domingo, 7 de junio de 2020

Taller de Guapo Iturralde Hermanos


La ocurrencia nació del chico de los Smith. El chico de los Smith había llegado de un viaje por Europa con la familia y le estaba contando anécdotas -estaban los dos sentados en el patio encalado de la pensión-, decía que en ciudades como Berlín o Amsterdam a la gente se le daba por hacer cursos y aprender sobre cualquier cosa, que se dictaban talleres de lo que a uno se le ocurriera. De golpe el muchacho se interrumpió y abrió grande los ojos: “Don Iturralde, si usted necesita tranquilamente puede abrir el suyo”

El chico Smith vivía en la única casa decente de la manzana, el padre, conocido suyo de sus años mozos, era el dueño del inquilinato y al hijo le gustaba merodear por la vieja casa chorizo y asistir a las rondas de mate cuando él y los demás se juntaban en el patio.
“Usted debe ser uno de los últimos guapos vivos. Ni lo dude, alumnos va a conseguir –insistió el chico. Le dijo que para las clases él podía pedirle a su padre que le permitiera usar la habitación del frente que estaba vacía.

A Iturralde le gustaba el desparpajo con que lo trataba el muchacho, los demás cuando se dirigían a él siempre lo hacían midiendo las palabras. Encendió el cigarrillo y no le respondió. La verdad sea dicha, necesitaba el dinero, había tenido una vida demasiado trajinada para su gusto y en el último tiempo casi no le quedaba resto.

Infancia de canillita, trabajador del puerto, empleado de seguridad del Concejo Deliberante, dos matrimonios para el olvido, asiduo concurrente a la milonga, algún que otro entredicho con la autoridad por alteración del orden y fama de diestro con el cuchillo; Iturralde ya tenía sesenta y ocho y si no inventaba algo pronto corría el riesgo de engrosar la nómina de clientes de la asistencia pública.

El chico de los Smith se apareció a la tarde siguiente y le preguntó si había pensado en su idea. Le contestó que sí. “¿Y qué nombre le va a poner?”. “¿Taller de Guapo Iturralde?”. “Póngale Taller de Guapo Iturralde Hermanos, tiene otro vuelo”.

El muchacho también lo ayudo a confeccionar unos folletos. Sin mucha expectativa, Iturralde los repartió en los bares y las whiskerías de los alrededores de la plaza Defensa. Los bolicheros, que lo conocían bien, al principio lo miraron con sorna, pero ante el gesto gélido del malevo bajaron la vista y ofrecieron el lugar destacado de la vidriera para pegar las publicidades.

Iturralde decidió organizarse: el paso siguiente era conseguir una libreta, una birome y pensar en algo parecido a una propuesta pedagógica. Esa tarde al guapo no se lo vio por el patio, encerrado en la pieza apagó la radio, se tiró en la cama y mientras mordisqueaba sin ganas unos bizcochos de grasa, se puso a pensar.

En el metier del guapo no había teoría, más bien todo era acción y él contaba con no poca experiencia. En el puerto había aprendido el manejo de la daga y de la época de guardaespaldas había participado en por lo menos una docena de entreveros -en ninguno, por suerte, con muertes que lamentar. Luego, hasta donde le llegaba la memoria, su vida había estado marcada por la rígida ética del coraje, donde la austeridad en el decir, el pulso firme y el optar siempre por el bando de los desvalidos, eran piezas importantes.

Yendo a lo concreto, se dijo que para comenzar cada clase podía proponer unos diez giros al trote alrededor de la pieza, luego unas lagartijas y luego comenzaría a desarrollar su programa teórico-práctico que tentativamente podría dividir en: Indumentaria básica del guapo (Bolilla 1); La mirada (Bolilla 2); Cómo ingresar al boliche y de qué forma pedir la ginebra (Bolilla 3); Cómo prender el cigarrillo y el escupitajo de costado (Bolilla 4); El juego de la seducción en la milonga y rudimentos del baile (Bolilla 5); Identificación del rival y la provocación a la pelea (Bolilla 6) y El desenfunde de la daga y rudimentos de su uso (Bolilla 7)

Con eso había suficiente como para un primer cuatrimestre y más adelante iría adentrándose en cuestiones más avanzadas.

En los tres días subsiguientes Iturralde consiguió cuatro alumnos. El primero, que se presentó temprano por la mañana en la puerta de la pensión, era un bibliotecario lector del escritor Jorge Luis Borges, que –según dijo- “buscaba pasar por el cuerpo la adrenalina, los miedos y las contradicciones del cuchillero de las orillas”. Raros hay para todos los gustos, pensó el guapo, pero quién era él para juzgar las motivaciones ajenas.

El segundo, un policía retirado que extrañaba su trabajo y necesitaba mantenerse lejos de su hogar el mayor tiempo posible, la tercera era una mujer bajita y muy nerviosa que buscaba obtener técnicas para lidiar con sus dos hijos adolescentes. Y el cuarto –el guapo lo había visto venir- el impulsor del proyecto y su seguidor incondicional, el chico de los Smith, al que -por desgracia- no podría cobrarle los cuarenta pesos de cuota.

Ya con los primeros candidatos confirmados tuvo que moverse con premura: el Taller de Guapo Iturralde Hermanos iría los martes de diecinueve a veintiuna comenzando la semana siguiente. El guapo consiguió que Smith padre mandara a dos grandotes que le vaciaron de muebles la habitación del frente, barrió el piso de pinotea, le puso un tapete en el medio y llevó el Winco con su colección de discos de D´Arienzo para las lecciones de milonga.

Así comenzaron las clases. El chico Smith enseguida se transformó en su alumno más aventajado, la mujer bajita resultó una buena bailarina de tango canyengue y al bibliotecario se le bajó la presión la primera vez que Iturralde le puso en las manos su famosa daga arbolito con mango de plata.

En el ensayo de la incitación a la pelea, el ex policía se le fue encima intentando conectarle un golpe de puño. Iturralde interrumpió la acción en seco: “El guapo nunca boxea a su rival, a lo sumo le da un sopapo de revés -gesto con el que da a entender desprecio- y enseguida desenfunda”.

“¿Y el duelo con cuchillo es a muerte?”, se interesó la mujer bajita. “Aunque existen y han existido siempre duelos a muerte, en la pelea por lo común se hiere buscando no interesar órganos vitales –explicó el guapo- Y con la primera sangre los rivales se dan por satisfechos, el desafío queda saldado y el ganador invita a una ronda de ginebra para todos los presentes”. El chico de los Smith tomaba apuntes.

A los alumnos fijos Iturralde comenzó a agregar algunos ocasionales: turistas chinos o alemanes que –como parte del paquete de atracciones del barrio de San Telmo- asistían a una clase, se subían a una combi y desaparecían para siempre.

La presencia de estos foráneos –a los que igual daba un plato de rabas de las cantinas de la Boca, el puente Zárate Brazo Largo, o su invaluable oficio- a Iturralde lo sacaba de quicio: entendían poco y nada, distraían al resto y -sobre todo los de raza amarilla- cortaban los momentos más intensos para sacar fotos absurdas. Pero, claro, pagaban al momento y en dólares.

Aunque todo aquello, en definitiva, había nacido de una conversación y de su necesidad económica, el guapo comenzó a experimentar una serie de emociones encontradas: sentía que le gustaba enseñar, que esperaba semana a semana el contacto con sus alumnos y al mismo tiempo se preguntaba si eso no lo hacía menos hombre. La vida dura que le había tocado en suerte, su instinto de supervivencia y los prejuicios de una época, quizás no habían permitido siquiera plantearse disparate semejante: una carrera docente. Pero los tiempos habían cambiado y ese presente vertiginoso y confuso en el que el guapo por momentos se sentía un dinosaurio, tal vez ahora ayudaban.

