miércoles, 18 de marzo de 2015

Milagro en Cortínez

Curiosidad, conmoción, susto y hasta lágrimas ha causado la aparición de una figura de unos tres centímetros de largo por dos de ancho en el Barrio San Cayetano, en la localidad bonaerense de Cortínez. 
La imagen, aseguran testigos, se materializó en una  vivienda de clase media en un feta de jamón cocido y, aparentemente, muestra a la Virgen Desatanudos o a Santa Cecilia de Roma, de frente y con el brazo izquierdo elevado.
Fue el hijo mayor de una familia de apellido Sampietro quien protagonizó el descubrimiento. El joven asegura que al abrir la heladera para prepararse un sánguche, allí estaba la imagen en un plato, entre el frasco de las aceitunas descarozadas y una lata abierta de anchoas.
La vi ni bien abrí la heladera. No sé cómo explicarlo pero me estaba mirando. Agarré el plato con cuidado y lo apoyé sobre la mesa. Después corrí a decírselo a Marta, mi madre.
¿Qué siento?  Muchísima emoción. Cuando vino a contarme yo estaba regando en el fondo. La verdad que dudé.: “¿Estás fumando otra vez esas porquerías?”, le grité. Pobre ángel, Alexis es buen chico pero ha tenido algunos problemas con las drogas, sabe. Después lo acompañé, entramos los dos en la cocina y cuando me puse los lentes y la miré se me saltaron las lágrimas.
Al parecer, desde el fiambre la extraña figura consigue gesticular, abrir y cerrar los ojos y hasta mover los brazos. Tanta ha sido la sorpresa y la conmoción, que la noticia fue pasando de boca en boca y afuera de la casa comenzaron a juntarse decenas de personas con la intención de ver la enigmática aparición.
Si usted se inclina sobre el plato y la mira fijo, siente que está tratando de decirle algo. Hace un movimiento así con la mano y adelanta la mandíbula como queriendo hablar.
Sin dudas trae un mensaje.
Es Santa Cecilia de Roma virgen y mártir. La reconozco por la túnica y la cicatriz en el cuello.
Mire, señor, todo lo que sucede es por algo. Está escrito en la Biblia, Dios manda las cosas para ponernos a prueba.
Qué Biblia ni qué ocho cuartos, el pibe este es un falopero del año cero, puede haber descubierto a la Virgen de Fátima o al Locomotora Castro tomándose un vermú en el bar de la esquina con los guantes puestos.
El caso es que a cinco días de la aparición, la casa de los Sampietro se ha convertido prácticamente en un museo. Son cientos y cientos de personas quienes se dan cita en la puerta y hacen una larga cola para ver de cerca lo que nunca antes se había visto.
Yo vine ayer pero no alcancé. Hice la fila por tres horas pero no pude entrar.
Es verdad, no se organizan, tranquilamente podrían armar un sistema de turnos.
Según explica la familia, para la exhibición deben tomar algunos recaudos porque al haberse materializado en el fiambre no es conveniente dejar a la imagen mucho tiempo fuera de la heladera.
La cocina es chica, hacemos pasar a grupos reducidos. La pueden mirar, pedirle un deseo y por cuarenta y cinco pesitos le sacan una foto.
¡Cuarenta y cinco pesos la foto es un robo! ¡Son de lo que no hay! ¡Lucran con la fe de la gente, señor!
El vivo ahí es el padre, él le vio la veta al asunto, según comentan en el barrio tiene antecedentes penales, piratería del asfalto, parece.
Los foros y las redes sociales, en tanto, han comenzado a hacerse eco del fenómeno, en general los mensajes expresan escepticismo: “Es plata del Ministerio del Interior, le pagó a estos impresentables para distraernos de los problemas con la droga y la inseguridad”, señala patoflip; “Sí, yo también tuve una aparición: encontré un Godzila del tamaño de un dedo en un panqueque”, sostiene emilySweet.
Una muy conocida marca de fiambres y chacinados, en tanto, se comunicó con la familia Sampietro para ofrecerles una heladera vidriada. La idea es que la “Virgencita del Jamón”, como ya se la conoce, pueda ser exhibida sin la necesidad de interrumpir la cadena de frío.
Transcurridos ya diez días del prodigio, lo cierto es que todavía ninguna autoridad científica o religiosa se ha pronunciado sobre el asunto, ni se ha hecho presente en el Barrio San Cayetano.
Pareidolia.
¿Y eso?
Es el fenómeno psicológico a partir del cual una persona afirma ver imágenes en donde sólo hay manchas, rayas, o cualquier otro patrón difuso.
Usted porque no cree. Esto es un evento ex-tra-or-di-na-rio, se equivoca al buscarle una explicación.
Es verdad, yo la toqué con el dedo y la virgencita estaba tibia. Conteste, ¿cómo puede ser que si el jamón está en la heladera ella esté tibia?
Algo recurrente en lo que casi todos los testimonios coinciden es en el tema del movimiento.
Hace así con la boca, como la seña del ancho falso en el truco y mueve la mano derecha. Nos está transmitiendo un mensaje que nosotros todavía no estamos preparados para comprender.
Pura sugestión.
Lo que yo digo. Supóngase que de verdad es una aparición milagrosa,  ¿para qué hacer señas? ¿Por qué directamente no habla?
Más allá de discusiones y teorías, en las últimas horas se ha producido una novedad relevante: la parroquia local finalmente ha decidido tomar cartas en el asunto y hace instantes acaba de concluir una reunión con la jerarquía eclesiástica zonal y autoridades de otros credos.
El encuentro ha resuelto constatar si la aparición de Cortínez se trata efectivamente de un milagro. Para ello, van a sacralizar dos rebanadas de pan tipo casero, que servirán para el traslado de la feta que contiene a la virgencita hasta la Basílica de Luján. Allí, autoridades eclesiásticas   practicarán en la imagen las pruebas de rigor.
La ceremonia de traslado se realizará el próximo domingo diecinueve, en coincidencia con la celebración de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.
¡Mi-la-gro! ¡Mi-la-gro! ¡Mi-la-gro!
¡Qué milagro ni milagro, esto es pura superchería!
Mire, señora, yo vine a verla el lunes, el martes mi marido se decidió a pintar el frente de casa, a mí nadie va a venir a decirme qué es un milagro y qué no.
Si me permiten, estamos equivocando el eje de análisis, la pregunta que hay que hacerse aquí es si la materialización de esta imagen en una feta de fiambre es accidental o, por el contrario, un dato que revela algo importante.
¡¿Qué dice?!
Que evidentemente es una condena directa hacia una cultura pagana, carnívora y decadente. ¿No se dan cuenta? Aquí hay un claro mensaje vegetariano.
¡Cállese, no sea imbécil!
Como puede apreciarse, en la tranquila localidad de Cortínez se viven horas de agitación, y a la multitud que se congrega desde hace dos semanas frente a la casa de la familia Sampietro, ahora hay que sumar los fieles que provenientes de distintos puntos de la provincia han llegado al barrio San Cayetano y acampan en las cercanías para sumarse a la ceremonia de traslado del domingo.
La procesión, encabezada por la urna conteniendo la feta y las dos rebanadas de pan, partirá a las diez y media de la mañana desde el frente de la casa del milagro. La columna recorrerá la Avenida Néstor Spiga, arteria principal de Cortínez, para salir a la Ruta Nacional Número 7 y, acompañada por una caravana de automóviles, sortear los cuatro kilómetros que separan a la localidad de la Basílica de Luján.
Desde el municipio adelantan que se prepara una importante fiesta de celebración: habrá desfile de comparsas, música en vivo y un concurso escolar de manchas que premiará al retrato que más se asemeje a la Virgencita del Jamón.
Como creyente siento un gran alborozo, esto puede llegar a transformarse en un verdadero hito para nuestra comunidad. Si el prodigio hace feliz a la población de Cortínez, a mí como su Intendente elegido democráticamente también me hace feliz.
¿Y usted qué quiere decir?
Mi nombre es Atahualpa Cevallos, soy vidente y mentalista, matrícula 8803, en mi última sesión la virgencita me pasó un mensaje que quiere que transmita a la comunidad de Cortínez.
¡Ay, por favor, hagan callar a este charlatán!
¡Tranquilidad, señores! A ver, diga cuál es el texto del mensaje.
Dice así: “Hijos míos, despertad al alba, dejad que la vida vaya, luego, que regrese”.
¡Aleluya!
¡Aleluya! Cantemos todos: Señor / me has mirado a los ojos / sonriendo / has dicho mi nombre…
Atención, a escasas veinticuatro horas de la ceremonia de traslado, acaba de conocerse una noticia sobrecogedora. Según fuentes presentes en el lugar, en la mañana de hoy el abuelo de la familia Sampietro, un octogenario que al parecer sufriría de Alzheimer, bajó a desayunar y en circunstancias aún confusas se comió la feta de jamón donde se alojaba la aparición. Como suele ocurrir con los descuidos, todo se desencadenó en un par de fatídicos segundos. La dueña de casa, al bajar de su cuarto se encontró al anciano semidesnudo ya sentado a la mesa, el frasco abierto de la mayonesa, ante sí el plato vacío, y sólo atinó a lanzar un grito de espanto.
¡Apóstata! ¡Satanás!
¡Por favor, es una persona enferma!
¡Es un provocador! ¡Hay que lincharlo!
Según relatan los cronistas presentes en el lugar la noticia cayó como un baldazo de agua fría. Superada la conmoción inicial, la familia al parecer intentó que el anciano expulsase la imagen, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. Al conocerse la novedad entre la multitud comenzó a gestarse un profundo malestar.
¡Sacrílego!
¡Delincuente!
En el lugar reina la confusión, hace unos minutos el anciano debió ser trasladado con una fuerte custodia a un centro de la tercera edad y un grupo de vecinas, sumidas en un violento estado de trance, comenzaron a sacudirse y a convulsionar en el medio de la calle. La casa de los Sampietro está siendo atacado a pedradas y la policía ha tenido que acordonar la cuadra.
La vocera de la familia, una hermana de la dueña de casa, salió para hablar con los medios.
¡Por favor! Fue una desgracia, un acto absolutamente irracional. Pido un poco de comprensión.
¡Atorranta!
¡Váyanse del barrio, es lo mejor que pueden hacer!
Les repito, señora, mi hermana y mi sobrino están destrozados. En nombre de la familia, yo lo único que puedo hacer es pedirles perdón.
Caprichosos e insondables, así son los caminos de la fe. Más allá del malhumor y de la exaltación que tarde o temprano se irán aplacando, conmueve ver a trabajadores, a grupos de ancianos, a familias completas vagando por las inmediaciones, resistiéndose a abandonar la zona. Hombres, mujeres y niños dominados por el estupor, preguntándose qué sucedió, a la espera de otro prodigio que les devuelva lo que les fue arrebatado tan absurdamente. Cortínez, ésta tranquila localidad de la pampa húmeda bonaerense, ¿será el sitio elegido para una nueva anunciación? ¿La Virgencita del Jamón le dará a esta buena gente una segunda oportunidad? Difícil predecirlo, en todo caso es el tiempo quien tendrá la última palabra. Hasta aquí Gerardo Lucich, LCB en español, Buenos Aires, Argentina.

