martes, 9 de marzo de 2021

Hermanos

 

Personajes:
Haydee
Miguel


1
Amplio comedor de una casona, desnudo, como pronto a una mudanza. Sentada a una mesa larga, sola, tomando el té vemos a Haydee, aspecto estirado de dama distinguida. Se escuchan las llaves de una puerta, ingresa su hermano menor Miguel, es lo opuesto, barba de dos días, ropa juvenil algo sucia, traza descuidada.

HAYDEE: Tengo que cambiar esa maldita llave.
MIGUEL (herido): Hola, Miguel. ¿Cómo estás, Miguel? ¡Qué alegría verte!
HAYDEE: ¿Qué hacés acá?
MIGUEL: Vivo acá.
HAYDEE: ¿Vivís? Bueh…
MIGUEL: ¡Haydée, no empecés que no estoy de humor, eh!
HAYDEE: ¿No estás de humor? Ah, mirá. ¿Y yo estoy de humor? Sabés que odio cuando interrumpen mi té de la tarde (tiempo, Miguel vaga por el cuarto, indeciso, Haydee lo estudia) ¿Qué buscás?
MIGUEL: Nada. Vine a verte, a estar un rato con vos.
HAYDEE: ¿Me ves cara de idiota? Te aparecés cuando necesitás algo para vender.
MIGUEL: ¿Qué decís?
HAYDEE: Y te adelanto que ya no queda nada.
MIGUEL: Haydee, ¿quién quiere vender algo?
HAYDEE: ¡Ay, por favor, me voy diez días a Colonia y desaparecen los veinte picaportes de bronce de las puertas!
MIGUEL: Hace un año que no me drogo.
HAYDEE: Ja ja, sí, seguro.
En su recorrida Miguel abre el cajón de un mueble de comedor.
HAYDEE: ¿Qué buscás ahí?
MIGUEL: Uf, te dije que nada. ¿Tenés otra taza de ese té? Estoy con resaca.
HAYDEE: Si me decís a qué viniste.
MIGUEL: ¡A visitarte, sorda! ¡A sacarte un rato de este sarcófago en el que vivís!
HAYDEE: (burlona, se lleva los dedos a los ojos): Qué ternura. Pará que creo que estoy llorando.
MIGUEL: ¿Podés aflojar un poco? (simula temblores) Dale, Haydecita, creo que me estoy enfermando.
HAYDEE: ¡No me llames Haydecita! Vos sos débil, Miguel, siempre lo fuiste. Por eso te convertiste en drogadicto.
MIGUEL (llevándose las manos a los oídos): No te escucho. El té...
HAYDEE: Desperdiciaste tu vida. No te estoy atacando, sólo soy objetiva: sos un desecho, un descarte social. No entiendo como tenemos la misma sangre.
MIGUEL (con las manos en los oídos): El té, el té…
Haydee se levanta a desgano, sale hacia la cocina, Miguel rápidamente saca un sobrecito de un bolsillo, pone su contenido en la taza de Haydee y lo revuelve. Haydee regresa con la taza para Miguel, se sientan. Hay un duelo de miradas, Haydee estudia a su hermano con sarcasmo, Miguel le sonríe con falsa simpatía, se apresura a poner azúcar y a tomar de su taza para que su hermana lo imite. Haydee se lleva a los labios la suya pero se interrumpe.
HAYDEE: ¿Cuánta plata necesitás?
MIGUEL: No necesito.
HAYDEE: ¿Seguro?
MIGUEL: Seguro.
Haydee vuelve a llevarse a los labios su taza pero vuelve a interrumpirse.
HAYDEE: Mirá que estoy por cobrar un retroactivo de la clínica y puedo darte.
MIGUEL: No.
HAYDEE: ¿Seguro?
MIGUEL: Seguro, Haydée.
Haydee vuelve a llevarse a los labios su taza pero vuelve a interrumpirse. HAYDEE: Me lo devolvés cuando quieras, con un interés mensual, obviamente. Y podés hacerte un buen stock de esas porquerías que consumís.
MIGUEL: No, de verdad.
Haydee vuelve a llevarse a los labios su taza pero se interrumpe. Miguel finalmente explota.
MIGUEL: ¡TE DIJE QUE NO! ¿Y PODÉS TOMAR DE UNA VEZ ESE TÉ DEL ORTO!
Haydee de golpe alza su taza y se la tira en la cara.
HAYDEE: ¡CREES QUE SOY IMBÉCIL, QUE TENGO LA MITAD DEL CEREBRO MUERTO COMO VOS!
MIGUEL: ¡Ay!
Haydee saca una pistola paralizante de entre sus ropas, va hasta Miguel que se refriega los ojos y se la aplica en el cuello.
HAYDEE:¡Ruina humana! ¡Cucaracha!...
MIGUEL: ¡Ayayay!
HAYDEE: ¡Y bajá la voz que es un tema privado y escuchan los vecinos!
Cuando termina de aplicarle la descarga Miguel pierde el conocimiento.
APAGÓN

2
Cuando vuelve la luz Miguel está atado y amordazado en una silla, Haydee sentada a la mesa, con lentes en la punta de la nariz, consulta un grueso libro. Tiempo, Haydee se interrumpe.

HAYDEE: ¿Y cuál era el plan? El señor pensaba envenenarme. ¿Sabés lo que me ibas a dar?
Miguel dice algo con la mordaza y no se entiende.
HAYDEE: ¿Vos comprendés que existe algo llamado autopsia? ¿Qué se iban a dar cuenta de que no había muerto por causas naturales? ¡Qué vas a saber! Y los titulares de los diarios: “Familia Medialdea-Posse, hermano homicida”. ¡Pobre papá, se levantaría de la tumba para volver a morirse!
Miguel vuelve a decir algo con la mordaza. Haydee se incorpora y se la baja para entender.
MIGUEL: Sacame esto, Haydecita. Vos estás nerviosa.
HAYDEE: ¿Qué me ibas a dar? ¿Qué le pusiste al té?
MIGUEL: No sé.
HAYDEE (dándole un coscorrón en la cabeza como a un chico): ¿No sabés?
MIGUEL (reaccionando, lloriquea): ¡No me pegues cocachos! ¡Siempre odié que me pegaras cocachos!
HAYDEE: ¡Entonces hablá!
MIGUEL: Te dije que no sé, no estoy seguro. Tengo un amigo que trabaja en una droguería y…
Miguel se interrumpe.
HAYDEE: ¿Y? ¿Y? ¿Está probando un nuevo medicamente? ¿Te ofreciste a que yo lo testeara? 
Miguel no responde, Haydee se sienta y vuelve al libro. Tiempo.
MIGUEL: Ahora estamos a mano.
HAYDEE: ¿Qué decís?
MIGUEL: Que ahora estamos a mano. Vos me quisiste ahogar y yo nunca te guardé rencor.
HAYDEE: ¿Otra vez con esa historia? No, señor, yo no te quise ahogar.
MIGUEL: Me quisiste ahogar, dale.
HAYDEE: Vos tomabas las clases y no aprendías a flotar que es distinto. Yo te ayudé a aprender.
MIGUEL (lloriqueando): Me tiraste a la pileta y te fuiste, Haydee. Era una pileta inmensa. Yo tenía tres años.
HAYDEE: ¡Ay, dale, maricón! Y decime, ¿todo esto es por la casa? Contame que organizó esa pequeña cabecita quemada, ¿planeabas matarme así heredabas solito?
Miguel comienza a tratar de zafarse de las ataduras de las manos.
MIGUEL: Estas paranoica, desconfiás de todo el mundo, por eso estás sola. Yo no planeaba nada.
HAYDEE: Seguro (vuelve a la lectura, tiempo, se detiene) Hoy en día, ¿cuánto puede valer una casa así? ¿Ochocientos mil? 
MIGUEL: No sé, no lo pensé.
HAYDEE: Sí, entre ochocientos mil y novecientos mil vale.
MIGUEL: Vale un millón doscientos.
HAYDEE: Epa, ¿no era que no habías pensado?
MIGUEL (sincerándose): Tengo un amigo, Mariano Manríquez, cuando estabas en Colonia vino a verme.
HAYDEE: ¿Otro amigo? Cuántos amigos que tenés. ¿Otro drogón?
MIGUEL: Nada que ver, tiene una inmobiliaria.
HAYDEE: Ya sé, ya sé: es tu dealer. Le debés plata. Ja ja ja. ¿Qué le prometiste? Miguel, vos das vergüenza ajena, sos de manual. Ahora, por favor, dejame leer.
Haydee le acomoda la mordaza y vuelve a leer. Tiempo, Miguel dice algo que no se entiende, le señala el libro con la cabeza. Mientras tanto sigue intentando desprenderse de las ataduras,
HAYDEE: ¿Qué estoy leyendo? ¿Y a vos qué te importa?... Química Forense, la mejor forma de deshacerse de un cuerpo diluyéndolo en ácidos. Para hacer las cosas hay que hacerlas como corresponde, Miguel, y para eso hay que estudiar, capacitarse. Te voy a diluir y te vas a ir por el caño del inodoro a tu lugar de pertenencia: la cloaca.
Miguel se desespera, dice cosas que no se entienden. Haydee vuelve a correrle la mordaza.
MIGUEL: Yo no te iba a envenenar, Haydecita, solo te iba a hacer dormir un rato para ver si podía encontrar algo. Me siento mal, dale, tengo el estómago revuelto, quiero ir al baño.
HAYDEE: Sí, claro.
Suena el teléfono, Haydee va a atender.