Además había algo importante a tener en cuenta: sus alumnos respondían. A la tercera clase la mujer bajita vino con la noticia que tras una de sus habituales disputas familiares, con un par de inofensivos puntazos en brazos y glúteos había conseguido que sus dos hijos adolescentes se fuesen a bañar sin hacer escándalo. Era muy bueno que su labor tuviera un correlato práctico en la vida diaria.

Con el taller Iturralde también observó algunos cambios de hábito: comenzó a sentarse a su mesa del bar ‘El Federal’ a corregir las pruebas escritas. Ese era su momento de solaz, y todos sabían que no podían acercarse ni hablarle hasta que terminase de poner las notas.

Pero una felicidad y una armonía plenas y extendidas en el tiempo nunca habían combinado con la vida de Carmelo Leoncio Iturralde. Una tarde de viernes, mientras seleccionaba la lista de tangos para la próxima clase, se apareció el chico de los Smith agitando un papel en la mano. Iturralde leyó: “Taller de Guapo Comesaña SRL, con la incorporación de técnicas orientales extraídas del kung fu y la disciplina samurái. Duelos a primera sangre, milonga y cumbia orillera. Oferta promocional 30 pesos”.

“¿Lo conoce?”, inquirió el muchacho. El guapo no respondió. Comesaña, claro que lo conocía, se había cruzado un par de veces con el sujeto, era un compadrito bastante pendenciero de Barracas y en San Telmo estaba claramente fuera de jurisdicción.

No quiso implicar al chico de los Smith: “Seguramente es una broma, olvidalo, pibe”. “No, Don Iturralde, es la pura verdad. Por la dirección es el local que estaba en alquiler al lado de la despensita ´Los chilenos´, pasé recién y está dando clases. Tiene tres alumnos”.

“Y bueno -suspiró el guapo mientras descolgaba el saco del perchero- si aquella era la intención el mensaje había llegado a puerto: ese era su barrio y esa su rama de la enseñanza, la provocación se había puesto en marcha y justamente él no iba a esquivar el bulto”.

A paso decidido el guapo cruzó la plaza rumbo a la nueva escuela. El chico de los Smith lo seguía unos pasos por detrás.“Don Iturralde, ¿qué piensa hacer?”. “¿Y a vos qué te parece?” Le respondió casi con desprecio.

Cuando Iturralde entró al local supo que el otro lo estaba esperando. Ante la inminencia de problemas los alumnos pasaron a su lado y evacuaron a paso rápido. Comesaña conservaba la expresión feroz y el porte temible que recordaba. “¿Qué decís, Iturralde, venís a inscribirte?”, lo recibió con tono zumbón.

El guapo no estaba para prolegómenos, dio dos pasos largos hacia el otro y sacó la daga. “¡Epa que estás apurado, che, pero te quedaste en el tiempo!”, dijo el de Barracas, al tiempo que hacía un movimiento de manos veloz a la parte trasera de la cintura. Entonces el guapo vio surgir ese objeto estrambótico, eran dos palos gruesos y lustrosos unidos por una cadena que el malevo visitante hacía saltar de una mano a la otra y que giraba en el aire como una endiablada aspa de ventilador.

“¡Don Iturralde, cuidado, es un nunchaco chino!”, escuchó a sus espaldas al chico de los Smith. “¡La puta con los amarillos –se dijo- primero lo de las fotos en clase y ahora esto!”. Pero no debía ponerse dramático: se enfrentaba, sí, a un rival feroz que utilizaba armas no convencionales, pero si había llegado su hora y entregaba el alma, lo haría en su ley: resuelto y acometiendo y –en una de esas- sumando una última bolilla a su programa de estudios: el guapo debe vivir y debe morir defendiendo sus sueños. “¡Comesaña!”, aulló antes de la primera estocada.

sábado, 25 de abril de 2020

Vallejo por Bartolo


Como toda historia de ovnis, esto comienza en una ruta vacía y de noche. El 29 de enero de 2003, mientras regresaba de unas vacaciones en Alta Gracia, el matrimonio Mir divisó una rara luz en el cielo. Era una noche despejada, por un camino que se abría entre el llano y leves ondulaciones montañosas moteadas de manchas oscuras. La pequeña luz al principio bien podía haber sido cualquier cosa: un satélite, una estrella fugaz, incluso una luciérnaga mutante.

Juancho Mir se lo hizo notar a su esposa Marga. Ella le preguntó si las luciérnagas mutantes existían y en caso de que así fuese si él había visto alguna, y su marido le respondió que sí existían, pero que desde sus años de soltero que no había vuelto a verlas porque estaban casi extinguidas por las fumigaciones.

En algún momento la luz pareció quedarse estática y después comenzó a hacer cabriolas, zigzags y tirabuzones a corta distancia de la ruta. Los Mir se detuvieron al borde del camino para contemplar el fenómeno, pero Bartolo, el bulldog enano de la familia que iba en el asiento trasero comenzó a ponerse ansioso y a ladrar.

La pareja volvió al auto, siguieron camino y por unos kilómetros nada sucedió. O nada dentro de la anormalidad que estaban viviendo, porque pasaron Oncativo, pasaron Tío Pujío, pasaron el cruce de Villa María y la luz continuaba ahí, escoltándolos, imperturbable. A veces desaparecía detrás de un montecito para reaparecer al cabo de un rato.

Marga, que era una aficionada a los libros de Fabio Serpa, comenzaba a preocuparse, pero Juancho la tranquilizó sosteniendo que con seguridad se trataba de un avión comercial en plena travesía Bolivia – Buenos Aires. ¿Qué clase de avión comercial consigue esos giros bruscos, esos ascensos y caídas en picada? “Antes que un avión es más probable que sea alguna de tus luciérnagas mutantes”, protestó ella.

Los Mir eran un matrimonio joven y sin hijos, Marga trabajaba de administrativa contable en la empresa de transportes familiar y Juancho era profesor de lengua y literatura en dos colegios secundarios. Habían adoptado a Bartolo y vivían tranquilos y felices en la ciudad bonaerense en la que habían nacido, y –para ser sinceros- no se los notaba muy alarmados con el fenómeno al que estaban asistiendo.

El objeto luminoso de pronto se les adelantó, se detuvo y comenzó a acercárseles. Era bastante grande, del tamaño de una combi de pasajeros de nueve plazas pero con la forma de una provoleta levemente oblonga. Marga abrió la guantera del auto y sacó unos binoculares que había llevado para el viaje. Vio que tenía una hilera de ventanas y que había figuras detrás de los cristales.

Estaban a un kilómetro de la localidad de Amstrong, donde debían detenerse a desayunar y a cargar nafta y entonces sucedió: la nave se ubicó encima del vehículo y lentamente comenzó a descender hasta casi posárseles en el techo. Entonces sintieron la vibración y oyeron ese ruido, era un zumbido progresivo, como el de la aspiradora que la madre pasa en la habitación de su hijo y que se acerca a la cama donde este la escucha tapado con las frazadas hasta las orejas.

Marga y Juancho se miraron para comprobar que ambos efectivamente estaban viviendo lo mismo y, justo en ese momento, el mundo se volvió gomoso, el aire se espesó, los párpados comenzaron a pesarles y con el auto en plena marcha, sin siquiera bajar un cambio, cerraron los ojos y perdieron la consciencia.