domingo, 1 de marzo de 2015

Anestesia total

Desde la mitad en penumbras del estudio se escuchó una voz apremiante:
            - ¡Estamos en el aire!
Fanny Bordelois de Azcuénaga, la popular conductora del ciclo “Fanny de entrecasa”, dibujó una sonrisa en dirección a la luz colorada de la cámara:
            - ¡Hola amigas, cómo están! ¡Que dicen chicos!
A su lado, los dos asistentes, con barbijo, bata y guantes esterilizados, parecían dos extras de la serie “ER Emergencias”.
- Como deducirán por la indumentaria de Teo y Andy, hoy tenemos un trabajito especial, algo re-útil y entretenido para hacer con nuestras propias manos. Y para ello contamos con la ayuda invalorable ¿de quién?
La cámara abrió el plano y delante de conductora y asistentes apareció una camilla, y sobre ella un hombre robusto, cubierto hasta el cuello por una sábana blanca.
- ¡Claro que sí: de Elvio, el portero del Canal, que una vez más, muy gentil, se presta para una de nuestras experiencias! ¡Gracias Elvio! ¡Un fuerte aplauso!
Desde la penumbra se escuchó un parco entrechocar de palmas.
- Aunque mejor agradezcámosle dentro de un ratito, porque está dormido, ¿no es así?  
- Anestesia total –indicó el asistente llamado Teo.
- ¡Bien, muy bien! Bueno, queridas, a lo nuestro. ¿Qué sucede cuando nuestro marido, un tío, un amigo al que queremos mucho, viene de visita a casa y sufre una indisposición de estómago? Y claro, este querido amigo no se cuida en las comidas, abusa de las frituras, mucho café, mucho cigarrillo. Resultado: tiene una ulcera sangrante de estómago y necesita de nuestra ayuda. Lo que hoy vamos a ver es cómo practicar una sencilla operación de estómago en nuestra propia casa, y así ayudar a este ser que queremos tanto. ¿Preparados, chicos?
Los asistentes corrieron la sábana y el voluminoso abdomen del portero ocupó un primerísimo primer plano.
- Con un alicate, un pelapapas en desuso, ese cúter que compró para encuadernar la colección de Vogue y que después quedó olvidado en algún cajón, sin que nos tiemble el pulso hacemos la incisión...
Fanny hundió el cúter en la piel tirante y del tajo saltó un delgado hilo de sangre. El asistente Andy, con buenos reflejos, soltó un pedazo de gasa sobre la herida y el chorro cesó.
La conductora sonrió a cámara:
- El corte puede tener forma de curvita, de onda, con bordecito al bies, eso va en el gusto de cada cual. Una vez hecha la incisión, entre el montón de órganos y vísceras que conforman el interior del cuerpo humano, lógicamente, hay que localizar el estómago. Esta es la parte que a mí me da un poco de asquito y, para eso, tengo la suerte de contar con mis dos ángeles de la guarda, Teo y Andy. ¡Vamos, chicos, a meter la mano en la pancita de Elvio! ¡Un aplauso para mis asistentes!
De la penumbra volvieron a brotar dos mustios aplausos que se elevaron vibrando por unos segundos en el aire y decayeron de golpe. Andy, con la mano derecha introducida hasta la muñeca, revolvía buscando. Fanny volvió a sonreír:
- Pensemos, cuántas cosas beneficiosas se pueden hacer mientras una opera: como nuestras manos están ocupadas, podemos utilizar unas pesitas de arena en cada tobillo y con unas simples elevaciones hacia atrás y hacia los laterales, ir fortaleciendo cuadriceps, endureciendo glúteos...
Teo la interrumpió:
- ¡Fanny, creo que su pulso se está volviendo irregular!
La conductora, clavó los ojos de largas pestañas arqueadas en el rostro pálido del paciente:
- ¡Por ahí le está faltando oxígeno. ¿Por qué no le ponés esa mascarilla?
Obediente, el asistente colocó la máscara en la nariz y en la boca del portero. La conductora retomó:
- Dirán ustedes “hay en qué mala posición está Fanny para practicar la cirugía”. Es verdad, debemos cuidar la postura, siempre derechitas, los hombros para atrás; recuerden, la columna recta para evitar que salga esa joroba que tanto nos afea con vestidos de espalda descubierta.
De golpe, un chorro de sangre grueso como un dedo salto de la herida y bañó la cara de Teo, que emitió un chillido femenino. Fanny dio un respingo hacia atrás.
- ¡Epa, chicos, me van a poner a la miseria!
A Andy comenzaron a temblarle las manos. Tartamudeó:
            - ¡Es-está perdiendo demasiada sangre!
Una vez que consiguió limpiarse los ojos, Teo corrió fuera de cámara, volvió con un libro grueso y empezó a pasar las páginas:
- En caso de hemorragia abdominal inyectar un vaso constrictor. Si no funciona, entonces se debe administrar por vía subdural lidocaína al 5%, más epinefrina al 1%, para evitar los riesgos de una necrosis isquémica.
Fanny aplaudió:
            - ¡Muy bien, Teo, me encanta eso: un vaso constrictor! Amigas, un comentario al margen para tener en cuenta: este tipo de experiencias es importante realizarlas siempre en ambientes ventilados, con buena luz, si es posible con vista a un jardín. Si quieren pueden poner algo de música relajante, y recuerden previamente sanear el ambiente con las piedritas del Feng Shui, una en cada vértice del cuarto para equilibrar las energías.
Colocada la inyección, ahora Andy entreabría los párpados del portero para constatar la reacción. La cámara tomó un primer plano de las órbitas en blanco del paciente:
            - No hay caso, no reacciona…
Teo volvió al libro:
            - Lo que queda, entonces, es masaje cardíaco.
Fanny dio un brinco:
            - ¿Masaje cardíaco? ¡Perfecto! Ustedes taponen para que no vuelva a tirar sangre: de esta parte me encargo yo.
La conductora se inclinó sobre el cuerpo exánime del robusto Elvio:
- Observen, queridas, cómo al practicar el masaje cardíaco podemos trabajar toda esta zona del antebrazo y los tríceps, que con la edad a las mujeres se nos pone blanda y un poquito fofa.
Detrás de cámaras, se escuchó un rumor y un asistente se puso a agitar con violencia un cartel:
            - Bueno, me están indicando que se nos acaba el tiempo, así que yo voy a dejar a los chicos para que terminen y paso a mostrar el material necesario para nuestra experiencia de hoy.
La cámara siguió a la conductora, Fanny se movió unos pasos hacia la derecha, se ubicó junto a una pizarra y comenzó a enumerar:
            - Para una operación de estómago se necesita: un paciente con úlcera de estómago (si para practicar, previamente, consiguen a alguien del personal doméstico, o de maestranza del edificio donde viven, tanto mejor); un bisturí que como ya dijimos puede ser un pelapapas en desuso, un cúter o un alicate previamente esterilizado; hilo sisal, tanza o un par de cordones que quedaron de nuestras viejas zapatillas de running para suturar la herida;  algodón, fibra de vidrio o el relleno de algún almohadón que no necesitemos, para taponar la úlcera...
Mientras la conductora hablaba, en torno a la camilla se generó una violenta agitación, a los asistentes que iban y venían se agregó otra gente que cuchicheaba y daba órdenes. Con la sonrisa esculpida en el rostro, Fanny procuraba salvar la situación:
            - ¡Qué bochinche estamos haciendo hoy, chicos! Hay mucha alegría, seguramente debe ser el cumpleaños de alguien del equipo. Bueno, y ahora para cerrar, voy a pasar a mostrar un trabajito terminado.
Una mujer con uniforme de personal doméstico, se aproximó a la conductora:
- Ella es Olga, mi mucama, que se prestó generosamente. ¡Un aplauso para Olga!
De los controles esta vez no hubo respuesta.
            - A ver, querida, mostranos esa pancita.
La mujer, se desabotonó el uniforme y, roja como una remolacha, mostró el abdomen.
            - Fíjense que para la cicatriz de Olga elegimos la formita de la sonrisa. Luego, si quieren, con crayones o marcadores de colores podemos hacerle unos lindos dibujos decorativos. Y con esto, queridas, lamentablemente tenemos que irnos. Para la próxima nuestro tema va a ser: “construyendo nuestra propia piscina tántrica”. Luego tendremos una entrevista exclusiva con el especialista en rimmel ecológico Yael Swami Yaipur. ¡Hasta la próxima!
Cuando se apagó la luz colorada, Fanny estalló:
            - ¿PERO QUÉ MIERDA LES PASA QUÉ ARMAN SEMEJANTE QUILOMBO, ME QUIEREN DECIR?
Teo se acercó con expresión descompuesta:
            - El portero entró en paro. Llamamos al SAME y se lo llevaron.
Fanny reparó en dos desconocidos de traje que la observaban a un costado.
            - ¿Y esos, quienes son?
            - De la Policía, parece que alguien que estaba viendo el programa hizo la denuncia.
            - ¡Lo único que faltaba! ¿Y yo que tengo que ver? ¡Que hablen con el productor, él es el responsable!
Teo empezó a lloriquear y a retorcerse las manos
            - ¡Desapareció, Fanny! ¡Agarró sus cosas y se fue! ¡Te dije que esto estaba mal!
            - ¡Ay no seas maricón, haceme el favor! ¡El programa es una mierda pero algo hay que hacer, sino quedamos afuera, nos come la competencia!
Los desconocidos se acercaron, Fanny levantó un índice y los encaró desafiante:
            - ¿Quieren censurarme, atentar contra mi libertad de expresión? ¡Bien o mal este un programa didáctico, que ilustra al ama de casa!...
Uno de los policías la tomó del brazo.

            - ¡Qué hace, saque esa mano o no respondo! ¡Teo, comunicate con mi marido ya, llamalo al estudio! ¡Suelte, le digo! ¡Exijo hablar con mi abogado! 

lunes, 9 de febrero de 2015

Hay equipo!