HAYDEE: Hola, cómo anda, Lucio. En este momento estoy ocupada, ¿usted podría tirármela por debajo de la puerta? Hágame ese favor. Saludos, un beso. Gracias, Lucio.
Miguel sigue intentando sacarse las ataduras, busca derivar la atención.
MIGUEL: ¿Quién era? ¿Lucio? ¿El encargado de seguridad?
HAYDEE: Sí.
MIGUEL: ¿Vos sabías que el tipo ese está enamorado de vos, no?
HAYDEE: No digas estupideces.
MIGUEL: Ves, nunca hablamos del tema, eso es algo que no entiendo.
HAYDEE: ¿Qué cosa?
MIGUEL: Tu problema con los hombres. Siempre a la defensiva, siempre rechazándolos, escapando de cualquier tipo de relación.
HAYDEE: Ahora resulta que también sos psicólogo. Dejame leer y no vuelvo a repetírtelo (vuelve al libro) Huesos mayores: para diluir los huesos mayores se necesita otra familia de ácidos y el proceso puede demorar más tiempo. Tengo un vago recuerdo de lo que vi en las clases de Química Orgánica pero necesito refrescarlo.
MIGUEL: ¡Por favor, Haydee, dejá eso que me da impresión!
Tiempo. Miguel finalmente termina de zafarse de las ataduras y se abalanza sobre su hermana. La tira sobre la mesa, se le monta y comienza a apretarle el cuello.
MIGUEL: ¡POR FIN! ¡SE VA A ACABAR ESTA PESADILLA! ¡VOS SOS MI PESADILLA, HAYDEE! ¡LA PESADILLA DE TODA MI MALDITA VIDA! ¡Y AHORA SE ACABA! ¡AHORA LLEGA A SU FIN! 
Mientras lucha por respirar Haydee le hace señas, Miguel afloja sus manos para escuchar.
MIGUEL: ¿Qué pasa?
HAYDEE: Qué son cuestiones privadas y los vecinos no tienen por qué enterarse. Bajá la voz.
MIGUEL: ¿VES? ¿TE DAS CUENTA LO LOCA QUE ESTÁS? TE ESTOY ESTRANGULANDO, VA A SER ALGO QUE NO VOY A BORRAR DE MI CABEZA MIENTRAS VIVA Y A VOS TE SIGUEN PREOCUPANDO LOS VECINOS. ¡TE ODIO, ME ENTENDÉS! ¡TE ODIO!
De golpe tiran un sobre por debajo de la puerta y ambos giran la cabeza como un periscopio. Haydee aprovecha la distracción, empuja a Miguel, se zafa y va hacia la puerta para pedir ayuda, pero su hermano la intercepta, luchan, la tira al piso y vuelve a montársele y a apretarle el cuello hasta que su hermana pierde la conciencia. Tiempo. Miguel se incorpora como borracho, observa a su hermana,  va hasta la puerta y pega la oreja para ver si ya no hay nadie, vuelve hacia el cuerpo de Haydee y acerca la cara a su nariz para ver si respira.
MIGUEL: ¿La maté? ¿No es increíble? La maté. Y no se siente mal. Es como una liberación, como volver a respirar (respira fuerte) ¡Vamos, Miguel! ¡Respirá, Miguel! ¿O tengo que sentirme culpable? Tengo que sentir pena, es mi hermana. No lo sé.
Trastabillando, vuelve hasta la puerta.
MIGUEL (alzando el sobre): Gracias, Lucio, en este momento no creo que Haydee pueda atenderte (leyendo el remitente) ¿Convento de la Sagrada Herida? ¿Y esto? (la abre y lee, tiempo) ¡No te puedo creer! ¡No te puedo creer!
De golpe Haydee vuelve en sí y ve a su hermano de espaldas leyendo la carta. Se incorpora busca algo para atacarlo, ve un jarrón de grandes dimensiones sobre el aparador, lo alza y va hacia él.
MIGUEL (leyendo): ¡No te puedo creer!
HAYDEE: ¿De quién es?
Miguel gira, Haydee le rompe el jarrón en la cabeza, Miguel cae inconsciente y Haydee se sacude el polvillo del jarrón roto del vestido con gesto de malhumor.
APAGÓN

3
Sentado nuevamente en una silla, Miguel vuelve en sí. Haydee, con la carta en la mano, le alcanza una bolsa con hielo.
MIGUEL: ¿Qué pasó?
HAYDEE: Sostenete esto en la cabeza.
MIGUEL: ¡Ay, cómo duele!
HAYDEE: ¿No recordás nada?
MIGUEL: No. ¡Ah, sí, la carta, esa carta, Haydecita, es de un Convento de la Sagrada Herida o algo así, una tal Sor Estela!
HAYDEE: La iglesia de mamá.  
MIGUEL: ¡Es trágico: la vieja les donó la casa! Mandan una fotocopia de la carta que ella les envió antes de morir.
HAYDEE (releyendo la carta): “Nuestra comunidad agradece el gran gesto cristiano de vuestra madre María Matilde y tras su lamentable pérdida confía en que vosotros, sus dignos herederos, se encargarán de realizar los trámites legales para la donación”
MIGUEL (lloriquea): Se la dejó a un convento. ¿Entendés? ¿Y ahora qué hacemos? Haydee, yo voy a tener problemas muy serios. Debo mucha plata. Y no sabés lo peligrosa que es la gente a la que le debo.
HAYDEE: ¡Pará, maricón! Yo no soy una descerebrada como vos, yo pienso, planifico, me adelanto a los acontecimientos. Callate y hacé lo que yo te digo.  Ahora quedate ahí sentado que tenemos que esperar.
MIGUEL: Okey.
Tiempo, se miran en silencio.
MIGUEL (viendo los pedazos de jarrón): ¿Fuiste vos la que me golpeó en la cabeza?
HAYDEE: No, fue el espíritu santo.
Tiempo.
MIGUEL: Yo pensé que te había estrangulado.
HAYDEE: ¡Qué vas a estrangular! Siempre tuviste bracitos de mujer, no podrías matar ni a una mosca.
Suena el timbre.
HAYDEE: Ahí está, esperá unos segundos a que se vaya Lucio y entrá lo que trajo. Tiene que ser una bolsa grande.
Miguel se incorpora con dificultad, va hasta la puerta, la abre y entra una bolsa. Va hasta la mesa y vuelca en ella su contenido: son una sotana y un hábito de monja.
MIGUEL: ¿Y esto? ¿Vamos a festejar Halloween?
HAYDEE: ¡Callate!  Mamá en el último tiempo estaba rara, yo sabía que se traía algo con ese convento de mierda, el Escribano me lo había advertido. Si nos remitimos a lo que dicen, el único documento que avala que mamá intentaba dejarles la casa es esa carta. Sólo hay que recuperarla.
MIGUEL (entusiasmado): Sí, sin esa carta no hay pruebas de la donación. Nosotros la recuperamos, no vamos a la escribanía, no hacemos la donación y listo.
HAYDEE: Sos un genio, Sherlock Holmes. Ahora cambiate.
A partir de este momento suena “Hermanos” de Pimpinela
https://www.youtube.com/watch?v=fAS1Kw0XYn4&list=RDfAS1Kw0XYn4&start_radio=1 ) y a modo de videoclip ambos -mientras se ponen la ropa de monja y cura- juegan, se ríen y se festejan (Haydee se pone en pose como la Madonna, camina de rodillas, Miguel recita en latín, imparte bendiciones, se sacan selfies, etc.) Cuando terminan de cambiarse la música cesa y vuelven a la actitud anterior.
HAYDEE (alisándole el pelo a Miguel): Peinate un poco que parecés un cura villero. Cuando lleguemos hablo yo y vos escuchás.
MIGUEL (mirándose en el espejo, constata como le queda): ¿Pero un sacerdote no tiene más escalafón que una monja?
HAYDEE (amenazante): ¡Hablo yo y vos escuchás!
MIGUEL: Okey, okey.
Van saliendo, Haydee se vuelve para alzar la pistola paralizante, busca en la cocina una cuchilla y se la da a Miguel para que la oculte en la sotana
HAYDEE: Y cuando terminemos con todo esto vamos a hablar.
MIGUEL: Sí, por supuesto. Te quiero mucho, Haydecita.
HAYDEE: ¡Dale, mamarracho, caminá!
Salen. De cierre vuelve a escucharse “Hermanos”.
APAGÓN

jueves, 11 de febrero de 2021

La piedad

 ¡Héctor Delpopolo, de Del Viso!, escuchó por los altoparlantes. Era él. Se filtró entre la masa compacta que rodeaba la pista y subió los escalones marcando el paso y meciendo la cadera. “Ah, ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive”. Desde los parlantes las voces en falsete de los hermanos Gibb repetían la canción de la película en una cinta sin fin. Era la ronda final del Gran Concurso John Travolta para Aficionados y el club Matienzo de Hurlingham estaba a pleno.