Al despertar -los dos al mismo tiempo y de un sacudón- Marga tenía una medialuna mordida en la mano derecha, el tanque de nafta marcaba lleno, habían pasado el cruce de Alcorta y les faltaban veinte kilómetros para la ciudad de Colón.

¿Qué sucedió? ¿Habían parado en el Automóvil Club, retomado la ruta, viajado ciento sesenta kilómetros -unas dos horas de camino- sin haberse anoticiado? ¿Era eso posible? ¿Y el ovni? Buscaron en el techo del auto, en el cielo azul marino: se había esfumado.

Juancho y Marga viajaron un trecho en silencio, la mujer iba a decir algo cuando desde el asiento de atrás se escuchó:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…”

Era Bartolo, el perro, que fijando una mirada triste en el paisaje recitaba con voz clara y grave. El texto era un clásico del poeta chileno César Vallejo, Juancho lo reconoció.

¿Qué estaba pasando? Ahora sí la mujer tuvo una breve crisis de llanto que enseguida consiguió dominar, luego ambos intentaron derivar la atención, hablaron del trabajo, de la nueva mujer del padre de Marga, y a continuación volvieron al silencio hasta llegar a la casa.

Arribados a la ciudad, cuando finalmente giraron en la esquina y se estacionaron frente a su chalet, a los Mir los esperaba otra sorpresa: allí estaba, con las luces apagadas y estacionado en el fondo del garaje descubierto el ovni con aspecto de queso. Tras el enigmático agujero espacio-temporal de la ruta, los navegantes de alguna forma habían conseguido la dirección del domicilio, se les habían adelantado y ahora allí estaban aguardándolos.

¿Qué debían hacer? Lo debatieron en la cocina sin atreverse a encender la luz. Se sentían confundidos pero al mismo tiempo ambos eran dos mentes modernas, sedientas de experiencias. Descartaron llamar a la policía. “Quizás habría que invitarlos a pasar, luego de semejante viaje por ahí quieren ocupar el baño”, propuso la mujer.

Mientras Marga espiaba por la ventana, Juancho salió al garaje, recordaba la señal de la película de Spielberg y por las dudas la hizo antes de golpearles la escotilla. Descendieron dos seres delgaditos y cabezones, de baja estatura, con grandes ojos negros de mosca, boca y nariz diminutas, el modelo estándar de las postales de extraterrestres.

Por señas, Juancho los invitó a pasar primero al living y luego a la cocina. Marga les preparó unos sándwiches tostados de jamón y queso. Con su apego a los libros de ufología, estaba fascinada con la posibilidad de albergar a seres de otra galaxia. Los hombrecitos no hablaban pero cada tanto se echaban miradas significativas, evidentemente se estaban comunicando por telepatía.

Luego del flan y del café, con espontaneidad Bartolo recitó otro poema de Vallejo. Juancho se preguntó cómo habían hecho los visitantes para dotar al perro de esa facultad y por qué únicamente obras del poeta chileno, siendo que la generación del 38 había sido pródiga en otros nombres, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, el mismo Jorge Luis Borges. Pero se sentía exhausto, lo mismo que Marga luego de un día cargado de emociones, así que se fueron todos a dormir.

Al día siguiente, muy temprano, los Mir decidieron cubrir la nave con una lona grande de la flota de camiones de la empresa familiar. Era un barrio de curiosos y lo mejor era la discreción, por lo menos hasta que decidieran qué hacer con las visitas. “Yo no me atrevo a decirles que se vayan”. “Yo tampoco”, coincidía Juancho.

Esa tarde la mujer les pidió la ropa sucia para poner en el lavarropas -llevaban una especie de monos al cuerpo de una tela brillosa que semejaba la piel de un reptil. Los alienígenas se negaron. Aunque no hablaban, a Marga le parecía que tanto ella, su marido, como Bartolo, a los hombrecitos les resultaban simpáticos.  Juancho, a quien le interesaba la mecánica y la electricidad del automotor, logró que le mostraran el sistema de encendido de la nave.

Cuando a la tarde siguiente la mujer fue al mercado, para que cayera como algo natural en el barrio comentó que con su marido se habían decidido a adoptar. Juancho la amonestó por decir semejante mentira. “Se sabe que una mentira invita a otra, hasta hacerse una bola imparable”, protestó. La mujer le rogó, “¿no lo veía? Lo que estaban viviendo era una oportunidad única.

Finalmente prevaleció el criterio de Marga. A la semana siguiente comenzaban las clases y los Mir inscribieron a los hombrecitos en cuarto grado de la escuela normal número 3 (por la estatura tranquilamente daban dos chicos de 9 años) La mujer presentó dos certificados fraguados y los anotaron bajo los nombres de Martín Eduardo y Nicolás Patricio, los mellizos Mir.

En el tiempo que siguió, Marga, Juancho y los alienígenas adoptaron la apariencia de una familia común, parecían felices, se los veía salir de picnic al parque municipal, iban a cenar o a saborear cucuruchos helados en la peatonal del centro. Bartolo, ahora con un carácter mucho más reflexivo y dedicado de lleno al recitado, los aceptó con relativo cariño.

Pero cumplido un mes de clases un suceso desafortunado precipitó los acontecimientos: los hombrecitos habían organizado una pijamada, fueron cinco compañeritos a la casa y Magda, al abrir la puerta de su cuarto, se encontró a los invitados -dos nenas y tres nenes- completamente desnudos y a los hombrecitos palpándolos. Corrió espantada a avisarle a su marido. “¡Te dije que era para problemas!”“¡Quizás solo los estaban estudiando!”“¡Ah, sí, andá a explicárselos a los padres!”, se ofuscó el hombre. Aunque ya era la hora de la cena, Juancho sacó el auto y fue a llevar a los niños a sus respectivos hogares.

Cuando volvió, sentó a los alienígenas a la mesa de la cocina y tuvieron una conversación áspera. Como los hombrecitos no emitían sonido en realidad se lo escuchó solo él. En síntesis les dijo que no sabía ni le interesaba cuáles eran sus hábitos, pero lo que habían hecho allí, si era lo que él imaginaba, constituía un delito gravísimo que se pagaba con la cárcel. Los hombrecitos se miraron, Juancho interpretó que con un brillo de sarcasmo y sin poder controlar la rabia los mando al cuarto sin cenar.

¿Y ahora qué?, se preguntaron esa noche los Mir, mientras comían el pollo recalentado en la cocina. ¿La idea de convivir con dos seres tan distintos había obedecido a una fantasía ingenua? ¿Al impulso ciego a transgredir? ¿Al deseo inconfesado de ser padres? No sabían qué pensar. Fue en ese momento que sintieron la vibración y volvió a producirse el sonido temible -de fondo escucharon la voz de Bartolo, que desde la cucha hacía el recordado “A mi hermano Miguel”, de Vallejo en versión cantada por Mercedes Sosa- luego el zumbido de aspiradora creció, creció, hasta que volvieron a perder la consciencia.

Cuando despertaron los pequeños extraterrestres y la nave brillaban por su ausencia. En la casa faltaban algunos objetos: unos zapatos de taco, un pomo de dentífrico, dos calzoncillos, un viejo carnet de socio del Club Ambos Mundos, un Don Valentín lacrado a medio consumir, nada de importancia. Pero lo más grave los esperaba cuando encendieron la radio: estaban a viernes 6 de septiembre de 1997, o sea, habían retrocedido seis años en el tiempo.