   - Lo que digo es lo siguiente: hasta ahora la vimos siempre de afuera, puteamos, gritamos hasta quedarnos afónicos, ¿y cuáles fueron los resultados?
El que hablaba estiró la mandíbula hacia el resto con la mirada encendida, el grupo de padres formaba un círculo apretado en el centro del vestuario.
   - Tres años seguidos llegando a la final y tres derrotas. ¿Cómo hay que explicar eso? ¿Es la casualidad? ¿El azar?
Gustavo Ducasse era un exaltado, en las reuniones del colegio era igual, trataran el tema que trataran discutía con la directora, le levantaba el tono a las docentes, se paraba y comenzaba a arengar y ya no había forma de calmarlo. 
   - ¡Podrido! ¡Más que eso, re podrido, estoy! Por eso llegó el momento de  darle un corte a esta historia.
Desde el exterior llegaban las voces de las familias y del público reunido en torno la canchita del Colegio Santa Elena. En el largo banco de madera que ocupaba todo un lateral del vestuario, la vista clavada en el piso, mudos y a medio vestir,  permanecían los chicos.
   - A nivel docente, digo yo, algo se está haciendo mal, algo evidentemente no funciona. Tu chico, por ejemplo… -Ducasse clavó los ojos en los de José Dulbeco:- Es un buen pibe, lo vengo observando desde sala de cinco, siguiéndole la evolución: generoso con la pelota, desequilibrante de mitad de cancha hacia adelante, pero –sin ofender-  no le corre sangre por la venas, no tiene mística, pareciera que se aburre.
El juicio sumario hizo pestañear al papá de Mati Dulbeco, consciente de la dureza de sus palabras Ducasse se vio en la obligación de aclarar:
   - Ojo, estoy poniendo de ejemplo a su hijo, pero lo hago extensivo a los de todos. El zanguango del mío es todavía peor.
Brunito Ducasse, que enrollaba y desenrollaba en un dedo el cordón de una de sus zapatillas, se paralizó. Un pelirrojo delgadito que estaba a su lado empezó a lloriquear. Su progenitor dio un paso hacia el banco pero Ducasse lo cortó en seco:
   - ¡Dejalo nomás! Que aprenda que en la vida no todo es joda, que hay obligaciones, que hay sacrificios. Que tres campeonatos perdidos al hilo son una mancha, una vergüenza que debería atormentarlos por el resto de sus vidas.
De afuera golpearon la puerta, pero el líder pareció no escuchar:
   - Por eso alguien en este colegio tiene cosas que explicar. ¡Tutoría Conductual, Gabinete Psicopedagógico! ¿Alguien sabe para qué sirve un gabinete psicopedagógico?  
El círculo negó con énfasis, el apoyo encendió aun más al orador:
   - ¡Exacto: para una mierda, no sirve para una mierda! O mejor dicho, sí sirve, sirve para pudrir las cabezas de estos nerds sin sangre que hoy tenemos como hijos. ¡Con lo que cuesta este colegio de mierda yo quiero un campeonato! ¿Es mucho pedir un campeonato?
   - ¡No es mucho pedir! –lo apoyó Vaninetti, un cincuentón entrado en carnes que parecía estar bebiendo sus palabras.
   - Por eso, caballeros, como decía al comienzo: los invito a enfrentar la situación. Más que eso, los invito a cambiar la historia…
Volvieron a golpear con más insistencia y esta vez Ducasse se avino a responder:
   - ¡YA VA!
Los miró uno a uno a los ojos:
   - ¿Estamos de acuerdo?
   - ¡Estamos!
   - Entonces hay que actuar rápido: en ese bolso hay un juego de camisetas. Espero que no les moleste, son de “los cascarudos”, mi equipo de veteranos.
Los chicos seguían en el banco de madera, inmóviles; Vaninetti y otro padre de apellido Martino comenzaron a distribuir las casacas, eran camisetas blancas con vivos rojos. Un calvo con pinta de cajero de banco se sacó la corbata, el saco, la camisa y las colgó prolijamente de un gancho adherido a la pared, el padre del pelirrojo que aún lloriqueaba puso el celular en vibrador y se inclinó para meterse las botamangas del pantalón dentro de las medias, Vaninetti  y Dulbeco se habían subido las suyas hasta las rodillas y se masajeaban las pantorrillas.
Mientras se preparaban, Gustavo Ducasse sacó del bolsillo un papel doblado en cuatro, se ubicó en el centro y lo abrió: la hoja mostraba un dibujo con círculos y flechas hecho a las apuradas. Las cabezas volvieron a reunirse en círculo.
   - Vamos a salir con un esquema 3-2-1 hasta ver qué tienen para ofrecer ellos, después vemos si modificamos. Usted, Vaninetti, que está unos kilos arriba, va al arco; Ordoñez y Martino me agarran los laterales, Salvatierra de central. Dulbeco de enganche, y vos, que tenés zapatos con suela de goma te ocupas de barrer el medio. Yo estoy con un tirón en un gemelo así que voy a ir de punta. ¡Vamos, caballeros, los quiero encendidos, necesitamos un triunfo! ¡Hay equipo, hay equipo!…
   - ¡HAY EQUIPO! –corearon los demás.

Sin que nadie lo dispusiera se encolumnaron de cara a la salida moviéndose en el lugar, cuando se abrió la puerta los chicos todavía continuaban en el banco, lívidos y compungidos. La escuadra salió en fila, los padres que iban adelante comenzaron a trotar. Tras la baranda metálica que rodeaba la canchita se escuchó un murmullo de asombro, en el arco más alejando, correteando, despreocupados, esperaban los alumnos del tercer grado C del Colegio Santa Cecilia, el equipo rival. 