El rubio alto que representaba al club local ya ocupaba el centro. Era el otro finalista. Héctor lo había observado en la primera ronda, se contorsionaba sin dejar de sonreír ni de mirar al público, tenía su gracia, sin embargo algo en su estilo disonaba, como si no terminase sentir del todo la música de los Bee Gees. Él, Héctor Delpopolo de Del Viso, era mucho mejor.

“Ah, ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive” Y ahora para ganar debía borrar de la mente toda distracción mundana, hacer desaparecer el aquí y ahora para orientar toda la energía hacia adentro, dejar entrar a la música en los intersticios de cada nervio, de cada músculo. Como ya le había sucedido en la ronda clasificatoria Héctor se sumergió en una burbuja donde, a medias consciente, entreabría y cerraba los ojos. Todo él era el parche sensible, la cuerda vibrátil que reaccionaba a la voz de Barry Gibb en una simbiosis perfecta.

Pero a mitad de aquella ensoñación percibió algo anómalo. No eran las palmas, ni los grititos de los que los rodeaban, era como un murmullo que se trepaba a la música y del que cada tanto escapaba una voz pastosa: “¡let me climb, motherfucker!”. Y tras un breve forcejeo, sobre la derecha percibió que alguien se colaba a la pista trastabillando.

Trató de ignorarlo, no podía girarse a riesgo de perder el paso. El rubio, en tanto, cumplía con lo suyo a la izquierda. Con el rabillo del ojo igualmente consiguió entrever que el intruso recuperaba la vertical y volvía a gesticular y a hablar con alguien. Discutían en inglés. Sucedió entonces que el rubio alto, como si se hubiese ido quedando sin nafta fue perdiendo intensidad, fue abandonando el baile hasta quedar totalmente inmóvil, luego dio un paso hacia él y se quedó mirando al recién llegado con cara de idiota. Y ya Héctor no consiguió sustraerse.

A pesar de que los spot se le clavaban en las pupilas vio al tipo grandote y alto, de unos sesenta años, entrado en kilos y bastante borracho. Vestía el traje claro, los zapatos y la camisa de solapas abiertas de la película, baqueteados y tres talles más chicos. Héctor pensó que allí hubiera quedado (borracho que se quiere hacer el gracioso e invade la pista) de no ser que ya todo el club Matienzo, con mejor ángulo, había adivinado de quién se trataba: era John Travolta. Es decir, no el actor de la película de 1977 sino el John Travolta actual: gordo, casi calvo, con la cara colorada por el esfuerzo que le había costado llegar hasta allí y alcoholizado como una horda de estudiantes recién recibidos.

Héctor se preguntó “y ahora qué”. ¿Debía agradecer? ¿Debía ponerse a aplaudir? Por ese energúmeno, que vaya uno a saber cómo había llegado hasta ahí, el concurso se suspendería. Sintió rabia, por más estrella de Hollywood fuera tuvo el impulso de girar y plantarle una piña en plena cara; y si no se animaba por lo menos darle una patada en la rodilla al rubio alto que estaba del otro lado.

Algo intuyó y giró la cabeza: rápido de reflejos, el rubio se había esfumado. Él debía hacer lo mismo y pronto antes de que la manada de allí abajo invadiera la pista para tocar a su ídolo. El aire se hizo denso y le costaba respirar. Se mantuvo por unos segundos indeciso, hasta que volvió a escuchar la voz pastosa. “It´s only you and me”. Travolta le estaba hablando, le hablaba a él. Es más: le sonreía y muy lentamente comenzaba a menear la cadera.

Del límite de la pista nació un espontáneo “ah” de asombro. ¿Y eso? ¿El gringo borracho lo estaba retando? ¿Quería que bailaran? ¿Competir con Héctor Delpopolo de Del Viso en ese concurso para aficionados organizado en honor a un papel interpretado por él mismo treinta años atrás? Era todo muy raro.

“Ah, ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive”. Héctor cayó en la cuenta que durante todo ese tiempo la canción nunca había dejado de sonar. Buscó con la vista la cabina del Dj donde sabía que debían estar los jurados y -con dificultad- consiguió divisar las siluetas. Movían las manos como dando a entender que estaba todo okay.

Bien, estaba todo okay, pensó. El concurso seguía y él tendría que medirse con el fulano. Pero ¿y si le ganaba? ¿Cómo evaluaría el jurado? ¿Qué pasaría con el público? Que iba a ganar lo daba por descontado, él era el mejor bailarín de los allí presentes y el barril de whisky, con todos sus Globos de Oro y sus MTV Awards, a duras penas podía mantenerse parado.

Escuchó que los gritos poco a poco se aplacaban y las palmas antes dispersas comenzaban a plegarse a la música. Sí, debía terminar lo empezado. Había llegado a ese club para llevarse el premio y aunque en el tramo final se produjeran circunstancias un poco raras el objetivo no había cambiado.

Héctor Delpopolo de Del Viso bajó la orden y la aceitada maquinaria de su cuerpo se echó a andar: primero los pies y la cadera sin moverse del sitio, luego el torso, los hombros, la cabeza. “Ah, ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive”. Pero no, era imposible recuperar su sistema, imposible volcar la mirada hacia su interior sin ceder a la tentación de vigilar de reojo al menos una vez a su derecha. ¿Cómo sustraerse a ese espectáculo? Travolta, como era de esperar, fue un videoclip del descalabro, una caricatura torpe, hinchada y poco saludable de sí mismo: transpirando a chorros y al borde del infarto, apretaba los ojos y se afanaba en revivir los pasos de un pasado irrecuperable.

Y fue en ese momento que, como un bólido sin frenos en mitad de una avenida, lo atropelló la piedad. Hacía mucho que no lo asaltaba de esa forma, fue un empellón a mitad de la espalda, un choque brutal que lo dejó por unos segundos sin aire, luego sintió un calor y a continuación se corrió el velo y comenzó a ver del otro lado.

Que Héctor recordara solo dos o tres veces se le había presentado con esa violencia: una, sin dudas, tras la muerte de su madre, en el living abarrotado de parientes y en la expresión patética de la cara de su hermana; otra bastante más atrás en el gimnasio de su colegio, en una final o semifinal del torneo de handball, con el fanatismo sobreactuado de sus compañeros ante una contienda trivial. ¿Era una sensación arbitraria o un sentimiento con algún fundamento? No lo sabía, de lo que sí estaba seguro era que casi nunca le venía estando solo, se presentaba en situaciones ruidosas y de mucha gente, eso de alguna forma la atraía.

Y entonces Héctor Delpopolo de Del Viso comenzó a apiadarse: en principio sintió piedad por ese tipo venido de Nueva York o de Los Ángeles hasta aquel apartado club de barrio en busca de vaya uno a saber qué, ¿la juventud perdida? ¿La vigencia en el corazón de su público? ¿O el malbec premiado de alguna bodega mendocina? Se dijo que lo más saludable para los artistas era morir jóvenes. Y si no morir, por lo menos jurar ante escribano el abandono de la vida pública.

Luego se apiadó de todos los participantes del concurso, él incluido. ¿Cuál había sido el argumento de aquella convocatoria? ¿El homenaje a una película? ¿Revivir algo acaecido treinta o cuarenta años atrás? ¿Por qué la gente necesitaba aferrarse al pasado de esa forma? ¿Para decir yo me acuerdo, yo estuve ahí?

Sintió piedad a continuación por la organización del evento, por los jurados, el barman, el dj, los empleados de los baños, el guardarropas y el resto del personal del club. Luego se apiadó de todos y cada uno de los chicos y las chicas asistentes y de las razones que los habían llevado hasta allí. Y mientras crecía y se extendía su piedad (a la cuadra, al barrio, al municipio completo de Hurlingham) Héctor Delpopolo de Del Viso continuó bailando (“ah, ha, ha, ha, stayin' alive, stayin' alive”), hasta que en determinado momento ya no pudo.

Se dijo que culpa de esa sensación oscura y opresiva que venía cuando se le antojaba, se le adhería como una lapa y le hacía sentir vergüenza del mundo y de sí mismo, ya no podría llevarse el diploma, la medalla o lo que fuese y que debía escapar de esa pista.

Avanzó hacia las escalinatas. Vio que los chicos que se apretaban al borde, abstraídos en el ídolo, le abrían una brecha para darle paso sin siquiera mirarlo. Al estar de espaldas no advirtió (y no lo supo nunca) que Travolta había extendido una mano para intentar retenerlo, que a continuación estuvo unos segundos eternos sin saber cómo seguir y que luego retomó su acto de destrucción masiva acompañado de los hermanos Gibb, de los silbidos y los coros enardecidos.

Héctor traspuso la marea de cuerpos y ya rumbo a la salida vio al rubio alto acodado en la barra. Estuvo tentado a acercársele pero ¿para decirle qué? ¿Qué todos estamos solos? ¿Qué el mundo no tiene sentido? Aturdido, siguió hacia la salida y salió a la calle vacía.