¿Cómo era eso? ¿Por qué había sucedido? Ahora sí decidieron ir a las autoridades, se contactaron con el Departamento de Objetos Voladores No Identificados de la Fuerza Aérea Argentina, se trasladaron hasta un edificio imponente en Buenos Aires, donde los entrevistaron y los hicieron volver en varias oportunidades para aclarar detalles de la historia. Redactaron un grueso informe al que titularon “El caso Mir/Bartolo” y luego nunca volvieron a llamarlos.

La vida completa del matrimonio Mir–y esto es más que comprensible- experimentó un sismo: Juancho prácticamente comenzó su carrera docente de nuevo y Marga regresó a su quinto año perito mercantil. Como pareja dejaron de estar casados y volvieron a la segunda o la tercera salida de novios. El mundo parecía no darse cuenta de nada, era seis años más joven y -salvo ellos dos- disfrutaba con alegre inconsciencia.

Les sucedía algo particularmente frustrante, cuando en la sobremesa de un almuerzo en familia o en una salida con amigos salía el tema de las experiencias con extraterrestres, todos parecían coincidir en que estas eran posibles, pero cuando ellos intentaban introducir la suya y lo del salto que los había traído del futuro, la mitad espiaba sus copas y se reía y la otra mitad los contemplaba con lástima.

¡Y ellos contaban con pruebas, con cientos de pruebas para apoyar sus dichos! Podían nombrar a los próximos campeones en los mundiales de Francia y Corea del Sur, o describir la crisis económica inédita que viviría la Argentina en tres años, o los atentados de las torres gemelas, o los presidentes que asumirían en el país. Pero no había caso, por más que se esforzasen nunca les creerían.

Por esos días Marga consiguió la dirección de una hipnotizadora, fue sola porque Juancho no quiso acompañarla. Cuando la mujer le hizo fijar la vista en el péndulo y se durmió, rápidamente la asaltaron imágenes fragmentarias del suceso de la ruta: vio a Juancho inconsciente junto a ella en el interior del auto, vio a los hombrecitos sacándolos, se vio en el interior de la nave, desnuda y recostada en una camilla. En esas imágenes incompletas Juancho y ella extrañamente estaban despiertos y se mostraban tranquilos y conversadores, incluso los alienígenas luego los acompañaron de regreso al auto y antes de arrancar Juancho les había explicado el funcionamiento de la caja automática y los sistemas de airbag.

Cuando Marga volvió de la sesión y le contó lo que había visto a su marido, los Mir comprendieron que no tenía sentido seguir indagando, ni tratando de hacer entender nada a nadie. ¿En que se transformarían? ¿En esos tristes denunciantes perpetuos, relleno de programas de la televisión en los que son ridiculizados y tratados de locos? Como bien atestiguaban los libros y las investigaciones serias sobre experiencias parecidas, los resultados eran siempre los mismos: la incomprensión y el aislamiento.

Por lo tanto decidieron mirar hacia delante. ¿Qué cosas positivas les dejaba toda esa experiencia? Los seis años de juventud recuperados de golpe les habían renovado el amor y el apetito sexual de sus primeras épocas de novios; por otro lado, la responsabilidad de ser padres –aunque se hubiese tratado de dos alienígenas mudos y adoptados- les hizo ver que era un mandato que no cuadraba con ellos. Además, la experiencia extraterrestre de los Mir también había significado el comienzo de la carrera artística de su bulldog enano.

Bartolo comenzó a ser invitado a los programas literarios de la radio y de la televisión por aire y firmó con una discográfica un importante contrato para la edición de tres compactos con la obra destacada de César Vallejo. En el exterior participó de recitados y ciclos de poesía invitado por la cadena Fox y por la BBC de Londres, experiencias que le fueron dando cierto renombre internacional. Para las interpretaciones en inglés, siguiendo los consejos de Juancho, el perro utilizaba las versiones traducidas del profesor Clyton Eshelman.

viernes, 6 de marzo de 2020

Tackle al cuello


PERSONAJES:
JUGADOR
ENTRENADOR


Entretiempo. Vestuario. Entra el JUGADOR con la pelota en las manos, embarrado, Se sienta en la banca. Se muestra nervioso, se incorpora, camina, vuelve a sentarse. Entra el ENTRENADOR.

ENTRENADOR (a alguien afuera): ¡Aguanta un segundo, Willy, que ya estoy! (cierra la puerta, al JUGADOR) ¿Qué te pasa? Rama, ¿qué te pasa? No entiendo. Decime, ¿qué te está pasando?

JUGADOR: Ufff, es que… mire,
couch

ENTRENADOR (consulta anotaciones en el display del celular): Minuto cinco, patada a cargar, vas corriendo como un kamikase, pegás el salto, de pronto estás arriba. ¿Y knock-on? ¡Hace cinco años que no hacés un knock-on!

JUGADOR: Sí, mire, couch

ENTRENADOR (consulta en el display): Minuto doce, situación confusa en un maul, se arma un ruck y vos en lugar de pasar terminás con la cara mirando el culo del hooker. ¿Qué te está pasando, Rama?

JUGADOR: Me resbalé y de pronto tenía el culo acá…

ENTRENADOR: A ver, decime, no sé, ¿te llevaste puesto a un ciclista con la chata?

JUGADOR: No, cómo dice eso, couch.

ENTRENADOR: ¿Embarazaste a una chinita?

JUGADOR: Por favor, yo me cuido.

ENTRENADOR: Bueno, ¿tenés, gente secuestrada en el sótano de tu casa como el Ale Puchio?

JUGADOR: No haga esos chistes, son de mal gusto.

ENTRENADOR: Bueno, entonces no entiendo, Rama, help me, ayudame a ayudarte.

JUGADOR: Es que no necesito ayuda.

ENTRENADOR: ¿Ah, no necesitás ayuda? Rama, vos sos un jugador excepcional, sos un líder. Pensá, ¿dónde están tus compañeros de división, eh? Jugando torneos de veteranos, en desafíos solteros contra casados. En cambio vos seguís resplandeciendo como un pibe de veinte.

JUGADOR (evasivo): No sé, couch, eso el lo que usted dice, yo no estoy tan de acuerdo. Para mí es como que yo…nada, yo estoy dejando todo.

ENTRENADOR: ¡¿Perdón?! ¿Dejando todo? ¡Rama, vos no estás dejando todo!

JUGADOR: Bueno, no sé, a ver, yo lo que creo es… ¿Qué todos cometemos errores? Bueno, sí, todos cometemos errores. ¿Qué todos a veces fallamos? Sí, todos a veces fallamos. Pero usted está poniendo sobre mis hombros un peso inconmensurable. Yo no me puedo hacer cargo de errores que (farfulla adrede, no se entiende) y somos quince, somos un equipo.

ENTRENADOR: Un equipo, exactamente. ¡Un equipo único, explosivo! ¡Quince gladiadores que hoy están jugando la final de sus vidas! Y vos te quedaste sin nafta, Rama. ¡Te quedaste sin nafta!

JUGADOR: Bueno, puede ser, sí, puede ser que hoy tenga Súper en vez de Infinia. Pero usted me conoce, sabe que yo voy para adelante como un tractor, entreno toda la semana, mire el cuello que tengo, lo miro a Serafo y ¡musculo, musculo, musculo!

ENTRENADOR: Sí, sí, sí, pero eso no se ve, hoy eso no existe. Hasta te veo dudoso de tacklear. ¡Y vos siempre fuiste una fiera tackleando!

JUGADOR: …

ENTRENADOR (cambiando): Me hacés acordar tanto a ARZ.

JUGADOR: ¿A quién?

ENTRENADOR: Arturito Rodríguez Zapiola. ¿No lo viste jugar?