martes, 6 de enero de 2015

Vértigo

Cuando da la luz vemos a MUJER parada sobre un par de desmesuradas sandalias con plataforma, el calzado es exageradamente grande, tanto en la talla como en la altura de la suela. MUJER masca chicles al borde de una crisis de nervios.
      MUJER: ¡Esto es fuerte! ¡Esto es muy fuerte! ¡Ay, por Dios! (respira con   energía, hace equilibrio con los brazos, se apoya una palma en la frente, lloriquea) ¡No entiendo!¿Cómo llegué hasta acá?
Comienzan a escucharse voces y música de fiesta.
      Estoy temblando. ¡Tengo miedo! ¡Tengo mucho miedo! ¿Y si me bajo? ¡No, qué estoy diciendo! No puedo bajarme. Sería un bochorno, un papelón. Si en cambio pudiera moverme unos metros…
Hace un gran esfuerzo, consigue mover unos centímetros un pié, luego mueve el otro.
      ¿Cómo llegué hasta acá? ¿Qué hice? ¡¿Qué está pasando con la sociedad?! (lloriquea, vuelve a mover ambos pies con torpeza) ¡Soy patética, boluda, soy Frankenstein! (se calma, vuelve a mascar chicle, disimula) Bueno, serenidad, me voy a tranquilizar y a pensar una salida (mira hacia abajo) ¿Aquellas qué son, personas, o son hormigas? No lo sé, siento presión en las sienes y en los ojos, el cerebro como comprimido (sufre un temblor) ¡Brrr! Y hace frío. Recién me doy cuenta: hace mucho frío. Seguro que es por la altura, como en la alta montaña, en la altura desciende la temperatura y falta el oxígeno. ¡Eso es tremendo! ¡Tengo que pedir ayuda! (hacia abajo) ¡Holaaaa! ¡Holaaaa! ¡Aquííííí! En la alta montaña además hay aludes, hay avalanchas, los andinistas quedan aislados por la nieve, tienen que ser rescatados por helicópteros antes de que los devoren los lobos. ¡Un disparate! ¡Una locura!
Saca de la cartera un cigarrillo y lo prende. Mira hacia abajo.
      ¿Me están haciendo señas o me parece? Debe ser por el cigarrillo. ¡Qué histeria con el cigarrillo! ¿No se puede fumar en ningún lado? ¡Okey, okey, ya lo tiro!
Apaga el cigarrillo y lo deja caer. Masca el chicle con fruición, se mueve como si bailara, disimula. Vuelven a escucharse la música de la fiesta y las voces.
      ¿Y todo esto por qué? ¿Por los tipos? ¿Cuántas estupideces mas habrá que hacer por los tipos? Bueno, tampoco exageremos. Peor si fuera tailandesa, o africana. Creo que son las africanas que se ponen esos aros espantosos en el cuello desde el nacimiento y terminan como jirafas. ¡Eso es grave, no esto! En definitiva, cuando consiga bajar yo voy a seguir siendo la misma (mira abajo) ¡Holaaaaa! ¡Aquííííí! ¿Esos son gente o son hormigas?
Masca el chicle. Saca un espejito de la cartera y se mira el maquillaje. Suena su celular, lo saca de la cartera.
      Hola. Millie… No boluda, en la fiesta, te dije que venía… No, mal no. En realidad sí, es que tuve la brillante idea de ponerme las sandalias negras. Sabés cuáles. Las negras con plataformas que a vos te encantan. Bueno, y hace media hora que estoy acá arriba y creo que me dio un ataque de pánico, o de vértigo, y no puedo bajar …¡No es un chiste, pelotuda! ¡Ya sé que yo hago chistes pero esto no lo es!... No, nauseas no, más bien ahogos, como una opresión en el pecho. Sí, es probable que sea vértigo. ¡Es una vergüenza, tarada, esto es patético, es un papelón! (lloriquea) Y qué se yo, por ahí quedarme quieta, que no noten mi presencia y cuando acabe la fiesta llamo al 911. ¡Estoy re-mal!... Sí, ya sé, ya sé, pero esto es distinto…Por supuesto que a vos también te pasan cosas, pero esto es distinto… Sí que me acuerdo: se te bajó el implante de glúteo. ¡Ves que me acuerdo! Pero estábamos con Meche, las dos te sacamos de Pachá y te llevamos a la guardia. Por lo tanto hay una diferencia, yo acá estoy sola. ¿A mí quién me rescata, quién me ayuda, eh? (lloriquea) ¡Me siento re mal, re expuesta! (vuelve a respirar fuerte, a sostenerse la frente) Fijate si lo ubicás a Gustavo… No, yo no lo quiero llamar. Voy a intentar, voy a intentar, dale, cualquier cosa te llamo, un beso, chau, chau.
Guarda el celular. Prende otro cigarrillo, mira hacia abajo, lo apaga y lo tira.
      ¡Okey, okey! ¡Ojalá le caiga en uno de esos manteles pretenciosos y les incendie todo!
Se escucha la música de la fiesta y las voces. Dolores vuelve a mascar chicle con fruición, se mueve como si bailase, disimula.
      Control. Estás en esta fiesta inolvidable, llena de gente fantástica  y estás realmente increíble (le habla a alguien imaginario) Hola, ¿cómo estás?... ¿Yo? Dolores… ¡Ay, gracias!... ¿Bailar? No, bailar no, gracias… No puedo, una distención en el muslo, juego al hockey… ¡Sos insistente, eh! Bueno, dale, pero solo un tema (vuelve a mover los pies con dificultad y torpeza, se desespera) ¡Soy patética, boluda, soy Frankenstein! ¡Peor que eso, soy Ari, la mona de “El Planeta de los Simios” con las piernas enyesadas! Tengo que encontrar la forma de bajar. ¡Aquííííí! ¡Ayudaaaa! ¡Ma´sí, yo lo llamo a Gustavo! (mira en el display del celular, sacude el aparato) ¡No te puedo creer, ahora no hay señal! Ah mirá: ahí viene, ahí se va, ahí viene, ahí se va. Seguro es por la altura, a determinada altura las antenas no te agarran y necesitás un teléfono satelital. Debería estar legislado: con la compra de sandalias con plataformas tendrían que darte un teléfono satelital. No puede ser que por elegir estar linda, una deba quedar incomunicada. Tengo que ubicar a Gustavo, me siento pésima, tengo que confesarle la verdad: ¡Gus, mi amor, te mentí! No sé si fue por egoísmo o por inseguridad, pero construí un mundo ilusorio en torno nuestro. Tengo que decírtelo, yo no soy la que dije ser, yo… soy treinta centímetros más baja (de golpe cambiando) ¡Pero no, pará, pará! Yo no sos baja, Gustavo es alto, que es otra cosa. Si descalza estoy en el metro sesenta, al sumarle treinta, treinta y cinco centímetros, si no me fallan los cálculos, eso da como un metro noventa… ¡QUÉ ESTÚPIDA! ¡CLARO! (lloriquea) ¡Parezco un trava! ¡Soy un trava! Con razón los tipos esos de la playa de estacionamiento… ¡Qué depresión, boluda: soy un trava! (reponiéndose, hacia abajo) ¡Sorry, chicos, pero entendieron cualquiera! ¡Ojo, todo bien con la comunidad trans pero nada que ver! Lo que pasa es que al estar acá arriba, al verme así, por ahí ustedes… (lloriquea) ¿A quién le hablo? Le estoy hablando a las hormigas. Ni siquiera estoy segura de dónde estoy. Siento una opresión cada vez más fuerte en el pecho, me duelen los ojos, en cualquier momento me va a venir la lipotimia. ¿Si me da una lipotimia y caigo inconsciente al vacío? Morir así, toda despatarrada, con la lengua salida, sangrando por las orejas. ¡Qué patético, cero glamour!
MUJER vuelve a respirar fuerte, a sostenerse la  frente. Masca el chicle con fruición. De golpe mira abajo hacia un punto determinado.
      ¿Sí? ¿Me está hablando a mí? No estoy fumando, mire, ya lo tiré... ¿Ah, no? ¡Hay que suerte! ¿Vienen a rescatarme? ¡Por fin! ¿Qué son, del SAME? ¿Del grupo del Doctor Crescenti?... Estoy, estoy tranquila. ¿Por qué lo pregunta?... No, no consumo drogas. Lo que pasa que vine a la fiesta subida a estas sandalias, después bajó la temperatura, se me dificultó la visibilidad, perdí contacto y quedé varada. Pero bueno, ahora alegría: qué bien que vinieron. No sé, dígame, ¿qué le doy, el carnet de la prepaga?... ¡Ah, okey! ¿Primero el derecho? No sé si voy a poder, sufro de vértigo, o quizás es un ataque de pánico. Usted sabrá mejor que yo. Primero el derecho, okey. ¿Le parece que no me voy a caer? ¡ME CAIGO! Ah, okey, me sostengo.
Sosteniéndose del paramédico que la agarra, MUJER baja el pie derecho de la sandalia.
      Sabe, la verdad que no sé como llegué a esto. Usted debe tener experiencia, dígame, ¿es por los tipos? ¿O es por una necesidad de gustar, así en general? A mí me gusta gustar. Escuchó lo que dije: “me gusta gustar”, es como un juego de palabras. Okey, no hablo más. Ya  le dije que no me drogo… ¿Ahora el izquierdo?
MUJER baja el pie izquierdo. A las voces y sonido de fiesta se le agregan aplausos.
      ¡Me muero, nos está mirando todo el mundo! ¡Esto no lo están filmando, ¿no?... ¿Máscara de oxígeno?¡Ni lo sueñe! Prefiero morir por asfixia. ¡Ni máscara de oxígeno, ni silla de ruedas, sáqueselo de la cabeza!... Estoy bien. Solo deme unos segundos para adaptarme otra vez al nivel del mar. Puedo, no se preocupe. Vea como camino, ¿ve que puedo? Bueno, ahora me tengo que ir, fue un placer, un saludo al Doctor. Crescenti, muchas gracias, adiós.
Sale casi escapando. Se escuchan las voces y la música de fiesta. Quedan las sandalias solitarias, iluminadas por una luz cenital.

APAGÓN

viernes, 14 de noviembre de 2014

Bicho Martínez ataca

Si le soy sincero, si le soy absolutamente franco, no creo que para alguien como yo esté tan mal algo así: vivir a cielo abierto, en medio del campo inculto, junto a esta zanja florida. Tal vez sea lo más parecido a mi hábitat natural y “la naturaleza busca su propio equilibrio”, como dice Sócrates Batiatto, el filósofo del programa de las once. Y entonces, el hecho de haber caído en una ciudad llena de “caminadores rápidos” no haya sido más que una circunstancia trágica, una falla, una desviación. No lo sé. ¡Pobre Gastón!, quizás no es así y yo soy el único responsable de lo sucedido. ¡En fin!... Lo que sí le pido es que mientras hablamos no se aproxime, porque cuando atravesemos los momentos álgidos me voy a poner algo crispado y puede ser un problema.
   Mi nombre es  Martínez, Bicho Martínez. Así me bautizó Andreas. "Viru¬lentis ab ovo guriguri parvo", escribió en un cartelito mecanografiado que prendió de la jaula. ¿Y eso qué quiere decir?, le preguntó la mujer. ¡Es la denominación científica!, le contestó con una sonrisa torcida Andreas y lo mismo repitió a cada cliente que entraba y, siempre de lejos, miraba para mi lado: la  fila de las jaulas grandes, después del tucán y la iguana, junto al alimento balanceado para cachorros medianos.
   Lo de ese cartelito vergonzoso no era más  que otra de sus patrañas:
- ¡Siempre que no  sepas la procedencia de la mercadería pone un bolazo en latín, los idiotas se pasman y compran a cualquier precio!...-instruía mecánicamente Andreas a su mujer. Porque para  el griego nunca fuimos más que eso: como una bolsa de alpiste, o el respirador de las peceras, artículos de consumo, mercadería.
   Usted hoy preguntaba sobre mi origen: no puedo responder. No por mala voluntad, salvo alguna vaga imagen de mi primer año de vida, un par de escenas borrosas donde desde algún lugar alto que puede ser un promontorio rocoso o la rama de un árbol, veo a mi padre derivando panza arriba en un pantano de aguas pútridas y a mi madre acercándose y sonriéndome con sus ojos dulces, con un mono silbador entre las fauces, casi lo único que recuerdo es la cara de Andreas. Es como si toda mi vida hubiese transcurrido en esa jaula, junto a una serie intercambiable de compañeros de encierro, todos invariablemente tristes y consumidos, el televisor encendido a todo volumen, Andreas y la mujer.
-  ¡Mire qué fenómeno! -agitaba los brazos el griego cada vez  que entraba  alguien. Era su gran momento, los clientes vivían la actuación y se la creían, aunque yo veía que sus ojos pequeños se mantenían fijos, como muertos.
- ¡Fíjese el color tornasolado del plumaje, la cola prensil, observe el diseño geométrico del caparazón! ¡Así como lo ve, ha sido traído directamente de la costa sud-sudeste de las  islas Kuriles! ¡Acérquese, hombre, no sea miedoso! ¡Es inteligentísimo, observe como mira televisión!
Porque cada vez que empezaba con la sarta de mentiras yo me ponía tan agitado que empezaban a castañetearme los colmillos y buscando una salida clavaba la vista en la pantalla azul.
   También desde que tengo  memoria  quiso venderme, que me llevaran a cualquier precio; y en el último tiempo creo  que si alguien se hubiese interesado, hasta me habría regalado. Por eso,  a  la hora de cerrar, yo puntualmente debía pagar el derecho a la jaula. La de Andreas era la psicología típica del “hombre golpeador”, el modelo exacto descripto por el panel de psicólogos de las cuatro. Tenía una forma escrupulosa de ejercer la violencia, como un monje fanático cumpliendo con un mandato arcaico, si me permite la imagen. Procedía siempre igual: de la trastienda traía una botella y abría la libreta mugrienta donde garabateaba sus anotaciones y mientras hacía la caja, entre copa y copa, lentamente, parecía como si los números de algún modo lo guiaran hacia mi jaula y a la distancia me clavaba sus ojitos:
-  ¡Ni tres hipopótamos ni cinco leones comen lo que vos lastras, bestia!...-decía torciendo la boca y, normalmente, agarraba el lampazo.
- ¡Mañana mismo te llevo a una laguna  y te ahogo! -decía y pasando el palo por entre los barrotes iniciaba la ceremonia. Como única defensa yo intentaba arrancarle la escoba de un zarpazo, pero era peor: se ponía histérico:
- ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! –decía, y dando saltitos de satisfacción iba al fondo y volvía con el escobillón, o la pala rota del jardín, y no había más remedio que agachar la cabeza y soportar el castigo.
   Hasta  el día que entró Gastón, un muchacho pálido, delgado, con una expresión en la cara que aún hoy me sigue pareciendo extraordinaria, cómo describírsela sin decir una soncera: una cara como de distracción atenta. Entró buscando una bolsa  de alpiste para el canario:
- ¡Mire qué fenómeno! -arrancó Andreas y enton¬ces ocurrió lo que no había sucedido en todo ese tiempo: Gastón se  acercó   y sin ningún tipo de precauciones inclinó la cabeza y me miró:
-  ¡Qué lindos ojos azules! -dijo y a  continuación,  algo todavía más  increíble, me dijo: Te  voy  a llevar...
Aunque de naturaleza ignota para la Zoología, soy un ser sumamente emotivo: debajo de las plumas del pecho me golpeó el corazón y empezó a faltarme el aire. Nunca nadie se había acercado así a mi jaula, ni había reparado en mis ojos, ni mucho menos me había hablado. Comprenderá mi estupor.
Andreas, como es lógico, tampoco lo podía creer:
-  ¡E-efectivamente,  fíjese bien, son ojos de perro siberiano, premolares y colmillos de coco¬drilo del Amazonas! ¡Es muy guardián y además sabe multiplicar! ¡En suma, un caso único!...-      
declamaba, mientras de reojo estudiaba la reacción de su víctima.
Algo repulsivo. Y si  quiere  que hablemos con sinceridad, creo que lo que pasó a continuación, Andreas se lo tenía merecido. Cuidado, no quiero justificar nada, si bien gracias a sus mentiras yo pude salir de esa jaula, eso no quita que haya engañado a tanta gente.
   Cuando  acto seguido Gastón le dijo que me llevaba, fue hasta el mostrador  y le pidió a la mujer una bolsa de alpiste, yo me puse tan  frenético  que empezaron a castañetearme los colmillos. Hasta allí nunca había sucedido, pero aquel temblor  que en cuestión de segundos se trasformó en una serie de espasmos y sacudidas bastante incómodas, vaya uno a saber por qué (instinto podrá decir usted tal vez con razón) comprendí lo que significaban. Y la verdad es que no hice mucho para evitarlo: ni bien Andreas introdujo la llave en el candado, corrió el pasador y abrió la puerta del jaulón, abrí las fauces y  me lo comí.