Como estaba oscuro decidió caminar por mitad del asfalto hasta la avenida Vergara. El aire fresco de la noche o vaya uno a saber qué lo hizo sentirse mejor. Unos metros detrás, ondulando junto a la pared encalada de una casa vecina (mancha imprecisa, gomosa, de un color entre violáceo y borravino) había quedado la piedad, atenta y a la caza de alguna otra víctima a la que perturbar.

martes, 12 de enero de 2021

Olinda y la Marmicoc

Personaje:
OLINDA 

Entra Olinda (70) con una máscara antigás colgada a modo de cartera.
OLINDA: ¡Cacerolas! ¡Jarros viejos! ¡Por favor! ¡Compoteras atentando contra la autoridad legalmente constituida! ¡Madre santa ¡Arturo!...El finado se debe estar revolviendo en la tumba, pobre santo... No hagas caso, Arturo, estos zurdos izquierdistas zaparrastrosos buscan cualquier excusa (burlona) ¡Ay, aumentaron las tarifas! ¡Ay, los precios están por las nubes, cómo sube la inflación!... ¡Son la podredumbre, la lacra de la sociedad, son! ¿O me equivoco? ¡Olinda, hay que hacerlos mierrrrda!, me decía el querido Arturo desde el baño, antes de salir para la Comisaría. ¡Cuánto amor! ¡Cuántas charlas! Sabe, a él le gustaba mover el vientre con la puerta abierta para poder charlar conmigo. Sentado en el trono, con el cigarrillo entre los labios mientras hacía fuerza, porque era medio seco de vientre. ¡Cuántos recuerdos! ¡Qué padre ejemplar y mejor marido!... Pero basta porque me voy a poner a llorar como una pavota... (de golpe, sacada) ¡SI UNA QUIERE A LA PATRIA, SI UNO QUIERE LLEGAR AL PRIMER MUNDO, HAY QUE LUCHAR SIN CUARTEL CONTRA ÉSTOS MUGRIENTOS, HAY QUE HACERLOS CAGAR FUEGO, HAY QUE HACERLOS MIERDA!... ¡Perdón, me dejé llevar! Pero dígame usted si es cosa de hacer ir a molestar con cacerolas y ollas viejas a un excelentísimo presidente de la Nación, a una autoridad tan importante, a la hora que se les ocurra, a la Casa Rosada, a la Quinta de Olivos, a la puerta del Congreso. ¡Y con esas fachas!: pelilargos zaparrastrosos llenos de tatuajes, las caras tapadas como el Batman, o el Bairoletto. Dígame, ¿no pueden llevar el pelo cortito, no sé, un pantaloncito de corderoy con camisita al tono, una pollera 3 tableada con un sweater?... Resulta que el otro día, ni bien termina el programa de Mirta, me cruzo hasta lo de Amelia a llevarle la budinera porque le venían parientes de Isidro Casanova, y no va que uno de estos comunistas me lleva por delante, manotea la budinera y se presta a la fuga como alma que se lleva el diablo. ¡La budinera Marmicoc regalo de casamiento de los primos de Córdoba!... Cuando reacciono, voy hasta el ropero, agarro la nueve milímetros del finado y lo sigo. Iban para la plaza del Congreso, eran unos cincuenta. ¡Olinda, reprimí, reprimí!, sentía la voz aspera de Arturo en mi interioridad. ¡Olinda, reprimí, reprimí, reprimí, Olinda reprimí, reprimí, reprimí! (se empieza a escuchar un ritmo de murga, pide palmas, se sube a una silla, canta y baila en ritmo creciente, se detiene de golpe) ¡Ay, qué pasó! ¡Pero cómo se les ocurre subirme acá! Vení, tesoro, ayudame a bajar que me mareo... ¡Arturo, qué ser humano excepcional, qué ejemplo de profesionalismo! ¿Usted sabe que durante el gobierno de Onganía, con la Comisaría llena, mi amado Arturo cedió el gallinero del fondo de casa para almacenar izquierdistas?... “La sociedad está podrida, Olinda -decía desde el inodoro- Los izquierdistas se juntan con los degenerados homosexuales del los night club, con los subversivos de los gremios docentes, los metrodelegados del subte y por las noches conspiran contra la gente decente!”... Digan si estaba equivocado... Bueno, volviendo a lo de la budinera, resulta que cuando llego a la plaza del Congreso me encuentro con todos esos desaforados usando malas palabras, empujándose, tirando baldosas, bebiendo de tetratrik, chicas jovencitas mostrando las axilas sin depilar porque dicen que quieren ser iguales a los hombres, ¡válgame Dios! (se persigna) En resumen, gente totalmente desequilibrada, excremento social “¡Córrase, abuela, porque aquí en breve van a haber choques y se van a 4 producir focos ígneos!”, me dice uno de los muchachos del grupo GEO. Dicho y hecho, al rato los zaparrastrosos estos nos empezaron a tirar con bombas Molotov. ¿Qué debe hacer una viuda argentina, una defensora del sistema republicano de gobierno en estos casos? Me puse a trabajar codo a codo con los pobres muchachos. A muchos los conocía de la Comisaría de Arturo. Atropellamos con las motos, la montada y los carros hidrantes, cuando se agotaron las balas de goma, empezamos a pegar con los palos. Pero se ve que la última camada de la Federal no ha tenido buena preparación. Los zurdos cubanos avanzaban y terminaban vulnerando la primera línea, nos apretujaban contra las vallas y nos impedían la captura de los líderes. ¡Así no, nene – empecé a los gritos- tenés que cazarlo de los pelos y darle: cráneo, clavícula, espalda, articulaciones; cráneo, clavícula, espalda, articulaciones; con un movimiento envolvente! Así le di yo al más chico mío, el Rubencito, cuando Arturo se enteró que se le había dado por el teatro off... ¡Cómo me agradecieron los agentes! Se ve que son buenos chicos, lo mismo que los del grupo Halcón y los del escuadrón antimotines. Trabajadores dedicados. Verdaderos argentinos... Y de golpe, no va que veo flotando para el lado de Callao y Rivadavia, por sobre las cabezas de los zaparrastrosos, a mi budinera Marmicoc. “¡Para allá, para allá!”, le señalo al grupo GEO. Nos desplegamos en “V” y empezamos a avanzar hacia la derecha pisoteando lo que se ponía a nuestro paso. Yo saco la nueve milímetros, introduzco los cartuchos a través de la ventana de carga, pero de golpe no va que me invade la humareda de los gases lacrimógenos y la verdad es que me perdí. Sufro de asma y un poco de presión alta, se ve que el gas lacrimógeno, que aquí se usa vencido para producir mejor efecto, me endrogó; y cuando me quise acordar, andaba 5 caminando sola por puente La Noria, cantando la “Zamba de mi esperanza”.... Me hospitalizaron, sabe, estuve dos días en observación. A la budinera la perdí para siempre. Tota, la peluquera, ahora viene y me dice “¡Ay, Olinda, pero ahora vienen unas mucho mejores, con teflón para que no se pegue!” Claro, ¿y los recuerdos? ¿Y todos los sentimientos que hay en un regalo de casamiento? Arturo, si estás ahí no te enojes con esta estúpida. Se debe estar revolviendo en la tumba, pobre santo. ¡Cacerolazos! ¡Por favor! En el gobierno de Onganía, en el de Videla, mire si iba a pasar esto. Por suerte los muchachos de la Federal me regalaron esta hermosa máscara (se prueba la máscara antigás) Vistosa, ¿no?, da un aspecto así como de importancia. Para que sepan en el barrio, que una, cuando es necesario sabe defender a la patria (se vuelve a escuchar un ritmo de murga, pide palmas, canta y baila en ritmo creciente mientras se retira) ¡Olinda, reprimí, reprimí, reprimí! ¡Olinda reprimí, reprimí, reprimí!...
Apagón

lunes, 21 de diciembre de 2020

La velocidad de las cosas

Mi padre se detuvo, mi hermano Ramiro y su mujer también, mi madre obviamente no, mi madre falleció en el ‘95’ y si viviese, pobre, creo que no se hubiese detenido. Mi hermana Vivi, no; yo estoy escribiendo esto así que tampoco. En el barrio el fenómeno fue dispar, sin lógica aparente, hablo de alguna lógica de este mundo.

La cosa es más o menos esta: hoy es jueves, el lunes a eso de las diez de la mañana la gente que iba por la calle para las oficinas, a los gimnasios, a casa de otra gente, empezó a andar lento, cada vez más lento, hasta que se detuvo. Así de simple.

Digo la gente que iba por la calle para ser gráfico, pero el fenómeno incluye a los que estaban en sus casas, en edificios públicos, negocios, automóviles, pizzerías. Cuando sucedió yo dormía, siempre duermo hasta el mediodía, así que al despertar, mientras encendía las hornallas para calentar el café me enteré por la tele.

¿Cuesta creerlo? A mí no, diría más bien que lo creo perfectamente, como están dadas las cosas en el mundo hoy puede suceder casi cualquier cosa.

¿Estrés, un virus desconocido que ataca al sistema nervioso central? Los genios de los programas de la tarde tartamudean su asombro sin ponerse de acuerdo. Como en toda ciudad más o menos organizada se puso en marcha el sistema sanitario y a media tarde aullaron ambulancias trasladando a los primeros a los centros de diagnóstico. Los sometieron a exámenes, los tomografiaron, no habían entrado en pánico, no estaban en estado de shock, sencillamente se habían detenido.

