sábado, 12 de mayo de 2012

Perro Fernández

Yo sé que la movilización se nos fue de las manos, como alguno de ustedes señala la cosa se desmadró, se salió de cauce. Aprovechadores, oportunistas que esperan el momento para sacar su tajada hay siempre. La cuestión está en haber confiado, en no haber visto la jugada a tiempo, ¿se entiende? Nos utilizaron, nos jodieron bien jodidos, y ahora con la cúpula desarticulada, la mitad de los compañeros enjaulados, toda esa gente herida gratuitamente, se va a hacer difícil cualquier movimiento futuro. Máxime con la opinión pública, con los medios en contra. Ustedes son periodistas, no es cierto, les hago una pregunta: ¿piensan realmente que no somos más que "perros troskos buscando desestabilizar a un gobierno democráticamente constituido"? ¡Con una mano en el corazón! ¡Es una ingenuidad, es absurdo! De sólo pensarlo se me erizan los pelos. ¡Usted, toque, pase la mano! Si quieren que hablemos seriamente de esto, primero hay que ir por partes: para empezar les digo que antes de lo de la plaza, lo que nosotros sentimos cada vez que golpeamos las puertas del poder fue la peor de las indiferencias, siempre, fue darnos de frente contra una pared. No somos unos improvisados, me entiende, no somos arribistas, no nos compran con un hueso. Nuestra lucha, nuestro reclamo no es de ahora, venimos sufriendo desde hace muchísimo y, tal vez, "el ladrido de plaza Francia" fue la gota que rebalsó el vaso, el punto de saturación. Y que nuestras bases, hambrientas de justicia, inmediatamente abrazaron como símbolo. Miren, yo no voy a justificar nada, pero hasta el peor de los cuzcos pulguientos necesita de un símbolo, de una bandera. Eso a uno lo ayuda a vivir, ¿se comprende? El "ladrido de plaza Francia" fue una reacción totalmente lógica. Ojo, no quiero decir que fue algo planeado, pero era un estallido que ya estaba en el aire, que se olfateaba, ¿me entienden? Sólo era cuestión de tiempo. Lo de aquel paseador, como ustedes bien dicen, fue la chispa que encendió la mecha. Está bien, el pobre chico tal vez tuvo más de lo que se merecía, fue un instrumento, pagó el pato por los abusos que venía cometiendo la Asociación de Paseadores y Afines que, entre paréntesis, nunca se hizo eco de nuestros reclamos. De cualquier forma fue una pérdida gratuita: morir estrangulado por las correas de sus propios clientes, en pleno centro de la ciudad, quizás fue excesivo, lo admito, pero digamos que toda revolución necesita sus mártires, a veces un hecho de esta naturaleza sirve para encauzar el malestar que se viene produciendo por años de expoliación. Inmediatamente, el suceso de plaza Francia se contagió a las plazas vecinas, inquilinatos, edificios de departamentos, hasta sumir a toda la ciudad en un largo y expansivo ladrido de libertad. ¿Libertad contra quién? ¿Cómo libertad contra quién? ¡Cómo quiere que no muestre los dientes, viejo, mire la pregunta que hace! ¡Las ordenanzas municipales sobre deposición en la vía pública, el control del sexo en las plazas, los malos tratos y el hacinamiento a los que nos someten los paseadores, la actitud discriminatoria de las administraciones de consorcio, la torturante vida de preso en balcones de reducidas dimensiones, los intentos de frivolizar nuestros reclamos sacando a relucir la instalación de todas esas peluquerías y boutiques caninas, la importación provocadora de compañeros de otras latitudes, razas trasplantadas de la Siberia o de las campiñas inglesas que sufren el desarraigo y no comprenden nuestra idiosincrasia, que provocan el menosprecio del verdadero habitante de estas tierras, el perro criollo argentino! ¡Libertad contra quién! ¿No le alcanza? ¿Le parece poco, eh? Pero, bueno, centrémonos en los sucesos posteriores: la movilización a Plaza de Mayo. El acto estaba planeado para las cinco de la tarde, a las tres empezaron a llegar las primeras columnas. Por Avenida de Mayo ingresaron las seccionales del interior y del Gran Buenos Aires, que se ubicaron sobre la derecha, cada una con sus pancartas: la Asociación de Lucha contra la Perrera, el Grupo Anti-bozal y el Frente Cachorros de Izquierda ocuparon el lado izquierdo. A las cuatro llegó la columna de Perras Contra la Castración y a las cuatro y media ya estaba todo listo. En primer término tenía que hablar el Secretario General del Gran Buenos Aires, después un representante de Perros de la Calle y como cierre venía yo. Como les decía al principio: nos utilizaron vilmente. El nuestro es un nucleamiento de masas y como tal no hace distingos de ideas ni de banderías, nuestra intención, nuestro mandato fundamental es hacer escuchar la voz de los de abajo, de los maltratados, de los oprimidos, de los sometidos al oprobio y la injusticia. Pero nos utilizaron. Al inicio mismo del discurso del compañero del Gran Buenos Aires ingresaron infiltrados, un grupo de choque, perros dogos con las caras cubiertas, no más de diez, pero que irrumpieron como verdadera jauría (señala a un periodista) Si no me equivoco fue su diario el que publicó que pertenecían a nuestra agrupación. Los medios como siempre tergiversan la verdad. ¡Yo le digo que no, que no pertenecían a ninguna agrupación, me entiende, eran violentos, mano de obra desocupada, mercenarios que se venden al mejor postor! Entraron por el centro, con una pancarta que decía "Brigada Rintintín", fíjense, si hasta parece una tomadura de pelo. Un plan absolutamente orquestado. Atropellaron sin siquiera ladrar, dando dentelladas a diestra y siniestra. Las compañeras de Perras Contra la Castración fueron las primeras en reaccionar. Se produjeron algunas refriegas. Fue la excusa perfecta para el paso siguiente: cuando del lado del puerto avanzó la Brigada de Perros Policías, pastores alemanes dispuestos a reprimir. Ni la peor mente maquiavélica hubiese planeado algo semejante: esos pobres esbirros del poder debiendo hincar el colmillo en su propia especie, traicionar a su propia sangre. Desde el palco, comprendí que debía hacer algo, llegar hasta el micrófono, pedir calma, pero el desconcierto, las corridas habían llegado también al lugar que ocupábamos. Fue ahí, en ese preciso momento, fíjense, que nos dieron el golpe final, el tiro de gracia, como quien dice: primero se escuchó un ruido apagado de motores, alzamos la vista y vimos recortarse en el cielo al Escuadrón de Helicópteros de la Prefectura, que hizo unos vuelos en círculo y se aproximó hasta el centro de la plaza y, fíjense ustedes, cuando estaban a unos veinte metros de altura, los muy traicioneros, abrieron los depósitos y nos bombardearon con un centenar de gatos espantados, que un poco por el susto y otro por la desorientación, empezaron a arañar, a morder y a correr sobre los lomos de los treinta mil compañeros que ocupaban la plaza. Y entonces si vino el descontrol, se imaginarán que la jauría enloquecida ya no estaba en condiciones de razonar, inútil fue alertarlos sobre el manejo tramposo. La masa desquiciada salió a morder, destruir, saquear, incendiar, violar, en una venganza reivindicativa, una locura destructora que no acaba. Finalmente, escúchenme bien: el perro históricamente maltratado, vejado, expoliado, mostró su costado más oscuro y animal. Presten atención, y anoten, porque ahora sí que estamos enfurecidos, ahora sí que van a sufrir nuestra rabia, las fauces babeantes, los ojos inyectados en sangre, porque ya no va a haber compasión. ¡Podrán enjaularnos, medicarnos, matarnos de hambre, pero se acabó! ¡Es la peor de las batallas, es la guerra total! ¿Qué hace, viejo? ¿Para qué llama al guardia? ¡Grrrrrrrr! ¡Arffff! ¡Dirigentes políticos e intelectuales, amas de casa y paseadores, niños y periodistas, ha llegado la hora, me escuchan! ¡Grrrrrr! Hago un llamado a todos y cada uno de los perros del mundo. ¡Estamos rabiosos, finalmente estamos rabiosos: el perro de ciudad y el perro de campo, el perro de montaña y el perro de mar, estamos enardecidos, iracundos y no va a haber escape, no va a haber hueco, agujero o madriguera en el mundo donde ocultarse! ¡La guerra, la conflagración total! ¡Grrrrrrrr! ¡Arffff! Le repito: ¿para qué quiere al guardia? ¡Pero si estoy tras las rejas! ¡Grrrrrrrr! ¡Arffff! ¿Adónde van? ¡Vuelvan a sentarse! ¡Grrrrrrrr! ¡No se vayan, la entrevista no terminó, no se vayan! ¡Grrrrrr! ¡Arffff! ¡Guau, gauuuuu!....

