viernes, 24 de enero de 2014

Una del espacio

¿La distancia espacio-temporal facilita el progreso de una historia? ¿Qué diferencia hay entre un braamaliano de Galaxia 0, escamoso y de sangre rosa salmón y mi tía Olga del barrio de San Cristóbal? Son preguntas que me fueron naciendo así, espontáneamente, un par de semanas atrás. Preguntas que vieron la luz cuando todavía no estaba exiliado en Pergamino, no había cortado con mi familia y sobre todo no había resultado eyectado de la casa materna en un acto de extrema e imperdonable injusticia. El poder de la literatura es extraño, espiralado, a bastoncillos y a lunares, en suma: indescifrable.

Paso a explicar: mi nombre es Carlos Martínez Vidal, Carlitos para mis parientes y amigos. Soy fotógrafo y prolífico escritor del género ciencia-ficción. Autor de veinticinco libros exitosamente publicados por la editorial independiente Destellos del espacio, dirigida por mi tío segundo Armando Carvera Lynch. Y según los entendidos, es decir, mi tío Armando: “una imaginación y una voz potentes, un valor en despegue, candidato a encabezar todas las listas de best sellers.”

Hasta allí todo fenómeno, pero ocurre que hace cosa de veinte días algo sucedió. ¿Cómo decirlo? La fuente se apagó, mi cabeza se vació, me bloqueé y ya no me salió una línea. Alarmado, desempolvé mi colección de historietas del espacio que tengo arrumbada en lo alto del placard y me puse a hojear buscando ideas. ¿Otra lucha de mega-computadoras en el núcleo oscuro de la vía láctea? No. ¿El colapso de la última ciudad sumergida en el lago mayor de Urano? Menos. Pensaba, me devanaba chapoteando en la masa cenagosa de la duda, cuando de golpe surgió lo que nunca tendría que haber surgido. ¿Por qué no intentar una ruptura?, me dije. ¿Dejar por una vez el frío espacio sideral para arriesgarme fuera del género y abordar algo más próximo? Por ejemplo un relato totalmente realista que transcurriese en el lugar donde habito, que involucrase a gente de carne y hueso, como mi familia.

No fue una buena idea. Vivo, mejor dicho vivía, en un viejo edificio de departamentos construido por un tío abuelo ya fallecido,  compartido con mi madre, tres tías, una prima atractiva con su hijo adolescente, un vecino anciano algo tocado, la portera. En suma un ecosistema difícil, en equilibrio inestable.

Pero nada de esto me pareció relevante y cuando me quise acordar ya estaba metido en la historia hasta más arriba de la cintura: en la trama la prima Miriam, luego de una noche de alcohol y desenfreno rompía con su segundo marido, corredor de turismo carretera (cosa que había sucedido en la vida real, porque el tipo hacía un año la había abandonado por una promotora de agua para el radiador). Tommy, el hijo rebelde, testigo de la amarga escena, para expresar su descontento se encerraba en su cuarto, ponía el equipo a  3.000 watt de potencia y escuchaba hard rock durante cuarenta y ocho horas ininterrumpidas. En medio del maratón metalero, el viejo edificio sufría un escape de gas y un gasista contratado al efecto buscaba obsesivamente el lugar de la pérdida. A medida que transcurriera el tiempo, la música iría violentando la relación de las mujeres de la casa, provocando además la muerte de los hámsters del señor Campolongo, del departamento “B”, jubilado del ferrocarril. Como introducción no estaba mal: drama, acción, suspenso, un toque de erotismo. No habría choques con mutantes de segunda generación, ni evacuaciones de cruceros interestelares, pero la cosa podía encaminarse.

El lunes por la tarde preparé un litro de café y me puse a teclear con determinación. Comparto el escritorio con el taller de Tía Olga, que hace confecciones para novias y madrinas. La mañana del martes no hubo clientas, el golpeteo de mi máquina portátil era un concerto para piano y orquesta.Hacia el mediodía Tía Juana, de paso para el almacén, se acercó a mis borradores y levantó una hoja al azar (yo digo que fue una circunstancia fortuita, una combinación de aleatoriedades, porque para mi familia lo que yo hago es tan comprensible como el sistema de refrigeración del motor gasolero o la decodificación del ADN) Leyó moviendo los labios y de golpe estrujó la hoja entre las manos:

- ¡Ese chico es tarado! –dijo, y sin darme tiempo a nada salió disparada del taller. En el departamento de mi prima se escucharon voces, un taconeo febril y al rato Miriam entró hecha una fiera:

- ¿Qué significa esto!? – tenía un salto de cama casi transparente. Su presencia alteró por unos segundos mis respuestas motoras. Paseaba por mi cara el bollo de papel del borrador:

- ¿Estás sordo? ¡¿Qué significa esto?!

- E-es lo que iba a explicarle a la tía. Es el argumento para una historia que estoy escribiendo....

- ¡Para que sepas, tarado, Tommy tiene roto el equipo hace una semana!

Detrás de su madre se asomó Tommy, con aspecto de haberse tomado un litro y medio de jarabe para la tos. Tía Juana volvió al ataque:

- Carlitos tiene razón: ¡tu hijo nos tiene hartos!

- Mi hijo no hace nada.

- Si no hiciera nada, ¿de dónde sacó mi sobrino lo que acabás de leer? 

Se hizo un silencio: el argumento de la tía parecía irrefutable.Yo me había ido deslizando debajo de una de las máquinas de coser, tratando de recuperar el bollo de papel de mi borrador. Miriam quebró la cintura y me apuntó con sus pechos amartillados:

- ¡Ni siquiera te molestaste en cambiar los nombres!

El sonido del teléfono intervino por milagro. Llamaban de la agencia. Me excusé y salí a cambiarme. Agarré el bolso con la cámara, el trípode y huí al trabajo. Mientras viajaba en el subte, comenzaron a desfilar por mi cabeza problemas en los que nunca había pensado. ¿La gente cree que lo que está escrito debe suceder? ¿Sucede porque está escrito o está escrito porque sucede?

Cuando al atardecer volví a casa, en el hall había dos inspectores de la Asociación Protectora de Animales: analizaban con detenimiento dos carillas de mis borradores junto a la portera. ¿Mis papeles eran de uso público? Ya que estaban, ¡por qué no hacían fotocopias y los repartían por el barrio! Iba a protestar cuando Tía Juana se interpuso y me tapó la boca:

- Vinieron por los hámsters –murmuró.

¿Los hámsters? ¿La portera había hecho una denuncia por los hámsters? En efecto, el viejo Campolongo, en pijama y chinelas, yacía en un banquito junto al espejo de la entrada, sollozando. Hice un esfuerzo para creer lo que veía: era una imagen extravagante pero a la vez llena de sentimiento. Desde que en el año ‘62’ se había caído del Expreso Sanjuanino en plena marcha, la salud del viejo Campolongo era de cuidado. Entre mi madre y Tía Olga lo apantallaban para evitarle el soponcio. Estuve a punto de palmearle la espalda y explicarle que sus mascotas de ninguna forma iban a morir, que mi rubro era la ficción, que todos debían reflexionar por un segundo y rever su comportamiento, pero me sentí abrumado. Rumié con dificultad: tal vez haciendo algunos cambios, transformando la muerte de los hámsters en la agonía de otro bicho, digamos un matrimonio de loros que sufrieran una infección en los tímpanos producto de la música metalera, aunque fuera un hecho dramático no sería tan crudo, ya que no había loros en el edificio.

Me escabullí por la escalera del costado pero un extraño de mameluco azul me cortó el paso:

- ¿Usted quién es? –preguntó.

- Yo vivo acá. ¿Y usted?

- Yo soy el gasista ¿Dónde está el caño mayor?

- ¡Ni idea!

- ¿Vive acá y no sabe dónde está el caño mayor?

- ¡Le digo que no tengo ni idea! Hable con la portera.

Corrí y me encerré en el taller de Tía Olga ya completamente asustado. ¿Había visto un fantasma? ¿Era un gasista de carne y hueso, o uno de ficción? Ya no podía razonar. Me tomé dos tazas de café recalentado sin respirar y llamé a mi tío Alberto, el de la editorial, pero la secretaria me dijo que estaba de viaje en Mendoza. Necesitaba una voz amiga que me asegurara que no estaba loco. Volví a marcar y ubiqué a Diego, un ex compañero de colegio, admirador incondicional de mis libros. Le conté atropelladamente:

- ¡Un argumento impecable! ¡Una historia buenísima para una película! Cada día se te ocurren mejores cosas –me dijo.

