viernes, 19 de junio de 2020

Vacación

Personajes:
Mariela

Nico



Interior de un baño, Nico está en la ducha enjabonándose y Mariela  del otro lado de la cortina, ante el espejo, se saca el maquillaje.
MARIELA (llorosa): Lo pienso y no lo puedo creer.
NICO: Bueno, aflojá, Mari.
Corriendo la cortina y mirándole el pene.
MARIELA: Haceme el favor, volvé a mirarlo.
NICO: No puedo.
MARIELA: ¡Miralo, Nico!
NICO: No puedo. Me da impresión.
MARIELA: Ah, ¿te da impresión? ¿Y a mí, no me da impresión?
Tiempo.
NICO: Bueno, Mari, pongámosle onda.
MARIELA: ¿Pongámosle onda? Y decime, ¿cómo hacemos? ¿cómo le ponemos onda a esto?
NICO: Y yo qué sé. Pasan cosas peores.
MARIELA: ¿Por ejemplo?
NICO: No sé… Que hubiera vuelto sin nada, por ejemplo.
MARIELA: ¡Ay, cállate, qué decís!
NICO: ¡Bueno, entonces, Mari, te pido por favor que hablemos de otra cosa! (entrando en crisis) ¡Vos no parás, no parás y yo no quiero ponerme más nervioso de lo que estoy!
Mariela descorre de nuevo la cortina, le acaricia la cara.
MARIELA: Tenés razón, amor, perdóname.
NICO: No perdóname vos, me descontrolé. Ya está. Vamos a tranquilizarnos los dos y vas a ver que vamos a encontrarle una solución.
Tiempo. Con resquemor Nico comienza a estudiar su pene, lo observa, lo mueve para una lado y para otro.
NICO: Es raro, ¿sabés?, es como tener…
MARIELA: No es Nikito.
NICO: Evidentemente no.
MARIELA: Lo que no entiendo es cómo tardaste veinticuatro horas en darte cuenta. Explicame, ¿cómo alguien tarda un día entero en darse cuenta que hay una parte de su cuerpo que no es suya?
NICO: No sé, Mari.
MARIELA: ¿Anoche cuando llegamos no te bañaste?
NICO: Sí, pero uno se baña como con piloto automático. Anoche estaba cansadísimo, la verdad que no me fijé.
MARIELA: Volvé a llamar.
NICO: Ya llamé tres veces
MARIELA: Llamá cuatro.
NICO: Pero ahora me estoy bañando, Mari.
Tiempo.
NICO: Yo no quería ir.
MARIELA: ¡Ahí está! Ya sabía que en algún momento iba a llegar: “Yo no quería ir”, por ende  ¿de quién es la culpa?
NICO: Nadie es culpable de nada, Mari. Es un comentario, nada más…Pero reconocé que sos vos la de esas fantasías.
MARIELA: Ah, claro, porque el señor nunca fue a un club swinger y es la depravada esta la que lo obliga. ¡Con la harpía esa seguro que no ibas!
NICO: Con Alicia…
MARIELA: ¡No la nombres!
NICO: Con ´la harpía esa´ era distinto.
MARIELA: ¿Y por qué era distinto?
NICO: Teníamos muchos problemas. ¡Mari, no tiene sentido que ahora nos pongamos a hablar de mi ex!  Lo que te digo es que yo con nuestra vida sexual estoy contento.
MARIELA: ¡Sí, seguro!
NICO: A ver, amor, toda pareja tiene sus temporadas altas y sus temporadas bajas, es como con el turismo, como con los pasajes aéreos. Y eso no quiere decir nada. Además decís “el señor nunca fue a un club swinger” como si yo fuese todos los sábados. Con “la harpía esa” fui una sola vez.
MARIELA: Suficiente. Por lo tanto no vengas ahora con que yo soy la pervertida.
NICO: ¿Y cuándo dije que vos eras una pervertida?
MARIELA (suspirando): Okey.
NICO: Okey.
MARIELA: Quisimos los dos.
NICO: Quisimos los dos.
Tiempo. Mariela lucha con lo que tiene que decir, desde el otro lado de la cortina Nico espera hasta que ya no puede.
NICO: ¿Qué hay?
MARIELA: Otra cosa que no me entra en la cabeza: ¿cómo alguien puede ir a un lugar como ese y venir con el miembro de otro, Nico? (lloriquea) ¡Sólo a vos te pasan esas cosas, sólo a vos!
NICO: Bueno, no fue a propósito.
MARIELA: Por favor, necesito que lo repases de nuevo: nosotros entramos…
NICO: Entramos y en el living estaba el matrimonio ese tan agradable de Necochea.
MARIELA: Yolanda y César.
NICO: Yolanda y César. Tomamos una copa, después vos tomaste otra copa y te sentaste con el marido en uno de los sillones y yo con la mujer. Después… empezó a pasar lo que tenía que pasar, ¿te tengo que describir con lujo de detalles, Mari?
MARIELA: No, no, hasta ahí ya lo sé. Yo estaba con el tal César, nos besábamos, pero cuando en un momento miré para tu lado habían desaparecido.
NICO: La mujer, en un momento me dice “dejémoslos solos”, me agarra de la mano y pasamos a la habitación de al lado.
MARIELA: ¿Y?
NICO: Y ahí sí que se puso picante.
MARIELA: ¿Qué había?
NICO: ¡Mucha gente, Mari! Eran dos camas King-size con mucha gente. Todos en bolas, no se entendía qué cosa era qué ni a quien pertenecía, ¿me entendés? ¡Era un despelote!
MARIELA: ¿Cuántos había?
NICO: Qué se yo, diez, doce.
MARIELA: Una vergüenza.
NICO: No, más bien una orgía.
MARIELA: ¿Y?
NICO: Y la chica esta, Yolanda, al principio no quería, después empezó a querer, al final entramos en esa vorágine y hasta ahí sé.
MARIELA: ¿Cómo “hasta ahí sé”?
NICO: Claro, no sé cuántas veces, ni con quién, ni por dónde. Entré como en un lockout, en una nebulosa, nunca me pasó algo así. ¿Qué querés que te diga?
MARIELA: ¿QUÉ QUÉ QUIERO QUE ME DIGAS? UNA SOLA COSA QUIERO QUE ME DIGAS: CÓMO PUEDE SER QUE HAYAS PERDIDO TU PITO Y HAYAS VUELTO CON EL DE OTRO, NICO. ¡ESO QUIERO QUE ME DIGAS!
NICO: Bueno, pará que vas a despertar a papá y a los chicos.
Tiempo.
MARIELA: ¿Como podés ser tan insensible? Nico, ¿cómo podés ser tan frívolo?
NICO: ¿Por qué decís eso?
MARIELA: No es cualquier parte de tu cuerpo, hablamos de Nikito (lloriquea)
NICO: Bueno, Mari.
MARIELA: Yo había establecido una relación, vos me conocés, soy de encariñarme. Había una familiaridad, una empatía, yo le hablaba.
NICO: ¿Le hablabas?
MARIELA: Le hablaba mentalmente, es una forma de decir. Yo sabía lo que a él le gustaba, él sabía lo que me gustaba a mí.
NICO: Ya lo sé, amor.
MARIELA: Y a vos te parece que así como así yo puedo reemplazarlo por otro (descorre de golpe la cortina y lo señala, acusadora) A ver, ese que tenés ahora, ¿cómo se llama? ¿Cuáles son sus hábitos? ¿Cómo se levanta, cómo se despereza en la mañana, qué le gusta? ¿Vos lo sabés?
NICO: No.
MARIELA: Y bueno, yo tampoco.
Tiempo. Le da el celular
MARIELA: Tomá, llamá de nuevo.
NICO: Pero ¿me puedo terminar de duchar?
MARIELA: ¡No, no podés! Tenés que llamar a ese lugar, Nico, esto tenemos que solucionarlo ya.
Nico llama a desgano.
NICO: Hola, sí, ¿Sweet Club & Temtation?... Buenas noches, señor, quiero hacerle una consulta: anoche mi señora y yo asistimos a una reunión. ¿Por casualidad no quedó algo olvidado?... (a Mariela) Me pregunta algo como qué.
MARIELA: ¡Y decile!
NICO: Como un pene, señor, algo como un miembro masculino. Es que luego del encuentro, vio como es este deporte, hay mucha fricción, deporte de contacto, jejeje.
MARIELA: ¡No seas pelotudo!
NICO: Es que estoy nervioso, Mari (al celular) Perdón, señor, le decía que luego del encuentro no me di cuenta y me vine con el pene de otro, ¿me comprende?... Sí, sí, claro, vaya.
MARIELA: ¿Qué dice?
NICO:  Dice que se fue a fijar. Mari, ¿puedo terminar de bañarme? Me voy a enfriar.
MARIELA: No señor, vos lo perdiste, vos lo encontrás.
NICO: Uff (tiempo, espera) Hola, sí señor… ¿A qué hora fue? Y esto fue a la noche (a Mariela) ¿A qué hora fuimos?
MARIELA: Once.
NICO: A las once…. Ah, de anoche nada… Ah (a Mariela) Dice que tiene dos prótesis de glúteo y tres consoladores pero que son del grupo de la tarde (al celular) Okey, muchas gracias, señor... Si no le molesta... Okey, adios, muy amable (a Mariela) Me dijo que si llega a llamar alguien preguntando por su miembro va a tomarle el número y que yo lo vuelva a llamar en dos o tres días.
MARIELA: ¡Dos o tres días, Nico!
NICO: Y bueno, ¿qué querés que haga el tipo?
MARIELA: Qué te pase el listado de la gente que participó de la orgía esa y listo.
NICO: Pero no seas ingenua, ¿vos te crees que la gente que fue deja sus datos personales? (le alcanza el celular) ¡Tomá el teléfono! Ahora por favor dejame terminar de bañarme.
Tiempo.
NICO: Mari.
MARIELA: ¿Qué?
NICO: El calefón está en tres, ¿no?
MARIELA: Sí, ¿por qué preguntás?
NICO: No sé, es raro, el agua no está demasiado caliente pero sin embargo…
MARIELA (corre la cortina y mira): ¡Ay, no seas asqueroso!
Mariela vuelve al espejo.