miércoles, 2 de mayo de 2012

Último set

Tribunas de ‘court’ central, se está jugando un partido de un torneo internacional de tenis. Sentados, DELFINA y HUGH, los padres del tenista. La pareja gira la cabeza a izquierda y derecha siguiendo el juego. HUGH viste equipo de tenista, DELFINA por momentos hace cuentas frenéticas en una calculadora. Escuchamos el off de los golpes acompañados por los "¡ufff!" del tenista, de su contrincante ruso y aplausos.HUGH (tono de entendido): Un mix de trabajo y resistencia, con rutinas específicas de velocidad, preferiblemente en cancha y sin pelota…

DELFINA (abstraída en la calculadora): Me llevo dos, ocho por tres veinticuatro, dividido seis, más doce…

HUGH: Una labor de incentivación, para que el propio jugador se concientice y observe su rendimiento…

DELFINA: Cinco por tres, me llevo seis, cero al conciente…

HUGH: Descubrir el instante en el que se puede exigir y en el que uno debe decidir un descanso (perdiendo convicción) Y… ejem, y por su puesto subir a la red.

DELFINA (reaccionando): ¿Qué dijiste?

HUGH: Dije "y por supuesto subir a la red"

DELFINA: ¿Qué, no está subiendo?

HUGH: ¡Sí que está subiendo!...

DELFINA: ¡Pero dudaste!

HUGH: ¡No dudé!

DELFINA: ¡Dudaste, Hugh, dijiste ‘y por supuesto subir a la red’ y dudaste!

HUGH: ¡Delfina, te pido por favor!

Pausa, giran la cabeza a izquierda y derecha.
DELFINA: ¡Explicame!

HUGH: No dude, lo que pasa que hoy...

DELFINA: ¿Hoy? ¿Hoy? ¡Hablá!

HUGH: No lo veo enfocado. Está otra vez plantado en el fondo…

DELFINA: Si vos dijiste que jugara en el fondo (Pausita, vuelve a hacer cálculos, se escucha el off de los golpes) Así lo terminás confundiendo.

HUGH: ¡No digas pavadas!

DELFINA: Me confundís a mí, no lo vas a confundir a él.

HUGH: Él sabe.

DELFINA: Él no sabe, él es un chico: en setiembre cumple diecisiete.

HUGH: ¡Delfina, please! (intentando amabilidad) Estoy intentando analizar el partido, encontrar alguna variante que nos favorezca.

Giran la cabeza a izquierda y derecha, ella vuelve a hacer cálculos frenéticos.
DELFINA: Trescientos dividido tres, por cuatro… ¡No, Hugh, no hay caso, no cierra por ningún lado! ¿Qué vamos a hacer? (de golpe se bate el pelo, mira hacia el frente): ¡Ahora sí! ¡Nos están tomando de nuevo, sonreí, ponete derecho!

HUGH: ¡Dejame en paz!

DELFINA: Tendrías que haberte puesto algo más presentable: la chomba blanca con el pantalón de hilo. ¡Te digo que nos están enfocando!

HUGH: ¡Delfina, calmate!
Delfina hace sonrisitas frenéticas a la cámara, hace mohines, simula sorpresa, de golpe aplaude.
HUGH: ¡QUÉ HACÉS ANIMAL!

DELFINA (espantándose): ¡Ay! ¿Qué pasó?

HUGH (comienza a hacer los movimientos de los golpes): ¡Con el movimiento acompañá la pelota! ¡Tenés que buscar la paralela! ¡Por el amor de Dios! ¡Si parece enyesado!