- ¡No es ningún argumento para ninguna película! -le grité-. ¡Está sucediendo de verdad!

- No entiendo –balbuceó, pero le tuve que colgar porque estaba entrando al taller Tía Olga, en puntillas y con una expresión de misterio:

- Nene, quiero pedirte un favor... –dijo la tía y me hizo una seña para que la siguiera hasta una pequeña despensa. Entonces, de la cajita forrada donde guarda los botones, ¿qué pudo haber sacado? Por supuesto, otra de mis páginas, muy manoseada y doblada en cuatro.

- Perdoname, nene –murmuró, ruborizándose- pero viste acá, donde ponés que voy hasta el departamento de Miriam con ese trajecito oscuro que no uso desde hace dos años, si no es mucho problema, me gustaría aparecer con el vestido de chiffon que me regaló tu madre para el cumpleaños. ¿Pueda ser, nene? ¿Si lo cambiás no perjudica tu trabajo?

Me dio un escalofrío, ahora sí necesitaba de mis alienígenas: Duplicator, X Omega, decenas, cientos de peligrosos hombres del espacio, especies hiperdesarrolladas con alto poder destructivo que habían pasado por mi portátil sin un sí ni un no, que ignoraban mi presencia como para venir con semejantes reclamos. Me tomé tres aspirinas,  junté las carillas que quedaban, corregí lo de los hámsters, le puse el vestido a Tía Olga (en el texto, quiero decir) y, extenuado, me dormí sentado en el escritorio. 

Pero por la noche la cosa comenzó a desmadrarse. Tommy despertó de uno de sus largos sueños, preguntó que sucedía, al enterarse se sintió una incomprendida estrella del rock y, obviamente, corrió a encerrarse a su cuarto para poner el equipo a 3.000 watt de potencia. Mi madre estalló:

- ¡CARLITOS!

- Tranquila, mamá… ¡yo lo voy a convencer! –dije sin mucha convicción. Golpeé la puerta de mi sobrino, intenté forzar la cerradura, traté de derribarla, finalmente me arrodillé a implorar. El gasista, mientras tanto, sin una directiva precisa, se había puesto a desmantelar los caños del tanque de agua.

- ¿Estás conforme? ¡Ves lo que lograste! –por el verde pálido en la cara de mi madre, supe que estaba a punto de sufrir uno de sus ataques de hígado. Tía Olga, coquetamente maquillada y con su vestido de chiffon, me tomó del brazo y con una sonrisa esotérica me arrastró hacia el taller. Allí me esperaban la portera, tía Selma, tía Juana, Miriam y el viejo Campolongo. Tía Juana fue la encargada de hablar:

- ¡Nene, hay que volver a modificar!

En la ancha mesa de costura estaban mis borradores prolijamente acomodados. Con un frasco familiar de Liquid Paper, tía Selma se encargaba de tachar aquí y allá. Miriam y tía Olga me miraban con la misma expresión curiosa. Había reprobación pero a la vez cierto aire de respeto, de mudo acatamiento, como si en ese momento yo encarnase una especie de oscuro alquimista con la facultad de disponer sobre sus destinos. ¿Yo era eso que estaban pensando o en todo aquello no había más que una tremenda, delirante, equivocación? Con manos temblorosas puse una hoja en la máquina de escribir, me inquietaba el silencio expectante, todas esas miradas:

- ¡N-no sé, decidan! –tartamudeé.

Pero mantenían un silencio pertinaz. Claro, cómo preguntarle a ellas si era yo el que debía saberlo. A gatas había terminado el secundario, no tenía novia, ni siquiera había podido abrir una cuenta en el banco, ¿cómo iba a hacerme cargo de aquel embrollo? Supe que había que huir.

 - La agencia –grité mirando el reloj. Tenía que salir, había un trabajo urgente que terminar, les juré que traería todo resuelto al volver y me escabullí.

Esa tarde tuve que viajar a Pilar y hacer algunas tomas para una campaña de comida naturista. Trabajé mal, inquieto, pensaba todo el tiempo en lo que me esperaba al regresar. Pero si quería regresar tenía, justamente, que pensar en algo. Me surgían combinaciones calamitosas: Miriam se reconcilia con su marido; Tommy se hace monaguillo; la portera se enamora de Don Campolongo y ponen un criadero de hámsters. En esa situación patética en la que me había metido solo, cualquier cosa era posible.

Antes de que cayera el sol estuve de vuelta y entonces sí fue el Apocalipsis. El rugido intolerable del heavy metal  había obligado al uso de gruesos tapones de algodón en los oídos. A la pobre tía Selma, como siempre había sido la más callada de las hermanas, se me había olvidado ponerle algún parlamento en el texto. La cuestión es que desde el lunes vagaba de un lado para otro moviendo las manos y aclarándose la garganta para empezar a decir algo que nunca llegaba. Mi madre al verla así se inquietó, llamó al médico y la internaron en observación. A don Campolongo finalmente le había saltado la térmica. Fue a detener el escándalo de Tommy, pero como no consiguió franquear la puerta de la habitación siguió hasta el baño y se metió en la bañera mientras Miriam tomaba su baño de inmersión.

Cuando entré al taller, mi madre y Miriam me saltaron como gatas rabiosas:

- ¡Enfermo mental!

- ¡Irresponsable!

Don Campolongo había sido inmovilizado con una soga, al parecer no respiraba bien, ya que por la boca le salía una copiosa espuma blanca. Alguien hasta ese momento fuera de mi campo visual se me vino encima y empezó a golpearme en la cara.

- Carlitos, nuestro autor… Éste es el hijo menor del Sr. Campolongo  –nos presentó Tía Olga.  Caí al piso. La situación se había desquiciado. Por entre los golpes sentía el ruido de unos potentes mazazos provenientes de las calderas. De pronto el piso tembló y escuchamos la explosión.

Un cyborg, a pesar de su aspecto reconcentrado y circunspecto, es un ser vulnerable. Al ser atacado, su fluido sintético altera su composición y un braamaliano puede derrotarlo con el pensamiento. Más allá de nuestra galaxia se producen conflictos terribles, guerras sangrientas en las que se juega la subsistencia de civilizaciones enteras, pero en cada una de estas historias impera un orden, una lógica, cierta prolijidad que parecerían no prosperar entre ocho terráqueos insanos encerrados en un viejo edificio de departamentos de una ciudad perdida del Cono Sur.

¿Por qué? ¿Cuál es el error? ¿Dónde está la falla?

El edificio debió ser evacuado. Con el auxilio de los bomberos se pudo rescatar al gasista que había quedado embutido en el tambor de un termotanque. Hasta que se repararan los daños, mi familia tuvo que mudarse al hotel de enfrente. Digo tuvo y no tuvimos porque lógicamente entendieron que yo era el culpable de todo. Mi madre me retiró la palabra. Después me preparó la valija y por señas me fue guiando hacia la salida. Desde una de las ventanas la prima Miriam levantó una mano y me hizo esa desagradable seña con el dedo mayor extendido. La Tía Olga, en cambio, se cubrió los ojos con un pañuelito.

Y esa es la historia. Dada mi situación acepté una propuesta que me habían hecho tiempo atrás en la agencia y me vine para Pergamino, donde hago fotos de nutrias y garzas moras. Disfruto de la soledad, leo mucho y cuando me asalta alguna idea estrafalaria corro a refugiarme en lo mío. Mi próxima novela se va a titular Androides del espacio sideral, y será editada por Destellos del espacio, de tío Armando. Claro, siempre y cuando caduque el castigo y mi madre y sus hermanas lo autoricen.

sábado, 21 de diciembre de 2013

La lucha interior del Lic. Banegas


Mientras la ciudad entera parecía sumirse en un sueño profundo, sin sobresaltos, algo, sin embargo, enturbiaba el descanso del Lic. Fernando Napoleón Banegas. ¿Estrés? ¿La nueva fórmula del solvente fosforado? ¿Fantasías verdes? Difícil precisarlo: la mente de todo gran hombre guarda dobleces, bolsillitos, furtivas oquedades. Tratando de no despertar a su esposa, el científico y empresario corrió las sábanas de raso, se deslizó fuera del lecho y bajó a las habitaciones de servicio. Enfundado en su robbe de chambre, fue hasta la cocina y abrió la heladera: se sirvió una porción de ensalada rusa, palmitos, un cuarto de pollo con salsa tártara, rabas, paté, zanahorias en escabeche y descorchó un Chateaux Petrus cosecha 1989. El insomnio le despertaba notablemente el apetito.