   ¡Que  soy guardián es uno más de tantos embustes, guardián puede ser Rintintín, Lassie, perros entrenados, verdaderos mastines, a ver si soy claro! Yo no soy perro, no sé ladrar y generalmente me asusto y me excito por casi  todo. Además,   ¿a quién podría correr con estas extremidades de palmípedo? Pero sin embargo sé multiplicar, es lo único en lo que el extinto no mintió. Aprendí en el programa de juegos de los sábados y vaya uno a saber por qué me quedó.  Después, como los gatos monteses dormían casi todo el tiempo y con los  pájaros no había diálogo posible, las horas de la tarde que eran las más largas, me las pasaba viendo televisión y multiplicando.
   Cuando   con   Gastón   salimos  a la calle, yo todavía temblaba, el cuerpo del griego en mi estómago era una bola compacta que me producía una sensación de hinchazón. Pero de golpe experimenté algo notable: ¡El aire de la calle, vaya fenómeno! A través de la vidriera muchas veces yo había contemplado mecerse a las hojas de los árboles, trataba de recordar, de reconstruir en la memoria cómo era aquella sensación, buscaba inspiración en el ventilador de techo de Andreas, en el corto soplo que entraba cada vez que algún cliente abría la puerta en un día ventoso, pero nada que hacer. Ahora comprobaba que nunca me había aproximado siquiera a lo que en verdad es el aire de la calle. ¡Y del sol, de la tibieza mullida del  sol, mejor ni hablar! Una palmada levísima que se le posa a uno en el lomo y de a poco lo va aplacando, aplacando... ¡Discúlpeme, explicarle semejante obviedad, no!
   Como decía, allí estábamos en la puerta del negocio, yo temblando y con los  ojos ciegos por el resplandor y Gastón esperando a  que me adaptara. Cuando nos pusimos en movimiento,  noté que la vereda empezaba a llenarse de gente.
- ¡Tranquilo! -me susurró Gastón y me ajustó la correa al cuello.
En su mayoría eran “caminadores rápidos”. Le explico el concepto: desde hace algunos años,  de tanto observar por la vidriera de la veterinaria yo había urdido una tipificación que creo bastante apropiada y que divide a la gente de las grandes urbes en ‘caminadores rápidos’, ‘caminadores medium’ y ‘gente que pasea’. Los ‘caminadores rápidos’ tienen la particularidad de marchar por una vereda y cruzar intempestivamente a la de enfrente hablando todo el tiempo por teléfono celular;  a su paso podrán suceder fenómenos extravagantes: que una ronda de ancianos desnudos se ponga a hacer tumba-carneros, por poner un ejemplo grosero,  que se detendrán un segundo, dirán ‘qué barbaridad’ y seguirán su camino sin inmutarse. Los ‘caminadores medium’, en cambio,  andan con la frente inclinada hacia el piso como intentando calcular la ubicación exacta del sistema cloacal, son bastante menos expeditivos y cada tanto parecen reaccionar, abren desmesuradamente los ojos como si un recuerdo inesperado los obligase a despertar. Finalmente está la ‘gente que pasea’, que no camina en el sentido estricto sino que parece navegar, andan como si resbalasen por la vida sin un destino preciso, van y vuelven sobre sus pasos, observando la arquitectura de los techos o el comportamiento migratorio de las aves. De los tres, estos son las víctimas de los accidentes de tránsito. Andreas era ‘caminador rápido’, Gastón es claramente ‘gente que pasea’ y usted, si bien aún no nos conocemos, creo que también, a lo sumo un ‘caminador medium’ moderado.
   Al cruzarse con nosotros, entonces, esta gente se volvía, me escudriñaba con ojos distraídos, decía ‘qué barbaridad’ y retomaba su camino.  A la  primera cuadra de marcha, descubrí que  era más pesado de lo que imaginaba, el caparazón sobre todo, lo sentía como un encofrado de hormigón que me vencía las rodillas. Pensé que no podría avanzar mucho, por suerte  la casa  de Gastón no quedaba lejos. Subimos en  ascensor, Gastón vivía en un noveno piso.  Cuando metió la llave en la cerradura y abrió la puerta, vi  a una  mujer pequeña sentada en un sillón hablando por teléfono, que  me miró, abrió la boca y soltó el tubo todo en un mismo movimiento.  El teléfono cayó al piso con un sonido hueco.
- ¡Tranquilo! -me dijo Gastón. Me desprendió la correa del  cuello  y  se  acercó  a la mujer:
- ¿Te gusta, Nora? ¡Mirá que lindos ojos azules tiene! -dijo. La mujer pequeña  nos medía a uno y a otro, estupefacta. A continuación se levantó y dando saltitos desapareció tras una puerta.
Estaba shoqueada, razoné, era más que lógico, cuando a uno le suceden cosas que no le pasaron nunca, se perturba. Y para ella, sin dudas, yo era algo que no le  había sucedido nunca.
Gastón  fue tras la mujer pequeña y cerró la puerta. Escuché una voz chillona y excitada:
-  ¡Siempre lo mismo, Gastón! ¡Nuestro  matrimonio así va camino al fracaso! ¡Haceme el favor, mientras tengamos ‘eso’ acá, ponelo en el lavadero y  cerrá la puerta!..
Al rato Gastón salió un poco más pálido.
- ¡Tranquilo!...-me dijo. Y mientras volvía a ponerme la correa, me miró con tal expresión de tristeza, que por un momento estuve tentado de estrecharlo en un abrazo, no sé, de palmearle la espalda y decirle como Facundo Lux-Arriaga en “Dos por la pasión”: ¡Amigo mío, estoy contigo!...
   El lavadero era un sitio pequeño y oscuro,  casi  como la jaula, pero sin vidrieras hacia el mundo exterior.  Había una locura de trastos,  estantes con latas de pintura, botellas, una estufa vieja,  fuentones,  una montaña de ropa, un lavarropas y algunas otras cosas que en la penumbra no alcanzaba a distinguir. El olor acre a humedad mareaba.
-  ¡Guuurl  -guuurl! -escuché. ¿Serían  las cañerías que se quejaban así? Esos ruidos, el estar tan apretado, la idea de que la mujer pequeña me dejaría ence¬rrado allí para siempre, me llenaron de tal desazón que otra vez volvió el temblor,  los espasmos, las convulsiones, abrí las fauces y, sin poder dominarme me tragué una de  las estanterías con  cinco latas de pintura, el atado de ropa para planchar, una pecera en desuso y la caja del jabón en polvo.
   ¿Qué hacer, cómo evitar esas crisis? No crea que es algo de lo que me despreocupo, sé que existen el yoga, las terapias de relajación, el psicoanálisis, la medicina alternativa y la convencional, sé que hay drogas poderosas que actúan sobre la química del cerebro; pero sin descreer en los efectos que todo esto puede lograr en un organismo virgen para la ciencia, sospecho que es algo más profundo, un problema que tal vez tiene que ver con el Origen, con la raíz indescifrable de la vida; y es en ese sustrato difícil y poco accesible donde debe buscarse la respuesta.
   No  sé cuanto tiempo pasé en el lavadero, lo que  sí  re¬cuerdo es que para que el tiempo transcurriera, me puse a multiplicar números binarios positivos por decenas alternadas de tres cifras, en un momento sentí unos pasos y la puerta que se abría: era Gastón,  que me decía que lo siguiera hasta la cocina.
- ¿Qué le vamos a dar de comer? -preguntaba la mujer pequeña. Noté que había cambiado de ropa, ahora vestía un deshabillé bordó, el cabello enroscado en dos grandes ruleros y me miraba de reojo como esos clientes que curioseaban de lejos, y Andreas trataba de convencer sin éxito. De golpe, algo me hizo sacudir. Nora dejó caer la ensaladera al piso:
- ¡Hay, Gastón! ¿Qué le pasa, qué tiene?
- ¡Tranquila, Norita!
- ¡Hacé algo, no ves que está rabioso, le sale espuma por la boca y va a atacarnos!..
¿Usted cree en el destino? Yo soy un convencido, los budistas dicen que cada acción de esta vida tiene un premio o un castigo en la otra, a eso le llaman ‘karma’,  mi karma dice que en los peores momentos a mí me suceden los percances menos convenientes, vaya uno a saber cuál será la contraparte de esto en mi otra vida: creo que fue la caja de jabón  en polvo que al entrar en contacto con los líquidos digestivos del estómago inició la reacción que me provocó el ataque de hipo.
- ¡Es repugnante! ¡Solo a vos se te ocurre traer a casa algo así!...
La espuma brotaba de mis fauces en una gran nube blanca y se derramaba rumbo al living, era una avalancha deslumbrante que en otras circunstancias, le aseguro, hubiese sido una cosa digna de contemplar. Mien¬tras tanto, Gastón intentaba serenar a su mujer:
- ¡En la veterinaria me lo aseguraron, Norita, es mucho más guardián que cualquier perro!...
¡Pobre Gastón! Repetía como un perico las palabras del griego. ¿Creía realmente en ellas? Si usted me lo pregunta ahora, le diría que no, y aunque no tengo forma de probarlo porque nunca me atreví a preguntárselo, creo que Gastón sabía lo que hacía desde un principio. No sé, a medida que le cuento, reflexiono sobre esta combinación de sucesos encimados unos sobre otros, donde conviven seres como Andreas y espíritus excepcionales como el de Gastón, sin el que nunca hubiese salido al mundo exterior, sin el que no podría haber llegado hasta aquí, donde nos encontramos tan a gusto usted y yo, pero, fundamentalmente, sin el que no hubiese conocido a la hermosa, la inolvidable Aurora.
   Después de cada mala experiencia se da una buena. ¿Hay un dicho popular que habla de algo así, no es cierto? El movimiento pendular,  parte del equilibrio inestable en que se desenvuelve el Universo. Gracias al ataque de hipo, decía,  pude conocer al amor de mi vida, la bella y sacrificada Aurora. Mientras la mujer pequeña escurría la espuma con un secador y comenzaban a almorzar, Gastón me dijo que circulara un poco para que se me pasara  el  hipo.
- ¡Si quiere caminar que camine, pero más vale que no se meta en mi taller! - lo amenazó  la mujer pequeña. Como supe a continuación, Nora era modista especializada en vestidos de novias y madrinas.
   Salí  al living estrecho y en penumbras, junto al sillón había una mesa llena de fotos,  un ventanal que daba a la calle y junto al ventanal una puerta entreabierta. Había demasiados muebles, me moví despacio tratando de no tirar  nada y fui hacia la puerta, asomé la cabeza  y ¡glup!  allí  estaba: altísima, delgada, con un vestido increíble (¡más linda, qué digo, muchísimo más linda que cualquiera de esas mocosas que presentan las colecciones de París y Nueva York en el Canal de la Mujer!): Aurora. Y ahora es usted quien me tiene que ayudar, porque cuando la vi no sé qué ocurrió: bajo las plumas  del pecho sentí una opresión tan intensa y tan rara; nada violento, al contrario, algo como caliente y agradable. Tuve una alucinación: me encontraba en una ciénaga,  perdido en la oscuridad y de golpe un haz de luz se posaba en las púas de mi nuca, era alzado por los aires y empezaba a viajar en la luz, cada vez a más velocidad y a medida que avanzaba, todo era expectativa por algo que me esperaba al llegar y que yo desconocía, algo que sin embargo sospechaba sublime. Fue un incidente confuso y en el tiempo que duró vaya uno a saber la expresión anormal que tendría en la cara, porque cuando volví en mí Aurora me observaba con curiosidad.
   Me recompuse lo más rápido que pude y pensé: tengo que decir algo que la impresione. ¿Pero qué? Me surgían frases sueltas, retengo parlamentos completos de Máximo López-Williams, de Pablo Lafox, de Guido Santamarina en “Historia de un amor canalla”, pero ninguna se adecuaba. Respiré profundo para evitar un bajón de presión y le pregunté algo relacionado al clima:
- Se anuncian lluvias para el domingo -respondió, su voz era de terciopelo- ¡Mi nombre es Aurora!
- ¡Martínez, Bicho Martínez, encantado! –dije. Su buena reacción me hizo renacer el coraje, le dije que había notado que sus bellos ojos denotaban tristeza, si había algo que le causaba displacer.
-  ¡Es muy observador! –dijo y entornó las gruesas pestañas- Efectivamente estoy triste, porque  estoy demasiado tiempo inmóvil. Dígame: ¿Usted sabe lo  que  es  un maniquí?
- ¡Someramente! –respondí.
- Alguien al que le ponen todo el tiempo vestidos de fiesta  pero no va a ninguna...Yo soy un maniquí -dijo  y al pronunciar estas palabras su mirada se volvió tan desolada que me sentí morir. Volví a la jaula, al sonido amortiguado de la calle, al aburrimiento de las horas muertas, al aspecto depresivo de mis compañeros de encierro. ¿Cómo no comprenderla, cómo no experimentar toda aquella angustia, si casi éramos almas gemelas?
Como su mano estaba demasiado alta, con la cola prensil la rodeé por las rodillas:
- ¡No se preocupe -murmuré- si a usted no le incomoda, a partir de hoy voy a venir a visitarla!
En sus pupilas siliconadas se encendió un pequeño brillo:
- ¿Habla en serio?
- ¡Es una promesa!
- ¿Eso quiere decir que ya somos pareja? -preguntó de golpe.
Y aquí sí,  confieso,  me quedé sin palabras. La sexualidad es un tema complejo, me considero bastante ilustrado al respecto, he visto investigaciones serias, he reflexionado y arriesgado conclusiones, pero por lo que le he contado, usted comprenderá que soy alguien ‘técnicamente’ virgen. Ser pareja de otro trae como resultado la unión de los sexos, y que alguien como esta preciosura me propusiese justamente eso, así de golpe y en un día tan cargado de sucesos fuertes... La verdad que me sentí un manojo de nervios y ya no pude hilvanar pensamiento. En tal estado de confusión estaba cuando siento que abren la puerta, me doy vuelta y veo a la mujer pequeña:
- ¡Gastón, "eso" está en mi taller, que salga,  que salga, que salga!...-se puso a berrear como un crío. Apareció Gastón y me ató la correa:
- ¡No está haciendo nada, Nora, tranquilizate! Lo voy a llevar a la plaza...
- ¡Vos estás rematadamente loco! –lo atacó la mujer pequeña.
Pero Gastón, con suavidad la convenció de que no había por qué preocuparse, que a esa hora de la tarde la calle estaba tranquila, que a él también le haría bien estirar las piernas, que no podía suceder nada extraño.
   Y así fue que me vi arrastrado a la calle sin responder a la íntima proposición de mi amada. El hilo invisible de nuestras miradas se tensó, hasta que la puerta del cuarto de costura lo seccionó con un chasquido opaco.
En este mundo extravagante, resulta tan improbable para alguien como yo descubrirse reflejado en los ojos de una compañera. Usted dice que no es casado pero que ha experimentado el amor sensual, comprenderá que haber encontrado a Aurora para mí representaba un milagro, éramos dos soledades que se reconocían en el acto, y cuando sucede algo parecido uno se hace la ilusión que tiene que ser para siempre. Frívola ilusión.
                                                      