DELFINA: No hablés así, me angustiás. ¿Qué vamos a hacer, Hugh, qué vamos a hacer? Hace ocho meses que no gana (vuelve a la calculadora) Son ciento ochenta mil dividido doce, me llevo tres, cero al conciente…. No llegamos a dieciseis mil dólares mensuales, hay que solventar los vuelos, los hoteles (se desespera) ¡La hipoteca, Hugh, vamos a perder la casa del country!

HUGH: ¡Shtt, pará, pará! (su rostro deja entrever que el tenista está mejorando, se incorpora) ¡Bien, Ramiro, bien! ¡Llevá el ritmo! ¡Bien!… Ahora tirá la paralela, el passing, bien Ramiro!... ¡Pelotealo! ¡Hora sí, aprovechá que está a la defensiva!… ¡Dale con drop, ves que podés!… ¡Vamos con el drive, bien Ramiro! ¡Ahora repetí el paralelo!

DELFINA (aplaude): ¡Ay qué divino!

HUGH (entusiasmo "in crescendo"): ¡Mové las piernas, bien! ¡El brazo extendido, cruzala! ¡Bien Ramiro! ¡Huevo, Ramiro! ¡Dale que no sabe! ¡Dale que es ruso!

DELFINA: ¡Muy bien, hijo!

HUGH (al contrincante): ¡Ruso botón, comunista! ¡Huevo, Ramiro, huevo Ramiro! (empieza a cantar) Oooooh / Ruso sos botón / sos botón, sos botón / ruso sos botón…

DELFINA (atónita): ¡Hugh!

HUGH (descontrolado): ¡Ruso, compadre / la concha de tu madre… / ruso, compadre / la concha de tu madre… Argentina, Argentina, Argentina…

DELFINA: ¡HUGH! (lo agarra de un brazo) ¡Basta! ¡El papelón que estás haciendo: estamos saliendo en todo el estadio! ¡Emprolijate ese pelo y sentate, haceme el favor!

HUGH (volviendo en sí): ¡No sé que me pasó, se me debe haber bajado el azúcar en sangre, perdoname! (pausita, se deprime) ¡Abandono, Delfina! ¡No puedo más!

DELFINA: No digas eso, por favor (recuesta la cabeza de HUGH en su hombro) Vení. Estás estresado, eso es lo que pasa.

HUGH: Por momentos mejora, pero enseguida se cae. Ya no sé que hacer. Miralo, da vergüenza (se agarra la cabeza, está al borde de la crisis)

DELFINA (incorporándose, al tenista): ¿Rami, baby, qué sucede?… Rami tu padre tiene razón ¿Estás desconcentrado? Vamos hijo, estás raro, yo sé que te pasa algo… No seas chiquilín, Rami… Es necesario que te comuniques… Recordá que somos un equipo Ramiro y en todo equipo lo que prima es la franqueza… Si callás no estás siendo sincero y eso es muy molesto…

HUGH: Dejalo, Delfina.

DELFINA (exasperándose): Indica que no agradecés todos los esfuerzos que hace tu padre, todos los esfuerzos que hago yo. Rami, te pido que reveas tu actitud. No tenés ningún derecho, es estúpido, es necio (cada vez más alterada) Además quiero recordarte que hubo un acuerdo, Ramiro: vos tenías que ganar…

HUGH: Dejalo.

DELFINA: Es ingrato tener que recordarte todo lo que nos debés. Sin nosotros serías un pobre chico sin futuro, sin una carrera (sacada) Te estás comportando como un imbécil, como un mocoso consentido, un semianalfabeto que lo único que sabe hacer es pegarle a una triste pelotita, y no lo voy a permitir. ¿Me escuchás? (agarrándose la cabeza) ¡No te soporto, ya no puedo escucharte: "¡Ufff!" ¡Ufff! ¿Qué sos, un perro, una especie de oso salvaje? Ni siquiera te expresás como un ser humano. ¡DESAGRADECIDO! ¡MARICÓN!

HUGH: ¡Delfina, pará!

DELFINA (en un ataque de nervios): ¿Es que no entendés? ¡Vamos a perder todo!

HUGH: No es para tanto…

DELFINA: ¿Hugh, qué somos sin él? ¿Pensaste alguna vez qué sos vos sin él? ¡Culpa de esa bestia sos un pobre tipo, un fracaso!

HUGH: Bueno, no hay que dramatizar, es nuestro hijo, mi amor…

DELFINA: ¡Das pena, sos un cero a la izquierda! Te disfrazás de tenista, das instrucciones todo el tiempo como si supieras.

HUGH: Sos demasiado dura con él. Hay que hacer de tripas corazón, mi amor…

DELFINA: ¿Sabés como se burlan de vos en el circuito? ¡Es tan vergonzoso! ¡Sos casi un imbécil!

HUGH: No deja de ser nuestro hijo. Calmate.

DELFINA (furiosa): ¡No me calmo nada! Estamos en la ruina, se acabó Sydney, se acabó Roland Garrós, nuestro sueño de vivir en Miami. El año que viene va a decidir por sí mismo, me dijo que odia el tenis.

(Pausa, giran la cabeza a izquierda y derecha, se escucha el off de los golpes acompañados por los "¡ufff!" del tenista y de su contrincante)

HUGH: Puedo retomar mis clases de paddle.

DELFINA: ¡No digas pavadas!

HUGH: Era buen profesor.

DELFINA: Tenías tres alumnos.

HUGH (se incorpora, de golpe soñador): ¡No hay que tenerle miedo al cambio, Delfina!

DELFINA: Ya no podría volver a ser pobre.

HUGH (se acerca, cariñoso): Volver a comer polenta…

DELFINA (le causa gracia): Arroz con aceite, con galletas marineras…

HUGH: Tomar el 71 hasta la casa de tu madre en Villa Adelina…

DELFINA: ¡Estás loco, olvidalo!

HUGH (se incorpora, la invita a seguirlo): ¡Dale! Tomémonos el próximo vuelo, volvamos a casa, armemos las mochilas y vámonos a Sierra de la Ventana en el Expreso Chevallier.

DELFINA (ilusionándose): ¿Como cuando éramos novios?

HUGH: Con los borceguíes, las bolsas de dormir. Un tiempo mágico. Podemos recuperarlo Delfina, yo siento que seguimos siendo los mismos.

DELFINA: ¿Te parece?