Minutos después vagaba, perdido en sus pensamientos, por habitaciones inacabables. La Exterminadora del Sur, su mega empresa descucarachizadora, sufría los vaivenes propios de todo gran emprendimiento: bonos, certificados de deuda, movimientos de capital. ¿Podía una mente brillante desasosegarse por tales simplezas? Alzó una París Match, fue al toilette de la planta baja y se sentó en el inodoro. Había llegado a los sesenta con la salud de un roble, a puro talento había construido la mayor compañía exterminadora del Cono Sur, todavía amaba a Olinda, los azares del mercado no podían ni debían quitarle el sueño.

Mientras aguardaba la evacuación se abstrajo en cálidas imágenes: sus primeras cucarachas, siempre había amado exterminar, guardaba audible en su memoria el crujido de los caparazones al ser despachurrados por sus zapatitos escolares ante la mirada amorosa de su madre. ¡Querida mamá! Inicialmente había sido un juego para provocar su admiración, mas tarde nacería la vocación. ¡Mamá, quiero descucarachizar!, habían sido sus palabras adolescentes. Hijo, es una profesión difícil, tu tío Delsio lo intentó con las hormigas negras y fracasó, fue la advertencia de ella. Aunque Carmela Quintas viuda de Banegas nunca lo había reconocido abiertamente, confiaba ciegamente en las capacidades de su hijo, en secreto le compró el primer veneno sulfurado, lo había acompañado a los cursos de exterminio de las Academias Casita Yale, a la tesis de grado en la Universidad de Standfort, Massachussets. Hasta la trágica tarde que murió desnucada por el ala de un parapente.

Sentado en la taza estilo inglés, el Lic. Banegas se dejaba mecer por los recuerdos cuando algo lo trajo abruptamente al presente: primero fue un roce, luego un cosquilleo, seguido por una acometida violenta que le hizo dar un respingo. ¡Caray! ¿Algo se está metiendo por mi traste? Por acto reflejo cerró los esfínteres, pero cien alfileretazos le marcaron que a pesar la valla interpuesta la presencia invasiva lograba franquear la entrada y corría pasillo arriba. Se incorporó, dio un paso torpe hacia el lavatorio pero el pantalón pijama le aprisionó los tobillos y cayó pesadamente al piso. Fueron unos segundos de muda lucha con la ropa de cama. Ya libres los pies, avanzó dando saltos de rana, se colgó de la araña del comedor, subió y bajó una y otra vez las escaleras a la planta alta, pero todo fue inútil. Se detuvo jadeante. Grumos de pensamientos se entrechocaban en su cerebro: ¿Una cucaracha? ¿Una cucaracha había penetrado por su orificio excretor? ¡Caray! ¡Qué abuso! ¡Qué escándalo de la razón! Enjugándose el sudor se dejó caer en un sillón. Debía serenarse. Si no se trataba de una pesadilla y en verdad había ocurrido, ¿por qué tanto espamento? No iba a enloquecer. Justamente él, un milagro del pensamiento occidental, sólo necesitaba organizarse y buscar la forma de librar esa nueva batalla.

Las primeras luces del amanecer descubrieron la figura de aquel hombre inescrutable, el rostro gris, los ojos como brasas, sentado en la inmensidad de un living fastuoso, sumido en fatídicas cavilaciones.

Aquel lunes, La exterminadora del Sur inició la semana laboral con los movimientos de rutina: el personal de limpieza terminó su trabajo hacia las seis, a las siete rotaron los recepcionistas y se habilitó el comedor para el desayuno. A las ocho en punto, el personal de seguridad franqueó el ingreso a una figura por demás curiosa: de lentes ahumados, sobrero de ala ancha, piloto con solapas levantadas y un extraño andar, la autoridad máxima de la empresa se dirigía hacia los ascensores en un estado de completa abstracción. Si una ‘periplaneta americana’, en su defecto, si una repulsiva ‘siplorella’ habían osado penetrar en su cuerpo, ¿se trataba de una circunstancia fortuita, de un hecho casual? De ninguna manera. Él era un científico, una mente positivista: había allí un acto absolutamente premeditado. Ahora bien, ¿el ortóptero en cuestión tenía una somera idea de con quién se enfrentaba? Su Compendio del Matacucarachas era la Biblia del exterminador, había agotado veinte ediciones, era utilizado de manual en las escuelas primarias. Sólo debía enfriar la mente y poner manos a la obra.

Ya en su despacho, el Lic. Banegas suspendió las entrevistas del día y le pidió a su secretaria una pizarra y marcadores. Echó llave a la puerta, consultó sus cuadernos y se puso a transcribir en la pizarra apuradas fórmulas. La tetrametrina, tanto como los insecticidas órganofosforados actúan sobre el sistema nervioso inhibiendo las enzimas. Mediante la transmisión de señales eléctricas impiden la metamorfosis transportando al nido el poder exterminador. ¿Pero podía pensar en fórmulas convencionales? Evidentemente no estaba razonando bien: el campo de operaciones había cambiado de cabo a rabo, se trataba de su propio cuerpo.

En tales disquisiciones se hallaba, cuando se produjo el primer ataque: de pronto el cuerpo se le plegó como un libro y el Lic. Banegas se chocó fuertemente la frente con sus propias rodillas. Al parecer, el invasor estaba trepando con sus patas ganchudas por el primer tramo del intestino grueso y esto le provocaba tremendas cosquillas. Por oscuros actos reflejos la picazón voló del intestino al pie derecho y de allí a la oreja siniestra. El cuerpo, como un ente autónomo, empezó a ensayar un raro vaivén a la altura de la pelvis, acompañado de unas pataditas y un juego acompasado del hombro hacia la oreja afectada. El científico y empresario, se mantuvo prisionero de aquella coreografía insensata por espacio de seis minutos. ¡Caray! ¡Qué escándalo! ¡Que atrocidad!... Cuando el suplicio cesó,  se derrumbó en una silla y escondiendo la cara entre las manos, lloró como un chico. ¡Justamente él, ocupado de forma tan artera y ahora objeto de un vergonzoso mal de San Vito! ¿Por qué Dios lo castigaba de esa forma? Extenuado por el esfuerzo, cerró los ojos y poco a poco se fue quedando dormido.

Hacia media mañana, los ruidos en una obra en construcción vecina lo sacudieron. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba? En ese lento tránsito hacia la vigilia que a veces alberga los pensamientos más lúcidos, Banegas de pronto tuvo una revelación. ¡Caray! ¡Cómo no lo pensé! La solución de tan obvia casi daba risa: debía dejar actuar a la naturaleza, la delincuente se vería expulsada en cuanto fuese de vientre. Corrió a la pizarra, anotó con apurada letra imprenta “caca”, y se quedó contemplando la palabra de brazos cruzados y con la cara iluminada por una sonrisa.  

Llegado el mediodía, el Presidente de la Exterminadora del Sur le pidió a su secretaria una corbata y una camisa limpia, se refrescó y perfumó y bajó al comedor de la empresa. Se sentía exultante, otra vez dueño de su destino, hizo un par de chistes ingeniosos y hasta pidió un tercer plato de tagliatellis con salsa de almejas. ¿Era esto casualidad? Claro que no, una lógica simple le dictaba que cuanto más comiese, más se agilizarían sus funciones vitales. Pero en el horizonte inmediato no todas podían ser buenas nuevas: para que el plan funcionase tenía que cerciorarse de la salida. Esa tarde, entonces, luego del café con crema, el científico y empresario se disculpó con el directorio, se encerró con doble llave en su baño privado y con los ojos turbios, el rostro descompuesto por la ira, se puso a revisar su mierda con un palito.

Transcurrió una larga semana, la primavera ya mostraba sus alegres señales, los jardines de La exterminadora del Sur se poblaron de fresias y olorosos jazmines del país y un aire tibio provocaba un entusiasmo indescifrable entre clientes y empleados. En el último piso, en tanto, el presidente de la compañía no participaba de la fiesta, sólo se afanaba en revisar caca y una y otra vez las esperanzas de ver aparecer a su agresor se veían frustradas. 