- ¡No es lejos, no te preocupes! –procuró tranquilizarme Gastón.
Era una advertencia innecesaria, porque la idea de volver al aire y al sol a mí me había llenado de un entusiasmo casi corpóreo. Cuando se vive una vida de encierro, cosas simples como un paseo pueden transformarse en un valor agregado que uno no termina de agradecer. La marcha igualmente se hizo cuesta arriba y en la última cuadra, con las baldosas salidas y las roturas por los arreglos de gas, mi tracción trasera vaciló en más de una ocasión.
   La plaza era un entramado de callecitas de grava entre rectángulos de césped cuidado, Gastón se sentó en un banco a leer el diario y yo me eché en el pasto  a sentir el sol. Hubiese querido entredormirme estirado en ese colchón mullido y oloroso, pero no pasó mucho que el lugar empezó a poblarse. En su  mayoría eran niños, o sea “gente que pasea”, que se detenían con sus mochilas de colegio y sus bicicletas, y nos señalaban:
- ¡Miren!...
- ¡Parece un dinosaurio!
- ¿Qué será?
Poco a poco se fue armando un círculo en derredor. Gastón primero  dejó de leer el diario:
- Su nombre científico es "viru¬lentis ab ovo guriguri parvo"... –respondía con imperturbable paciencia. Hasta  allí  nada por qué alarmarse, los niños son admirables, todo les da curiosidad, viven como en un estado de exaltación perpetua. Pero a continuación se produjo una avanzada de “caminadores rápidos”, era la hora de cierre de los bancos: corredores de la bolsa, secretarias, auxiliares primeros, señoras con changuitos, empezaron a amontonarse y a murmurar:
- ¿Pero qué es esto?
- ¿Una provocación?
- ¿Una campaña de izquierda?
- ¡Qué barbaridad! –rezongaban e inmediatamente se ponían a analizar la situación económica o a hablar de modas. Llegaron dos camarógrafos de la televisión. Traté de decirle a Gastón que nos fuéramos,  que podía ser peligroso. La multitud empezó a empujar y a apretarnos, yo me asusté, los colmillos empezaron otra vez a castañetearme. En determinado momento los de adelante se nos vinieron encima. Gastón  se incorporó como pudo y me sostuvo de la correa, yo emití un torvo  mugido y se hizo la oscuridad.
   No me pida precisiones, comprenderá que una circunstancia así se vive como una pesadilla, los sentidos entran en cortocircuito, todo suena a irreal: creo que  me tragué cuatro o cinco niños, un anciano con su bastón, dos mochilas, la rueda de una bicicleta, un camarógrafo, treinta y dos metros de cable coaxil, una señora con el changuito y una ligustrina. Con los apretujones y el griterío fue todo muy desprolijo, por  suerte Gastón consiguió hacerse paso y tirando fuerte de  la cuerda, logró rescatarme medio desplumado.
-  ¡Tranquilo, tranquilo! –lo escuchaba repetir como en un salmo mientras marchábamos de regreso al departamento. ¡Pobre Gastón! Yo estaba tranquilo, lo que no podía evitar era sentirme deprimido. El simple hecho de vivir ya produce una tensión con el medio, ¿pero ante tan irreprimible impulso qué armas oponer?¿Cómo impedir estos asaltos? ¿En estas condiciones era posible pensar en una vida en sociedad, en un trabajo, una familia?