HUGH: ¿Qué nos ata? Sólo hay que animarse…

DELFINA (encantada): ¡Estás loco, Hugh, por eso te quiero!

HUGH: Dejemos a este desnaturalizado.

DELFINA: Qué ni siquiera es nuestro hijo.

HUGH: Es verdad, había olvidado que era adoptado. ¡DESAGRADECIDO!
DELFINA: ¡MARICÓN!

HUGH y DELFINA salen abrazados. Los ‘ufff’ del tenista y de su contrincante ruso se transforman en un único ‘ufff’ estirado del hijo, de suplica ante el abandono.

APAGÓN

lunes, 23 de abril de 2012

La mudanza


Señores gobernadores, señores intendentes, miembros del poder judicial, señores senadores y diputados, conciudadanos...

sábado, 21 de abril de 2012

Los sapos

Al salir del chalet, Galundia recuerda que se detuvo a contemplar el cielo bajo, submarino, la bruma de la mañana borraba los castaños del parque, el capot, los vidrios del auto parecían transpirar agua sucia. Recuerda que sorteó las calles del barrio, tomó la colectora y subió a la autopista abstraído en el trabajo: en el estudio esperaba una semana movida, había que armar una reunión preparatoria por la licitación y estaban las entrevistas para tomar nuevo arquitecto. A pesar de la hora temprana el tránsito era nutrido, pasando las torres de la planta de gas encendió la radio. Recuerda que sucedió en ese momento: a la altura del tercer carril, estirado transversalmente en el asfalto vio el bulto inmóvil y un camión alto con dispositivo frigorífico que lo pasaba por encima. Fue una fracción de segundo, a esa velocidad y con los vidrios mojados, era posible confundir aquello con cualquier otra cosa.

Durante el día, mientras trabajaba en la mesa de dibujo, recuerda Galundia, esa imagen fugaz le vino a la cabeza una y otra vez. A la mañana siguiente, al reconocer las torres de la planta de gas instintivamente bajó la velocidad y buscó, de golpe le temblaron las manos en el volante: allí estaba, como lo temía era un cuerpo. Arriesgando una maniobra prohibida cambió de carril, se volcó hacia la izquierda y se detuve unos cincuenta metros adelante. No parecía un pordiosero, era un hombre de mediana edad, aunque en el asfalto no había sangre, se notaba que estaba destrozado, tenía sectores, principalmente las piernas y el abdomen, que estaban como aplanados, aplastados contra la ruta. ¿Podía ser que estuviera desde la mañana anterior? ¿Que lo pasasen por encima una y otra vez? ¿Qué nadie hubiese intervenido? Recuerda que se puso a hacer señas con las manos, que instaló las balisas del auto: la idea de detener el tránsito de la autopista era tan descabellada como la presencia de aquel cadáver. Después de un rato y a riesgo de que lo llevaran por delante, no tuvo mas remedio que subir al auto y seguir camino.

Cuando llegó al estudio llamó al 101 e hizo la denuncia, un Policía de voz apática le tomó los datos. Sentado frente a la computadora y más tarde en la mesa de dibujo Galundia ya no pudo desprenderse de la imagen turbadora: un pobre tipo extendido en la ruta y decenas, cientos de automóviles pasando una y otra vez, machacando su cuerpo inerme contra el asfalto.

Por la tarde comenzaron las entrevistas con los arquitectos y con su socio tuvieron la primera reunión por la licitación. Bosquejos, cálculos, discusiones filosas sobre porcentajes, costos, ganancias. Emprendió el viaje de regreso con la cabeza retumbante: si el proyecto salía y firmaban estarían a cargo la construcción de tres supermercados de una cadena importante, con la posibilidad de otros tres si la empresa quedaba satisfecha, su socio estaba enloquecido, no paraba de moverse y de palmearlo, preguntándole cada dos minutos qué pensaba. A unos dos kilómetros del peaje, a la altura de la curva grande, recuerda, vio aparecer el segundo: estaba junto al guardarail, por el tamaño parecía un chico, tenía la cabeza como irreal, completamente aplanada contra el pavimento. Volvió a detenerse. ¿Qué cosa estaba sucediendo? Sin dudas algo grave, pero no alcanzaba a comprender, no lograba discernir. ¿Debía intervenir, debía hacer algo?¿Y mientras él se interrogaba qué, un inocente era machacado una y otra vez contra la ruta? Caminó un par de metros por la banquina y se detuvo, volvió sobre sus pasos. Desde la superficie elevada de la autopista, la noche densa de los suburbios parecía decir otra cosa: todo encajaba en su molde, el mundo rotaba sobre su eje, la gente se reunía alrededor de sus mesas.

Durante la cena pensó en hablar con Emilia, pero no era la mejor idea, desde la mudanza su mujer se mostraba susceptible, si le contaba empezaría a decir que debían volver al centro, regresar al departamento disponible de sus padres, para Emilia el mundo exterior era pura amenaza. Después de acostar a su hijo, recuerda Galundia que prendió el televisor y busco en los informativos: la guerra en Medio Oriente, el adelanto de las elecciones, ni palabra sobre el tema.

En el viaje de ida del día siguiente avistó otros dos: un hombre y una mujer, boca abajo, tomados ridículamente de la mano, ocupaban los dos carriles centrales. Los automovilistas para sortearlos ni siquiera aminoraban la velocidad. A esta altura, recuerda, comenzó a dudar de su cordura. Todo parecía real, pero si se dejaba llevar por el entorno el suceso completo podía no ser más que el libreto de una película fantástica nacida de su imaginación. Al mediodía, no supo o no pudo contenerse y sacó el tema en el estudio. Sucedió mientras almorzaban, su socio, cuando no, insistía con la licitación, cuando él lo cortó en seco señalando lo de los cuerpos.

- ¡Algo escuché!–dijo Carlos, notó su crispación. Y a continuación se hizo un silencio tan incómodo que él mismo, recuerda, volvió a hablar de los supermercados y las posibilidades de crecimiento que representaba un contrato así para el estudio y para sus carreras.