JUGADOR: Vi videitos.

ENTRENADOR: ¡Ah, lo que era ese fenómeno! Un segunda línea digno de Los Pumas. ¡Cómo takleaba! ¡Y cómo saltaba en el line! Y ojo que en esa época no te podían ayudar, tenías que saltar solo. Nos entendíamos con solo mirarnos (volviendo) Bueno, pero ahora tenemos un problema vos y yo. Decime, con toda honestidad, ¿qué te pasa con el pilar?

JUGADOR (salta como un resorte de la banca): Que ¿qué me pasa con el pilar?

ENTRENADOR: Sí. ¿Qué te pasa con el pilar?

JUGADOR: ¿Qué me pasa?

ENTRENADOR: ¿Sos pavote? Es lo que te estoy preguntando.

JUGADOR: Usted dice puntualmente…

ENTRENADOR: Sí, puntualmente. el pilar derecho de ellos, Pico Pardo Mariátegui. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no lo estás tackleando?

JUGADOR: ¿Ah, usted dice por esa jugada, que pega un amago por un lado, pega un amago por el otro y se viene por el ciego?

ENTRENADOR: Sí.

JUGADOR: ¿Y que entonces me encuentra a mí y se viene, se viene, se viene…?

ENTRENADOR: Sí.

JUGADOR: Usted me conoce, sabe que si yo te tengo que dar, te parto abajo.

ENTRENADOR: Sí.

JUGADOR: Porque ¿quién me enseñó?

ENTRENADOR: Yo te enseñé.

JUGADOR: ¿Y cómo se tacklea?

ENTRENADOR: ¿Pero me estás preguntando a mí cómo se tacklea?

JUGADOR: No, couch, es una pregunta retórica. Por supuesto que sé cómo se tacklea, se afirma el hombro (farfulla adrede, no se entiende) y se pega el hombrazo.

ENTRENADOR: Correcto, se pega el hombrazo.

JUGADOR: Y bueno, yo estoy ahí, en ese momento, me planto, trabo el hombro y de pronto, no sé, me imagino que soy Russell Crowe en medio de la arena romana. Gladiator, ¿la vio? ¡Un peliculón!

ENTRENADOR: Sí, un pelilculón.

JUGADOR: Son ese tipo de cosas a mí me suman.

ENTRENADOR: Suma, correcto: imagen heroica motivacional.

JUGADOR: Y entonces en ese momento digo: “¡Hey, men, agarrate este tackle!”

ENTRENADOR: Sí, ¿y?

JUGADOR: ¿Y?

ENTRENADOR: ¿Y?

JUGADOR: Y no.

ENTRENADOR: Y no, claro que no. Bueno, vení, sentate (el JUGADOR, abatido, se sienta en la banca y el ENTRENADOR se ubica a su lado) Rama, yo lo que necesito es que confíes en mí. Es la única manera de ayudarte. Es muy simple, me decís “couch, me pasa esto”, “couch, me pasa lo otro” Y lo arreglamos acá, entre vos y yo, entre estas cuatro paredes. No sale de acá y para mí se acabó, sefini, asunto cerrado. Hablá. Te escucho.

JUGADOR (luchando con lo que tiene que decir): Bueno, mire, couch, a mí… me pasan cosas.

ENTRENADOR: Cosas… ¿Qué cosas?

JUGADOR: Cosas, couch… Cosas que, no sé, que no puedo controlar, que me dominan, que son más fuertes que yo, que el rugby, que el club…

ENTRENADOR: ¡Epa!

JUGADOR: Que la familia, que el mundo, que el Universo.

ENTRENADOR: Mirá vos. ¿Are you sick?

JUGADOR: No lo sé. Puede ser. Puede ser, ahora que usted lo dice, que esté un poco sick.

ENTRENADOR: Explain me. Desarrollá el tema.

JUGADOR: Estoy en pleno juego, estamos ahí, pasándonos la pelota y de pronto es como que me salgo de mí mismo y me digo: “¡Hey, hey, men, Rama, wake up! ¿Qué hacés en medio de toda esta gente corriendo atrás de una pelota?

ENTRENADOR: ¡Epa! ¿Y entonces?

JUGADOR (alucinado): Es que yo, couch, en ese momento ya no veo una pelota.

ENTRENADOR: Ah, ¿no? ¿Y qué ves?

JUGADOR: Un corazón.

ENTRENADOR: ¡Epa!

JUGADOR: Veo que nos estamos pasando un corazón, palpitante, lleno de vida. Y de pronto miro a mis contrincantes y ya no veo a enemigos. ¿Sabe qué veo? Seres humanos, couch. Seres humanos que están ahí con sus bajezas y sus grandezas. Seres que se acercan con su 
personalidad, con sus creencias, con su cultura.

ENTRENADOR: ¿Con su cultura?

JUGADOR: Sí, seres que vienen hacia mí a intercambiar experiencias. Y es en ese momento cuando esta voz adentro mío me dice: “¡Hey, Rama, reaccioná, hay que  hacer el amor, no la guerra, man!…

ENTRENADOR: Y decime una cosa, ¿este fenómeno desde cuándo…?

JUGADOR (señala): Desde la última vez que jugamos contra este mismo equipo.

ENTRENADOR: ¡Ah, bueno, ya sé!

JUGADOR: ¡No, couch, espere, no haga conjeturas, mire, yo ahora voy a salir por esa puerta y le prometo que voy a ser el mismo Rama demoledor de siempre! Sí, porque yo ya me di cuenta que esto es una cuestión de concentración, de enfoque.

ENTRENADOR: ¿Ah, sí? ¿Y vos en quién te estás enfocando? (el JUGADOR acusa el impacto) No me digas nada, ya lo sé, en ese jugador excepcional, veloz para ser pilar, con mucha presencia en la cancha y muy pillo. Estoy hablando de Pico Pardo Mariátegui.

JUGADOR (descubierto): Sí, couch. Es él.

ENTRENADOR: Lo sabía. Como dijo Porta, o Mandela, no recuerdo bien, “esta noticia es como un tackle al cuello”.  Sin dudas fue mi error…

JUGADOR: No, couch.

ENTRENADOR: Sí, me distraje. ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo no lo vi? Te dejé solo. Pero pará, pará, sin embargo vos en los últimos partidos estabas tackleando.

JUGADOR: ¡Acting, couch, acting! ¡Disimulé! De alguna manera pude ahogar esto que siento y pude ser el Rama imparable de siempre. Pero hoy, cuando entramos y lo vi ahí calentando. Estaba con las medias bajas y con sus gemelos al viento (el ENTRENADOR, oprime la pelota, paulatinamente se va excitando con la descripción), de pronto clava sus ojos en mí, con esa mirada penetrante, agarra el bidón, comienza a beber y de golpe el agua que se le chorrea y corre por sus pectorales bronceados (al ENTRENADOR se le cae la pelota al piso) ¡Couch, prométame que no va a decir nada, eh!

ENTRENADOR: Pero claro que no.

JUGADOR: ¡Prométamelo!

ENTRENADOR: ¡Quedate tranquilo, pichón, no seas pavote!

JUGADOR: Usted me conoce, yo había preparado todo, yo sabía que en algún momento ellos iban a atacar por el lado de Pico, porque es su estrella. Estaba preparado para ese momento y un segundo antes de dar el tackle… lo vi.

ENTRENADOR: ¿Qué viste?

JUGADOR (alucinado): Es difícil de explicar, porque por un lado yo veía que venía, venía, venía ese pilar salvaje hacia mí. Y por otro lado, veía un ser… como de luz.