La cantidad total se ignora: digamos que una parte importante de la población. De una familia tipo, por poner un ejemplo, dos se detuvieron y tres no. En nuestro caso, si cuento a mi cuñada como familia, la cifra se invierte: tres sí y dos no. El martes, mi hermana lloró casi todo el día, por la tarde me insultó como si yo fuese el responsable, por la noche armó un bolso y se fue a lo de nuestra tía Haydée a Mar del Plata.

Los hospitales lógicamente colapsaron y las autoridades -ante nada mejor a que echar mano- decidieron dejar a los detenidos allí donde habían dado el último paso.

Mi padre quedó a mitad de camino entre la puerta abierta de su auto y la entrada del taller adonde lo lleva a revisarle el sistema eléctrico (el miércoles lo fui a ver, le estuve observando largo rato la expresión de la cara, tiene esa mueca de interrogación característica de los detenidos). De mi hermano y su mujer no hay noticias, así que deduzco que también han sufrido su detención.

Yo soy de naturaleza tranquila, no me alarmo, no entro en pánico como esa multitud de desaforados que taponan la subida a la autopista para escapar. No es que no me importe, más bien digamos que guardo ciertas distancias, no tengo demasiadas expectativas en cuanto a lo que pueda suceder con la vida, entonces sencillamente no dramatizo y trato pensar. En principio, me gustó la arbitrariedad. ¿De qué depende el haberse detenido o el seguir en movimiento?

Hoy al mediodía salí a ver el panorama. Las calles son como la imagen de una película cuyo proyector acaba de trabarse: un mismo fotograma, vibrante, busca echarse a andar y no lo consigue. Es una pausa rara, impenetrable. Me quedé observando a los detenidos largo rato: las aletas de la nariz apenas se les mueven, algunos transpiran a mares, otros lloran, las lágrimas les bajan por las mejillas en un acto mecánico, sin gracia. Lo fascinante es la expresión de los ojos: es como si en la última milésima de segundo sus cerebros hubiesen procesado una única imagen, un mismo, exacto pensamiento. ¿Cuál fue? ¿Qué vieron?

A mis espaldas de golpe escucho un carraspeo, me corro, doy paso al familiar o al amigo que con un banquito plegadizo, el tejido o el diario de la tarde viene a hacerle compañía al detenido y sigo mi camino: quiero dejarles en claro que no soy un mirón, que no me estoy burlando del dolor ajeno, que sólo trato de entender.

Mi padre dice que soy apático, que desde que terminé de estudiar mi actividad más regular y productiva ha sido proyectar sombra. A él le gusta formular esos juicios de humor dudoso. No lo sé. No es que yo piense que el mundo es una mierda, me encajo los walkman, me tiro en la cama y que todo estalle en mil pedazos. Más bien me aturde el revoltijo, la multiplicación, la velocidad de las cosas, creo que para que uno se mueva primero tiene que haber alguna dirección hacia la cual ir, y por más que me empeñe no la encuentro.

Con mi padre somos opuestos, él tuvo mil actividades, viajó por el mundo, se casó tres veces, sabe hacer dinero y vive jactándose de sus logros. Pero resulta que ahora yo estoy desparramado en su sillón favorito y él detenido a mitad de camino entre la portezuela abierta de su Land Rover Defender y la entrada del taller de Rodados Mario. ¿No es irónico? Quizás en eso haya algún mensaje, una respuesta a lo que está pasando.

Sigo viendo la tele y en el canal de noticias por segunda vez se informa el caso de un recuperado (el otro fue el miércoles, había sido primicia de Crónica) Miro la placa con el titular, a continuación las cámaras muestran el lugar de los hechos: el protagonista, un vendedor de panchos en Avenida de Mayo y Florida, dos testigos describen la secuencia: hombre detenido entre otros detenidos, hombre en el que en sus ojos de golpe algo cambia, cuerpo que sufre un espasmo violento, hombre que sacude la cabeza, mira el entorno, se toma unos segundos para volver en sí y huye despavorido. Como la de Crónica el miércoles, la información es falsa. Media hora después otro canal la desmiente, un locutor habla de irresponsabilidad, de amarillismo. Se me ocurre pensar que quizás estamos en las horas finales del mundo y que existe alguien en un canal de televisión que por tres puntos de rating y un ascenso inventa lo que los demás, a gritos, necesitan creer.

A la detención de mi padre no la siento, en cambio extraño a mi madre. En líneas generales la extraño desde que falleció, pero creo que si ahora estuviese aquí me ayudaría a comprender. Mi madre era un ser armónico, vivía en paz con su prójimo y eso se malinterpretaba por debilidad. En cierta forma era alguien de otra época, decía que hay que temer a la naturaleza, y dentro de la naturaleza que debemos aprender de los animales. Me inquieta asociar sus palabras con las palomas de plaza Holanda: al principio las palomas de plaza Holanda se mostraban desconfiadas, pero ahora duermen sobre los hombros de los detenidos, los ensucian alegremente. ¿Eso qué significa? ¿Por qué ya no les temen?

Mi hermana me llamó por teléfono y me pidió disculpas. Mi hermana Vivi atraviesa la adolescencia, por lo tanto hay momentos en que es un ser normal y otros en que no. Me dijo que cierre la casa, que active la alarma y que me tome un ómnibus a Mar del Plata, que la tía Haydée nos puede alojar hasta que esto pase. Le respondí que estoy bien acá: la ciudad tarde o temprano tendrá que retomar su ritmo, la mitad en movimiento se acostumbrará al nuevo paisaje, redoblará el esfuerzo para suplir a los detenidos y todos felices y contentos.

En la calle escuché un diálogo entre dos individuos que parecían saber de lo que hablaban: uno decía que pasado el período de “incubación” (utilizó esa palabra) el virus debería mutar o desaparecer, con lo que todo tendría que volver a la normalidad; el otro le retrucó que no, que por el contrario la cosa mostraba síntomas de empeorar y que se esperaban réplicas de detenciones en otras latitudes.

Si alguien me preguntara a mí, me inclinaría por la segunda hipótesis, no es que sea negativo, lo que sucede es que no creo en los finales felices, como cuando veo películas suenan armados, artificiales. Pero no veo de qué puede servir lo que yo opine, mañana por la mañana voy a ir a afeitar a mi padre, le llevo una gorra para el sol, también voy a cambiarle la ropa humedecida por el rocío de la noche. Y voy a aprovechar para verle los ojos, es notable la expresión que tienen en los ojos.


miércoles, 4 de noviembre de 2020

Mala leche (o la extraña metamorfosis de Santos “el tuerto” Comesaña)

 Personaje

El Tuerto

Buenos Aires, década del 60’, con una bolsa de las compras Santos “el tuerto” Comesaña circula por la verdulería, se mueve entre los exhibidores, selecciona para comprar. El personaje debe hablar y moverse como un malevo y en algún momento delatar algún gesto femenino. Viste traje entallado de compadrito y una cicatriz brutal que le obtura el ojo izquierdo, sin embargo lleva sandalias de mujer y bajo la camisa se le adivinan dos abultadas tetas.

EL TUERTO: Pero fíjese el descaro de la mocosa: “No se preocupe -me dice. “Hoy ya vendimos corpiños a seis caballeros tan varoniles como usted”, me dice. ¡Habrase visto! Treinta años trabajando en el puerto, treinta años entre una mersa mitad delincuentes, mitad animales, ¿y esta chitrula va a explicarle a Santos “el tuerto” Comesaña si tiene o no tiene que preocuparse? Juro que me subió un impulso de manotearla por el gañote...

Es como decía la vieja: "Santitos vos tenés mala estrella" (se señala la cicatriz del ojo) ¿Cómo arrancó la cosa? La cosa arrancó esa misma mañana cuando me levanté, después  de afeitarme y cambiarme me tomo a la carrera el mate cocido con leche en la cocina de la pensión y rajo hasta la parada de la esquina para agarrar el rápido de las seis. Pero algo me decía que no, algo me decía la cosa no venía bien. Y ya en el bondi escucho en la radio: las autoridades de salubridad advierten a la población que un compuesto en mal estado en la leche entera “La Martita” está provocando un raro cambio en la población masculina.  Yo había tomado mi tasa diaria de mate cocido con leche, yo sabía que la patrona compraba leche entera “La Martita”, era sumar dos más dos. ¡Listo, cartón lleno!.

A alguien próximo, amenazante.

EL TUERTO: ¿Qué pasa? Sí a usted, ¿qué pasa? ¿Dije algo gracioso?... Ah, bien... El primer síntoma lo sentí alrededor de las diez de la mañana, un hormigueo, como si la sangre se me hubiese puesto a hervir. Después un sudor frío acá. Al entrar en la garita el Chino que me advierte que estaba caminando raro.
Yo lo paro en seco: “¿Qué pelotudez estás diciendo vos?”. 
“Y, raro, raro, don  Comesaña. No sabría precisarle –se atropelló el chico.
Apenas una hora después, pude advertir lo que había descripto mi compañero: los zapatos de golpe me bailaban, los pies se me habían reducido por lo menos dos números y al caminar debía hacer un esfuerzo terrible para no contonearme como esas mocosas que pasean por la calle Florida (se abre el saco y apunta con las tetas) Antes del mediodía ya habían empezado a crecerme estas.