Por la noche, como lo temía, tuvo una pesadilla: viajaba con su automóvil por una superficie negra y plana, los cadáveres se iban descolgando del horizonte recto, se asomaban de a dos, de a tres, pero se anunciaban y él podía esquivarlos con un leve movimiento de volante. La velocidad y la frecuencia de las apariciones aumentaba, de golpe la dirección no respondía, los controles del auto parecían enloquecer. Espantado, comprendía lo que significaba: en el horizonte recto aparecían cuatro, cinco cuerpos, la dirección del auto vacilaba, parecía optar por uno y se encaminaba directo hacia él para arrollarlo. En el momento del impacto, como en un videogame, la imagen se cortaba y todo volvía al principio.

En los días siguientes, recuerda Galundia, el fenómeno se multiplicó. Sólo en su tramo, entre el viaje de ida y el de vuelta podía contar más de veinte cuerpos. Ante lo grosero de la situación, los noticieros ahora sí acusaban recibo, hablaban de "fenómeno irracional", de "inmolaciones incomprensibles". El Servicio de Autopistas aconsejaba no hacer maniobras bruscas para evitar accidentes en cadena.

Con los nervios en tensión creciente, Galundia descubrió que había iba elaborando un mapa mental con la ubicación de cada uno de los cuerpos. Una ruta íntima dentro de la ruta original, por la que debía ensayar un cuidadoso recorrido, con variaciones de marchas, velocidades, desvíos y arriesgados cambios de carril. Definitivamente estaba perdiendo la razón. ¿Por qué parecía ser el único afectado? ¿Quién lo había dispuesto? ¿Por qué no podía actuar como el resto, apretar el acelerador y atravesar el obstáculo?¿Y si se trataba realmente de gente desesperada, de "expulsados del sistema", como propalaban por la radio? Había que seguir, tenía obligaciones, un trabajo, una familia que cuidar.

Aquella, recuerda Galundia, fue la peor semana de su vida y por suerte llegaba a su fin. Era viernes, a ultima hora de la tarde había perdido el rastro de su socio, y tuvo que completar solo las últimas dos entrevistas. Emprendió el camino regreso agotado, pensando en dormir, pensando en vacaciones, en desaparecer para siempre: podían escaparse a Uruguay con Emilia y su hijo, un fin de semana largo, a una playa vacía, Carlos no podría poner reparos. Prendió la radio buscando alguna música sosegada, recuerda que la noche profunda auguraba buen tiempo. Pasando el peaje, a unos quinientos metros de la bajada a la colectora, sucedió: Galundia no alcanzó a ver, sólo sintió el cimbronazo, un golpe leve, más que nada una vibración en la planta de los pies y en el volante, como cuando uno cruza a velocidad un paso a nivel, el entubamiento de una alcantarilla, o una loma de burro, no mucho más.-

jueves, 12 de abril de 2012

domingo, 8 de abril de 2012

Supercampetti

Lo veo moverse, mochila en la espalda, gorra de baseball, siempre a pie. Transita por veredas atestadas, esquivando cadetes, automóviles, ciclomotores. Su aspecto es el de tantos NNs de gran ciudad cruzándose en la hora pico. Supercampetti se mimetiza, es parte de esa selva pero –sin embargo- algo secreto lo distingue. Si nos tomásemos unos segundos en observarlo descubriríamos que sus ojos son dos radares, va al acecho, con los sentidos alertas. Cuidado, no se trata de uno de estos trastornados que hablan y se contestan solos, o discuten con los semáforos. Claro que no. Sucede que sencillamente sabe que tiene una misión, que la ciudad caótica y quienes la padecen requieren de su trabajo. Supercampetti vigila y en el momento preciso entra en acción.

Algo para incorporar -y esto, creo, es importante- el héroe no ignora que lo supervisan. Si volvemos a observarlo otro par de segundos notaremos que por momentos sonríe, es una sonrisa velada, un poco socarrona, porque sabe que las agencias que imparten la justicia universal monitorean su trabajo, a través de los satélites controlan cada uno de sus movimientos y no va a pasar mucho tiempo para que establezcan contacto con él para requerir sus servicios.

Mientras tanto -y de eso tratan estas líneas- hay cuestiones en las que Supercampetti debe trabajar con cierta constancia. Los automovilistas. ¿Qué concepto tienen los automovilistas sobre su circulación por las calles?, se plantea el paladín. Se responde sin dudar: son los dueños, para ellos los peatones tienen la entidad de un cartel publicitario, un cesto de residuos, o un volquete. Sabe que si cruza por la senda peatonal de una bocacalle el automovilista que doble no va a detenerse. Así se trate de un discapacitado, un anciano, o una mujer a punto de parir, no les dejará paso.

Veamos cual es la estrategia ante el abuso. Supercampetti navega en la multitud, es uno más en aquel enjambre revuelto y ensimismado, de golpe se detiene en una esquina, supongamos, Corrientes y Suipacha. Tarareando, espera que se junte un grupo numeroso de peatones esperando la habilitación del semáforo, se coloca al frente, cuando la luz les da paso y advierte que un automovilista va a doblar sin detenerse, se deja ir simulando el atropellamiento (descuiden: ha practicado, un entrenamiento concienzudo en choques y caídas impiden cualquier herida), rueda aparatosamente sobre el capot del automóvil y cae sobre el asfalto. Se corta el tránsito, gran acumulación de curiosos, el héroe simula convulsiones, luego un desvanecimiento, unos llaman al SAME y atienden a la víctima, otros comienzan a golpear el techo del conductor desaprensivo, lo insultan, le salivan el parabrisas, intentan sacarlo del auto para golpearlo, momento que él aprovecha para incorporarse y perderse entre la multitud.

Es una operación acotada, podrá objetarse, ¿en ese preciso momento, en cuantas esquinas de la gran ciudad sucede algo parecido?  No importa, el héroe confía en la efectividad de la acción: las realidades vergonzantes expuestas crudamente en el propio escenario dónde se manifiestan, son más instructivas que vagos códigos de transito o inútiles campañas sobre inseguridad vial. Es una siembra lenta, se dice, en la que él encarna al guía que da el primer paso y muestra el camino, luego las propias víctimas del abuso son las que, de golpe, desperezan sus conciencias y toman la justicia en mano propia.