NICO: Sí, sí, el nuevo se está desperezando, estamos inaugurando la primera erección y te digo que… ¡Jo jo jo, guau, mirá, Mari, mirá lo que es esto! ¡Por Dios!
Mariela vuelve a correr la cortina, queda impactada, se vuelve al espejo.
NICO: ¡Jo jo jo, sí que es distinta, es bien distinta!
MARIELA: Bueno, s-sí, no sé, Nico, creo que es bastante más… decidida, ¿no? Más emprendedora… más… ¡Qué calor que está haciendo en este baño!
NICO (en la suya, aúlla y juega con su pene): ¡Jo jo jo! ¡Auuuuu auuuu! ¡Toin, toin! ¡Cuidado que voy a cruzar! ¡Permiso! ¡Toin toin! ¡Aaauuuu! ¡Es tremenda!
Mariela comienza a desmaquillarse a velocidad y a deshacerse con apuro de los trozos de algodón sucios.
MARIELA: ¡Shhht, bajá la voz! Hagamos algo, seamos prácticos, Nico, ¿en cuánto dijiste que tenías que volver a llamar al lugar ese?
NICO: Me dijo en dos o tres días.
MARIELA: Quien dice tres, dice cuatro. Escuchá esto: dejemos el drama y tomémoslo como una vacación, ¿qué te parece? Una breve vacación. Y en las vacaciones, ¿uno que hace?
NICO: ¿Qué hace?
MARIELA: Uno sale de la rutina. Uno se permite probar lo nuevo, lo nunca experimentado. Vive sus fantasías.
NICO: Sus fantasías secretas. Tal cual.
MARIELA: ¿Cuánto te falta?
NICO: Me enjuago la cabeza y estoy.
MARIELA: Dale. Yo cierro con llave por los chicos, pongo las sábanas de raso, cubro el velador con el pañuelo y te espero.
NICO: ¡Seeee!
MARIELA: Desnudita. Apurate.
NICO: ¡Seeee!
Mariela sale. Nico cierra el agua de la ducha, se mira el pene, sonríe.

APAGÓN

domingo, 7 de junio de 2020

Taller de Guapo Iturralde Hermanos


La ocurrencia nació del chico de los Smith. El chico de los Smith había llegado de un viaje por Europa con la familia y le estaba contando anécdotas -estaban los dos sentados en el patio encalado de la pensión-, decía que en ciudades como Berlín o Amsterdam a la gente se le daba por hacer cursos y aprender sobre cualquier cosa, que se dictaban talleres de lo que a uno se le ocurriera. De golpe el muchacho se interrumpió y abrió grande los ojos: “Don Iturralde, si usted necesita tranquilamente puede abrir el suyo”

El chico Smith vivía en la única casa decente de la manzana, el padre, conocido suyo de sus años mozos, era el dueño del inquilinato y al hijo le gustaba merodear por la vieja casa chorizo y asistir a las rondas de mate cuando él y los demás se juntaban en el patio.
“Usted debe ser uno de los últimos guapos vivos. Ni lo dude, alumnos va a conseguir –insistió el chico. Le dijo que para las clases él podía pedirle a su padre que le permitiera usar la habitación del frente que estaba vacía.

A Iturralde le gustaba el desparpajo con que lo trataba el muchacho, los demás cuando se dirigían a él siempre lo hacían midiendo las palabras. Encendió el cigarrillo y no le respondió. La verdad sea dicha, necesitaba el dinero, había tenido una vida demasiado trajinada para su gusto y en el último tiempo casi no le quedaba resto.

Infancia de canillita, trabajador del puerto, empleado de seguridad del Concejo Deliberante, dos matrimonios para el olvido, asiduo concurrente a la milonga, algún que otro entredicho con la autoridad por alteración del orden y fama de diestro con el cuchillo; Iturralde ya tenía sesenta y ocho y si no inventaba algo pronto corría el riesgo de engrosar la nómina de clientes de la asistencia pública.

El chico de los Smith se apareció a la tarde siguiente y le preguntó si había pensado en su idea. Le contestó que sí. “¿Y qué nombre le va a poner?”. “¿Taller de Guapo Iturralde?”. “Póngale Taller de Guapo Iturralde Hermanos, tiene otro vuelo”.

El muchacho también lo ayudo a confeccionar unos folletos. Sin mucha expectativa, Iturralde los repartió en los bares y las whiskerías de los alrededores de la plaza Defensa. Los bolicheros, que lo conocían bien, al principio lo miraron con sorna, pero ante el gesto gélido del malevo bajaron la vista y ofrecieron el lugar destacado de la vidriera para pegar las publicidades.

Iturralde decidió organizarse: el paso siguiente era conseguir una libreta, una birome y pensar en algo parecido a una propuesta pedagógica. Esa tarde al guapo no se lo vio por el patio, encerrado en la pieza apagó la radio, se tiró en la cama y mientras mordisqueaba sin ganas unos bizcochos de grasa, se puso a pensar.

En el metier del guapo no había teoría, más bien todo era acción y él contaba con no poca experiencia. En el puerto había aprendido el manejo de la daga y de la época de guardaespaldas había participado en por lo menos una docena de entreveros -en ninguno, por suerte, con muertes que lamentar. Luego, hasta donde le llegaba la memoria, su vida había estado marcada por la rígida ética del coraje, donde la austeridad en el decir, el pulso firme y el optar siempre por el bando de los desvalidos, eran piezas importantes.

Yendo a lo concreto, se dijo que para comenzar cada clase podía proponer unos diez giros al trote alrededor de la pieza, luego unas lagartijas y luego comenzaría a desarrollar su programa teórico-práctico que tentativamente podría dividir en: Indumentaria básica del guapo (Bolilla 1); La mirada (Bolilla 2); Cómo ingresar al boliche y de qué forma pedir la ginebra (Bolilla 3); Cómo prender el cigarrillo y el escupitajo de costado (Bolilla 4); El juego de la seducción en la milonga y rudimentos del baile (Bolilla 5); Identificación del rival y la provocación a la pelea (Bolilla 6) y El desenfunde de la daga y rudimentos de su uso (Bolilla 7)

Con eso había suficiente como para un primer cuatrimestre y más adelante iría adentrándose en cuestiones más avanzadas.

En los tres días subsiguientes Iturralde consiguió cuatro alumnos. El primero, que se presentó temprano por la mañana en la puerta de la pensión, era un bibliotecario lector del escritor Jorge Luis Borges, que –según dijo- “buscaba pasar por el cuerpo la adrenalina, los miedos y las contradicciones del cuchillero de las orillas”. Raros hay para todos los gustos, pensó el guapo, pero quién era él para juzgar las motivaciones ajenas.

El segundo, un policía retirado que extrañaba su trabajo y necesitaba mantenerse lejos de su hogar el mayor tiempo posible, la tercera era una mujer bajita y muy nerviosa que buscaba obtener técnicas para lidiar con sus dos hijos adolescentes. Y el cuarto –el guapo lo había visto venir- el impulsor del proyecto y su seguidor incondicional, el chico de los Smith, al que -por desgracia- no podría cobrarle los cuarenta pesos de cuota.