   Cuando volvimos Gastón ocultó a la mujer pequeña lo sucedido en la plaza, creo que hizo bien, porque hubiese sido el motivo para otra disputa. A la hora de la cena, si bien ya estaba tranquilo, me sentía algo disperso. En la tele repetían un programa sobre la vida nómada de los Tuaregs, un documental de la BBC que había visto una treintena de veces: ahora apenas si podía seguirlo. Gastón y Nora hablaban animadamente, recuerdo que la mujer pequeña por primera vez se mostraba distendida, me dije que no tenía una fea sonrisa, en definitiva algo bueno debía ofrecer para que Gastón la hubiese elegido. En la pantalla azul, una mujer tuaregs acondicionaba su tienda de campaña, y entonces sucedió algo tan vergonzoso que me cuesta recordarlo: en un momento cerré los ojos y se me presentó la imagen de mi amada. Perdidos en la anchura del desierto, en plena noche africana, allí estábamos Aurora y yo en nuestra tienda nupcial, ella con un sayón de tosco género y debajo sin ropa interior. Nos acechábamos con lujuria, avanzábamos y retrocedíamos en un juego dulce y abrumador. Llegado el momento de la unión, rodeaba con mi cola prensil los finos tobillos de mi amada. Sin dejar de mirarla a los ojos, rasgaba el vestido y subía hacia sus caderas rumbo a los pechos altos, le susurraba “te amo, te amo”, obligándola a rodar por el piso de arena todavía caliente en un abrazo interminable.  Las voces de Gastón y Nora que se mantenían de fondo, de golpe se reprimieron:
- ¿Qué le sale? ¡Gastón, es un asco! –chilló ella.
- ¡Estará en el período de celo!  –se defendió mi amigo.
¡Torpe, más que torpe: bochornoso! El fantaseo me había provocado una terrible erección. Como una ‘serpiente toro’ que se estira y despereza luego de una larga siesta, mi miembro congestionado asomaba por el costado del  caparazón y comenzaba a reptar por las frías cerámicas en dirección a la mesada. Para alguien desacostumbrado, entiendo que este dato de mi anatomía puede causar cierta impresión, no sólo por las dimensiones, sino también por el atípico penacho de plumas tornasoladas que exhibe hacia el final. Fue penoso, si bien en ese momento las miradas apuntaban hacia otro sitio, el rubor abarrotó mis mejillas.
- ¡Que se vaya, sacalo de mi vista! –chillaba la mujer pequeña.
No esperé la señal de Gastón y caminé hacia el living con pasos cautelosos, intentando no pisar mi prolongación sensible. Volvió la angustia, sentía un nudo en  la boca del estómago. ¿A quién podía engañar?: era un estorbo, un ser rechazado que encima hacía lo posible para promover ese rechazo. Quería volver  al taller de costura, encerrarme con  mi amada y aislarme del mundo para siempre. De pronto estuve  frente  al sillón del living y me distraje, con mi pata izquierda  me pellizqué el miembro, un chicotazo de dolor me hizo dar un respingo: con  el costado del caparazón choqué  la mesa de los retratos, que se cayeron  aparatosamente, me hice a un lado, di contra un modular del que se tambaleó y terminó por caerse un florero lleno de agua.  Ahora sí que estaba  perdi¬do, Nora terminaría de enloquecer: se desharían de mí arrojándome por la ventana, volaría por los aires hasta caer en medio de la calle donde una jauría de ‘caminadores rápidos’ al volante terminarían por machacarme contra el asfalto! Entré en pánico: me sobrevino el temblor, los espasmos, se me abrieron las fauces y me comí el sillón, la lámpara de pie, la alfombra; seguí  con   los estantes de la biblioteca,   la mesa  de los retratos, los cuadros, las cortinas amarillas; y  de golpe,   no sé cómo, no sé en qué momento, estuve en el cuarto de la costura frente a  Aurora. La mirada triste y enamorada de Aurora, y por más que lo intenté ya no pude comunicarme, no logré advertirle y en la vorágine, como un ente autónomo, mi bocaza se abría y cerraba: me comí la máquina de coser, un vestido de novia y finalmente, trágicamente (perdóneme usted por lo que voy a decir, porque yo no puedo) a la pobre Aurora.  A  la pobre y hermosa Aurora que estaba allí parada, mirándome con ojos incrédulos, inerme, esperando que le contestara si  ya éramos pareja, para comprometernos y casarnos y ser felices para siempre, también me la comí...

   ¿Entiende el por qué de mi advertencia del principio? Sé que es espantoso y ahora mismo si quiere puede marcharse y dejarme para siempre. Soy un monstruo, un psicópata al que si existiese la pena de muerte deberían inyectar una dosis letal. ¿Qué hacer sino con alguien como yo? ¿La cárcel? ¿Un zoológico de máxima seguridad? Tal vez no tendría que haber salido del pantano, o peor, tal vez Andreas no era más que un ciudadano ejemplar que protegía al mundo de un asesino. Le cedo la palabra porque yo lo ignoro.
    Lo que sucedió luego se me confunde. Sólo recuerdo que un  instante después estaba dentro del ascen¬sor y Gastón, pálido, nervioso, me palmeaba y me decía:
- ¡Tranquilo! !Quedate acá que ya vuelvo!...
Entonces  yo trataba de controlar los temblores, me mantenía muy quieto y con los ojos cerra¬dos. Y al rato, escuchaba otros gritos de la mujer pequeña y Gastón que entraba en el ascensor  con una valija en la mano y bajábamos. Y después  caminamos y caminamos, noté que íbamos  en dirección  contraria a la plaza y que Gastón no me ataba la correa al cuello. Era todo muy extraño, Gastón caminaba mirando al frente con una expresión curiosa, que no era de molestia o de tristeza, cada tanto suspiraba y en una bocacalle se puso a silbar.
   Caminamos como diez cuadras, era tarde, la calle estaba vacía y después Gastón le hizo señas a un  taxi, pero el taxista no quiso dejarme subir. Así que seguimos marchando en silencio. No es necesario decir que yo nunca había andado tanto: no sentía las extremidades, estaba extenuado y ardía de fiebre. Y poco a poco las calles se fueron angostando, las casas bajas reemplazaron a los edificios y fuimos saliendo de la ciudad e ingresando en los arrabales, hasta llegar a este sitio. Gastón se detuvo, me miró largamente y dijo:
- Aquí nos separamos.
Yo estaba mal, comprenderá que era el único responsable de todo aquel cataclismo. No me atrevía a mirarlo a los ojos. Junté coraje y levanté la vista: el pálido y bueno de Gastón, con esa expresión curiosa en la cara, me sonreía.

   ¿Y a continuación qué pasó? Simplemente  me quedé viendo como se alejaba. Justo antes de perderse por esa loma, Gastón se volvió y alzó una mano. Esa es la última imagen que conservo de mi amigo. La noche se había puesto fría, observé el lugar,  contem¬plé el cielo, aspiré el aire húmedo y pensé que lo mejor iba a ser  buscar un lugar abrigado. ¿Ve aquel barranco?: en una oquedad tengo el dormitorio. Al campito de atrás lo uso para pastoreo: a la fuerza tuve que hacerme vegetariano. Estoy bien, conforme con la lógica inexorable de mi desgracia, ‘contenido’, si usted prefiere. He incorporado positivamente mi fracaso y eso da una gran tranquilidad, sabe, es como volver a nacer. ¿Si regresa? Por favor, no se sienta obligado, puedo arreglarme, no necesito nada, de verdad. Bueno, quizás... sólo si para usted no es molestia, es una pavada, me da un poco de pudor decírselo: un televisor. ¿Podría conseguirme un televisor?

sábado, 12 de julio de 2014

La lectura

Cuando Aparicio vio el sobre con sello al agua bajo la puerta sintió cosquillas y un súbito calor le subió desde la boca del estómago hasta el despoblado cráneo. La Asociación Saladense de Amigos de las Artes finalmente daba testimonio de su existencia, más aún, a través de una escueta misiva lo invitaba a leer en uno de sus eventos.
  
 En la soledad umbría del cuarto de pensión, Aparicio esbozó una sonrisa pudorosa y sus ojos se humedecieron. La vida tenía esas magias, pensó. También pensó que quizás había llegado la hora de que comenzara a reconocerse su trabajo.

La imprevista viudez lo había sumergido en un pozo oscuro, pero desde hacía unos tres años, en coincidencia con su jubilación en el departamento contable de Amortiguadores Titán SRL, Aparicio se había volcado de lleno a la pasión que lo habitaba desde su época de bachiller: la escritura.

Cuentos románticos, relatos de aventura, poesía, ensayo, obras de teatro, notas de opinión sobre temas científicos, con llamativa productividad había incursionado en casi todos los géneros. En el periódico local comenzaban a ser motivo de comentario sus homenajes rimados a recordaciones tan disímiles como el nacimiento de Don Martín Miguel de Güemes o el Día Internacional del Tambero. 

La Asociación Saladense de Amigos de las Artes era la autoridad que definía las líneas rectoras de la actividad cultural del pueblo. ¡Y ahora él había sido invitado! Conforme a la carta rubricada por la presidenta y el tesorero, la lectura estaba programada para el viernes a las siete de la tarde. Aparicio se dijo que contaba con tres días para prepararse. El miércoles le entregó a la patrona su mejor camisa para que la lavara y le almidonase el cuello, se retocó la tintura del bigote y en la casa de moda masculina Muñoz y Muñoz compró una corbata de lazo, más afín que las convencionales para el aliño del hombre de letras.

El jueves por la tarde se enfrascó en una tarea compleja: abrió la valija imitación cuero que guardaba en el fondo del ropero y entre una parva de originales dactilografiados se concentró en elegir el texto a leer. ¿Qué era lo apropiado? ¿Una de sus semblanzas de personajes típicos, los celebrados homenajes, una historia romántica? Aparicio fue asaltado por la ansiedad, en la soledad del cuarto se materializó la imagen hierática de Atanasia Vélez, conductora de la Asociación y dos segundos premios del Concurso Provincial Juana de Ibarbourou, tras ella, el Dr. Pérez Cárpena, lingüista defensor del buen decir y el Escribano Herminio Gonzaga, historiador aficionado, secreteaban acaloradamente y cada tanto lo medían a la distancia. ¿Qué esperaba de él aquella gente? ¿Y si su prosa los decepcionaba? La incertidumbre, pero sobre todo los intestinos traicionaron al autodidacta y una flojera súbita lo llevó de visita al baño una decena de veces por el resto de esa tarde.
Finalmente llegó el día ansiado, la Asociación Saladense de Amigos de las Artes sesionaba en un viejo edificio de altos lindante con las oficinas del Correo: allí se realizaban los conciertos de piano y los encuentros de teatro leído, ambos eventos abiertos al público; las reuniones de lectura, en cambio, eran actos especiales, con estricta invitación personal.

Aparicio se plantó frente a la alta puerta de roble con su carpetita bajo el brazo, había escogido uno de sus trabajos recientes: una historia de amor trágico protagonizada por un bombero voluntario y una bella mujer a la que el oficial salvaba de las llamas. A decir verdad, no se sentía bien: la noche anterior, una vez controlada la descompostura intestinal, un insomnio tenaz se había apoderado de sus nervios y recién había logrado dormir con las primeras luces del alba.