El  sábado por la noche decidió invitar a su esposa a la ópera, una compañía inglesa reponía una de sus favoritas, Madam Butterfly. El contacto con la música, pensó, al tiempo de serenarlo lo ayudaría a concebir una nueva estrategia. Era su lucha y su vergüenza, no podía compartirla, y mucho menos con Olinda, que era impresionable y había sufrido un episodio cardíaco. Antes de salir para el teatro, Fernando Napoleón Banegas tuvo un mal presagio. En la primera mitad de de la ópera la música de Puccini hizo maravillas con sus nervios, se enfrascó en la historia romántica olvidándose completamente de su tragedia, pero al llegar a la escena de la muerte de la protagonista el segundo ataque lo abordó sin preámbulos. Esta vez, la acometida fue a la altura de la vejiga, como un rayo la cosquilla se le transmitió a la nuca, a la planta de ambos pies y al ojo derecho. Saltó de la butaca loco de picazón, intentando evitar un papelón se puso a aplaudir y a patalear dando cortos saltitos, mientras el ojo afectado latía y giraba amenazando salírsele de órbita. Su mujer lo contemplaba con espanto. No pudo evitarse el escándalo: los chistidos de la sala trocaron en abierta protesta y finalmente terminaron llevándose a ambos por la fuerza.

A partir de aquel episodio lamentable, la entereza de presidente de La exterminadora del Sur comenzó a decaer, su comportamiento cada vez más errático y absorbido por su guerra interior, comenzó a ser motivo de habladurías de pasillo. Lo cierto es que el Lic. Banegas estaba descuidando el trabajo, se retiraba intempestivamente de las reuniones de directorio, con cualquier excusa corría a encerrarse en su despacho. Encargó a su secretaria una lámina gigante del cuerpo humano que marcaba con chinches, hacia llamados extemporáneos a su médico personal, al que preguntaba qué distancia había entre el colon y los riñones, o cual era el camino más corto al hígado.

Una madrugada de domingo, vagaba por los bosques de Palermo con un aspecto alarmante: en chinelas, el gorro de dormir sosteniendo a duras penas los revueltos cabellos, los ojos enrojecidos por el insomnio y una barba de dos días; cuando de golpe su mente volvió a irradiar: ¡Caray! La terrorista lleva una marcha evidentemente “contra natura”, eso significa que tarde o temprano va a llegar al estómago, y allí no podrá resistir la causticidad de mi jugo gástrico. Esa es la llave, el arma que definirá la batalla para siempre. ¡Caray! ¡Caray!... Feliz como un chico, el presidente de La exterminadora del Sur se puso a saltar, penetró en las aguas del lago y chapoteó y celebró junto a un grupo de patos hasta las primeras horas de la tarde.

El descubrimiento le permitió recuperar la paz, retomó el control de los negocios y viendo reverdecido un viejo impulso de épocas estudiantiles volvió a escribirle sonetos de amor a Olinda. Todo parecía encauzarse, retornar a la senda acostumbrada; pero entonces sucedió algo inesperado (o, mejor dicho, dejó de suceder): de un día para otro y sin causas aparentes la ocupante desapareció. Fernando Napoleón Banegas se levantó por la mañana, defecó, como era su hábito revisó la caca, reparo en cada estímulo, cada murmullo interior, y nada. Los súbitos ataques de cosquillas también habían desaparecido. Luego de un breve análisis, concluyó que la ocupante había fallecido. ¡Reventó! ¡Cagó fuego! ¡Es el final! ¡Caray!... Esta vez sí fue presa de una descontrolada algarabía: besó en la frente a su chofer, en viaje a la empresa sacó medio cuerpo por la ventanilla de la limousine y lanzó un grito salvaje. Decidió reunir a empleados y directivos, servir champagne, hacer un brindis. ¿Pero no estaba apresurándose? ¿Y si, nuevamente, volvía a dar un paso en falso? Su formación científica le dictaba que sin pruebas era estúpido adelantar cualquier conclusión. Ya en el despacho, clavó una mirada aguda en la lámina perforada con chinches: la terrorista había detenido su marcha en el páncreas, o al menos, en el lugar donde debía estar el páncreas. Es sabido que las cucarachas resisten pruebas nucleares. ¿Y si no había muerto? ¿Y si sólo se había detenido?

Volvieron horas de agitación, los empleados de La exterminadora del Sur finalmente se convencieron de la insanía de su líder. ¡Qué injusticia que se lo malinterpretase de tal forma! ¡Qué tortura no poder gritar a los cuatro vientos su tragedia! En un último impulso desesperado, había llamado al jefe de compras para encargarle un estetoscopio: se plantaba imprevistamente en los pasillos, pedía silencio y se auscultaba el abdomen. Un jueves entró intempestivamente a la reunión de directorio ordenando la inmediata elaboración de un cucarachicida en píldoras.

¿El hombre realmente había perdido la chaveta? Claro que no. Desde el comienzo, desde mismísimo principio tomaba forma en su interior un temor minuciosamente eludido pero que ahora se imponía a gritos: ¿Y si todo el suceso no había sido más que una práctica natural de la preservación de la vida y la invasora era hembra? ¿No es normal en toda especie que en trance de desovar se busque un lugar protegido, humedad y temperaturas propicias? Vaya si lo sabía: localizar aquel sitio y bombardearlo con sulfuro había sido una de las recetas de su éxito.

El sol del atardecer caía a pique, contra el ventanal de cristales polarizados el contorno pétreo del científico y empresario se quebró, afloraron lágrimas ardientes y la viva imagen de su madre se materializó junto al escritorio y lo contempló  con tristeza: ¡Querida mamá! ¡Yo, tu preclaro hijo, el hombre que se forjó a sí mismo, convertido en un vulgar nido de cucarachas!...

A partir de aquí los hechos se aceleraron, en el despacho ensombrecido sonó el teléfono que avisaba de la junta de directorio. Quince minutos después, en la sala de reuniones, el jefe de contadores peroraba sobre números y estadísticas, los demás consultaban carpetas. En la cabecera, el presidente de La Exterminadora del Sur se mantenía laxo y pálido, con aire ausente.

- La pregunta es si estamos en condiciones de absorber a nuestra principal competidora ¿Licenciado, cuál es su opinión? –las palabras del contador hicieron girar las cabezas. Hubo un  instante de perplejidad, Fernando Napoleón Banegas, la vista fija en su abdomen, levantó un índice reclamando silencio. Se escucharon un par de risas ahogadas. De golpe su cuerpo se tensó, el cosquilleo se disparó en incontables direcciones. ¿Eran diez, eran veinte? El salto y el alarido fueron sincrónicos.
- ¡Caraaaaaaay!
Las reacciones reflejas se potenciaron, como empujado por un resorte el científico y empresario dio un salto mortal hacia atrás, rebotó contra un cuadro y como un gimnasta olímpico atacado por abejas africanas se puso a dar tumba-carneros, medialunas, tirabuzones. Los presentes saltaron de sus asientos con caras de espanto, Banegas, de dos zancadas,  pasó por encima de la mesa de reuniones:
- ¡Caraaaaaaaay!
Y lo vieron correr (las versiones no son coincidentes, algunos aseguran que iba por las paredes y hasta por el techo) y salir calle abajo, trepándose a los semáforos, por sobre los capots de los autos, saltando de toldo en toldo, columpiándose en los cables telefónicos. Y tomar la avenida y luego la autopista, rumbo al norte, saliendo de la ciudad, hacia los suburbios, hasta perderse para siempre.

domingo, 24 de noviembre de 2013

La mano del Luis


Fue el gordo Héctor el que vino con eso de que lo había visto salir al Luis de un “telo” con una vieja.

- ¿Cómo con una vieja? –pregunté yo.

- Una vieja: rodete, agujas de tejer, biscochuelo para los nietos. ¿No sabés lo que es una vieja?

- Imposible –saltó el Colorado. El Gordo lo miró con hosquedad:

- ¿Me ves cara de estar jodiendo?