Ya con los primeros candidatos confirmados tuvo que moverse con premura: el Taller de Guapo Iturralde Hermanos iría los martes de diecinueve a veintiuna comenzando la semana siguiente. El guapo consiguió que Smith padre mandara a dos grandotes que le vaciaron de muebles la habitación del frente, barrió el piso de pinotea, le puso un tapete en el medio y llevó el Winco con su colección de discos de D´Arienzo para las lecciones de milonga.

Así comenzaron las clases. El chico Smith enseguida se transformó en su alumno más aventajado, la mujer bajita resultó una buena bailarina de tango canyengue y al bibliotecario se le bajó la presión la primera vez que Iturralde le puso en las manos su famosa daga arbolito con mango de plata.

En el ensayo de la incitación a la pelea, el ex policía se le fue encima intentando conectarle un golpe de puño. Iturralde interrumpió la acción en seco: “El guapo nunca boxea a su rival, a lo sumo le da un sopapo de revés -gesto con el que da a entender desprecio- y enseguida desenfunda”.

“¿Y el duelo con cuchillo es a muerte?”, se interesó la mujer bajita. “Aunque existen y han existido siempre duelos a muerte, en la pelea por lo común se hiere buscando no interesar órganos vitales –explicó el guapo- Y con la primera sangre los rivales se dan por satisfechos, el desafío queda saldado y el ganador invita a una ronda de ginebra para todos los presentes”. El chico de los Smith tomaba apuntes.

A los alumnos fijos Iturralde comenzó a agregar algunos ocasionales: turistas chinos o alemanes que –como parte del paquete de atracciones del barrio de San Telmo- asistían a una clase, se subían a una combi y desaparecían para siempre.

La presencia de estos foráneos –a los que igual daba un plato de rabas de las cantinas de la Boca, el puente Zárate Brazo Largo, o su invaluable oficio- a Iturralde lo sacaba de quicio: entendían poco y nada, distraían al resto y -sobre todo los de raza amarilla- cortaban los momentos más intensos para sacar fotos absurdas. Pero, claro, pagaban al momento y en dólares.

Aunque todo aquello, en definitiva, había nacido de una conversación y de su necesidad económica, el guapo comenzó a experimentar una serie de emociones encontradas: sentía que le gustaba enseñar, que esperaba semana a semana el contacto con sus alumnos y al mismo tiempo se preguntaba si eso no lo hacía menos hombre. La vida dura que le había tocado en suerte, su instinto de supervivencia y los prejuicios de una época, quizás no habían permitido siquiera plantearse disparate semejante: una carrera docente. Pero los tiempos habían cambiado y ese presente vertiginoso y confuso en el que el guapo por momentos se sentía un dinosaurio, tal vez ahora ayudaban.

Además había algo importante a tener en cuenta: sus alumnos respondían. A la tercera clase la mujer bajita vino con la noticia que tras una de sus habituales disputas familiares, con un par de inofensivos puntazos en brazos y glúteos había conseguido que sus dos hijos adolescentes se fuesen a bañar sin hacer escándalo. Era muy bueno que su labor tuviera un correlato práctico en la vida diaria.

Con el taller Iturralde también observó algunos cambios de hábito: comenzó a sentarse a su mesa del bar ‘El Federal’ a corregir las pruebas escritas. Ese era su momento de solaz, y todos sabían que no podían acercarse ni hablarle hasta que terminase de poner las notas.

Pero una felicidad y una armonía plenas y extendidas en el tiempo nunca habían combinado con la vida de Carmelo Leoncio Iturralde. Una tarde de viernes, mientras seleccionaba la lista de tangos para la próxima clase, se apareció el chico de los Smith agitando un papel en la mano. Iturralde leyó: “Taller de Guapo Comesaña SRL, con la incorporación de técnicas orientales extraídas del kung fu y la disciplina samurái. Duelos a primera sangre, milonga y cumbia orillera. Oferta promocional 30 pesos”.

“¿Lo conoce?”, inquirió el muchacho. El guapo no respondió. Comesaña, claro que lo conocía, se había cruzado un par de veces con el sujeto, era un compadrito bastante pendenciero de Barracas y en San Telmo estaba claramente fuera de jurisdicción.

No quiso implicar al chico de los Smith: “Seguramente es una broma, olvidalo, pibe”. “No, Don Iturralde, es la pura verdad. Por la dirección es el local que estaba en alquiler al lado de la despensita ´Los chilenos´, pasé recién y está dando clases. Tiene tres alumnos”.

“Y bueno -suspiró el guapo mientras descolgaba el saco del perchero- si aquella era la intención el mensaje había llegado a puerto: ese era su barrio y esa su rama de la enseñanza, la provocación se había puesto en marcha y justamente él no iba a esquivar el bulto”.

A paso decidido el guapo cruzó la plaza rumbo a la nueva escuela. El chico de los Smith lo seguía unos pasos por detrás.“Don Iturralde, ¿qué piensa hacer?”. “¿Y a vos qué te parece?” Le respondió casi con desprecio.

Cuando Iturralde entró al local supo que el otro lo estaba esperando. Ante la inminencia de problemas los alumnos pasaron a su lado y evacuaron a paso rápido. Comesaña conservaba la expresión feroz y el porte temible que recordaba. “¿Qué decís, Iturralde, venís a inscribirte?”, lo recibió con tono zumbón.

El guapo no estaba para prolegómenos, dio dos pasos largos hacia el otro y sacó la daga. “¡Epa que estás apurado, che, pero te quedaste en el tiempo!”, dijo el de Barracas, al tiempo que hacía un movimiento de manos veloz a la parte trasera de la cintura. Entonces el guapo vio surgir ese objeto estrambótico, eran dos palos gruesos y lustrosos unidos por una cadena que el malevo visitante hacía saltar de una mano a la otra y que giraba en el aire como una endiablada aspa de ventilador.

“¡Don Iturralde, cuidado, es un nunchaco chino!”, escuchó a sus espaldas al chico de los Smith. “¡La puta con los amarillos –se dijo- primero lo de las fotos en clase y ahora esto!”. Pero no debía ponerse dramático: se enfrentaba, sí, a un rival feroz que utilizaba armas no convencionales, pero si había llegado su hora y entregaba el alma, lo haría en su ley: resuelto y acometiendo y –en una de esas- sumando una última bolilla a su programa de estudios: el guapo debe vivir y debe morir defendiendo sus sueños. “¡Comesaña!”, aulló antes de la primera estocada.

domingo, 3 de mayo de 2020

Prima perchero


De toda nuestra familia Sarah es mi preferida. A pesar de la diferencia de edad siempre me trató distinto, como si yo no fuese su prima sino su mejor amiga. A veces me pasaba a buscar por la clase de gimnasia y yo la acompañaba a elegir vasos, o algún adorno para su departamento nuevo.  Porque como sus padres habían fallecido Sarah era independiente, vivía sola en un departamento alquilado, con un balcón buenísimo y una habitación para ella sola. Hasta que el anteaño pasado entró en coma.

¿Cómo es eso de que mi prima Sarah entró en coma? Pasó lo siguiente: un sábado por la tarde Sarah vino a casa y me pidió que la acompañara a la peluquería a hacerse un “shock de keratina”. El shock de keratina es un baño de crema que te deja el pelo suave y súper luminoso. Y Sarah se lo cuidaba mucho porque decía que el cabello de una mujer para los hombres es un detalle muy importante.

Además de unos ojos azules grandes e inolvidables, Sarah tenía un pelo castaño pesado y larguísimo. Mientras la peluquera la atendía me dijo que si quería, para no aburrirme, a mí podían pintarme las uñas. Al final yo no quise la pintura de uñas, esperamos el turno mirando revistas, la peluquera le hizo el baño de crema bastante rápido y volvimos a casa.

La fórmula de esa crema vaya una a saber si tenía algún componente prohibido, en mal estado, o no sé qué, el hecho puntual fue que al llegar a casa -mamá estaba preparando la merienda para mis hermanos en la cocina- Sarah dijo “qué calor”, empezó a repetir “qué calor, qué calor, qué calor” con distintos tonos de voz, le dio un hipo fuerte y se cayó desvanecida al piso. Mi mamá llamó a mi papá que se vino volando del negocio, me dejaron a cargo de mis hermanos y él, mamá y la abuela la cargaron en el auto y la llevaron al hospital Alemán.

Los estados de coma no son como en “Los ricos también lloran” o en “Bety la fea” donde uno de los protagonistas se accidenta con el auto, queda descerebrado, pero al quinto capítulo se recupera, reconoce a su amada, la besa en la boca y son felices por siempre. En la vida real es más complicado. Mi mamá me contó que en el hospital a Sarah le hicieron exámenes complicadísimos, tomografías, resonancias magnéticas y un estudio con rayos de luz que se llama fluoroscopia. Los médicos dijeron que prácticamente no registraba actividad cerebral y lo más probable es que no volviese a despertar.