ENTRENADOR: ¿De luz?

JUGADOR: Sí, como un alma llena de encanto, de inocencia, de alegría. No sé. Y cuando lo voy a tacklear lo vi tan vulnerable.

ENTRENADOR: ¡¿Vulnerable?! ¿Vulnerable a esa bestia de dos metros? ¡Con este asunto de que no lo estás tackleando ya nos metió cuatro tries seguidos y estamos veinticinco puntos abajo!

JUGADOR: ¡Sí, me bloqueé, couch, me bloqueé! No sé, en vez de tacklearlo me nacían ganas de darle un abrazo, de decirle: “¡Pucha, Pico, qué bien me hacés, viejo!”. Pero le advierto, couch, él también me ama. Y después del partido vamos a huir juntos.

ENTRENADOR: ¿Huir? ¿Adónde?

JUGADOR: No lo sé, al campo.

ENTRENADOR: ¿Al campo?

JUGADOR: A la Pampa Húmeda. A comenzar una vida de cero (en un increscendo) Entre los gauchos, la chacarera, el mate, la baguala, la chacarera doble, el facón, el fogón.

ENTRENADOR (con tono gauchesco): ¡Bueno, bueno, basta! Yo soy el entrenador /
y acá vengo a dar mi razón / el partido hay que jugarlo con tesón / y que Pico si quiere espere su turno / porque Rama, Rama es el campeón…

JUGADOR (aplaudiendo): ¡Bien, muy Vizcacha lo suyo, muy bien!

Suena un celular, el JUGADOR lo busca en el bolso.

ENTRENADOR: Te dije que acá lo silencies.

JUGADOR: Es Piquín. ¡Hola, Pico! (el ENTRENADOR le arrebata el teléfono) ¡No, qué hace!

ENTRENADOR: Hola, Pico…Sí, soy el couch. No, no cortés.Te quiero decir algo: lo que hacés es de poco caballero y de pésimo deportista... ¡No, señor, incide en el juego, claro que incide! Con este asunto que Rama no te está tackleando ya nos metiste cuatro tries al hilo, estamos veinticinco puntos abajo en la final y me decís que no incide! ¿A vos te parece bien eso, te parece bien? (tiempo, aparta el celular, al JUGADOR) Creo que está llorando (al celular) Hola, sí, hola… (al JUGADOR) Cortó (el JUGADOR le arrebata el celular)

JUGADOR: ¡Qué hace, couch, qué hace! Yo confiaba en usted.

ENTRENADOR: I’m so sorry.

JUGADOR: ¡Uf, adiós al campo, adiós a la chacarera! (vuelve a la banca, tiempo, cambiando) No, perdóneme usted. No sé qué tengo. Lo que me pasa no es normal.

ENTRENADOR: Bueno,  ¿qué es normal y que no es normal en esta vida, Rama? Te veo ahí sentado, en la misma banca en que estaba ARZ cuarenta años atrás, con ese físico torneado, la mirada penetrante y esa sonrisa perturbadora. Un día me dijo “me voy a Australia” y he broke my heart, me partió al medio (cambiando, se sienta junto al JUGADOR, le pone una mano en el hombro) Mirá, pichón  uno tiene que ser lo que es. Y vos tenés que “ser”, Rama!  La rivalidad y el amor no son incompatibles. Seguramente vas a ser feliz con Pico en la Pampa Húmeda, en la Pampa Seca, o donde sea. Pero ahora quiero que salgas a esa cancha y lo tacklees como nunca. Repeat conmigo: voy a tacklear y voy a ser.

JUGADOR (respondiendo paulatinamente): Voy a tacklear… y voy a ser.

ENTRENADOR (señalándole el centro del vestuario): ¡Párate ahí! ¡Repiqueteo! ¡Voy a tacklear y voy a ser!

JUGADOR (ocupando ese lugar y moviendo las piernas en repiqueteo): ¡Voy a tacklear y voy a ser!

ENTRENADOR (increscendo): ¡Voy a tacklear y voy a ser!

JUGADOR: ¡Voy a tacklear y voy a ser!

ENTRENADOR: ¡Voy a tacklear y voy a ser!

JUGADOR: ¡Voy a tacklear y voy a ser!

De golpe ambos comienzan a bailar y a cantar el haka neocelandéz.

ENTRENADOR Y JUGADOR:
Ka mate! Ka mate! Ka ora! Ka ora!
Ka mate! Ka mate! Ka ora! Ka ora!
Tenei te tangata puhuruhuru
Nana i tiki mai
Whakawhiti te ra
A upane! ka upane!
A upane kaupane whiti te ra!
Hi!!!

APAGÓN

martes, 13 de agosto de 2019

Instrucciones para cumplir cincuenta años


Nazca por cesárea o parto natural, preferente en una maternidad privada. Si es en una clínica u hospital públicos la operación puede ser algo más azarosa pero también vale.

Una vez alumbrado y vacunado acompañe a sus progenitores a lo que va a ser su primer hogar. Usted vivirá allí los primeros meses alimentándose primero de leche materna, luego de carne, variedad de frutas y verduras preferentemente en forma de papilla o cortadas en trozos pequeños.

Con los días notará en usted una serie de cambios corporales, comenzará a ver con más definición, irá creciendo y le saldrán dientes. Luego emitirá algunos sonidos con la garganta y a continuación aprenderá a decir “papa” para manifestar que quiere comer, “kabón” si quiere decir jabón y así sucesivamente.

La mayor parte del tiempo no va a comprender nada de lo que sucede a su alrededor, sobre todo le resultarán impenetrables los comportamientos de un grupo de desconocidos que visitarán su hogar y que al acercársele practicarán morisquetas, moverán las manos y hablarán como imbéciles.

Usted no se alarme. Siga viviendo, siga viviendo y a los ocho o nueve meses notará que se estira un poco más y un tiempo después lográ incorporarse en sus dos pies y consigue caminar de una forma bastante aceptable. Esto significa que usted ya está en condiciones de ser extraído del hogar e introducido al sistema tradicional de enseñanza por los próximos diecisiete o dieciocho años.

Cumplidos los doce meses y una vez al año, como se acostumbra en los países occidentales, en su hogar se celebrará una fiesta. Con estas animadas reuniones en las que se sirven coca cola y sánguches de miga las personas de su entorno darán a entender que están contentas por su aparición en el mundo y conmovidas por el esfuerzo que usted hace para insertarse en él.

Como dijimos, cumplidos los tres o cuatro años será extraído del hogar para ingresar en una institución de asistencia obligatoria, de lunes a viernes y en horario fijo. En esos sitios abarrotados de otros infantes como usted, deberá socializar, no agredir ni permitir que lo agredan y sobretodo tratar de prestar atención a un grupo de mujeres adultas llamadas “seños” que le irán enseñando una serie de claves programáticas para convertirlo en algo útil.

En esta experiencia grupal va a notar que con algunos seres que lo acompañan logrará congeniar, a esos comenzará a llamarlos “amigos”. A los demás solo “compañeritos”, o si se lleva mal “forros”.

Siga viviendo, siga viviendo, y en algún momento impreciso pero que podríamos situar entre el cuarto y el sexto grado, notará que comienza a mirar a un compañerito de forma persistente, y cuando lo hace piensa cosas absurdas, como que quiere casarse en secreto con él y huir juntos lejos de sus padres. Ceda a esa pulsión, la experiencia se llama “noviazgo”. Dele besos, comparta golosinas con esa persona y no haga caso de las bromas que el resto de sus camaradas le harán en los recreos.