Qué bárbaro, me quedé pensando, justo alguien como el Luis. El accidente debía haberle afectado algo en la sesera, no había otra explicación. Para quien no lo conoce, el Luis es un ser único. Como explicarlo: el tipo es un sex symbol, un galán en todos los aspectos de su existencia. Quizá por eso el Bobina, que es la envidia con patas, no lo traga. Según se dijo, el accidente había sido una cosa totalmente pelotuda: el Luis que viene con el taxi por Alem, tranqui, escuchando un caset de Arjona o de César “Banana” Pueyrredón, cuando a la altura del Correo se roza con un interno de la línea 152 que venía pasando a otro, con la mala leche que justo en ese momento el Luis iba con el brazo afuera de la ventanilla tomando el fresco. El bondi le llevó mano, anillo, reloj, pulsera con las iniciales, todo. Con el Colorado planeamos ir a verlo al nosocomio en un par de oportunidades, pero por hache o por be nunca terminamos de decidirnos. Sabíamos que la habitación del Luis había sido un desfile de minas, que por lo de la mano le habían terminado haciendo un implante, y que ya hacía un tiempo que le habían dado de alta.

Ese viernes estábamos en la mesa de la vidriera, el Bobina con el suplemento deportivo y Héctor que no terminaba nunca de contar una discusión que había tenido con el farmacéutico que le vende las pastillas para la dieta, cuando por la vereda de la avenida lo vemos al Luis.

- Mirá quién se aproxima –digo.

El Bobina desvió los ojos del diario:

- ¡Cagamos, el sátiro de la mano! Háganse los boludos que sigue de largo.

- ¡Avisá, che! –dijo el Colorado y le golpeó el vidrio.

Cuando el Luis entró, pantalón pinzado, camisa con el cuello abierto, campera de gamuza arremangada, impecable como de costumbre, la tertulia lógicamente clavó los ojos ávidos en la mano: ver a un tipo al que le ponen la mano de otro chabón no es cosa de todos los días. El Luis, dueño en todo momento de la situación, la elevó distraídamente para acomodarse el pelo y se la introdujo en el bolsillo:

- ¡Qué dice la gilada!

- ¡Que hacés Luis!

- ¿Cómo andás?

- Acá con los muchachos tenemos un problema, no nos darías una mano -dijo el gordo. El Colorado y el Bobina ahogaron la carcajada.

El Luis, inmutable, pidió un fernet, sacó un atado de Benson y lo tiró en la mesa para que nos sirviéramos. Hubo unos segundos en que, como quien dice, nadie se atrevió a arrojar la primera piedra.

- Bueno, dale, mostrala –se impacientó el gordo. El Luis con gestos medidos  sacó la mano del bolsillo y como si fuera la pieza que recibe el premio mayor en la Fiesta Nacional del Surubí, la apoyó delicadamente sobre la mesa. Para el que esperaba algo impresionante la verdad que fue una desilusión: cinco dedos, anillo y pulserita nuevas: una mano como cualquier otra.

- ¿Y no te da asco morderte las uñas? –se interesó el Colorado. El Luis, plácido, sin hacer bandera, digamos, parecía soportar la curiosidad malsana sin mayores contrariedades. Recién ahí el Bobina apartó el suplemento deportivo:

- Che Luis y cambiando de tema... –dijo poniendo su mejor tono de hijo de puta- vos que te bajás un número considerable de potras, ¿es verdad que le estás dando para que tenga a una de ochenta?

Al Luis se le transformó la cara:

 -  ¡Avisá, nada que ver!

- Cómo nada que ver, no te hagás el gil, si acá el amigo Héctor, te vio salir del “telo”.

- Te repito, nada que ver...

Se hizo un silencio incómodo, la voz del Luis salió forzada:

- Eso es otra historia.

- Y contá, contá –acotó el Colorado frotándose las manos.

- Tal vez en otra ocasión, Colorado.

- ¡Dale, no te hagas rogar! –presionó el gordo.

El Luis se mantuvo unos segundos de perfil, la vista perdida en la acera de enfrente, era propiamente el Claudio Levrino en “Un mundo de veinte asientos”, le dio un sorbo corto al fernet y de golpe bajó la vista:

- Tuve algunos problemas.

- ¿Qué problemas? –pregunté yo. El Luis deslizó la vista por la mano como si acariciara el capot de su Peugeot gasolero:

- De adaptación...-dijo- Fue al mes del implante, como no sentía molestias y la herida en la muñeca había cicatrizado, el médico me dijo que podía volver al taxi...

- ¿Tan pronto?

- Efectivamente. El primer día fue como cualquier otro, podía agarrar el volante, acomodar el espejo, mover la palanca de la luz de giro, todo lo más  bien. Al siguiente,  vengo por Av. de Mayo, altura Tacuarí, cuando sube un viejo, de golpe siento un hormigueo, la mano que se suelta del volante, se mueve hacia el asiento de atrás y le palmea la pelada al tipo.

- ¡A la mierda! –el Colorado dio un respingo en la silla.

- Juá, juá, dejate de joder –se rió, sobrador, el Bobina.

- ¡Si se me van a cagar de risa me paro y me voy! –protestó el Luis semi-incorporándose.

- No le hagás caso a éste, vos seguí –medió el gordo. El Luis se acomodó en la silla y me miró como buscando un sostén:

- Ubicate en la situación, Oscarcito, el viejo que me ojea como para comerme y yo que no sé que carajo hacer: para zafar empecé a decir disparates, cosas de trastornado, el tipo se bajó a las dos cuadras despavorido. Esa mañana no pasó nada más, hasta que a media tarde la mano que sale por la ventanilla y saluda a una mina que iba con un changuito de las compras. Me dije: “Luisito, acá algo no funciona” Así que me vuelvo a la clínica, hablo con el cirujano que me había operado: No  se haga problemas –me dice el tipo- lo que a usted le ocurre es muy normal. ¿Cómo va a ser normal andar saludando a gente desconocida por la calle, doctor? -le digo. Es que precisamente no es gente desconocida –me contesta el tipo.

- ¡Que hijo de puta! ¡Los médicos son unos turros, es creer o reventar! –se indignó el Colorado.

- Para mí que te estaba cargando –dijo el Gordo

- Lo mismo pensé yo, Héctor: Mi problema es muy serio como para que encima se ponga a tomarme el pelo, doctor, le digo. Déjeme explicarle –me dice el tipo- ocurre que muchas veces los miembros que nosotros trasplantamos tienen recuerdos, sienten nostalgia de su vida anterior...

- Pará, pará –interrumpe el gordo- ¿Entonces el viejo del colectivo y la mina del changuito, venían a ser conocidos del dueño original de tu mano?

- Exacto –aprobó el Luis.

El gordo manoteó un cigarrillo del atado que estaba en la mesa y lo movió entre los labios, satisfecho. Nos quedamos unos segundos en silencio escuchando el lamento acatarrado de la máquina del café.

- Quedé como aturdido –retomó el Luis- ¿pero entonces qué tengo que hacer? -le pregunto. Por ahora nada –me dice el médico- si su mano extraña no es bueno contrariarla, porque puede sufrir un rechazo y tendríamos que amputársela.

- Qué situación jodida –dije.

El Bobina corrió ruidosamente la silla y metió otra vez la cara en el suplemento deportivo, el Luis me registró con simpatía.

- Y... me quedé preocupado, Oscarcito, no te voy a engañar. Un sábado a la tarde me empilcho, cazo un ramo de flores y me voy a visitar a una mina que tengo por Colegiales, y resulta que la mina esta no se encuentra, me había dejado un papelito diciendo que estaba en lo de la pedicura. Entonces me cruzo a la plaza de enfrente a esperarla sentado en un banco. Ni bien me apoyo en el banco la mano que se pone como loca, cómo explicarlo: era un hormigueo mucho más fuerte que las veces anteriores, y en ese momento la veo a la mujer sentada en el banco.

- ¿Qué mujer?

- Martirio Barrile viuda de Crocco...

- ¿Quién? –dice el Colorado.

- La vieja del “telo” –dedujo, rápido, el gordo Héctor.

- Exacto, la vieja del “telo”. Buenas -me dice. Pero, de golpe yo noto que la anciana esta me mira con una expresión rara, como de desconfianza: en el mismo momento, les juro que fue una fracción de segundo, la mano que se mueve como un periscopio, parece otear el aire y con la velocidad de un refucilo vuela y se le prende a la teta derecha.

- ¡No!

- ¡Qué decís, animal!

- Vos no tenés perdón de Dios –protestó el gordo- ¡Cómo vas a hacer una cosa así!

- ¡Me van a dejar hablar o no me van a dejar hablar! ¡Che, qué les pasa!...-lo corta el Luis. Parecía fastidiado, el gordo se removió en la silla.