Papá, mamá y la abuela volvieron a casa y estuvieron un rato hablando en voz baja en el comedor. Como dije, excepto a nosotros Sarah no tenía a nadie, así que al rato papá nos llamó a mis tres hermanos y a mí y nos dijo que con la abuela y mamá iban a turnarse para cuidar a Sarah mientras estuviese en el hospital y después la íbamos a traer a vivir a casa.

Lo que sentí con esa noticia fue contradictorio porque por un lado me apenaba que mi prima estuviese en coma y que quizás no volviese a despertar, pero por otro me alegraba tenerla cerca viviendo en nuestra propia casa como si fuese mi hermana mayor.

Cuando salió del Alemán y la trajeron, la abuela dijo que le iba a hacer un lugar en su cuarto. Sarah podía estar en una cama común y no necesitaba suero, respirador y ese tipo de cosas; solo debía recibir la visita de una kinesióloga tres veces por semana que le hacía masajes. Durante el día yo trataba de estar con ella el mayor tiempo posible, la peinaba o le leía alguna nota de las revistas sobre la realeza que a ella tanto le gustaban. Pero la verdad que aunque tenía los ojos abiertos, Sarah no parecía escuchar nada.

Cuando en marzo comenzó el colegio, con la confección de las carpetas nuevas y la cantidad de materias para organizar yo empecé a verla menos, además me daba cuenta de que la abuela se ponía nerviosa cuando estábamos las tres porque en el cuarto éramos demasiada gente.

Con los pacientes en coma pasa algo raro, como no responden cuando les hablás y tienen los ojos fijos y no podés adivinar lo que están pensando, si una no hace un esfuerzo es como que poco a poco van dejando de ser personas. La abuela un día le dijo a papá que necesitaba el lugar de Sarah para poner su máquina de coser. Así fue como, a falta de otro lugar, mi prima fue a parar al cuarto de los trastos, donde cabía perfectamente paradita y apoyada en la pared entre el secarropas y la lustra enceradora.

Por esa época justo papá había contratado pintores para reciclar la casa y sucedió el accidente: uno de los trabajadores, que ya había pintado la habitación de mis hermanos y la mía, siguió por el cuarto de trastos y sin darse cuenta le dio dos manos de satinol a la pobre Sarah. Por suerte, se dio cuenta cuando en la nariz de mi prima comenzaron a hacerse dos globitos y alcanzó a pincharlos antes de que la pobre se muriera asfixiada.

Como dice mi abuela, uno aprende más de los errores que de los aciertos. Luego del susto, mi papá volvió a reunirnos para decir que habíamos sido insensibles con nuestra prima, que a pesar de no comportarse como lo hacen las personas normales seguía siendo familia y que por lo tanto debíamos tratar de integrarla para que cumpliera con alguno de los deberes de la casa.

En nuestro hogar todo el mundo tenía asignado algo para hacer y eso que hacía constituía su deber. Cuando vivía mi abuelo, él era el encargado de ir una vez a la semana a hacer las jugadas del loto y el telekino, la abuela con su máquina de coser debía hacer las servilletas, los repasadores y las toallas de la casa, Tommy todavía era chiquito pero Andy y Julián cortaban el pasto de la entrada y yo horneaba los brownies y ayudaba a mis hermanos con matemáticas. Esos eran nuestros deberes, así que a partir de ese día Sarah también iba a tener los suyos.

El primer deber de mi prima fue ocurrencia de mamá: cuando por las noches teníamos que salir al cine o a algún cumpleaños, dejábamos a Sarah sentada en el sillón del living con una revista, un cigarrillo en los labios, un piloto con el cuello subido y unos lentes para sol. La idea era que  los ladrones que intentasen entrar siempre se encontrarían con un “seguridad” que les haría fracasar el atraco. A veces, incluso, papá le dejaba la radio encendida a todo volumen y le inclinaba la cabeza hacia el parlante para que pareciera que mientras leía, escuchaba la música siguiendo el compás.

El segundo deber de Sarah surgió cuando llegaron las fiestas de fin de año. Con mis hermanos cada 8 de diciembre armábamos el arbolito de Navidad en el living al lado de la chimenea, y Andy preguntó si esta vez no la podíamos poner a Sarah de árbol. El bastidor de alambre y plástico imitación pino que usábamos ya estaba bastante deteriorado y todos estuvimos de acuerdo. Así que paramos a Sarah junto a la chimenea, yo primero la peiné, le hice unas trenzas preciosas y comenzamos a colgarle las guirnaldas plateadas, las piñas, los copitos de nieve, los globos de vidrio y finalmente le enroscamos las luces de colores. Fue una idea buenísima, la Nochebuena la abuela puso a sus pies los regalos que había dejado Papá Noel y desde la mesa grande yo no pude dejar de contemplar a mi prima en toda la noche, luminosa y bella, como a ella le gustaba verse.

Ese verano, como cada año, mi papá alquiló la casa en Santa Teresita y fuimos a pasarlo a la playa. Sarah viajó en el asiento de atrás con Tomás en la falda y para trasportarla hasta la arena usamos el carrito de las reposeras. Después de dejar las valijas en la casa, al llegar a la playa mamá ordenó que le pusiéramos una gruesa capa de protector en la espalda y mi papá la paró con una mano sosteniendo la sombrilla y con la otra dibujando una “u” para que la familia pudiese colgar los bolsos, los buzos y la heladerita para que no se llenaran de arena. Por eso, a partir de allí mi hermano Julián la apodó “prima perchero”.

Aunque no podíamos hablar como antes, para mí era emocionante que Sarah estuviese ahí con nosotros en la casa de la playa. Por las noches dormía en la cama cucheta encima de la mía y yo podía contarle por horas mis planes de conseguir un novio el próximo año de colegio, o de inventar una vacuna, viajar por la selva africana y curar a la gente de las tribus salvajes.

Y así poco a poco, a pesar de su estado de coma, mi prima pasó a transformarse en un miembro más de la familia. De vuelta en Buenos Aires Sarah tuvo un montón de otros deberes: ayudó a mamá cuando comenzó a dar el curso de maquillaje artístico prestando su cara y sus ojos inolvidables para practicar las técnicas con sus alumnas. Cuando se astilló el parante del techo del galpón, papá la puso de columna para que las chapas no se cayesen hasta que viniese el techista.

Un día la abuela se apareció con una revista del Club de Leones donde promocionaban un concurso de estatuas vivientes, era un evento importante en el que competían candidatos de todo el país y se iba a hacer en un teatro del centro. La estatua ganadora se llevaría una medalla de honor y tres canastas de golosinas surtidas de la cadena mayorista Plencovich Hermanos. Mamá maquilló a Sarah, yo la peiné y la abuela le hizo un vestido de novia de gasa con un velo bordado.

Mi prima ganó el primer premio. Estaba tan bella que vinieron a hacernos una nota del diario La Prensa, el fotógrafo le hizo miles de fotos y nos regalaron una para ampliarla y papá la colgó con un marco en el living. La desgracia fue que mi hermano Andy se comió doce mantecoles y veintitrés chocolatines del premio, se intoxicó y tuvieron que llevarlo al Alemán y hacerle un lavaje de estómago.

Resumiendo, yo la quiero muchísimo a Sarah y estoy feliz de que esté con nosotros, pero por momentos no puedo dejar de pensar en la cantidad de cosas que se está perdiendo de la vida y me da una gran pena. Cuando se aproxima la Navidad, antes de armar el árbol, yo comienzo a tener un sueño que se me repite: faltan unos minutos para las doce, estamos todos sentados a la mesa cuando de pronto miro hacia el árbol/prima Sarah y noto un temblor, es casi imperceptible, miro a los demás y solo yo parezco percibirlo. De golpe el árbol entero parece sufrir un terremoto, varias bolas de vidrio se desprenden y estallan contra el piso, entonces Sarah abre grande sus ojos azules. La abuela da un grito, mi papá se ahoga con el vaso de sidra y mis hermanos se levantan de un salto y empiezan a escandalizar. Sarah entonces me mira y dice “¡Millie, me alcanzás un vaso de coca que tengo la garganta seca!”. Hasta ahí llega el sueño y me despierto.

Pero repito, en la vida real los estados de coma no son como en las novelas de la tele y que Sarah vuelva a ser como antes es un sueño, nada más.


sábado, 25 de abril de 2020

Vallejo por Bartolo


Como toda historia de ovnis, esto comienza en una ruta vacía y de noche. El 29 de enero de 2003, mientras regresaba de unas vacaciones en Alta Gracia, el matrimonio Mir divisó una rara luz en el cielo. Era una noche despejada, por un camino que se abría entre el llano y leves ondulaciones montañosas moteadas de manchas oscuras. La pequeña luz al principio bien podía haber sido cualquier cosa: un satélite, una estrella fugaz, incluso una luciérnaga mutante.