¡A ver, usted que tiene pinta de despierto, míreme y explique ¿cómo un tipo como yo, alguien que ama andar en mangas de camisa, dando órdenes por el playón, transpirando y puteando a los gritos, un líder, digamos; podía ahora de golpe encerrarse en la garita como un puto monaguillo, sin moverse, sin decir esta boca es mía, sin desabotonarse el saco para no mostrar esto?

Pero uno es pobre, la plata nunca sobra y hay que trabajar. Pasadas las doce salieron tres contenedores con frutas secas de República Dominicana, dos con abanicos y muñecos de tela con origen en Taiwán, y después ingresó un embarque de aceite de oliva de San Rafael. Seguí hasta la una supervisando la salida de los camiones (se señala las tetas) pero estas dos eran una presencia anormal y de mierda que me sacaban la concentración y me ponían ciego de furia. Pasadas las dos tuve un cruce de palabras con el Turco Matta. El Turco es un tipo de cuidado, es uno de los choferes más antiguos y a partir de una cuestión turbia por un faltante en un embarque de gomina para el pelo habíamos discutido y haciendo uso de mi autoridad yo le había dado un par de sopapos. Nada del otro mundo, sólo para poner las cosas en su lugar. Pero sabía que el ladino estaba esperando que cometiera el mínimo error para exponerme.

Y a eso de las tres mi paciencia ya llegó al límite. El vaivén de caderas con un poco de buena voluntad podía sobrellevarlo, en cambio estas ubres habían tomado una dimensión tal que, por más que me encorvara y metiese el tórax para adentro ya se me notaban bajo el saco. Para hacer bulto me envolví el cuello con una chalina medio apolillada que encontré en la garita, pero en el playón hacía cerca de 35 grados y transpiraba como un beduino. Para colmo, cuando daba alguna orden la voz se me aflautaba en un falsete que por más que tosiera y simulara un catarro era imposible de justificar (a alguien próximo) ¿A usted le parece que así un hombre honrado puede trabajar?

Se me ocurrió poner como excusa una diligencia a las oficinas de la Aduana, dejé al Chino a cargo de la garita y me fui. Me tomé el primer ómnibus de regreso, me bajé en Tacuarí, a tres cuadras de la pensión para evitar encontrarme con algún conocido y cuando reconocí el escaparate de la tienda entré. Ahí fue donde compré el corpiño y la pelotuda esta me dice “señor, no se preocupe”

Revisa en la góndola. Al verdulero.

EL TUERTO: “¿A cuánto la papa blanca, Jaime?”… Decidí recluirme en la pieza para analizar la situación. Apagué la luz y me tiré a fumar en la cama. Más que indignado, me aturdía el desconcierto, ¿cómo podía un hombre de cincuenta años, ya hecho como yo, terminar convertido en hembra? Se me vino la imagen de Albertito. Albertito es el hijo de la Delia, mi hermana. El pobre chico siempre fue manfloro, le robaba la ropa a la madre, se depilaba las cejas. Pero Albertito quería ser mujer, en cambio, ¿en qué categoría entraba lo mío? ¿Había sido víctima de un envenenamiento? ¿De un capricho del destino? ¿De un accidente? ¿Dónde tenían la cabeza los fabricantes de esa podrida leche para provocar semejante desbarajuste? Demasiadas preguntas –me dije- y yo no tenía ni tiempo ni ganas para preguntas, era un hombre de acción y, sobre todo,  ¡necesitaba seguir siendo hombre, caray!

Esa noche, a la hora de la cena me quedé en la pieza mordisqueando unos bizcochos y me tomé media botella de grapa mientras buscaba en la radio: los informativos no aportaban demasiadas novedades, en las puertas de la empresa láctea se había reunido una manifestación con los familiares de los intoxicados. Esas cosas no sirven para nada. Recién pude conciliar el sueño de madrugada, dormí mal, soñé con el Turco Matta. Estábamos en el playón de descarga frente a frente. Presagiando pelea, todo el personal de la mañana se había reunido en torno a nosotros. El Turco llevaba algo en una mano y me lo extendía: “Che, Tuerto, te traje este obsequio” –decía, alzando la voz con tono zumbón. Yo agarraba el paquete, lo abría, era una cajita de música, levantaba la tapa y una bailarina diminuta vestida con una de esas polleritas de gasa rosa se incorporaba y se ponía a dar giros. Yo notaba que entre los curiosos se forzaban algunas toses para evitar la risa. El desafío estaba echado. Dejé caer esa cajita de mierda a un costado y reculando un paso saqué el cuchillo. Comencé a medirlo, agazapado, haciendo amagues rápidos. Tenía que estar concentrado porque el Turco tenía fama de diestro con la navaja. De golpe, de la manera estúpida con que suceden las cosas en los sueños, yo me veía vestido con la pollerita, las medias can can y las zapatillitas con puntera de la bailarina. Dejaba caer el cuchillo y elevando las manos empezaba a hacer giros sobre mí mismo. El  personal completo de la dársena estallaba en una carcajada. El Turco Matta, desparramado en el piso y sosteniéndose la barriga con las manos me decía algo que no alcanzaba a entender. Cuando conseguía detener el bailoteo corría hacia la avenida para subirme al primer ómnibus que me sacase de ese papelón. Algo vergonzoso, una experiencia de mierda, la verdad.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando salí de la pieza y fui al baño, el impacto fue tremendo: me habían crecido dos largos bucles de cabello grisáceo que me caían casi hasta tocar los hombros. Las facciones de la cara, antes duras, angulosas, se me habían rellenado y poblado de gestos delicados. Los hombros anchos y poderosos habían desaparecido, en su reemplazo tenía estas formas regordetas en los brazos, en las caderas y, por supuesto, estaban las dos macizas tetas.

Desnudo y tembloroso, estuve estudiándome sin dar crédito a lo que mostraba el espejo: salvo por esto (se señala la cicatriz del ojo) era una copia calcada de mi hermana la Elsa (a alguien cercano) “No, no me da vergüenza reconocerlo, don, del ojo habilitado me saltaron las lágrimas y lloré como una María Magdalena”.  Es que la situación era improcedente por donde se la mirase, yo soy un tipo llano, de otra época, solterón empedernido, asiduo al cabaret, la verdad que nunca sentí demasiado respeto por las mujeres, las juzgaba como una herramienta o para brindar compañía, o para satisfacer una necesidad física. Pero ahora la realidad me había arrinconado en ese baño mugriento transformado precisamente en una. 

Superado el impacto inicial, estuve un rato espiando que no hubiera movimientos en el pasillo, después salí y me refugié en la pieza. ¿En esas condiciones podía ir al puerto? Imposible. Con mucho cuidado volví al pasillo y usé el teléfono común para hablar al trabajo. Di con el Chino, agravando la voz le pedí que cuando terminase el turno me viniese a ver, que le tenía un encargue.

Cuando el muchacho se presentó en la pensión, subió al primer piso y le abrí la puerta, se quedó congelado. “Es esa mala leche”, le dije. Aunque en pantalón pijama y camiseta, había tenido la delicadeza de ponerme el corpiño y de atarme las crenchas de mi ahora aleonada cabellera con una piola. “Escuchame bien, Chino, en algún momento voy a tener que salir de esta pieza así que tenés que conseguirme ropa”. Sin decir más le anoté la dirección donde había comprado el portasenos y le di unos billetes. El otro fue hasta la tienda y volvió con tres vestidos, una blusa, dos polleras tableadas y dos pares de sandalias del cuarenta y tres. Después se ofreció a ir hasta la cocina a traer la pava con el agua, yo serví un plato con criollitas y compartimos unos mates. El Chino me puso al tanto de las novedades de la dársena, el entrerriano, uno de los operadores más antiguos de la grúa, también había resultado intoxicado. El Turco Matta hizo correr la voz de que lo había visto bajarse de la grúa y escapar del puerto emitiendo gemiditos y zarandeándose como una bataclana. Nos reímos con ganas imaginando la escena, ya que el entrerriano era un grandote bastante mal arreado.

El día siguiente era sábado, sin embargo el Chino volvió a visitarme. Aunque algo atolondrado, no es un mal chico. Traía como novedad algo que no dejaban de repetir por la radio y, por lo tanto, que yo ya sabía de sobra: la partida de leche había sido retirada del mercado, los médicos habían conseguido identificar el compuesto responsable de la intoxicación, aunque todavía no se encontraba el antídoto para revertir sus consecuencias. Visto que la cosa tendía a dilatarse y echando mano a mis influencias en la oficina de personal pedí una licencia por enfermedad hasta tanto se fuese aclarando la historia.

Pasó la semana, encerrado en la pieza por momentos me deprimía y por momentos me invadía una furia asesina. Me mantenía al tanto de las novedades en la dársena a partir de lo que me trasmitía el Chino por teléfono, o de lo que me contaba cuando venía a verme después de cumplir con su turno. Pero el domingo siguiente, los acontecimientos tomaron un giro inesperado cuando el muchacho se me apareció por la pensión con un ramo de flores.