- Entonces la vieja esta, que se para de un salto, y es como que empezamos a forcejear, mientras yo trato de explicarle lo del implante, la mano que no le suelta la teta. Pensé: ahora me surte, me encaja un bollo, se pone a armar quilombo y termino en cana.

- No es para menos: le estabas manoteando un órgano sexual –dice el Colorado.

-  Pero no va que la vieja esta alza la cartera y desaparece. A partir de ahí les juro que  quedé como estúpido, estuve sentado en esa plaza como seis horas: ni fui a lo de la mina, ni volví a mi casa. La mano, mientras tanto no paraba de hormiguearme. ¿Me estaré volviendo loco?, pensé. Y me dije que tenía que volver a ver a esta vieja, no sé, tenía que hablar con ella, sentía como un pálpito.

El Luis hizo otra pausa, el Colorado bajó una mirada indignada sobre la mano, recostada inocentemente sobre la mesa:

- ¡Que mano de mierda!

- En ella no hay culpa, Colorado –dijo el Luis con tono reflexivo– en todo caso si hay un responsable ese es el progreso irreversible de la ciencia.

El gordo se exaltó:

- Tal cuál, el progreso irreversible de la ciencia, que avanza sin tener en cuenta al ser humano, fijate sino lo que me está pasando a mí con las pastillas para adelgazar.

- ¿Y?  –se impacientó el Colorado- ¿Volvieron a verse?  

- Volví a la plaza durante dos semanas seguidas. Te juro que cada vez que me acercaba al banco, la mano cambiaba de personalidad, se ponía como loca. Y un jueves por la tarde la encontré. Siéntese -me dice la vieja, no parecía nerviosa ni asustada y yo pensé: antes que nada tengo que disculparme: Mire, doña... –empecé. No es necesario –me corta.

El Bobina, rojo de rabia, cerró el diario:

- Y ahí nomás la mano la hipnotizó, la agarró del cogote y se la llevó para el “telo”. ¡Dejate de joder! ¡Cómo se pueden tragar semejante sapo!

- ¿Vos por qué no seguís leyendo? –lo increpó el Colorado.

- Pero quien no tiene sus ratones, papá, es lo más natural del mundo. Acaso Héctor no sueña con voltearse a dos jugadoras de hockey mientras lo cagan a cintazos.

- Y eso que tiene que ver con lo que está contando –dijo el gordo, ruborizándose.

- Que todos tenemos a nuestro degenerado oculto, que es lo más natural del mundo. Por eso digo que éste tiene que asumirlo: si ahora lo calienta una de la tercera edad, lo caliente una de la tercera edad y dejémonos de tanto verso.

- ¡Por que no te vas a la concha de tu madre!

El Luis saltó de la silla y se le fue al humo, entre el Colorado y el Gordo lo sostuvieron:

- Pará. No le des bola.

 El Bobina, estupefacto, retrocedió hacia la barra.

- ¿Quién invita a la mesa a este boludo?

- Es un tarado mental, un resentido. Haceme caso: vos no te calentés –lo apaciguó el gordo.

El Luis se estiró las mangas de la campera, terminó de un trago el fernet y miró la hora:

- Bueno, resumiendo, esta señora Consuelo me cuenta que a ella también la habían operado el 23 de mayo, el mismo día que a mí y en la misma clínica. La había mordido un perro y tuvieron que hacerle un implante de glándula mamaria. Había ido a averiguar y para su operación habían utilizado la teta de una donante que había sufrido un accidente fatal un par de horas antes, el mismo accidente en el que había fallecido el donante de mi mano, y que ambos habían resultado ser marido y mujer.

El Colorado y el gordo abrieron la boca como dos pescados.

- ¡Increíble! –dije yo. 

El Luis nos relojeó uno a uno, como evaluando el efecto causado:

- Se imaginarán que cuando aclaramos la situación, yo entendí que había que hacer todo lo posible para permitir ese reencuentro. 

- Mas vale –dijo el Colorado- hiciste bien.

- Entonces la vieja dijo que por esa plaza pasaba mucha gente conocida, que no estaría bien visto que nos viesen, yo entonces propuse ir a un lugar más privado y ahí surgió lo del “telo”. Nos encontramos los jueves de seis a siete de la tarde, pedimos una pieza, nos recostamos en la cama,  mientras la mano y la teta se entienden, yo leo el Grafico o miro alguna película, y la vieja teje cosas para sus nietos.

El Luis se estiró en la silla dando por concluida la historia, Huguito había empezado a circular por las mesas recogiendo los ceniceros.

- Un acto de amor más allá de la muerte –reflexionó el Gordo.

El Colorado alzó de la mesa la mano del Luis y la estrechó con solemnidad:

- ¡Impresionante, varón, te juro que me emocionaste!

Nos quedamos inmóviles. Eran pasadas las nueve, en la calle ya no circulaba un alma, un rato más y habría que levantar campamento. Fue ahí que se escuchó la voz del Bobina, estaba en la otra punta de la barra, casi junto a la salida:

- Che, Luis, entonces si estaban ustedes dos, la teta de esa mujer y la mano del marido: cuando te clavaste a la vieja la cosa se hizo orgía.

Cuando el Luis corrió la silla, el Bobina ya iba por la mitad de cuadra: lo corrió hasta la esquina y una cuadra más hasta la avenida, después quiso volver a buscar el taxi para seguirlo, pero lo convencimos de que no iba a poder alcanzarlo, que mejor se quedara en el molde, que por lo de la operación y todo eso todavía debía estar en la etapa de convalecencia, que le dicen. ¿Para qué calentarse? El Bobina es así, envidioso, reventado, no hay vuelta que darle. No se banca que existan tipos excepcionales, seres distintos tocados por la varita mágica como el Luis.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Una de espías


JUAN (40) e INÉS (45), sentados en una mesa del bar interno de una clínica, esperan. Toman café, hay un plato con dos medialunas. JUAN se come su medialuna de un bocado, habla con la boca llena.

JUAN: Es un trabajo delicado.

INÉS (irritada): ¿Y por qué es delicado?

JUAN: Mucho riesgo, adrenalina a full. ¿Vos tenés idea de las operaciones que hay para desestabilizar a este Gobierno?

INÉS: ¡Yo no tengo idea, pero de algo estoy segura: vos tampoco!

JUAN (a la defensiva): Está bien, okey (traga) Hablemos de otra cosa.

INÉS: ¡No, no hablemos de otra cosa, Juan, dejate de joder!  Tu mujer ya no quiere alimentarse, tiene una depresión severa, acabamos de internarla acá arriba, ¿te enterás?, y se quiere morir.

JUAN: No nos vamos a entender.

INÉS: ¡No, claro que no nos vamos a entender!

Pausa, toman café. JUAN agarra la otra medialuna.

JUAN: ¿Puedo?

INÉS: Si.

JUAN (de dos bocados se come la medialuna restante, habla con la boca llena): Hace dos días que no como, estoy a mil.

INÉS: Fui a tu trabajo.

JUAN: ¿Qué?

INÉS: Que fui a tu trabajo…

JUAN: No entiendo.

INÉS: Al Ministerio del Interior, donde según vos sos esa especie de James Bond. Me mandaron a la oficina de automotores: ¡sos chofer, Juan!

JUAN: ¿Y por qué te metés? ¿Quién te mandó a ir a mi trabajo?

INÉS: Nadie. Martina es mi hermana y voy a protegerla.

Pausita.

JUAN: ¡Qué increíble!

INÉS: ¿Qué es increíble?

JUAN: ¿Vos sinceramente creés que va a haber una oficina con un cartel en la puerta que diga  “Fuerza Especial Cormorán”? ¡Si querés también ponemos un aviso en el diario!

INÉS: ¿Fuerza Especial Cormorán? (tentada) ¡Dejate de joder!

Pausita.

INÉS: Okey, supongamos que es verdad, supongamos que trabajás en esa Fuerza Especial Como se Llame, te pagan, cobran algún sueldo, ¿no?

JUAN: A vos que te importa.

INÉS: ¡Sí que me importa, sí que me importa! Antes de encerrarse en el baño y bajarse el frasco completo de Diazepam, Martina me llamo para pedirme si le prestaba para el alquiler. ¿Qué hacés con la plata?

JUAN: Cortala.

INÉS: Juan, decime una cosa: ¿vos tenés una mina?

