hermoso?
Tuve que reconocer que no.
- Sólo le estamos pidiendo un cambio de actitud -insistió el flaco y volvió a palmearme- Repita conmigo: Cambié mi actitud, soy un hombre nuevo, cambié mi actitud, soy un hombre nuevo...
Repetí obediente. A continuación, los tres nos pusimos a corear ‘cambié mi actitud, soy un hombre nuevo’. Por un momento temí que nos tomásemos de las manos para invocar a algún santo desconocido, patrono de los telares o algo por el estilo. En síntesis, los tipos se quedaron cerca de dos horas, lapso en cual el hábil Vaninetti hizo tres fundas para almohadones, dos tapices y una agarradera para fuentes de cocina, después se fueron por donde llegaron.
Los días posteriores no continuaron mejor: el miércoles por la mañana volvieron los tipos de la inmobiliaria y casi tiran abajo la puerta. Los espié por la mirilla, estuvieron cerca de una hora hasta que se cansaron y se fueron. Entendí que la cosa había superado el punto de no retorno, soy una persona con poca iniciativa, me cuesta tomar decisiones, me paralizan los cambios, pero ahora tenía que hacer algo urgente: decidí ir a ver a mi padre. Mi padre es el tipo más positivo que conozco, luego de separarse de mi madre volvió a confiar en el matrimonio y rehizo su vida junto a Sarah, una vasta y atractiva judía que conoció en un grupo de solos y solas. Papá y Sarah, las tres hijas de ésta, una mucama yugoeslava, y dos perros siberianos viven en animada congregación en un departamento del barrio del Once. Almorcé con ellos y en el momento de la sobremesa llevé a mi padre aparte:
- Papá, necesito un lugar donde dormir –le dije. Mi padre me miró en silencio con sus ojos bienhechores. Es notable como la relación con nuestros padres en algún momento cambia y ese hombre otrora invulnerable empieza a dormirse en la silla, te habla de mujeres, se emborracha y ya nunca más puede velar por vos como cuando eras niño.
- Me ponés en un aprieto -dijo con una sonrisa mansa- hasta octubre en que se casa Marcela y se lleva uno de los siberianos, lo único que puedo ofrecerte es la baulera de la terraza.
- No te preocupes, tengo otras opciones –lo tranquilicé.
Otras opciones, pensé más tarde mientras volvía en el subte, la más fuerte un salto ornamental desde el puente Avellaneda.
Cuando llegué al departamento me encontré un mensaje en el contestador: era Olivia, me citaba en un café del centro para tratar un tema legal. Bajé a la portería y le pedí al mamut una plancha: me bañe, perfumé y planché mi mejor camisa. Cuando llegué al bar, allí estaba mi ex en una mesa de la vidriera con un tipo:
- Willy es mi abogado –dijo Olivia, y agregó con un suspiro –estamos saliendo.
Por la cara de ganador olímpico del tipo y la expresión de languidez de Olivia, se notaba de acá a la China que ya habían realizado “el acto”. El tipo tenía pelos en el cuello, en las orejas,  en las manos, era una especie de orangután con corbata y gemelos, intenté por señas hacérselo notar a Olivia, pero fue imposible. Se besaron todo el tiempo en que duró la entrevista. En un momento, con tono profesional, el tipo me aconsejó firmar cuanto antes el divorcio y de esa forma evitar una causa penal por lo de las tarjetas de crédito.  
Al salir del bar pensé que debía tomar las cosas con filosofía: el suicidio de ninguna manera era una opción, uno debe suicidarse sólo cuando llega a su techo, al cenit de sus posibilidades, de lo contrario es quedarse a mitad de camino. La pregunta era cuánto faltaría para alcanzar ese puntaje. Anduve algunas horas caminando sin rumbo, de golpe se me puso en la cabeza que los tipos de la inmobiliaria estarían esperándome en la puerta de mi casa para emboscarme. Era una noche serena, iluminada por una luna intensa y redonda, di vueltas manzana con la idea de esperar por lo menos hasta la medianoche, pero enseguida me dije que era una estupidez. En la entrada del edificio no había nadie, al subir escuché un sonido penetrante, una especie de zumbido agudo, pensé que el motor del ascensor tal vez necesitara un service. Cuando abrí la puerta del departamento me invadió la niebla y tuve que taparme los oídos. ¿Qué estaba sucediendo? Por entre la nube de polvo logré reconocer la silueta del flaco de los tics, llevaba un barbijo y unas antiparras de expedicionario al Polo Norte, al percatarse de mi llegada se me vino encima:
- ¡Cómo le va, amigo! Aprecie la pulidora de pisos en funcionamiento.
Vaninetti aplicaba el aparato en el parquet: el piso, las paredes, los vidrios de la ventana, el colchón y las sábanas, lo que mirase estaba cubierto por una capa de aserrín y cera pulverizada que se elevaban de la máquina en alegres volutas. El zumbido taladraba los tímpanos. El tipo no cabía en su cuerpo del entusiasmo:
- ¿Y, qué me dice?
Intenté hablar pero la garganta y la nariz empezaron a arderme, me puse a toser y a estornudar como un descosido.
- Tome, póngase ésto –dijo, alcanzándome un barbijo- Es una técnica sencillísima. ¡Vaninetti ayúdelo!
- ¡Participa y gana! –coreó el asistente y entregándome la máquina se ubicó a mis espaldas y me agarró por los hombros para que lograra la inclinación adecuada. Me faltaba el aire, temblando por la vibración del aparato flexioné las rodillas tratando de zafarme, pero el tucumano como un foward experimentado se me prendió a la cintura con fuerza. En medio del forcejeo, escuché la débil chicharra del portero eléctrico.