Aunque difícil de medir en toda su magnitud, hay que entender que –digamos- mi interioridad estaba pasando por un momento complejo: junto con los cambios físicos mi sensibilidad, en tránsito de acomodamiento, era bombardeada por un millón de emociones y sentimientos nunca antes experimentados. Así, detalles pavotes, como un valsecito criollo escuchado por la radio, o los malvones florecidos de una maceta del pasillo, de repente y sin motivo me provocaban un nudo en la garganta y hacían que el ojo sano se me llenase de calientes lágrimas. O de golpe sentía el impulso irrefrenable de cantar y reír a los gritos, algo que dos semanas atrás era inconcebible y lo más alejado de mi carácter. ¿Debía aceptar esa novedad o reprimirla?  ¿Seguía siendo Santos “el Tuerto” Comesaña o estaba naciendo en mí otro ser? (a alguien cercano) A usted, el de la cara inteligente, ¿qué tiene para decir? ¿Qué opina?

En cuanto a las emociones que me unían con el Chino, la confusión obviamente no iba a la zaga. ¿Cómo se da el tránsito de un sentimiento varonil a otro que no lo es tanto? ¿Qué es lo que se trastoca? Una tarde de sábado en que habíamos estado escuchando los resultados de los partidos del ascenso, al verlo volver al cuarto con la pava de agua caliente supe que estaba enamorado.

El Chino y yo nos casamos un cinco de enero del año siguiente, fue una ceremonia discreta y, lógicamente, sin valor legal,  ya que corría el año 67 y en el país una legislación sobre el casamiento entre personas del mismo sexo todavía era impensable. El responsable de casarnos fue el hijo de mi hermana la Elsa, que habiendo postergado sus propios planes para transformarse en mujer se había puesto a estudiar de cura.

Pedí la jubilación anticipada en el puerto y empecé a coser para afuera. Un año más tarde mi cambio físico, por lo menos desde lo exterior, ya era casi completo, entonces decidimos agrandar la familia. Consultamos y decidimos adoptar, nuestra hija se llama Martita, ya tiene cuatro años. La llamamos Marta lógicamente en homenaje a la leche entera “La Martita”.

Vuelve a buscar en las góndolas. Al verdulero.

EL TUERTO: “No sé si voy a llevar las papas o un kilo y medio de zucchinis, Jaime. Esta noche puedo hacer zapallitos rellenos”... Acostumbrarse a lo que nos toca y aguantar, qué se le va a hacer. Lo que nunca terminó de cuadrarme fue lo de vestirme de hembra, por ahí a las cansadas me pongo una pollera estampada, algún body, más que nada de entrecasa porque al Chino le gusta. 

Y esa es la historia. El problema de la mala leche al final se arregló, las autoridades reaccionaron, de ahí en más se reemplazó el conservante y la empresa indemnizó a los afectados. ¡Bah, la realidad es que nos dieron una miseria! Pero ese año unos trescientos cincuenta varones tan inocentes y desprevenidos como yo vieron cambiada su vida. Y hubo que adaptarse y seguir, qué otro remedio.

Y ahora me voy. ¿Qué hora es? Todavía tengo que pasar a buscar a Martita por la guardería (al verdulero) “Me voy a llevar los zucchinis, Jaime” (a alguien cercano, amenazante) ¿Qué pasa?  ¿Y por qué esa sonrisa? ¿Le parece gracioso lo que digo?... Ah, me parecía. Salute.

Sale rumbo a la Caja. APAGÓN

sábado, 17 de octubre de 2020

Programa del fin del mundo

El Departamento de Letras de la Universidad Nacional del Noroeste, en un escueto comunicado publicado por “El lector”, su órgano de difusión, informó el hallazgo de la última obra literaria de Andrés Cuantemoc Frene.

Los originales, consistentes en un grueso block de hojas escritas a mano alzada, con manchas de dulce y parcialmente quemados, se titulan “Programa del fin del mundo” y fueron encontrados entre las cenizas de un brasero en los fondos del domicilio del singular escritor bonaerense. 

Su descubrimiento estuvo a cargo del profesor Pedro Gabriel García, especialista en la obra de ACF, quien haciéndose eco de algunos rumores de pasillo que aseguraban la existencia de un manuscrito inacabado del artista, se apersonó en la vieja casona abandonada y concretó el hallazgo.

Narrador, ensayista, poeta y dramaturgo, Andrés Cuantemoc Frene nació en la localidad de Agustina. Hijo de Aldana Pulido y Lucio “Chichín” Frene, un conocido empresario de electrodomésticos de la zona, quedó huérfano a temprana edad y a partir de ese momento se dedicó a hacer gimnasia, a la escultura con fósforos y a la “lectura sistémática”, esto es, a leer en orden alfabético ascendente -comenzando con las autores con “z”- el catálogo completo de los volúmenes de la biblioteca municipal local.

Pronto despuntó su carácter intolerante y su personalidad esquiva. Desde sus primeros escritos juzgó a su obra como “basofia” e “inútil pérdida de tiempo”. Se mantuvo al margen de los cenáculos literarios y desarrolló un profundo pesimismo. Siguiendo el pensamiento de Schopenhauer, para ACF “las cosas no son tan malas como parecen, son peores”.

En 1974 -sin mucho entusiasmo- finaliza su primera obra a la que titula “¡A ver si nos callamos!”, un largo poema épico sobre el tratado Roca-Runciman. La originalidad de la propuesta, más allá de su temática, radicaba en el hecho de que el trabajo solo tenía una existencia mental, esto es, ACF había decidido no darle una entidad exterior concreta en papel; por lo que una vez editado el libro contó con prólogo, con tapa y contratapa a tres colores, pero todas sus páginas iban en blanco.

El ambiente literario lo rechazó, el escritor fue acusado de frívolo, de ególatra, y el frente de la casona paterna fue salvajemente cascoteado. ACF, en vez de rebelarse, estuvo de acuerdo. “Hacen muy bien –dijo- Yo reaccionaría igual. ¿Qué me propongo con esta mierda?”.

A partir de “¡A ver si nos callamos!” en los cinco años subsiguientes ACF edita “La felicidad es de los otros”, “De qué se ríen”, “Balada del anciano con gota”,  (novelas), “Incomprensiones 1”, “Incomprensiones 2”, “Incomprensiones 3” e “Incomprensiones 4” (poesía) y “La oscuridad de la razón”, una extensa investigación histórica sobre la crisis del ‘30´ y su impacto en la industria de la marroquinería y las tiendas de ropa interior femenina.

Su estrategia literaria es la misma, las obras nacen, maduran y concluyen en la imaginación de ACF y su posterior edición es con las páginas en blanco. El escritor se vuelve aún más resistido, los reseñistas se ven en figurillas para redactar las críticas de sus libros, se lo acusa de fraude, se lo tilda de provocador, algunos especulan con la incidencia de una enfermedad mental preexistente. Las ventas lógicamente no ayudan y Fidalgo Hnos., su editorial, finalmente lo abandona.

En 1979 Andrés Cuantemoc Frene no recibe los Premios Alfaguara y Biblioteca Breve de novela, ni el Premio Anagrama de ensayo, ni el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez de poesía.

En 1983 su repulsión hacia el acto manual de escribir aumenta, para no obligarse a redactar, incluso, memoriza las listas de las compras. Cuando debe conceder entrevistas hiperventila y sufre crisis de angustia.

A pesar de su aversión al contacto social comienza a tener adeptos: integrantes de asociaciones de solos y solas, de clubes de doma y grupos de extrema derecha empiezan a seguirlo. La atracción es un verdadero misterio, ya que debido a las características propias de la producción literaria del ACF ninguno ha leído de él ni una sola línea. Sin embargo tratan de contactarlo, le envían telegramas, montan guardia frente en su domicilio, pero una y otra vez el polígrafo los rechaza, los denuncia al 911, incluso les arroja agua con vinagre desde las ventanas.

Su pulsión literaria, en tanto, no halla sosiego. En 1986 sale a la luz “Lobotomía ya”, poemas, “¿Vamos a jugar a que tenemos vida interior?”, teatro para niños, y “El libro de la desazón”, una novela de ciencia ficción donde los seres humanos deciden auto-eliminarse al descubrir que hace 25.000 años fueron clonados por extraterrestres.

ACF decide innovar: con su última producción volverá al formato tradicional, esto es, los libros tendrán capítulos impresos y cada página estará rellena de palabras. Desoyendo el consejo de su nuevo editor, el escritor agustinense publica un único ejemplar de cada obra, que lee en voz alta a Lin, la encargada del supermercado chino en el que se aprovisiona y con quién ha entablado una relación, para luego incinerarlos en la parrilla del fondo de su casa.

“Los estímulos que la sociedad actual pone a nuestro alcance –sostiene el artista- nos sobre-excitan y desvían nuestra atención respecto a la principal actividad de nuestra existencia: dormir”

En 1989 ACF no recibe el Premio Internacional Rómulo Gallegos, ni el Premio Herralde de novela, ni el IV Premio de Dramaturgia Hispana de Chicago.