JUAN: ¡No digas pavadas!

INÉS: ¿Y entonces?

JUAN: ¡Yo estoy enamorado de tu hermana! ¡Grabátelo! ¡No le sería infiel jamás!

INÉS: ¿Y entonces por qué desaparecés, no contestás los llamados, no se sabe dónde estás, no le llevás plata?

JUAN: ¡Inés, te repito: no puedo hablar! No es mala voluntad, pero si yo te contara vos por ahí sin darte cuenta vas a tu trabajo y comentás. Hay infiltrados en los lugares menos pensados. Yo no puedo exponer a mis seres queridos a semejantes peligros.

Pausa, toman café. JUAN recibe un mensajito en su celular, consulta el display.

JUAN: Perdoname, estoy esperando un llamado.

INÉS (irritada): ¿De “Austin Powers”? (JUAN acusa recibo pero no responde. Cambiando) ¿Juan, cuánto hace que nos conocemos?

JUAN: Bastante.

INÉS: Aunque no te importe lo que pienso, para mí no sos un mal tipo. ¿Por qué armás estas cosas? Nunca pude entender: es raro, no tiene sentido. Como cuando te fuiste ese fin de semana a Mendoza y te apareciste diciendo que habías hecho cima en el Aconcagua.

JUAN: Y la hice.

INÉS: ¡En tu imaginación, Juan! ¿Cuándo te dedicaste a escalar, vos?

JUAN: No me dedico a  escalar.

INÉS: ¿Y entonces?

JUAN: Es parte del entrenamiento.

INÉS: Sí, claro, fuiste a Mendoza, solo, en dos días que estuviste subiste a la cima del Aconcagua, y ni siquiera trajiste una foto.

JUAN: A esa altura los obturadores de las cámaras fotográficas se congelan.

INÉS (estallando): ¡Escuchate hablar! ¿Vos pensás que Martina se cree esas cosas?  Sabés, me exprimo la cabeza y no entiendo, no veo la finalidad.

Pausita. JUAN vuelve a consultar los mensajes de su celular.

INÉS: Estás arruinando tu vida y la de tu familia. Martina me dijo que el nene está con una psicopedagoga. ¿Qué le dijiste?

JUAN: Yo con Matías me entiendo…

INÉS: ¡Le hacés decir que faltás a las reuniones de la escuela porque estás en una misión secreta en Birmania!  Para un chico puede ser divertido, no lo discuto, pero vos sos el padre, le tenés que enseñar que existe algo que se llama realidad y otra cosa muy distinta llamada fantasía.

JUAN: Te repito, yo con él me entiendo.

INÉS: ¿Y cuando desaparecés una semana entera qué le decís?

JUAN: La verdad.

INÉS: ¿Y cuál es la verdad?

JUAN: Que viajo.

INÉS: ¿Viajás? ¿Adónde, Juan? Al casino de Tigre, al de Mar del Plata, viajás. Decime, ¿vos sos jugador?

JUAN: Vuelo a Marruecos, al noroeste de Pakistán. Hacemos trabajos de contra-inteligencia con los grupos opositores que operan desde allá.

INÉS: ¡Mirá vos! ¿Hablás alemán, también?

JUAN: Leider keine ergebnisse refunden…

INÉS: ¡Ay, cortala!

JUAN: Meintest du einen der folgenden…

INÉS: ¡Mirá, de mí burlate todo lo que quieras, pero de Martina no! Decime la verdad, quiero entender, ¿qué estás buscando?

JUAN (reaccionando): ¿Y vos?

INÉS: ¿Yo qué?

JUAN: ¿Qué estás buscando?

INÉS: ¿Cómo qué estoy buscando?

JUAN: ¿Por qué te metés en mi vida? ¿Por qué vas a mi trabajo?

INÉS: Ya te dije, por Martina y por mi sobrino.

JUAN: Te voy a decir lo que a mí me parece: vos buscaste, buscaste hasta encontrar la fisura para meterte en nuestra pareja, siempre envidiaste a Martina, no soportaste que yo la eligiera.

INÉS (incrédula): ¿Qué?

JUAN: ¡Qué siempre estuviste muerta conmigo, Inés, desde la época del colegio, confesalo!

INÉS larga una carcajada.

JUAN: ¿Por qué sino desde que ella y yo estamos juntos vos nunca tuviste una pareja estable, a ver?

INÉS (asombrada): Yo… muerta con vos.

JUAN: Tal cual, soy un tipo apasionado, enigmático, estoy bastante fuerte,  trabajo por la seguridad de mi país…

INÉS: Tengo que reconocer que superás mi capacidad de asombro.

JUAN vuelve a consultar los mensajes de su celular.

INÉS: ¡La podés cortar con ese teléfono! (pausita) ¡Sos de lo que no hay! Ni siquiera fuiste capaz de donar sangre para tu propia esposa.

JUAN: No puedo

INÉS: ¿Y por qué?

JUAN: Dejala ahí.

INÉS: ¡No, dale, a ver: por qué no diste sangre!

JUAN: Qué sentido tiene si igual te vas a burlar.

INÉS: Quiero saber.

JUAN: Nos transfundieron la sangre, a todos los del a Fuerza, tenemos una sangre especial inmune en casos de que intenten inocularnos agentes químicos.

INÉS: ¡Ay, basta, por favor! ¡Vos crees que la gente es estúpida, Juan!

JUAN: Lo que te decía: hablamos idiomas diferentes, no nos vamos a entender.

Pausita, toman café.

INÉS: La vida es mucho más simple. El trabajo, la familia, los amigos y pará de contar. ¿Qué tiene de malo que seas chofer en ese Ministerio? Yo trabajo en una inmobiliaria, no necesito ser Batichica para sentirme realizada. Bajá un cambio. Empezá a vivir la realidad. Martina no está acá porque se enfermó, se quiso suicidar, no quiere seguir viviendo y es por culpa tuya, por tus mentiras.

JUAN: Estás equivocada, no es así.

INÉS: ¡Es así, Juan, es así! Ahora quedate con ella, apoyala hasta que se recupere, prometele que vas a cambiar y después andá a buscar ayuda, hacete tratar por un psicólogo.

Suena el celular de JUAN, atiende.

JUAN: Hola… (a INÉS) ¿Me disculpás? (misterioso, gira, le da la espalda para hablar) Здравствуйте есть проблемы? Соглашения... (mira de reojo a INÉS que mueve la cabeza como no pudiendo creerlo) Oперация может подать около восьми часов ...Я оборудование готово, мы повалили его и суку.(corta, a INÉS) Acaban de lanzar un alerta en el Cáucaso Norte.

INÉS: ¡Juan, por favor, aflojá un poquito!

JUAN se incorpora, saca un pasamontañas de un bolsillo y comienza a ponérselo en la cabeza.

JUAN: Me tengo que ir. Quedate un rato vos, haceme esa gauchada.

INÉS: ¡Juan, pará!

JUAN: Discúlpame, en serio.

INÉS: Estás haciendo un papelón. Sacate eso de la cabeza, vení y sentate acá.

De golpe se escucha el motor de un helicóptero, se corta la luz del bar y un reflector poderoso ilumina por la ventana, irrumpe un soldado de unidad especial con casco, pasamontañas y arma larga rompiendo la vidriera, otro se descuelga con una cuerda del techo. Vuelve la luz del bar, JUAN comienza a salir escoltado por los dos soldados.

JUAN: Andá a buscar a Matías al jardín, ¿dale?, sale a las cuatro y media. Y decile a Martina que trato de estar para la noche (sale y regresa sobre sus pasos) Traigo helado para el postre.

JUAN se retira, los reflectores se apagan y se escucha que el helicóptero se eleva. INÉS queda boquiabierta observando la partida.

APAGON

miércoles, 14 de agosto de 2013

Vocación

Un par de días atrás, estando yo en mi oficina, escuché por la radio una noticia que de inmediato capturó mi atención: en Ingeniero Budge, un grupo de delincuentes había ingresado a una vivienda, amordazando a la familia les robaron todo lo que lograron transportar, pero antes de huir le dieron una mano completa de pintura a un cuarto y al living de la casa. ¿Suena a disparate? Antes de cualquier juicio a priori, me gustaría advertir sobre algo que a simple vista puede parecer una perogrullada pero que no lo es: si la vida de las personas de a pie es un enigma, tanto o más oscura es la subjetividad de alguien que se dedica al delito; dilucidar qué piensa, saber qué lo motiva, cuáles son sus fantasías, sus tabúes y deseos es un completo desafío.