Juancho Mir se lo hizo notar a su esposa Marga. Ella le preguntó si las luciérnagas mutantes existían y en caso de que así fuese si él había visto alguna, y su marido le respondió que sí existían, pero que desde sus años de soltero que no había vuelto a verlas porque estaban casi extinguidas por las fumigaciones.

En algún momento la luz pareció quedarse estática y después comenzó a hacer cabriolas, zigzags y tirabuzones a corta distancia de la ruta. Los Mir se detuvieron al borde del camino para contemplar el fenómeno, pero Bartolo, el bulldog enano de la familia que iba en el asiento trasero comenzó a ponerse ansioso y a ladrar.

La pareja volvió al auto, siguieron camino y por unos kilómetros nada sucedió. O nada dentro de la anormalidad que estaban viviendo, porque pasaron Oncativo, pasaron Tío Pujío, pasaron el cruce de Villa María y la luz continuaba ahí, escoltándolos, imperturbable. A veces desaparecía detrás de un montecito para reaparecer al cabo de un rato.

Marga, que era una aficionada a los libros de Fabio Serpa, comenzaba a preocuparse, pero Juancho la tranquilizó sosteniendo que con seguridad se trataba de un avión comercial en plena travesía Bolivia – Buenos Aires. ¿Qué clase de avión comercial consigue esos giros bruscos, esos ascensos y caídas en picada? “Antes que un avión es más probable que sea alguna de tus luciérnagas mutantes”, protestó ella.

Los Mir eran un matrimonio joven y sin hijos, Marga trabajaba de administrativa contable en la empresa de transportes familiar y Juancho era profesor de lengua y literatura en dos colegios secundarios. Habían adoptado a Bartolo y vivían tranquilos y felices en la ciudad bonaerense en la que habían nacido, y –para ser sinceros- no se los notaba muy alarmados con el fenómeno al que estaban asistiendo.

El objeto luminoso de pronto se les adelantó, se detuvo y comenzó a acercárseles. Era bastante grande, del tamaño de una combi de pasajeros de nueve plazas pero con la forma de una provoleta levemente oblonga. Marga abrió la guantera del auto y sacó unos binoculares que había llevado para el viaje. Vio que tenía una hilera de ventanas y que había figuras detrás de los cristales.

Estaban a un kilómetro de la localidad de Amstrong, donde debían detenerse a desayunar y a cargar nafta y entonces sucedió: la nave se ubicó encima del vehículo y lentamente comenzó a descender hasta casi posárseles en el techo. Entonces sintieron la vibración y oyeron ese ruido, era un zumbido progresivo, como el de la aspiradora que la madre pasa en la habitación de su hijo y que se acerca a la cama donde este la escucha tapado con las frazadas hasta las orejas.

Marga y Juancho se miraron para comprobar que ambos efectivamente estaban viviendo lo mismo y, justo en ese momento, el mundo se volvió gomoso, el aire se espesó, los párpados comenzaron a pesarles y con el auto en plena marcha, sin siquiera bajar un cambio, cerraron los ojos y perdieron la consciencia.

Al despertar -los dos al mismo tiempo y de un sacudón- Marga tenía una medialuna mordida en la mano derecha, el tanque de nafta marcaba lleno, habían pasado el cruce de Alcorta y les faltaban veinte kilómetros para la ciudad de Colón.

¿Qué sucedió? ¿Habían parado en el Automóvil Club, retomado la ruta, viajado ciento sesenta kilómetros -unas dos horas de camino- sin haberse anoticiado? ¿Era eso posible? ¿Y el ovni? Buscaron en el techo del auto, en el cielo azul marino: se había esfumado.

Juancho y Marga viajaron un trecho en silencio, la mujer iba a decir algo cuando desde el asiento de atrás se escuchó:

“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma…”

Era Bartolo, el perro, que fijando una mirada triste en el paisaje recitaba con voz clara y grave. El texto era un clásico del poeta chileno César Vallejo, Juancho lo reconoció.

¿Qué estaba pasando? Ahora sí la mujer tuvo una breve crisis de llanto que enseguida consiguió dominar, luego ambos intentaron derivar la atención, hablaron del trabajo, de la nueva mujer del padre de Marga, y a continuación volvieron al silencio hasta llegar a la casa.

Arribados a la ciudad, cuando finalmente giraron en la esquina y se estacionaron frente a su chalet, a los Mir los esperaba otra sorpresa: allí estaba, con las luces apagadas y estacionado en el fondo del garaje descubierto el ovni con aspecto de queso. Tras el enigmático agujero espacio-temporal de la ruta, los navegantes de alguna forma habían conseguido la dirección del domicilio, se les habían adelantado y ahora allí estaban aguardándolos.

¿Qué debían hacer? Lo debatieron en la cocina sin atreverse a encender la luz. Se sentían confundidos pero al mismo tiempo ambos eran dos mentes modernas, sedientas de experiencias. Descartaron llamar a la policía. “Quizás habría que invitarlos a pasar, luego de semejante viaje por ahí quieren ocupar el baño”, propuso la mujer.

Mientras Marga espiaba por la ventana, Juancho salió al garaje, recordaba la señal de la película de Spielberg y por las dudas la hizo antes de golpearles la escotilla. Descendieron dos seres delgaditos y cabezones, de baja estatura, con grandes ojos negros de mosca, boca y nariz diminutas, el modelo estándar de las postales de extraterrestres.

Por señas, Juancho los invitó a pasar primero al living y luego a la cocina. Marga les preparó unos sándwiches tostados de jamón y queso. Con su apego a los libros de ufología, estaba fascinada con la posibilidad de albergar a seres de otra galaxia. Los hombrecitos no hablaban pero cada tanto se echaban miradas significativas, evidentemente se estaban comunicando por telepatía.

Luego del flan y del café, con espontaneidad Bartolo recitó otro poema de Vallejo. Juancho se preguntó cómo habían hecho los visitantes para dotar al perro de esa facultad y por qué únicamente obras del poeta chileno, siendo que la generación del 38 había sido pródiga en otros nombres, Nicolás Guillén, Pablo Neruda, el mismo Jorge Luis Borges. Pero se sentía exhausto, lo mismo que Marga luego de un día cargado de emociones, así que se fueron todos a dormir.

Al día siguiente, muy temprano, los Mir decidieron cubrir la nave con una lona grande de la flota de camiones de la empresa familiar. Era un barrio de curiosos y lo mejor era la discreción, por lo menos hasta que decidieran qué hacer con las visitas. “Yo no me atrevo a decirles que se vayan”. “Yo tampoco”, coincidía Juancho.

Esa tarde la mujer les pidió la ropa sucia para poner en el lavarropas -llevaban una especie de monos al cuerpo de una tela brillosa que semejaba la piel de un reptil. Los alienígenas se negaron. Aunque no hablaban, a Marga le parecía que tanto ella, su marido, como Bartolo, a los hombrecitos les resultaban simpáticos.  Juancho, a quien le interesaba la mecánica y la electricidad del automotor, logró que le mostraran el sistema de encendido de la nave.

Cuando a la tarde siguiente la mujer fue al mercado, para que cayera como algo natural en el barrio comentó que con su marido se habían decidido a adoptar. Juancho la amonestó por decir semejante mentira. “Se sabe que una mentira invita a otra, hasta hacerse una bola imparable”, protestó. La mujer le rogó, “¿no lo veía? Lo que estaban viviendo era una oportunidad única.

Finalmente prevaleció el criterio de Marga. A la semana siguiente comenzaban las clases y los Mir inscribieron a los hombrecitos en cuarto grado de la escuela normal número 3 (por la estatura tranquilamente daban dos chicos de 9 años) La mujer presentó dos certificados fraguados y los anotaron bajo los nombres de Martín Eduardo y Nicolás Patricio, los mellizos Mir.

En el tiempo que siguió, Marga, Juancho y los alienígenas adoptaron la apariencia de una familia común, parecían felices, se los veía salir de picnic al parque municipal, iban a cenar o a saborear cucuruchos helados en la peatonal del centro. Bartolo, ahora con un carácter mucho más reflexivo y dedicado de lleno al recitado, los aceptó con relativo cariño.