Luego siga viviendo, viviendo, cumpla ocho, cumpla nueve, cumpla diez y de no mediar enfermedad mortal o accidente trágico, alrededor de los trece notará que entra en una etapa desagradable denominada “adolescencia”. Se dará cuenta porque sus progenitores automáticamente pasarán a ser débiles mentales y a usted le crecerá bello en zonas antes despobladas, que podrá depilarse o no, de acuerdo a la moda o a sus preferencias estéticas o de género.

Por esta época experimentará un dejavú: como en sus primeros meses de vida el mundo volverá a ser es un sitio nebuloso y estúpido. Tal intuición, más no bañarse o hacerlo cada diez minutos, más dormir doce horas de una sentada, más encerrarse con llave en su cuarto a escuchar reggaetón a todo volumen, lo convencerán de que es un ser único y genial, y como todo genio un incomprendido.

Una advertencia: por este tiempo ya va a estar en condiciones biológicas de engendrar. Trate que esto no suceda ni loco. No es el momento para ser padre o madre, sino la época para asistir a previas y a juntadas, a matinés y a lollapaloozas. En esas primeras salidas nocturnas no consuma demasiado alcohol ni drogas, o si lo hace que no sea al punto de tener que internarlo para un lavaje de estómago.

Siga viviendo, siga viviendo, por momentos va a sentirse frágil, vigoroso, anhelante, devaluado, pacífico, belicoso, hundido, esperanzado, crédulo, escéptico, iracundo, risueño, afligido, excitado, en forma alternada o todo al mismo tiempo. No se asuste ni entre en pánico, es normal.

Usted siga viviendo y mientras tanto vaya terminando el colegio, haga el viaje a Bariloche, anótese en el Ciclo Básico Común y ahora sí podrá enfocarse en un deseo que arrastra prácticamente desde que nació: irse a vivir solo, libre, lejos de la órbita molesta de su padre, de su madre, de sus hermanos menores, de su tía Karen y el novio, de su abuelo Ernesto; gente que a esta altura ya no entiende en que idioma hablan en los almuerzos, en qué creen o por qué viven.

Según la Organización de Naciones Unidas si usted llegó a este punto, usted está ingresando en la denominada “juventud plena”, sección que se extiende hasta los veinticuatro años aprox. Es un momento curioso, con algunas experiencias que no están mal: debe encarar una carrera, ni se le ocurra estudiar algo como Historia del Arte o Astronomía, elija oficios o profesiones con los que pueda hacer algún dinero.

Si continua en el hogar practique pequeños trabajos para aportar a la casa, estire su cama, enjuague algún vaso. Si se produce alguna discusión de convivencia y le dicen “vago” o “parásito”, hágales comprender que usted es una personalidad fascinante y compleja que aún no explotó.

En otro orden, disfrute del sexo con la debida protección, trate de tener diversas parejas, no se tatúe el nombre de su amante, no se filme ni permita que lo filmen, no se embarace ni deje embarazado. Si consigue el dinero viaje a lugares exóticos como Singapur o el Delta del Okavango, son experiencias que no sirven para nada pero que dan currículum.

Siga viviendo, siga viviendo, cumpla veinticuatro, cumpla veinticinco. Promediando los veintiséis comenzará a plantearse el tema de la felicidad. No como concepto filosófico, sino con un fin puramente práctico. Para ello se le hará imprescindible aplicar el sistema de los plazos condicionales. ¿En qué consiste? Dígase “si hago tal o cual cosa lograré cumplir con esto y lo otro y así seguramente seré feliz”. Verá que una vez llegado al objetivo establecido será feliz solo por unos diez, quince minutos, para luego volver al vacío original. 

Establezca entonces un segundo plazo condicional: “si ahora hago esto y aquello, seguramente voy a lograr esto y lo otro y entonces sí, indudablemente, seré feliz”. Volverá a fracasar. Y así en adelante vaya estableciendo cada vez un nuevo plazo y una nueva condición. Nunca conseguirá la felicidad pero por lo menos se mantendrá ocupado.

Por esta época, nuevamente va a sentirse frágil, vigoroso, anhelante, devaluado, pacífico, belicoso, hundido, esperanzado, crédulo, escéptico, iracundo, risueño, afligido, excitado, en forma alternada o todo al mismo tiempo.

Tampoco se asuste, no haga terapia ni tome aceite de cannabis, dígase que si llegó hasta allí es porque pudo sortear varias etapas, sigue en este mundo y ha logrado transformarse en una persona adulta. No sé si es para festejar a los gritos pero es algo.

Usted siga, tiene treinta y uno, tiene treinta y dos años, comenzará a reunirse con sus compañeros de secundario para rememorar cosas absurdas, abrirá una caja de ahorros, sus padres lo ayudarán con la mitad del alquiler y ahora se va a encontrar con una encrucijada que definirá el resto de sus días: o sigue solo como un titán, sin responsabilidades ni imposiciones, recorriendo casas de amigos, sin horarios, experimentando, viviendo experiencias nuevas y cautivantes; o decide sentar cabeza.

Obviamente elegirá la segunda opción porque -como la mayoría- a usted le gusta pisar terreno seguro, odia que lo miren de reojo y murmuren, quiere ser una persona normal, integrar alguna vez un grupo de wasap, o formar parte de la comisión directiva o el club de benefactores de algo.

Por lo tanto ha llegado el momento de definir esa historia amorosa que arrastra desde hace tiempo. Hasta ahora el lazo que los unía era lábil, con sus idas y sus vueltas. Tome el toro por las astas y propóngale irse a vivir juntos. Puede optar por la unión de hecho o, si le gustan las fotos y los videos, el casamiento.

Es un paso riesgoso, piense que usted se fue del pequeño universo que lo vio nacer y que le cuestionaba todo, y casi sin solución de continuidad va a entrar en otro igual o peor. Pero sin embargo, íntimamente sabe que junto a él o ella usted la pasa bien. Juntos miran las series del cable y las critican, juntos viajan y exploran hoteles. Juntos, algunas noches, brindan con un buen vino y recostados en la alfombra se burlan del universo entero y ríen como pavotes.

Volverá a experimentar una sensación parecida a la de quinto grado cuando descubrió a su primer amor, pero con la diferencia que ahora paga impuestos y no tiene lugar adónde escapar.

Cumpla treinta y cuatro, cumpla treinta y cinco, cumpla treinta y seis. Usted ha seguido viviendo, ya cuenta con pareja estable, consiguió un crédito hipotecario y compraron un departamentito. Se mira en el espejo y nota que ha comenzado a salirle pancita, o una antiestética adiposidad alrededor de la cadera que en el verano disimula con un pareo. Como el daño está hecho no lo piense más y tenga un hijo.

Hay varios argumentos en apoyo a esta opción: tener hijos es una experiencia necesaria, tener hijos es un aprendizaje, tener hijos está bien visto, una cuna o un corralito con un hijo adentro combina con el juego de living. Finalmente, el más convincente: una sola sonrisa de ese pequeño e indefenso ser que en algún momento va a tener entre sus brazos (y al que llamará Brian, o Roberto, o Ernestito, cuando lo inscriba) vale más que todas las reservas de gas de Vaca Muerta, más la suma de las fortunas personales de los craks del Barza y el Real Madrid juntos.

Suena absurdo pero es así. Además usted debe ser agradecido y recordar que si sus padres hubieran decidido no tener hijos usted no estaría leyendo estas instrucciones que tan bien lo están guiando.