Quizás resulte más claro lo que digo si se me permite contar una breve historia. El relato tiene como protagonista a alguien que llamaré Carlos “Milanesa” Rodriguez (el nombre es falso, pero a los efectos del relato sirve). Milanesa Rodriguez era uno de estos seres dedicados a vivir de lo ajeno, desde hacía unos cuatro años se aplicaba a entrar por la fuerza en domicilios en la que sólo se encontraban ancianos. Milanesa era meticuloso, trabajaba solo y –algo bastante peculiar, ya que hablamos del mundo del hampa- odiaba las armas.


Como no iba armado, para franquearse la entrada a los domicilios se travestía de empleado de una conocida compañía de gas. Había descubierto que el uniforme generaba confianza, bajaba las defensas e invariablemente los viejos le abrían la puerta con una actitud amistosa. Entonces, simulando la punta de un arma dentro del bolsillo irrumpía a los gritos, hacía retroceder a los ancianos hasta la cocina y los maniataba a una silla.    

Milanesa operaba en barrios tranquilos, con poco movimiento, y le iba muy bien. El secreto de su éxito radicaba en el trabajo de inteligencia previa, la información que obtenía en minuciosas recorridas de estudio le permitían dar los golpes siempre en el sitio conveniente, minimizando los riesgos y maximizando los resultados. Así trabajó durante dos años, sin un traspié, hasta que un día como tantos, al irrumpir en un hogar, mientras ataba a su víctima a una silla de la cocina, sintió olor a gas.
Al momento de elegir su falsa identidad de operario, Milanesa Rodriguez se había provisto de una importante cantidad de folletos, manuales e instructivos sobre el funcionamiento de las redes de gas domiciliario, si a esto sumamos el know how propio de alguien que se da maña para reparar cualquier desperfecto de su propio hogar, se comprenderá la seguridad y rapidez con que identificó que ese olor se debía a una pérdida y que dicha pérdida provenía de la cocina de cuatro hornallas que veía allí, entre la mesada y la heladera de aquella casa.
No pudo evitar el impulso, y luego de recaudar todo el efectivo que logro encontrar, se instaló junto a la cocina y desarmando los quemadores, controlando las conexiones del horno y las juntas de la manguera con la red de gas de la pared, solucionó la pérdida. Durante el tiempo que duró la operación, el anciano no pudo sacarle la vista de encima ni disimular la expresión de desconcierto, y antes de que Milanesa se retirase le agradeció el arreglo.
Se trató –convengamos- de un comportamiento extravagante,  y aquella noche, ya en la cama, Milanesa tuvo una sensación extraña, contradictoria: ¿el arreglo de esa cocina había respondido a una necesidad genuina, o había sido el uniforme que llevaba puesto el responsable de aquella reacción? ¿Había un trasfondo de culpa, de prurito moral que se manifestaba de esa manera, o ya no lo satisfacía robar y estaba necesitando nuevas emociones? Los pensamientos lo desvelaron durante varias horas, impidiéndole el descanso, pero Milanesa Rodriguez era un optimista de la acción, una persona extremadamente práctica que aceptaba lo que la vida le ponía adelante.  “El ser humano es un mecanismo complejo  –se dijo- puede tener momentos de lucidez y otros de  comportamiento errático, pero tanto unos como otros obedecen a un plan mayor, a una energía superior que estipula hacia dónde va la vida de cada quién y contra eso no hay tu tía”.
A partir de aquel suceso, sin embargo, en la interioridad de Milanesa pero, sobre todo, en el modus operandi de sus asaltos, algo se alteró para siempre: no sabría explicar el por qué, pero cuando irrumpía en los domicilios era como que una porción de su cerebro siempre estaba atenta a la falla, a la fuga, al desperfecto. Pasaba revista a las conexiones externas, al termostato de los calefones, al piloto de los tiro balanceado, y si encontraba una anomalía, luego que concluir con el robo, se ponía manos a la obra. No es necesario aclarar que por estos trabajos no cobraba (obviamente acababa de robar a sus clientes, con qué iban a pagarle). En su bolso de trabajo comenzó a llevar algunos repuestos: válvulas, llaves de paso, termocuplas.  En una ocasión,  constató una pérdida en la cañería central que entraba de la calle, se trataba de un trabajo de magnitud que había que emprender a la brevedad, él mismo se encargó de llamar a la compañía para que mandaran a una cuadrilla. El cliente domiciliario, por lo general era imprudente con el manejo del gas, no tenía conciencia del peligro al que se exponía con la más sencilla pérdida, y tras los asaltos se encargaba de concientizar a sus víctimas, de dejarles un mensaje.
Lo cierto es que Milanesa Rodriguez con el correr de los atracos fue adquiriendo experiencia. No era un mal técnico y, sobre todo, el oficio le gustaba. En una noche de copas habló sobre lo que estaba viviendo con sus compañeros del ambiente, se rieron pensando que les estaba haciendo una broma y no hizo más comentarios sobre el tema. Debía relajar, permitirse vivir el momento, en definitiva quién podía atribuirse la autoridad para dictaminar qué hacer, o cómo vivir.
Transcurrió un año completo, Milanesa seguía cumpliendo el doble rol con dedicación y buen ánimo, hasta que se produjo el incidente de la camioneta. Buenos Aires es una ciudad intrincada, pero más tarde o más temprano los destinos terminan por cruzarse: cierto día, saliendo de asaltar un chalet de Zona Norte vio pasar la camioneta de la compañía a la que simulaba pertenecer, el vehículo disminuyó la velocidad, un operario se asomó por la ventanilla y le gritó si iba para la empresa. Milanesa Rodriguez se paralizó, un cúmulo de sensaciones lo tomaron por asalto: ¿Qué hacer? ¿Era una señal, o era el simple azar que lo ponía a prueba? No lo pensó demasiado, con mil cosquillas en el estómago les gritó que lo esperaran, apretó el bolso de trabajo bajo el brazo y se trepó al vehículo.
Luego del suceso de la camioneta -y con una gran cuota de audacia - Milanesa aprovechó el malentendido para incorporarse  a una de las cuadrillas de calle de la compañía. De inmediato mostró excelentes cualidades, pasaron varias semanas de trabajo intenso, pero como era dable esperar la situación irregular debía llegar a su fin: era alguien que no figuraba en la oficina de personal, nadie lo conocía, nadie lo había contratado y, sobre todo, no reclamaba sueldo alguno. Con el apoyo de sus compañeros blanqueó su condición y como era un buen operario fue incorporado y cobró su primer sueldo.
Su ascenso en la empresa fue meteórico: a los seis meses de integrar las cuadrillas de calle pasó a la Oficina de Mantenimiento, en poco tiempo fue nombrado Jefe de Sección, medio año más tarde lo enviaron a la Planta Central de la compañía, en Amsterdam, para perfeccionarse. Mientras tanto, los robos, como ahora debía cumplir horario quedaron para los fines de semana. Además, representaban una complicación, porque al ser ya un operario legítimo sus compañeros lo interrumpían a cada rato por handy para pasarle órdenes de reparación, hacerle consultas o, simplemente, para convenir un horario para pasar a buscarlo por el domicilio de sus víctimas. Pero la realidad es que fue perdiendo el interés, sus salidas a robar se fueron espaciando, comenzaron a languidecer y con la misma naturalidad con que había reparado la primera pérdida de gas, un día cualquiera llegaron a su fin.
Hasta aquí llega, a grandes trazos, esta historia. En la actualidad, Carlos “Milanesa” Rodriguez es Gerente de Logística para América Latina y el Caribe y ocupa una oficina con vista al Río de La Plata. Es precisamente de ese despacho desde donde escuchó por radio la noticia del asalto en Ingeniero Budge (él y yo, se habrá deducido, somos la misma persona) Y así funcionan las cosas en el mundo, a veces las historias se reiteran, con algo de maquillaje, cambios de escenario y de actores, los argumentos se repiten. Tengo la esperanza que los muchachos que irrumpieron en esa casa, robaron y antes de huir le dieron una mano de pintura al living y a un cuarto, colaborando con esta buena gente que evidentemente estaba en proceso de reciclar el hogar, si leen estas líneas puedan sentirse algo menos confusos.