Pero cumplido un mes de clases un suceso desafortunado precipitó los acontecimientos: los hombrecitos habían organizado una pijamada, fueron cinco compañeritos a la casa y Magda, al abrir la puerta de su cuarto, se encontró a los invitados -dos nenas y tres nenes- completamente desnudos y a los hombrecitos palpándolos. Corrió espantada a avisarle a su marido. “¡Te dije que era para problemas!”“¡Quizás solo los estaban estudiando!”“¡Ah, sí, andá a explicárselos a los padres!”, se ofuscó el hombre. Aunque ya era la hora de la cena, Juancho sacó el auto y fue a llevar a los niños a sus respectivos hogares.

Cuando volvió, sentó a los alienígenas a la mesa de la cocina y tuvieron una conversación áspera. Como los hombrecitos no emitían sonido en realidad se lo escuchó solo él. En síntesis les dijo que no sabía ni le interesaba cuáles eran sus hábitos, pero lo que habían hecho allí, si era lo que él imaginaba, constituía un delito gravísimo que se pagaba con la cárcel. Los hombrecitos se miraron, Juancho interpretó que con un brillo de sarcasmo y sin poder controlar la rabia los mando al cuarto sin cenar.

¿Y ahora qué?, se preguntaron esa noche los Mir, mientras comían el pollo recalentado en la cocina. ¿La idea de convivir con dos seres tan distintos había obedecido a una fantasía ingenua? ¿Al impulso ciego a transgredir? ¿Al deseo inconfesado de ser padres? No sabían qué pensar. Fue en ese momento que sintieron la vibración y volvió a producirse el sonido temible -de fondo escucharon la voz de Bartolo, que desde la cucha hacía el recordado “A mi hermano Miguel”, de Vallejo en versión cantada por Mercedes Sosa- luego el zumbido de aspiradora creció, creció, hasta que volvieron a perder la consciencia.

Cuando despertaron los pequeños extraterrestres y la nave brillaban por su ausencia. En la casa faltaban algunos objetos: unos zapatos de taco, un pomo de dentífrico, dos calzoncillos, un viejo carnet de socio del Club Ambos Mundos, un Don Valentín lacrado a medio consumir, nada de importancia. Pero lo más grave los esperaba cuando encendieron la radio: estaban a viernes 6 de septiembre de 1997, o sea, habían retrocedido seis años en el tiempo.

¿Cómo era eso? ¿Por qué había sucedido? Ahora sí decidieron ir a las autoridades, se contactaron con el Departamento de Objetos Voladores No Identificados de la Fuerza Aérea Argentina, se trasladaron hasta un edificio imponente en Buenos Aires, donde los entrevistaron y los hicieron volver en varias oportunidades para aclarar detalles de la historia. Redactaron un grueso informe al que titularon “El caso Mir/Bartolo” y luego nunca volvieron a llamarlos.

La vida completa del matrimonio Mir–y esto es más que comprensible- experimentó un sismo: Juancho prácticamente comenzó su carrera docente de nuevo y Marga regresó a su quinto año perito mercantil. Como pareja dejaron de estar casados y volvieron a la segunda o la tercera salida de novios. El mundo parecía no darse cuenta de nada, era seis años más joven y -salvo ellos dos- disfrutaba con alegre inconsciencia.

Les sucedía algo particularmente frustrante, cuando en la sobremesa de un almuerzo en familia o en una salida con amigos salía el tema de las experiencias con extraterrestres, todos parecían coincidir en que estas eran posibles, pero cuando ellos intentaban introducir la suya y lo del salto que los había traído del futuro, la mitad espiaba sus copas y se reía y la otra mitad los contemplaba con lástima.

¡Y ellos contaban con pruebas, con cientos de pruebas para apoyar sus dichos! Podían nombrar a los próximos campeones en los mundiales de Francia y Corea del Sur, o describir la crisis económica inédita que viviría la Argentina en tres años, o los atentados de las torres gemelas, o los presidentes que asumirían en el país. Pero no había caso, por más que se esforzasen nunca les creerían.

Por esos días Marga consiguió la dirección de una hipnotizadora, fue sola porque Juancho no quiso acompañarla. Cuando la mujer le hizo fijar la vista en el péndulo y se durmió, rápidamente la asaltaron imágenes fragmentarias del suceso de la ruta: vio a Juancho inconsciente junto a ella en el interior del auto, vio a los hombrecitos sacándolos, se vio en el interior de la nave, desnuda y recostada en una camilla. En esas imágenes incompletas Juancho y ella extrañamente estaban despiertos y se mostraban tranquilos y conversadores, incluso los alienígenas luego los acompañaron de regreso al auto y antes de arrancar Juancho les había explicado el funcionamiento de la caja automática y los sistemas de airbag.

Cuando Marga volvió de la sesión y le contó lo que había visto a su marido, los Mir comprendieron que no tenía sentido seguir indagando, ni tratando de hacer entender nada a nadie. ¿En que se transformarían? ¿En esos tristes denunciantes perpetuos, relleno de programas de la televisión en los que son ridiculizados y tratados de locos? Como bien atestiguaban los libros y las investigaciones serias sobre experiencias parecidas, los resultados eran siempre los mismos: la incomprensión y el aislamiento.

Por lo tanto decidieron mirar hacia delante. ¿Qué cosas positivas les dejaba toda esa experiencia? Los seis años de juventud recuperados de golpe les habían renovado el amor y el apetito sexual de sus primeras épocas de novios; por otro lado, la responsabilidad de ser padres –aunque se hubiese tratado de dos alienígenas mudos y adoptados- les hizo ver que era un mandato que no cuadraba con ellos. Además, la experiencia extraterrestre de los Mir también había significado el comienzo de la carrera artística de su bulldog enano.

Bartolo comenzó a ser invitado a los programas literarios de la radio y de la televisión por aire y firmó con una discográfica un importante contrato para la edición de tres compactos con la obra destacada de César Vallejo. En el exterior participó de recitados y ciclos de poesía invitado por la cadena Fox y por la BBC de Londres, experiencias que le fueron dando cierto renombre internacional. Para las interpretaciones en inglés, siguiendo los consejos de Juancho, el perro utilizaba las versiones traducidas del profesor Clyton Eshelman.

jueves, 9 de abril de 2020

VUELO CON FRACTURA

A Gianni S.
Personaje:
Nino


Camarín, se escuchan abucheos, entra Nino escapado del escenario, trae una guitarra que se descuelga y deja a un costado. Tiene un corset ortopédico de la cintura hasta las tetillas, pantalones de cuero, borceguíes, musculosa, cadenas y anillos, escaso pelo largo y el rimmel de los ojos corrido. El corset le impide moverse con naturalidad y en todo momento demuestra fuertes dolores.