La puerta se abrió y fue la mismísima Atanasia Vélez quien lo recibió con una inclinación solemne:
- ¡Amigo Aparicio, adelante, adelante!
La presidenta de la Asociación, con largo vestido de organza  y un peinado alto de peluquería, lo secundó hasta el salón. El recinto era amplio y bien iluminado, en uno de los ángulos había un piano de cola y en el centro dos sillones grandes y una variedad de silloncitos de estilo diverso rodeaban una mesa baja. La poetiza lo presentó a los miembros del grupo que no conocía.
- Es un honor para nosotros recibir a una pluma de tan amplio registro –lo saludó Pérez Cárpena, extendiendo su diestra.

Además del abogado y del Escribano Herminio Gonzaga, ya estaban allí la viuda de Bertoni, a quien conocía del periódico local, dos hermanas de mediana edad apellidadas Cerasuolo, también poetas y docentes de enseñanza inicial, un veinteañero de aspecto enfermizo que venía de una localidad vecina y que al parecer constituía el futuro de la novelística de la región, y el profesor Lobianco, a quien reconocía del programa de entrevistas en la televisión local.
- ¿Sería tan amable de dedicarnos unas líneas con su firma al pie? –lo abordó una de las hermanas Cerasuolo, extendiéndole algo parecido a un libro de visitas.

El clima era de excesivo envaramiento y Aparicio se sintió abrumado, tenía la sensación de que las cosas se sucedían a velocidad: le hablaban, respondía, pero no alcanzaba a retener el sentido de las palabras. Recuerda que en un momento alguien acercó una bandeja con copitas de licor de mandarina, y él pidió si en su lugar no podían servirle un vaso de agua.

Una vez intercambiados los comentarios de bienvenida, los miembros de la Asociación Saladense se desentendieron del visitante y ocupando los sillones se pusieron a hablar entre sí con murmullos apenas audibles:
- ¿Cómo anda de ese catarro, Escribano?
- Mejor, por suerte.
- ¿Se sabe algo del concurso de la Alianza Francesa?
- Tengo entendido que esta semana se expide el jurado.

Aparicio comprendía que estaba en presencia de gente de cultura. Las copitas de licor poco a poco se fueron retirando, Atanasia Vélez agradeció la presencia del visitante y cuando comenzó a leer un breve currículum que sintetizaba su trabajo, Aparicio volvió a sentir esa fea ansiedad y dejó de escuchar. Tras la presidenta, intervino una de las hermanas Cerasuolo, luego el Profesor Lobianco, a continuación se hizo una pausa larga y todos miraron en su dirección. Comprendió que tenía que leer.

Comenzó con voz vacilante, la historia se titulaba “Fuego de amor” y arrancaba por la infancia del héroe, un muchacho de barrio que desde sus primeros años ya daba señales inequívocas de la vocación de bombero que lo acompañaría por el resto de sus días. La voz de Aparicio, al principio contenida, fue soltándose y ya promediando la segunda carilla, abandonó, por así decirlo, tierra firme para navegar con soltura por la trama del relato.

Fue entonces que ocurrió aquello: el literato notó que entre el Dr. Pérez Cárpena y una de las hermanas Cerasuolo, a quienes tenía justo enfrente, se producía un movimiento. Fue un gesto, algo así como un ademán ejecutado con la cabeza, muy leve e inmediatamente reprimido. Imaginó que era el modo que utilizarían para transmitirse el parecer de las lecturas, pero enseguida pensó que era algo sin importancia y prosiguió con el texto: en el relato se producía el incendio, la bella y multimillonaria Ornella quedaba atrapada por las llamas alimentadas por el rico mobiliario y los pesados cortinados de la mansión. El bombero, descolgándose de una ventana, la rescataba de entre los escombros de un toilette donde había logrado aislarse. En la voz de Aparicio la narración ya era un río torrentoso cargado de suspenso: el bombero llevaba en brazos a la atractiva mujer, los pisos crujían, las vigas de los techos estaban a punto de derrumbarse, la pareja debía descender peligrosamente por las escaleras metálicas. En el momento de mayor dramatismo, se miraban por primera vez a los ojos.

Llegado a ese punto de la historia, Aparicio percibió que se repetía el misterioso movimiento pero esta vez, alertado, levantó la vista de la página y lo que sintió fue una detonación en el estómago: Aurelia Cerasuolo y el Dr. Pérez Cárpena no se comunicaban, ni se pasaban seña alguna, sino que en forma casi sincronizada sus cabezas se habían inclinado ganadas por el sueño. ¡Sí, aquellos dos cabeceaban y se estaban durmiendo! ¿Podía imaginarse peor desventura? ¡Era un bochorno! Intentando disociar la cabeza, Aparicio trató de justificar el incidente: es cierto que escuchar leer muchas veces provoca somnolencia, además era viernes, último día de la semana, tal vez el cansancio acumulado… ¡Pero no, no había razón posible! Su corazón se puso a galopar. Como seguía con el relato, procuró que su revolución interior no se le delatara en la voz. ¿Y el resto de la Asociación Saladense de Amigos de las Artes qué opinaba al respecto? Aprovechando el cambio de carilla, levantó la vista para interpelar a los anfitriones y aquí, sí, el impacto fue explosivo: Atanasia Vélez, el escribano Gonzaga, la viuda de Bertoni, el chico del pueblo vecino y el profesor Lobianco, en distintos estadios y posiciones, ya dormían a pierna suelta.

El autodidacta se puso a temblar como una hoja, no era un hombre de naturaleza violenta, ante las injusticias no conseguía enfurecerse, saltar, ni maldecir, lo que ahora sí sentía, como nunca antes recordase, era una inmensa vergüenza. La viuda de Bertoni y Atanasia Vélez se apoyaban una sobre otra durmiendo mejilla con mejilla, Herminio Gonzaga, rígido y con el rostro orientado hacia el techo resoplaba con la boca abierta, la poetisa Cerasuolo descansaba la cabeza en el regazo del novelista adolescente, quien junto al profesor Lobianco iban resbalando paulatinamente de los sillones hacia el piso alfombrado.

Lo asombroso era que mientras se desplegaba aquel Apocalipsis, como un ente autónomo, en la voz de Aparicio el relato avanzaba sin prisa y sin pausa: una vez recuperada de las consecuencias del incendio, la heroína y el bombero no habían vuelto a verse, el oficial se reprochaba la timidez imperdonable que había impedido una cita. Pasaron los meses y cuando el protagonista creía que estaba todo perdido: otro incendio, una gran mansión devorada por las llamas y la sorpresa del bombero no tuvo límites cuando de otro toilette volvió a rescatar a la bella Ornella. La mujer esta vez había sido lastimada gravemente, el bombero la bajaba por las escaleras metálicas, la subía a la ambulancia, viajaban juntos y en el interior del móvil era ella quien abría su corazón y develaba el misterio: Ornella se había enamorado del bombero y la forma pergeñada para volver a encontrarlo había sido provocando un nuevo incendio. La pareja se unió definitivamente, el fuego, como un testigo fatal, se transformó en el eje de aquella historia de amor: los incendios se multiplicaron, Ornella seguía esperando en caserones arrasados por las llamas y el Bombero corría a  rescatarla.

Sorda a la apasionada narración, la Asociación Saladense de Amigos de las Artes, en tanto, se empeñaba en el inexorable derrumbe. El profesor Lobianco y el novelista joven ya dormían definitivamente tendidos en la alfombra, liberado uno de los sillones de tres cuerpos, el Escribano Gonzaga se estiraba en toda su longitud con el dedo pulgar derecho en la boca; Atanasia Vélez, en cambio, había quedado en una posición difícil para una mujer de su trayectoria: volcada sobre la mesita baja, con las rodillas apoyadas en el piso elevaba el trasero en una irrefutable invitación a lo prohibido. Entre carilla y carilla, incrédulo, Aparicio hacía largas pausas para constatar los avances del cataclismo.

Producidos ya otros cuatro incendios, los compañeros de cuartel, más tarde los médicos de la clínica, advertían al bombero de los riesgos de la situación: el estado físico de la bella Ornella se deterioraba vertiginosamente, las heridas no alcanzaban a curar que ya su cuerpo volvía a ser agredido por las llamas. ¿Se justificaban tales advertencias?, se interrogaba el bombero ¿Acaso no era el cuerpo arrasado de su amada el símbolo palpitante de aquella historia de amor? Pese a los peores pronósticos el romance continuó y una noche fría de invierno la pareja contrajo matrimonio. El escenario elegido fue la Iglesia Nuestra Señora de La Merced; y aquel fue el final soñado por los amantes: el campanario y la alta cúpula lamidos por las llamas, los compañeros del cuartel, los familiares y amigos asistiendo desde la vereda, el bombero con su uniforme de gala irrumpiendo hacha en mano, el pesado portón que se resistía ante los primeros golpes, que finalmente se abría, y en el interior, junto al altar mayor, aguardando, primorosa, casi mística, la imborrable imagen de la bella Ornella, con su velo, su cola y su vestido blancos, en vivas llamas.

Aparicio leyó las últimas líneas con los ojos velados por las lágrimas, el final de la historia era impactante y al mismo tiempo dotado una belleza poco común. Cuando las palabras finales dejaron de vibrar, el autodidacta dejó pasar unos segundos para acomodar las emociones. Ahora el silencio era acompañado por un coro de respiraciones y ronquidos en varias escalas. Colocó las carillas dactilografiadas en la carpetita y se incorporó intentando no pisar a nadie. Se dirigió a la salida, pero a los pocos pasos cambió de idea y dio un giro en torno al salón. ¿Podía irse así como así, sin despedirse? ¿Aquello no podría ser tomado como un desaire? Esa gente, generosamente, le había abierto sus puertas, eran personalidades de prestigio. Además, ¿tenía él un cabal conocimiento de sus hábitos como para juzgarlos? ¿Y si aquel era el comportamiento habitual en las reuniones de lectura?

Paseando la vista por los durmientes, de golpe algo se encendió en su interior y supo lo que debía hacer. Una de las hermanas Cerasuolo dormía de costado con un brazo y la mejilla derecha apoyados sobre el pecho del Dr. Pérez Cárpena, a su lado, la viuda de Bertoni se estiraba prolijamente boca arriba, entre ambas había un claro que le daba espacio suficiente. Se recostó con cuidado apoyando la nuca sobre la alfombra y extendió lentamente las piernas. No se estaba mal estirado en el piso, desde aquel ángulo podía apreciar las molduras del techo y la araña de cuentas de cristal. Recordó que su fallecida esposa en sus últimos días debía acostarse sobre la pinotea del dormitorio para soportar los dolores, luego le vino a la memoria una lejana canción de cuna que le cantaba su madre. Cerró los ojos y se durmió.