Muy bien, ha pasado el susto y ha tenido su hijo. Ahora siga viviendo, siga viviendo, tiene treinta y siete, tiene treinta y ocho, como se relajó ha tenido un segundo hijo. No se sienta presionado pero esos dos seres ahora dependen absolutamente de usted. Provéalos de alimento, de educación, de salud y de vivienda sea como sea.

Advertirá que los ama y que ellos lo aman a usted, eso se siente bastante bien. Recuerde que para los hijos siempre es necesaria una mascota, así no piensan ni le exigen cosas más onerosas como viajes a Disney o un drone.

En paralelo con la paternidad/maternidad para usted es primordial su trabajo. Estudio y se capacitó con esfuerzo, hizo planes y puso muchas expectativas en su profesión. Al comienzo se ilusionará, se comprará un traje, incluso hará imprimir tarjetas con su nombre.

Pero en muy corto plazo (como el 99,9 por ciento de la masa laboral) descubrirá que usted no es nada del otro mundo haciendo lo que hace, y que lo que hace a su vez no es nada del otro mundo para el progreso de la sociedad de la que forma parte, que a su vez no es nada del otro mundo para el equilibrio del sistema planetario. Usted acepte esta realidad y siga.

Cumpla treinta y nueve, cumpla cuarenta. Llegado a este punto volverá a sentirse frágil, vigoroso, anhelante, devaluado, pacífico, belicoso, hundido, esperanzado, crédulo, escéptico, iracundo, risueño, afligido, excitado, en forma alternada o todo al mismo tiempo.

No tome Melatol Plus ni vaya con los evangelistas, usted ingresó en la llamada “crisis de los cuarenta”, aguántesela, a lo sumo convérselo con sus amigos, pero sufra sin hacer tanto espamento.

Volverá a su cabeza la dichosa idea de la felicidad. Con menos ímpetu que dos décadas y media atrás (la energía lógicamente es otra) practicará un último plazo condicional: “si hago eso, esto y lo otro, voy a concretar aquello, lo de allá y lo de más allá; de esa forma (ya soy padre/madre, soy maduro, tengo otro control) lograré de una buena vez la puta felicidad”.

Con el nuevo fracaso se convencerá de que ya no va a volver a intentarlo: nunca, en el plano terrenal, al menos, conseguirá ser feliz.

A partir de esa certidumbre sucederá algo sorprendente: se va a sentir relajado. Su entorno percibirá el cambio y por un corto período usted será el centro de las reuniones sociales, tocará el piano, hará chistes ingeniosos, se pasará de copas, será un amante, un padre y una madre casi inolvidables.

Cuando uno comprende que ya no tiene nada que perder puede transformarse en algo realmente vistoso. La celulitis y el sobrepeso, la miopía y la pérdida de cabello ya no serán un problema. Se contemplará en el espejo del baño con gesto recio y decidirá regresar al equipo de vóley senior de las chicas o al fútbol cinco de los borrachos de sus amigos.

Estas citas de los jueves con la actividad física lo llevarán a descubrir que su cerebro da órdenes que su cuerpo ya no recibe, o que recibe con delay, o que recibe para terminar haciendo lo que se le ocurre. Como lo mismo está sucediendo en sus compañeros y rivales, lo que originalmente se había planeado como una cita con el deporte terminará en una patética sucesión de yerros, torpes persecuciones en cámara retardada, caídas y bloopers que lo harán entrar en un estado de desesperación como hace tiempo que no experimenta.

El descubrimiento del no manejo de su cuerpo lo llevarán a preguntarse si usted maneja realmente algo de su entorno. Y si no lo maneja usted, ¿entonces quién lo hace? ¿Una fuerza superior? ¿Nadie? Y si no lo hace nadie, ¿a qué fuerzas oscuras está sometido el Hombre? ¿Hay una dirección? ¿Hay una finalidad? Y si no la hay, ¿cuál es el sentido de la existencia? ¿La buena comida? ¿El porno casero? ¿Hacer turismo?

A esta altura usted  está lleno de preguntas sin respuesta, ha dado casi cuarenta y dos vueltas al sol, teniendo en cuenta las expectativas de vida promedio en el cono sur ha llegado casi a la mitad del camino y -a lo que usted imaginaba- la experiencia no ha sido gran cosa. Pero usted dígase “no me importa” y siga viviendo.

Cumpla cuarenta y dos, cumpla cuarenta y tres, cumpla cuarenta y cuatro, cumpla cuarenta y cinco. Disculpe pero en este tiempo no pasa nada.

Cumpla cuarenta y seis y llegado al segundo trimestre de los cuarenta y siete hará una comprobación fuerte: usted se ha vuelto invisible. Hombre o mujer, podrá verificarlo con facilidad: entre a un lugar poblado de otra gente en plan relajado, salón de té, recepción, pub, disco, acérquese con paso decidido a la barra y la totalidad de los asistentes nunca habrán registrado su ingreso, ni su estadía, ni su egreso.

Es duro. No es que usted busque una aventura o demande una atención especial, pero usted recuerda con melancolía las épocas en que su porte y su aspecto, sus movimientos y su actitud provocaban una inevitable atracción sexual. ¿Y ahora las miradas de esos desnaturalizados lo traspasan como si fuese un puto holograma?

La comprobación de otra puerta cerrada para siempre lo llenará de angustia. ¿Cómo sucedió que pasara todo tan rápido? ¿Dónde quedaron los sueños, las lecturas, la música, los planes alocados con sus amigos, el entusiasmo?

Usted se pregunta y busca afanosamente respuestas, pero de golpe mira la hora y debe correr a la reunión de padres por el viaje a Bariloche, después tiene el turno para la colonoscopía y a las diecinueve la reunión para encarar los trabajos de pintura de los palieres. ¿Qué pueden hacer esos ingenuos planteos sobre la condición humana contra una agenda apretada?

Sin demasiadas opciones usted siga viviendo, siga viviendo, vaya a trabajar, renueve el plazo fijo, vaya a votar, el fin de semana aproveche para dormir. Planee las vacaciones familiares a la costa y vaya, a su regreso cumpla cuarenta y ocho y continúe.

Cada tanto mírese al espejo del baño para comprobar que todavía sigue allí. Cumpla cuarenta y nueve y una noche, regresando al hogar se encenderán las luces y vualá: lo habrán emboscado para otra animada reunión con coca cola y sánguches de miga (a la que ahora habrán agregado un buen vino y cápsulas digestivas)

¡Cincuenta años! ¡Medio siglo de vida ocupando una porción de aires sobre la Tierra! Allí estarán sus suegros, sus padres, sus amigos, sus hijos, todos contemplándolo con cierta curiosidad, como esperando algo. Y es extraño porque usted sentirá que ese que está allí parado no es usted, que el verdadero usted sigue siendo el chico o la chica que se encerraban en su cuarto y querían irse a vivir solos.

Nada más equivocado, usted sí es ese que está allí parado y si en todo este tiempo no lo comprendió usted es medio salame.

Y así vamos llegando al final. A partir de aquí se abre un abanico de posibilidades. En realidad decir “abanico” es algo exagerado: se abren dos, a lo sumo tres posibilidades que no son objeto de este instructivo y que usted deberá descubrir solo.

Puede hacerse budista, o ingresar en un consorcio, comprar un feed lot y dedicarse a la ganadería. Puede pedir el divorcio, ponerse de novio con alguien veinte años menor, o cambiar de sexo, o comprar una bicicleta de ruta alemana y pedalear cincuenta kilómetros diarios.

En suma le estarían restando unos veinticinco, treinta años. El sentido común dice que de aquí en más todo debería empeorar, pero, en fin, usted verá.