NINO: ¡Ayayay! (a los del escenario) ¿Qué hay? ¡Me fui! ¿Y?... ¡Ayay! (a los del escenario) ¿Algún problema? ¡Estoy indispuesto! ¿Cuál es?... ¡Ayay! (a los del escenario) ¿Ah, no? ¿Ah, no? Treinta años de escenario. Ninguno de ustedes existía y yo ya era “Nino Ladescomposición”. Además, ¿eso es público? ¿Lo que ven ahí es público? ¡Un poco de orgullo, por favor! ¡Ostras! ¡Amebas unicelulares! ¡Una convención de empleados del mes con problemas de motricidad, eso son! (busca) ¿Y dónde están las putas toallas? ¡Yo había pedido cuatro toallas! ¡Ayay! La cintura  se me va a prender fuego (vuelve circular con dificultad, sobre unos trastos hay un handy, lo levanta) ¡Hola! (del aparato se escuchará un gorjeo con cada réplica) ¡No señor! Porque no están dadas las condiciones… Físicas, tal cual, no están dadas mis condiciones físicas y tampoco las técnicas. ¡Pero qué carajo tengo que explicarte si vos sos mi empleado!... No, no podés hacer nada, está mal la voz y no escucho la guitarra. El muñeco nuevo ese, el violero, Bonny, Ronnie, pone la guitarra en nueve… ¡Obvio que para mí es baja! ¿Perdón, vos estás insinuando que estoy sordo? Además, ¿quién fue el iluminado al que se le ocurrió que hoy podíamos tocar? (se quiebra, lloriquea) ¡Mirá un cachito como estoy! Estoy bien, estoy bien (suelta el handy donde lo encontró) Una mierda, ya sé que no te importa una reverenda mierda, a vos ni a ninguno de esos. Cuando uno tiene una sensibilidad especial, cuando es un genio que se adelanta a su tiempo termina así, solo como un esquimal (de golpe enloquece, le pega una patada a una silla) ¡Y dónde están las putas toallas que pedí! ¡Ayayay! (va hacia la zona del escenario, espía lo que sucede y vuelve) Es al pedo, después de Zeppelin se fue todo a la mierda. Lo pienso y no me entra en la cabeza. ¡Para quién estoy tocando, por Dios! ¡Hacen pasitos! ¡Alumbran con “sus celus”! ¿Qué tienen? ¿Qué les pasa? (vuelve a agarrar el handy) Hola, anotá, es un sueño de anoche: yo era un medallón de merluza, estaba en la góndola de los congelados, de golpe veía mi imagen reflejada en el vidrio y mi etiqueta decía que iba a vencer. Me agarraba la desesperación, empezaba a los gritos: “Voy a morir, voy a morir”. Mis gritos despertaban a los otros medallones de merluza, a los kanikamas, no sé, a las acelgas congeladas. Todos caían en la cuenta de que ese día iban a vencer. Se creaba un pánico colectivo. ¡Vamos a morir, vamos a morir!, gritábamos. Entonces, represión: se aparecían unos gorilas musculosos con uniforme de repositores y se nos venían encima. Las heladeras de golpe estallaban, y caíamos al suelo. Nos empezábamos a boxear con los tipos y justo ahí desperté. ¿Anotaste?... ¡No insistás, Julián, “ene, o”, no! ¡Vos me torturás a mí!… ¿Ah, sí? “El vuelo de Nino”, “el vuelo de Nino”. Para tu información a un metro sesenta de altura estaba. Y vos fuiste el principal, sí, señor, vos con el resto me pusieron las fichas, empezaron con las señas. ¡Basta, me hartaste! (deja el handy) ¿Qué soy, Ironman? ¿No me ven? ¡Soy un chabón mayor! ¡“El vuelo de Nino”, “el vuelo de Nino”, dale, hacelo, no ves que el público lo pide! Y yo, como un pelotudo, les doy el gusto y salto. ¡Ayayay! (va hacia la zona del escenario, espía lo que sucede y vuelve) ¿Y todo para estos nabos? El mundo ya no tiene sentido. Escuchan reggaetón. ¡Reggaetón! El reggaetón es como tirar dos llaves inglesas en el lavarropas y ponerlo en centrifugado (evocativo) Nosotros si la teníamos clara. Me acuerdo la gira del ochenta y seis con Ozzy Osbourne, nos untábamos el cuerpo con manteca y nos tirábamos sobre la masa. Cuarenta mil tipos aullando como lobos, llevándonos en andas (se quiebra, lloriquea) ¡Éramos como divinidades! Recuerdo ese camarín lleno de gente y Ozzy inhalando hormigas negras. No me olvido más. Y cuando un prensa le pregunta dice “no es droga, las hormigas negras son naturales, no generan adicción” ¡Qué genio! (suena el handy, lo levanta, irritado) ¿Qué hay?... ¿La medicación, qué medicación?... Ah, okey. Diclofenax dos, Indaflex uno y Enalapril uno cada seis horas. ¿Ves que me acuerdo? Pará que hay algo que quiero saber (de un morral saca unos lentes, saca los blisters y se pone a leer las indicaciones) Acá dice que el Indaflex entre sus componentes tiene fluticasona, que es antipirético.Yo soy hipertenso, si consumo alcohol, ¿se puede combinar con Enalapril sin que te suba la presión?... ¿Y cómo sabés, también sos médico?... Ah, preguntaste. Okey, chau (suelta el handy, se traga las píldoras y las baja con agua de una botellita) Igual todos vamos a morir (saca un espejito, se controla el maquillaje de los ojos) Esto está mal, tengo que generar un cambio, no sé, publicar en la Rolling Stones algo (piensa) Que entro en contacto con el espíritu de Jimmy Hendrix, que caigo en trance y el chabón me habla. No, algo con el tema violencia que vende más: una amenaza, que estoy amenazado de muerte (alza el handy) Escuchá, Julián, necesitamos hacer una entrevista, hablá con el de la Rolling Stones, decí que voy a contar todo, que estoy amenazado…Y qué sé yo, por un fan con problemas mentales. Pensá vos, para eso te pago. ¡No, ahí está!: por Alice Cooper. Porque Alice Cooper me robó un tema, tiene miedo que yo lo denuncie y no quiere que salga a la luz…¡No seas dramático! ¿Qué juicio? Yo después hablo, es amigo, le digo que es una movida de prensa… ¡No!, ¿sos sordo? ¡No voy a salir! Y por mí qué rompan todo, qué problema hay, si tenemos seguro (suelta el handy, va hacia la zona del escenario, espía lo que sucede) Amebas haciendo sus pasitos, ¿qué van a romper? Y suponiendo que rompieran algo hago una obra de bien, tiran sus celus, les empieza a irrigar la sangre y vuelven a la vida. ¡Ayayay! La espalda me quema. Como mínimo deben ser tres vértebras fracturadas. ¿Y si quedo parapléjico? “Nino Ladescomposición en silla de ruedas luego de saltar del escenario”, no está mal. Tendríamos que ir a la MTV, que al pelotudo de Julián le hagan contacto dos neuronas y llame al pibe este, cómo se llama, el que trabaja en Abbey Road. ¡¿Pero yo tengo que ocuparme?! ¡¿Yo, el mito, la historia viva del metal, tengo que ocuparme y no el inútil de mi manager?! De todas formas lo de “el vuelo de Nino” fue una vergüenza: veníamos bien arriba con dos o tres clásicos, salimos con “Abuela con motosierra”, pasa el estribillo, viene la parte del riff, yo percibo la vibración y me tiro. Y los hijos de mil putas hacen un claro y me reviento contra el piso. SAME, ambulancia, camilla, suero. ¡Al carajo la celebración! (transición, piensa) No, “el vuelo de Nino”quedó demodé, debería ser otra cosa, debería ser algo shockeante, que transmita un mensaje preciso, algo indubitable (piensa) Uno de los cuatro elementos de la naturaleza es elfuego. ¿Y si me prendo fuego arriba del escenario? (mastica la idea, alza el handy) Escuchá: averiguame cuantos rockstar se suicidaron después de los cincuenta y si alguno se prendió fuego... ¿Y a vos qué te importa? ¡Asunto mío! Julian, estoy tratando de hacer lo que vos no hacés, estoy tratando de pensar estrategias para re-direccionar mi carrera... ¿Qué suicidarme y re-direccionar mi carrera son términos contradictorios? ¡Ah, mirá, ahora resulta que también sos filósofo! Escuchá, no voy discutir, mejor anotá esto. Pará (se presiona las sienes) Ahí me vino: estamos en Lima. No, estamos en Caracas, ¿o en San Pablo? No, estamos en Caracas, antes de tocar –es otro sueño- estamos en Caracas y yo le saco el auto a alguien de la producción, salgo a andar por la ciudad y en una cuadra cualquiera secuestro a una vieja… ¡A una vieja, a una anciana! Veo a esta mujer caminando, paro el auto, la llamo y le pregunto algo para atraerla. Me bajo, abro el baúl como para buscar algo, entonces cuando la vieja se aproxima la meto en el baúl y arranco. Y la llevo a dar vueltas por la ciudad. La pobre mujer golpea con un destornillador la puerta del baúl para que la libere, me dice cosas y yo subo la música de la radio para no escucharla. Es re-loco, ¿no? Como el del medallón de merluza, debe tener muchos significados. ¿Anotaste?... ¿Cómo para qué? ¿Sos idiota? Para la biografía ¿No habíamos quedado en que yo te iría contando cosas y vos ibas a escribir mi biografía?... ¡No, no empieces de nuevo, “ene, o”! ¡Porque no voy a salir! Mirá, me inflaste los huevos, sabés qué, decile al coso ese que traiga la limousine y me voy al hotel… ¿Cómo que qué voy a ir a hacer al hotel? No precisamente a dormir, ¿no?…Y obvio que sí, chabón, soy Nino Ladescomposición,  “DEBO” romperlo. ¿Qué estrella del rock no demuele la habitación del hotel de su gira?... ¿Por qué sos tan dramático, Julián? Si también tenemos seguro (suelta el handy) No hay caso, está más allá de su comprensión, el muñeco este no va a entender nunca. ¡Ayayay! (mira hacia la platea) Es raro, pero desde que me fui del escenario veo… (se acerca al borde de la platea y mira, descarta la idea, se vuelve) No, no puede ser. Pero desde que entré, sin embargo, es como que veo… (se acerca, mira nuevamente, se presiona las órbitas de los ojos) como si viera… gente. Lo único que falta, que sin drogarme empiece a alucinar (busca en el morral, se pone los lentes mira la medicación que tomó, vuelve a mirar a la platea y se incorpora de un salto) ¡Mierda, es gente! (cuidadosamente alza el handy) Escúchame, Julián, vos me dijiste que la medicación para lo de la espalda no tenía contraindicaciones, ¿correcto? Bueno, estoy en el camarín y sobre todo un lateral estoy viendo gente… ¡Gente, nabo, no sabés lo que es gente! Qué sé yo, sentados, en filas, como si estuvieran en la platea de un teatro. ¿Estoy teniendo una especie de alucinación?… ¿Y qué sé yo que cara? ¡Ayayay! (le duele la espalda, se acerca con cuidado, observa individualmente a un par de espectadores) No parecen muy felices… ¿Qué no son alucinaciones, que es una señal? Ah, mirá... ¿Con esas expresiones me están diciendo… (reacciona) ¿Me estás apurando, Julián? ¡A mí nadie me apura y menos vos! ¡No voy a volver! Sí, “es mi arte” y todo lo que quieras, no digo que no, pero (camina nervioso)… No sé, Julian, no sé. Ya soy un hombre mayor y vos me confundís, no sé. ¿Vos decís que vuelva y que arranque directo con “Abuela con motosierra”? ¿Y en el riff repita “el vuelo de Nino”?... Vos me querés asesinar! ¿Otra vez el vuelo de Nino? ¿Pero y si hacen de nuevo el claro y… Ves, por primera vez te escucho decir algo. Lo entendiste, chabón, finalmente lo entendiste. “Eso” es rock (va hasta donde está la guitarra, se la cuelga) ¡Un gesto claro, directo, una lección de cómo plantarse ante toda esta mierda! ¡Si muero, muero en mi ley! ¡Soy Nino Ladescomposición, soy la divinidad, soy la historia viva del hard!. Hacele señas a los nabos estos, que arranquen con la introducción. ¡Vamos! ¡Aguante el rock! ¡Vamos! (sale al escenario, se escuchan aplausos, gritos, una introducción de guitarra, unos segundos de silencio y un golpe fuerte)
APAGÓN            