Segundo capítulo: las ventanillas de atención al público. El paladín zigzaguea por aceras estrechas, atropella y es atropellado, respira el humo tóxico de los escapes cuando, de repente, su fina percepción lo hace plantarse en seco: frente a él, las puertas vidriadas de un fastuoso Banco tragan y escupen gente. En la mochila, junto a un sándwich de jamón y queso, el antitranspirante en aerosol y un chalequito de lana por si refresca, Supercampetti lleva una factura de gas y otra de teléfono listas para entrar en acción. Esgrimiéndolas, ingresa a la entidad bancaria y marcha hacia el sector de Cajas. Allí, como de costumbre, hay una larga cola de clientes y de tres ventanillas sólo atiende un cajero. Se ubica en el último puesto, con expresión ausente deja pasar unos minutos para permitir que crezca la fila, y en el momento preciso, paseando una mirada distraída por el techo, dice:
- ¡Pst, cómo si no tuviera nada que hacer!
Sin necesidad de desviar la vista, percibe que varios de sus vecinos se remueven en sus sitios: el virus ha sido inoculado. Segundos después, ya mirando de lleno a alguien y levantando la voz, agrega:
- ¡Pst, yo no sé! ¡Menos mal que son las cajas para clientes!
- ¡La misma historia de siempre, señor! –explota el primero
- Es verdad, ¿me quiere decir porque no atienden las otras ventanillas?
- ¡Somos peor que ganado! ¡Hay que hacer algo! –grita un tercero.
Y ya no habrá retorno: la cola comienza a sacudirse, a sacudirse y finalmente se rompe. Gritos destemplados, puños en alto, algunos avanzan sobre el pálido cajero, otros acometen contra los mostradores. Supercampetti guarda serenamente las facturas en la mochila y se dirige hacia la salida. Antes de trasponer el blindex, gira para echar una última mirada a su obra: alguien parado sobre un mostrador ha comenzado a sacarse la ropa, otro salta como un poseído esgrimiendo un matafuego que apunta en dirección a la Gerencia.

El ser humano se comporta como manada -razona instantes después el paladín- la rutina y el vértigo ciudadano lo van embruteciendo hasta transformarlo casi en un simulacro. La banca transnacional no ignora esa debilidad, una cartera de clientes sojuzgados, que acatan mansamente el destrato, favorece sus negocios especulativos. Por eso está él allí, encarnación del héroe moderno, sin capa, sin visión de Rayos X, sin velocidad supersónica, para socavar con astucia los cimientos de la mezquindad humana, para ayudar a conformar ciudadanos demandantes, que respeten las normas pero que también luchen por sus derechos.

 
Supercampetti prosigue con su periplo, ayuda a cruzar a un no vidente, se interpone entre un colectivero y un taxista que intentan irse a las manos y los hace amigarse. Esa mañana ha trabajado bien –piensa- concentrado. Trata de imaginar el puntaje que califique su desempeño: ¿Qué estará viendo de su labor la poderosa agencia secreta norteamericana? Sus satélites espías pueden lograr acercamientos inimaginables. Junto a ellos, los israelíes y la mítica KGB rusa también están en la búsqueda de nuevos valores; aunque, lejos, su preferido es el MI5, la agencia al servicio de la Corona de Inglaterra. Ojalá lo convoquen pronto, se dice, seguramente se encargará de trabajos más complejos, tal vez deba ponerse a dieta, vestir trajes sofisticados, aprender idiomas.

Es la hora del almuerzo. El paladín sabe como nadie que el mediodía -cuando los oficinistas salen para su media hora, los bares se colman, y los embotellamientos alcanzan su cenit- es un momento crítico. Pensando en su propia subsistencia extrae de la mochila el sándwich de jamón y queso y se detiene en un kiosco para comprar un yogur bebible de frutas del trópico. Instantes después, marcha limpiándose la boca con una servilletita cuando ve salir de un edificio a una atractiva señora llevando de la correa a su perro.

Y aquí –si me permiten- quiero abordar una escaramuza menor, casi un divertimento en el apretado “orden del día” del héroe: la deposición de los perros. Dueños desaprensivos que utilizan las veredas transitadas para baño de sus canes. No es necesario abundar sobre las molestias y las sucias consecuencias de este accionar descomedido.

Identificado el objetivo, Supercampetti cruza la calle y emprende un seguimiento a distancia. Para esta acción se ha preparado a conciencia, recuerda con un dejo de nostalgia las arduas jornadas de entrenamiento junto oscuros escruchantes del transporte público, imitando tácticas, rápidos movimientos de mano, hasta lograr la presteza necesaria.

Volviendo a la acción, a escasos cincuenta metros dama y perro se detienen, y –como era previsible- la bestia ensaya esa postura tan poco feliz que adopta el mamífero (ser humano incluido) al momento de la evacuación. El inocente comienza a ensuciar la vereda, mientras la dueña saca el celular de la cartera y simula atender un llamado urgente. Siempre a una distancia prudencial, al tiempo que se coloca el par de guantes descartables necesarios para la acción, Supercampetti acecha y aguarda. Una vez que el perro ha concluido (dos humeantes unidades de buen tamaño han visto la luz), la mujer parece volver al presente, guarda el teléfono y, tirando de la cuerda, abandona a velocidad la escena crimen. El paladín urbano entra en acción: se mueve con rapidez en dirección a la deposición, con una ágil flexión de cintura en un mismo impulso alza los excrementos con una mano y prosigue la marcha en dirección a su presa. Ante un accionar tan rápido, la gente no percibe nada anormal. En una docena de zancadas, Supercampetti ya está a un paso de la delincuente, tiene una fracción de segundo para elegir el destino: ¿el bolsillo del coqueto tapado de paño o el interior de la cartera de diseño, de marca conocida? La cartera parece ir bastante cargada (además del celular, el héroe imagina un set de maquillaje, una agenda, un perfume importado, hebillas, tal vez una ajada carta de amor; objetos que a partir de su decisión pasarán a convivir, estima que no muy felices, con el par de nuevos inquilinos) Se inclina por la última opción: pegándose a la espalda de la mujer, con la mano libre abre sin problemas la traba de la cartera, con la izquierda encesta la deposición del perro y –nuevamente con la derecha- vuelve a cerrarla. A su alrededor, nuevamente la gente no ha notado nada. Y allí se queda el paladín, mientras se saca los guantes y ubica un cesto de residuos para descartarlos, observa el alejamiento del dúo. Se entretiene en imaginar qué sucederá cuando se abra esa cartera: ¿Que pensamiento cruzará por la mente de la dama? ¿Identificará la caca? ¿Hablará de lo sucedido o guardará el secreto? ¿Atribuirá al fenómeno alguna explicación religiosa, o creerá que se ha vuelto loca?