- ¡No atienda! –conseguí articular.
- Tranquilo –dijo el flaco- no es más que la promoción de la semana, el premio que lo deposita directamente en la recta final por el máximo galardón. Discúlpenos un momento...
Vaninetti y su jefe de golpe desaparecieron. Era mi oportunidad. ¿Dónde estaban las llaves? Busqué en los bolsillos, en el forcejeo con el asistente se podían haber caído, me arrodillé, tanteé  por entre el polvillo. Los estornudos no me dejaban pensar. ¿Se las habrían llevado para abrir abajo? Si no podía cerrar, al menos debía trabar la puerta con algo, pero con qué si no tenía muebles. Fue inútil: al instante ya estaban de vuelta cargando la enorme caja de la promoción de la semana.
Por entre los tics, la expresión del jefe ahora denotaba un arrebato alarmante:
- Observe –ordenó-: un soberbio bote inflable semidirigible, caucho de diez micrones, motor de doscientos caballos, ideal para navegación deportiva. ¿Qué me cuenta?
Pensé en simular un ataque de locura, ponerme a aullar, a correr en cuatro patas, cualquier cosa que los obligara a huir, pero de golpe la garganta se me cerró y se me aflojaron las rodillas.
- ¡Vaninetti, ayude, no ve que el amigo está emocionado!
El asistente me abarajó antes de que cayera. Con la pulidora todavía entre las manos, me dejé llevar: me acostaron en el piso y me levantaron las piernas. Habían sido demasiadas emociones juntas, tal vez estaba somatizando, traté de relajarme recordando los ejercicios de las clases de tae-kwondo: debía pensar en una playa desierta, focalizar mi cuerpo flotando en un agua densa que iba cambiando de color. Poco a poco fui recuperando el aliento, entré en un estado de sopor: como en la lejanía escuché voces, golpes y sonidos metálicos, después un gran silencio.
Dormí profundamente, tuve un sueño cargado de angustia: esta vez yo era un verde ensolve, estaba con mis compañeros en el interior de un lavarropas trabajando en una camisa y de golpe por entre el agua blancuzca divisábamos a una avanzada de jabones inteligentes. Los verdes ensolve y los jabones inteligentes en el sueño eran enemigos mortales. Debíamos organizarnos para entrar en combate, yo sentía terror, alguien me alcanzaba mi arma, una especie de jeringa hipodérmica con mira telescópica, pero la rechazaba y me negaba a pelear; en fin, la batalla se producía y triunfaban los verdes en solves y a mí me condenaba un tribunal de guerra, debían fusilarme, pero por una u otra razón la ejecución siempre se postergaba.
Cuando abrí los ojos creí que estaba muerto, la oscuridad era casi absoluta, moví lentamente la cabeza y sentí un centenar de agujas clavándoseme en la nuca, por la ventana entraba un débil albor gris, me dolían las piernas, la espalda, estaba en el piso. Como un inmenso cetáceo dormido el bote inflable ocupaba las tres cuartas partes de la habitación, al rodearlo tropecé con un remo, el departamento era un campo de batalla abandonado. Fui hasta el baño: el pelo, la cara, la ropa, los tenía cubiertos de polvillo, que con el sudor se había convertido en una especie de máscara de barro pardusca y seca. Intenté lavarme pero el mínimo movimiento me provocaba mareos. ¿Estaría enfermo? Traté de recordar cuándo había sido mi última comida, tal vez era eso lo que me provocaba la debilidad. Necesito un tostado, razoné, un café con leche con seis medialunas. Entonces escuché los ruidos en el palier.
- ¡Dalmaroni, acá los señores de la inmobiliaria y un uniformado preguntan por usted! -era la voz de la portera.
- ¡Sabemos que está adentro! –agregó otra voz.
- Por favor, sea razonable...
Volví lentamente del baño, la luz que ahora entraba por la ventana aumentaba la magnitud del desastre: debía andar con cuidado para no caerme. ¿Que fuera razonable? ¡Si yo era razonable! Debía acomodar, barrer cuidadosamente, incluso si no me desmayaba debía bañarme, cambiarme de ropa y perfumarme si quería dejarlos entrar ¿No era eso razonable? Fui hasta la mirilla y volví, alcé la pulidora, me subí al bote y me senté en el asiento de popa, junto a la palanca del motor. Era absolutamente razonable, y como era razonable lo que necesitaba era tiempo para pensar: complicaciones, una mala racha podía tener cualquiera; por lo demás, si pensaba en los premios recibidos, si pensaba en que todavía faltaba el galardón mayor, ¿acaso no había sido afortunado, un elegido entre mil?  Y cuando uno es afortunado se vuelve magnánimo, se vuelve mejor persona...
- ¡Abra Dalmaroni, no nos obligue a tirar la puerta!

Como decía el flaco de los tics: “un hombre nuevo, con otra actitud”, entonces por qué no levantar el teléfono y llamar a Olivia y al orangután, llamar a mi padre, a Sarah, a mi hermana Carola. No sé, por qué no abrir la guía y llamar al azar: ¡Vengan, los invito! A la portera y a los de la inmobiliaria, a la Policía y a los tipos de los premios, todo es posible cuando uno es un hombre nuevo, con otra actitud. Y conformar un grupo alegre y relajado, abrir la ventana y cargados de ilusiones, con fe en el futuro y tan felices, salir a navegar en la mañana de sol,  en el bote inflable semidirigible, con motor de doscientos caballos, de caucho de diez micrones…