Ese mismo año, el artista escucha por la radio el rumor de que es uno de los candidatos a recibir el Nobel de Literatura. ACF decide llamar a la academia sueca, lo comunican con recepción, donde deja dicho que los premios literarios son “tentaciones que corroen el innato sinsentido de la creación” y que  si le otorgan el Nobel de ningún modo va a aceptarlo.

Andrés Cuantemoc Frene ya tiene setenta años. Ha experimentado con libros mentales, ha escrito volúmenes corrientes y ahora la intuición le dice que debe buscar algo más. En una noche de insomnio, entonces, descubre que a partir de ese momento su relación con la literatura va a ser sólo de ideas. Los próximos años va a dedicarse únicamente a pensar ideas para libros, de las que no va a desarrollar ninguna.

Es así que entre 1990 y 1999 concibe la friolera de mil cuatrocientas cuarenta un tres ideas para libros de poemas, seiscientas sesenta y dos ideas para novelas y cuatrocientas veintinueve para volúmenes de ensayo; producción monumental de la que -fiel a su propuesta- no escribirá una sola línea.

A fines de 1999 se pierde todo registro del escritor, las ventanas de la vieja casona familiar están siempre cerradas, se rumorea que se fue a vivir a Paso de la Patria, Corrientes; hasta que la supermercadista Lin comunica la mala nueva: la madrugada del 14 de noviembre de 1999 Andrés Cuantemoc Frene muere en su lecho de un infarto cerebral y deja tras de sí una extensa y estrafalaria obra.

A modo de homenaje y para concluir esta breve biografía, la Universidad Nacional del Noroeste ha decidido compartir un fragmento del valioso hallazgo del Profesor Pedro Gabriel García –lo único que ha logrado rescatarse de las llamas- el índice de su obra póstuma:

“Programa del fin del mundo” – Novela inconclusa de Andrés Cuantemoc Frene - Índice
06:30 horas – Apertura.
07:00 horas - Lluvia de meteoritos.
08:30 horas - Llegada del primer tsunami.
10:00 horas - Contaminación del agua.
11:30 horas -
Estallidos de las principales centrales nucleares y liberación de radiación.
De 12:00 a 13:30 horas - Almuerzo.

14:00 horas - Comienzo de la destrucción.
15:30 horas - Eclipse e inversión de los polos magnéticos de la Tierra.
16:00 horas - Desembarco de los ovnis
17:00 horas - Revelación pública de la identidad del Anticristo.
17:30 horas - Suicidios rituales en masa.
18:00 horas - Apertura de grietas en la superficie de la Tierra.
De 19:00 a 20 horas - Refrigerio.
20:30 horas - Súper calentamiento global y disminución del oxígeno.
21:00 horas - Desaparición de la flora y la fauna.
22:00 horas - Aniquilación de la población humana.
23:00 horas - Desintegración del sistema solar.
De 23:30 a 00:00 horas - Brindis de despedida y cierre.

domingo, 30 de agosto de 2020

Crónicas de Radio Cracovia 3

3

Cronista: Hola, como andan, como siempre yo aquí en el lugar donde se genera la noticia. Estamos en un edificio de departamentos de Avenida Directorio al 1800, donde funcionaba hasta hace unas horas, un improvisado estudio de televisión.

Al parecer, a partir de la declaración de la pandemia desde aquí la conocida conductora Marcela Von Grolman realizaba su programa “Marcela de entrecasa”, como ustedes saben dedicado a la cocina, la decoración y las actividades manuales para las amas de casa.

Según la denuncia, en la emisión de ayer, Marcela habría intentado enseñar a hacer a sus seguidoras una operación de estómago utilizando instrumentos caseros como navajas, hilo sisal, la gotita y tapones de goma en desuso. Y para ello se prestó el encargado del edificio, de nombre Elvio Marincovich, quien lamentablemente falleció desangrado en la intervención.

Hace unos minutos retiraron el cuerpo del infortunado y en estos momentos la conductora está por ser trasladada por la Policía. El Juez interviniente es el Dr. Prilidiano Ramos y la carátula en principio sería ejercicio ilegal de la medicina.

¡Si me permiten, si me permiten! Disculpen la desprolijidad, pero la conductora está saliendo esposada en este momento.

-Marcela, Marcela, ¿qué siente, Marcela? Marcela, ¿qué tiene para decirle a sus seguidoras. Marcela ¿sabe operar?, ¿usted es gastroenteróloga?, Marcela.

Bueno, lamentablemente la conductora no quiso dar declaraciones, y en una actitud violenta empujó y escupió a varios colegas. Bueno, eso es todo por el momento, cualquier novedad volvemos. Adelante ustedes.

 

 

5

Cronista: Hola, cómo están, yo aquí nuevamente en el lugar donde nace la noticia. Hoy estamos en barrio 14 de Noviembre del Partido de Almirante Brown, porque tras un espectacular procedimiento policial acaba de desbaratarse la temible banda de Antonia Gubitosi, “La Petrona”.

La situación es la siguiente, desde unos hace quince años, esta delincuente, Antonia Gubitosi de Balestrase, conocida como “La Petrona” (76 años, seis hijos, nueve procesamientos y con seis causas judiciales) en el frente de su vivienda regenteaba un kiosco de venta de cocaína y pasta base, con la utilización de nueve menores de edad armados de custodia y –como corresponde- con la protección de las fuerzas policiales de la zona.

Lo que nadie sospechaba es que tras esta convencional fachada, “La Petrona” ocultaba el verdadero negocio: una impresionante cocina de elaboración, fraccionamiento y tráfico de pastas y postres gourmet sin ningún tipo de control sanitario, ni bromatológico e incumpliendo la reglamentación del Código Alimentario Argentino.

El la parte trasera de la humilde vivienda, la División Fénix de la Policía Federal incautó 4 hornos Evelyn Gourmet, 10 moldes flaneros, 6 amasa-pastas y dos batidoras Naldo con gancho de amasado para mezclas pesadas.

La malviviente contaba además contaba con grupo electrógeno propio para eludir los cortes de luz y utilizaba a sus “soldaditos” para concretar los deliverys.

Se cree que el negocio cubría una vasta zona conformada por los partidos de Almirante Brown, San Miguel, oeste de Morón, Merlo, Marcos Paz, hasta La Matanza.

La detenida, que intentó chantajear a las fuerzas especiales con una porción de peceto mechado con ciruelas recién elaborado, fue puesta a disposición del Juzgado de Garantías Número 2 del Departamento Judicial de Almirante Brown. Por el momento es todo, cualquier novedad volvemos, adelante estudios.

 

 

8

Cronista: Hola, como lo dictan las buenas escuelas de periodismo, aquí estamos, en el lugar donde se genera la noticia. En esta oportunidad en la localidad de Olivos, en compañía del matrimonio Mir, quien con mucha cordialidad nos invitó a pasar junto a otros colegas al living de su hogar. En esta ocasión para compartir una experiencia extraterrestre o “del tercer tipo”.

Sucedió lo siguiente, Juancho y Esmeralda Mir en el día de ayer, en horas de la noche, volvían de unas vacaciones en Alta Gracia, Córdoba, por ruta 9, cuando a la altura de la localidad de Laguna Larga vieron una potente luz en el cielo que comenzó a seguirlos.

- ¿Esto fue así Juancho?

- “Sí, sí, fue así”.

La pareja, lógicamente asustada, siguió viaje y cuando estaban a un kilómetro de la localidad de Amstrong, la luz se aproximó, se ubicó encima del vehículo y a partir de allí ya no recuerdan nada, hasta recuperar la conciencia sesenta kilómetros más adelante cuando ya estaban llegando al cruce de Alcorta.

-¿Esto es así?

-“Sí, sí, es así”

Cuando el matrimonio volvió en sí, comprobó que el auto funcionaba y que ellos estaban bien, fue en ese momento que escucharon desde el asiento trasero a Bartolo, el bulldog enano de la familia, recitando –fuerte y claro- un poema de César Vallejo.

-¿Esto fue así?

-“Sí, sí, fue así, fue así”.

Evidentemente los extraterrestres habrían concretado algún tipo de experimento con el pobre can, que al parecer se comporta como perro, pero cada tanto cambia de actitud, pone una mirada soñadora y comienza a recitar. Y algo que llama la atención, siempre al mismo autor, a Cesar Vallejo.

Quiero aclarar, que tanto los colegas aquí presentes como este cronista, podemos dar fe de esta facultad excepcional, porque hace apenas unos minutos el can fue hasta la ventana y mirando hacia la calle recitó ese que comienza diciendo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!. Golpes como del odio de Dios” “Los heraldo negros”, tremendo poema. Se imaginarán que quedamos todos conmovidos.

Y ahora, una primicia, en exclusiva para Radio Cracovia y su cadena de repetidoras, le vamos a pedir a Bartolo que nos regale otra interpretación del notable poeta peruano:

- ¡Bartolo, Bartolo, vení chiquito! ¡Bartolo!

- Grrrrrrrrr. Arrrf, grrrrrr.

Estudios centrales, lamentablemente en este momento, nos explica el amigo Mir, el can no está en condiciones anímicas para demostrarnos sus capacidades de recitador.

Bueno, por el momento eso es todo desde aquí, cualquier novedad volvemos, adelante ustedes.