A pesar de un claro sentimiento de deber cumplido, Supercampetti retiene un sabor agridulce en la boca. ¿Por qué –piensa- cada acción ofensiva, transgresora o abiertamente delictiva le despiertan algo parecido a la piedad? Tal vez, en el accionar de aquella pobre gente más que la maldad, lo que prima es la desorientación, el aturdimiento. Pero en el acto se dice que no debe dejar germinar pensamientos que lo debiliten. Y aquí –si me permiten- quiero hacerles apreciar al superhéroe en toda su magnitud. Un carácter duro, inquebrantable, que a pesar del mérito de su labor, da espacio a las dudas y contradicciones más humanas.

Supercampetti retoma su camino con el espíritu indemne, aún le restan algunas horas de de trabajo, pero ya no vale la pena detenernos en detalles. Entre una media docena de acciones, baste saber que asiste a un alumbramiento de trillizos en un interno de la línea Tigre-Constitución, cubre con su propia humanidad un bache del tamaño de un cráter para que lo atraviese una Salita Verde completa, docentes incluidas, e interviene en dos hipermercados para que se respete la disposición “caja rápida máximo 15 unidades”.

Es el atardecer, las calles, momentos antes fragorosas, comienzan a vaciarse. La gente abandona por unas horas la ciega ambición y regresa a sus hogares. Supercampetti marcha hacia su cuarto de soltero, piensa en su madre, que ignorante de la verdadera identidad del héroe no ceja en repetirle el consabido mandato de esposa, familia y trabajo honesto. Soledad e incomprensión –cavila el paladín - quizás sean el precio que él y los que son como él, deban pagar para que el mundo continúe siendo en un lugar digno, donde imaginar un futuro.

miércoles, 4 de abril de 2012

La fluidez de la vida

Baño de aeropuerto, ruido de aviones despegando, entra EJECUTIVO 1, apoya el maletín en el suelo, orina en un mingitorio. Entra EJECUTIVO 2, apoya maletín en el suelo y se ubica en el mingitorio lindero.
LOCUTOR DEL AEROPUERTO: Vuelo número 405 con destino a Singapur favor de abordar por sala de embarque numero 2.
EJECUTIVO 2  mira en dirección del mingitorio de EJECUTIVO 1, EJECUTIVO 1 lo descubre y EJECUTIVO 2 aparta la vista. La situación se repite varias veces.
EJECUTIVO 2: ¡Disculpe!
EJECUTIVO 1: ¿Perdón?
EJECUTIVO 2: Digo que me disculpe.
EJECUTIVO 1: No, no es nada.
EJECUTIVO 2: No querría que se llevara una impresión equivocada.
EJECUTIVO 1: No me llevo ninguna impresión.
EJECUTIVO 2: Quiero decir, si entro al baño, me ubico en el mingitorio vecino y encima lo miro...
EJECUTIVO 1: Le repito: no me llevo ninguna impresión (Pausa)
EJECUTIVO 2: En este ambiente nuestro, digo, tan, cómo expresarlo, tan...
EJECUTIVO 1: ¿Convencional?
EJECUTIVO 2: ¡Exacto! Convencional. Hay siempre una tendencia a interpretarse lo que no es.
EJECUTIVO 1: Usted se está refiriendo al “malentendido”.
EJECUTIVO 2: ¡Exacto, el “malentendido”! Los baños de estaciones y aeropuertos convengamos... A mí más de una vez me confundieron.
EJECUTIVO 1: ¿Con un invertido?
EJECUTIVO 2: Exacto, con un invertido. Ojo, yo no tengo nada en contra de los invertidos.
EJECUTIVO 1: Tampoco yo.
EJECUTIVO 2: Le digo más, yo mismo en mi primera juventud fui invertido.
EJECUTIVO 1: ¿Y cómo lo superó?
EJECUTIVO 2: Nos mudamos con mi familia a Córdoba.
APAGON
Ruido de aviones despegando, locutor del aeropuerto.
EJECUTIVO 2: Ocurre que noté, digo que al parecer usted también es afecto.
EJECUTIVO 1: No le comprendo.
EJECUTIVO 2: Juegos de mingitorio, chorro de orina, bolitas de naftalina.
EJECUTIVO 1: ¡Ah, sí, sí, no le había entendido!
EJECUTIVO 2: Se ve que tiene destreza.
EJECUTIVO 1: Modestamente, soy bastante bueno.
EJECUTIVO 2 (le tiende la mano): Jorge Páez Delich, Banco Roberts.
EJECUTIVO 1: Pérez Pearson Reinaldo, Aceros Pearson.
Orinan. EJECUTIVO 1 mira al mingitorio de EJECUTIVO 2.
EJECUTIVO 1: ¡Bueno, usted no es precisamente malo!
EJECUTIVO 2: Le agradezco que lo note. En todo momento trato de superarme.
EJECUTIVO 2 practica una figura con el chorro de orina.

EJECUTIVO 1: “La mareadita”.
EJECUTIVO 2: ¡Caramba, la conoce!
EJECUTIVO 1 (repitiendo la figura): Círculos envolventes con una pequeña agitación en el centro, temblor, confusión generalizada y desbandada final de las bolitas.
EJECUTIVO 2: ¡Me deja sin palabras!
EJECUTIVO 1: ¡No exagere! Es una de las más practicadas.
APAGON
Ruido de aviones despegando, locutor del aeropuerto.
EJECUTIVO 1: Preste atención a ésta: el chorro lanzado con una expresión casual, como diciendo no sé cómo esta sucediendo esto. Comienza a menear la cintura moviéndose lateralmente...
EJECUIVO 1 practica la figura con el chorro de orina.
EJECUTIVO 2: ¡El “salpicón de costado”! ‘Tou che’, me rindo, usted es un experto.
EJECUTIVO 1: No es para tanto. Sin embargo es una de mis preferidas. Sobria y al mismo tiempo con cierto dramatismo.
EJECUTIVO 2: ¿Sabe la procedencia?
EJECUTIVO 1: Brasilera, me dijeron.
Pausa. Orinan. Ruido de avión despegando. EJECUTIVO 2 se abstrae.
EJECUTIVO 1: ¿Le pasa algo?
EJECUTIVO 2 (sonríe): Nada, un recuerdo.
EJECUTIVO 1: ¡Cuente, cuente!
EJECUTIVO 2: Cuando pusimos los primeros cajeros automáticos en nuestra red bancaria, adentro operaban enanos.
EJECUTIVO 1: ¡No diga!
EJECUTIVO 2: Efectivamente. Contratamos enanos brasileros.
EJECUTIVO 1: ¿Y por qué brasileros?
EJECUTIVO 2: No sé, decían que se adaptaban mejor al calor. Estuvieron poco tiempo, los reemplazamos por microchips. 
APAGON
Ruido de aviones despegando, locutor del aeropuerto. EJECUTIVO 1 se saca el pantalón, lo dobla cuidadosamente, se pone espalda contra espalda con EJECUTIVO 2, que se inclina y lo sostiene, mientras EJECUTIVO 1 empieza a tirar el chorro de orina hacia atrás, embocando en su mingitorio.
EJECUTIVO 1: Sostenga con fuerza. ¡Así! ¡No mueva!
EJECUTIVO 2: ¡El “bombero loco”! ¡Excelente! Recuerdo el entusiasmo cuando  la vi por primera vez.
EJECUTIVO 1: ¿Dónde?
EJECUTIVO 2: Honolulu.
EJECUTIVO 1: Una vez emitido el chorro, alternando intermitentemente en ambos bordes, la superficie enlosada produce una serie de corrientes contrapuestas logrando el gracioso efecto “regadera cálida”, también llamado “geiser”.
EJECUTIVO 2  se saca el pantalón e invierten la posición.
EJECUTIVO 2: Permítame a mí. ¿Puedo compartir una impresión? ¿A qué sus momentos más intensos los pasa en los mingitorios?
EJECUTIVO 1: Se equivoca.
EJECUTIVO 2: Reflexione: usted, yo, aquí, ahora. Un instante único e irrepetible.
EJECUTIVO 1: Le repito, se equivoca.
EJECUTIVO 2 (exaltado): ¡Hombre, la vida fluye, cada chorro sale de nuestra uretra, saltarín, lleno de vida, describe su alegre parábola para fenecer al instante!
EJECUTIVO 1 (tocado): N-no hable así.
EJECUTIVO 2: Hacemos una figura perfecta por primera y única vez, y nos lanzamos a  la conquista de la siguiente.
EJECUTIVO 1: Por favor…
EJECUTIVO 2: Ninguna bolita de naftalina se baña dos veces en la misma orina.
EJECUTIVO 1 (explotando): ¡BASTA!
EJECUTIVO 2 (se tambalean): Bueno, no se ponga así o nos vamos a caer.
EJECUTIVO 1: ¡La fluidez con la que usted se llena la boca es pura mierda! ¡Si hay algo que necesita el ser humano son cables a tierra, poder fijar sus experiencias ante la incertidumbre a la que nos tiene condenados este mundo espantoso! (tiene un acceso de llanto)
EJECUTIVO 2: Hombre, perdone, no sabía...
EJECUTIVO 1: Todo lo que transcurre me angustia, mi padre era piloto de pruebas Mc Larent, cuando lo necesité nunca se detuvo.
EJECUTIVO 1 saca un revolver, se lo lleva a la sien, se dispara varias veces pero la bala no sale. EJECUTIVO 2 comprende lo que sucede, se baja de la espalda de EJECUTIVO 1, le quita el arma.
EJECUTIVO 2: ¿Que hace, hombre?
EJECUTIVO 1: ¡No le interesa! ¡Déjeme!
EJECUTIVO 2: ¡Sí que me interesa! Usted tiene familia, una posición, viaja en clase bussines. ¿Que va a ganar?
EJECUTIVO 1: Un tiempo eterno de quietud. En mi testamento voy a ordenar que me embalsamen.
APAGON
Ruido de aviones despegando, locutor del aeropuerto. EJECUTIVO 1 y EJECUTIVO 2 acostados en el piso, EJECUTIVO 1 haciendo una figura.
EJECUTIVO 1: Discúlpeme.
EJECUTIVO 2: ¡Le repito, no se preocupe!
EJECUTIVO 1: Me ha salvado la vida, vea, me gustaría tener una atención.
EJECUTIVO 2 (atónito): ¿Qué hace?
EJECUTIVO 1: Es que necesito agradecerle. Es una creación mía: se la regalo.
EJECUTIVO 2: ¿“El camión hidrante”? ¿U-usted está haciendo “El camión hidrante”?
EJECUTIVO 1: Efectivamente, “El camión hidrante”. ¿Oiga, pero usted cómo la conoce?
EJECUTIVO 2 (shockeado): “El camión hidrante”. Hace tres años que vengo perfeccionándola, repasándola, puliéndole cada detalle, mi mejor, mi única creación.
EJECUTIVO 1: ¿Cómo su creación, usted está loco? Tiro a distancia e intermitencia combinados con chorro combado y compacto...
EJECUTIVO 2: …logran una especie de remolino ambarino llamado “chaparrón concéntrico” o “aguas danzantes”. ¡ES MIA, ESCUCHO: MIA! (yéndosele encima) ¡Y LE INTIMO, LE ORDENO QUE DEJE INMEDIATAMENTE DE HACERLA!
EJECUTIVO 1: ¡SALGA, TRASTORNADO, LA VOY A HACER TODO LO QUE QUIERA!
EJECUTIVO 1 y EJECUTIVO 2 luchan, cada uno intentando hacer la figura y, al mismo tiempo, tratando de impedírsela al otro.
EJECUTIVO 2: ¡PLAGIARIO, DELINCUENTE COMÚN!

EJECUTIVO 1: ¡CÁLLESE: COPISTA, INVERTIDO!
EJECUTIVO 2: ¡NUEVO RICO! ¡ME VOY A PRESENTAR EN LA FEDERACIÓN Y HARÉ QUE LO EXPULSEN!
Siguen discutiendo, se incorporan, se van uno contra otro, forcejean, vuelven a caer al suelo, la luz se apaga lentamente.
APAGÓN