viernes, 6 de marzo de 2020

Tackle al cuello


PERSONAJES:
JUGADOR
ENTRENADOR


Entretiempo. Vestuario. Entra el JUGADOR con la pelota en las manos, embarrado, Se sienta en la banca. Se muestra nervioso, se incorpora, camina, vuelve a sentarse. Entra el ENTRENADOR.

ENTRENADOR (a alguien afuera): ¡Aguanta un segundo, Willy, que ya estoy! (cierra la puerta, al JUGADOR) ¿Qué te pasa? Rama, ¿qué te pasa? No entiendo. Decime, ¿qué te está pasando?

JUGADOR: Ufff, es que… mire,
couch

ENTRENADOR (consulta anotaciones en el display del celular): Minuto cinco, patada a cargar, vas corriendo como un kamikase, pegás el salto, de pronto estás arriba. ¿Y knock-on? ¡Hace cinco años que no hacés un knock-on!

JUGADOR: Sí, mire, couch

ENTRENADOR (consulta en el display): Minuto doce, situación confusa en un maul, se arma un ruck y vos en lugar de pasar terminás con la cara mirando el culo del hooker. ¿Qué te está pasando, Rama?

JUGADOR: Me resbalé y de pronto tenía el culo acá…

ENTRENADOR: A ver, decime, no sé, ¿te llevaste puesto a un ciclista con la chata?

JUGADOR: No, cómo dice eso, couch.

ENTRENADOR: ¿Embarazaste a una chinita?

JUGADOR: Por favor, yo me cuido.

ENTRENADOR: Bueno, ¿tenés, gente secuestrada en el sótano de tu casa como el Ale Puchio?

JUGADOR: No haga esos chistes, son de mal gusto.

ENTRENADOR: Bueno, entonces no entiendo, Rama, help me, ayudame a ayudarte.

JUGADOR: Es que no necesito ayuda.

ENTRENADOR: ¿Ah, no necesitás ayuda? Rama, vos sos un jugador excepcional, sos un líder. Pensá, ¿dónde están tus compañeros de división, eh? Jugando torneos de veteranos, en desafíos solteros contra casados. En cambio vos seguís resplandeciendo como un pibe de veinte.

JUGADOR (evasivo): No sé, couch, eso el lo que usted dice, yo no estoy tan de acuerdo. Para mí es como que yo…nada, yo estoy dejando todo.

ENTRENADOR: ¡¿Perdón?! ¿Dejando todo? ¡Rama, vos no estás dejando todo!

JUGADOR: Bueno, no sé, a ver, yo lo que creo es… ¿Qué todos cometemos errores? Bueno, sí, todos cometemos errores. ¿Qué todos a veces fallamos? Sí, todos a veces fallamos. Pero usted está poniendo sobre mis hombros un peso inconmensurable. Yo no me puedo hacer cargo de errores que (farfulla adrede, no se entiende) y somos quince, somos un equipo.

ENTRENADOR: Un equipo, exactamente. ¡Un equipo único, explosivo! ¡Quince gladiadores que hoy están jugando la final de sus vidas! Y vos te quedaste sin nafta, Rama. ¡Te quedaste sin nafta!

JUGADOR: Bueno, puede ser, sí, puede ser que hoy tenga Súper en vez de Infinia. Pero usted me conoce, sabe que yo voy para adelante como un tractor, entreno toda la semana, mire el cuello que tengo, lo miro a Serafo y ¡musculo, musculo, musculo!

ENTRENADOR: Sí, sí, sí, pero eso no se ve, hoy eso no existe. Hasta te veo dudoso de tacklear. ¡Y vos siempre fuiste una fiera tackleando!

JUGADOR: …

ENTRENADOR (cambiando): Me hacés acordar tanto a ARZ.

JUGADOR: ¿A quién?

ENTRENADOR: Arturito Rodríguez Zapiola. ¿No lo viste jugar?

JUGADOR: Vi videitos.

ENTRENADOR: ¡Ah, lo que era ese fenómeno! Un segunda línea digno de Los Pumas. ¡Cómo takleaba! ¡Y cómo saltaba en el line! Y ojo que en esa época no te podían ayudar, tenías que saltar solo. Nos entendíamos con solo mirarnos (volviendo) Bueno, pero ahora tenemos un problema vos y yo. Decime, con toda honestidad, ¿qué te pasa con el pilar?

JUGADOR (salta como un resorte de la banca): Que ¿qué me pasa con el pilar?

ENTRENADOR: Sí. ¿Qué te pasa con el pilar?

JUGADOR: ¿Qué me pasa?

ENTRENADOR: ¿Sos pavote? Es lo que te estoy preguntando.

JUGADOR: Usted dice puntualmente…

ENTRENADOR: Sí, puntualmente. el pilar derecho de ellos, Pico Pardo Mariátegui. ¿Qué te pasa? ¿Por qué no lo estás tackleando?

JUGADOR: ¿Ah, usted dice por esa jugada, que pega un amago por un lado, pega un amago por el otro y se viene por el ciego?

ENTRENADOR: Sí.

JUGADOR: ¿Y que entonces me encuentra a mí y se viene, se viene, se viene…?

ENTRENADOR: Sí.

JUGADOR: Usted me conoce, sabe que si yo te tengo que dar, te parto abajo.

ENTRENADOR: Sí.

JUGADOR: Porque ¿quién me enseñó?

ENTRENADOR: Yo te enseñé.

JUGADOR: ¿Y cómo se tacklea?

ENTRENADOR: ¿Pero me estás preguntando a mí cómo se tacklea?

JUGADOR: No, couch, es una pregunta retórica. Por supuesto que sé cómo se tacklea, se afirma el hombro (farfulla adrede, no se entiende) y se pega el hombrazo.

ENTRENADOR: Correcto, se pega el hombrazo.

JUGADOR: Y bueno, yo estoy ahí, en ese momento, me planto, trabo el hombro y de pronto, no sé, me imagino que soy Russell Crowe en medio de la arena romana. Gladiator, ¿la vio? ¡Un peliculón!

ENTRENADOR: Sí, un pelilculón.

JUGADOR: Son ese tipo de cosas a mí me suman.

ENTRENADOR: Suma, correcto: imagen heroica motivacional.

JUGADOR: Y entonces en ese momento digo: “¡Hey, men, agarrate este tackle!”

ENTRENADOR: Sí, ¿y?

JUGADOR: ¿Y?

ENTRENADOR: ¿Y?

JUGADOR: Y no.

ENTRENADOR: Y no, claro que no. Bueno, vení, sentate (el JUGADOR, abatido, se sienta en la banca y el ENTRENADOR se ubica a su lado) Rama, yo lo que necesito es que confíes en mí. Es la única manera de ayudarte. Es muy simple, me decís “couch, me pasa esto”, “couch, me pasa lo otro” Y lo arreglamos acá, entre vos y yo, entre estas cuatro paredes. No sale de acá y para mí se acabó, sefini, asunto cerrado. Hablá. Te escucho.

JUGADOR (luchando con lo que tiene que decir): Bueno, mire, couch, a mí… me pasan cosas.

ENTRENADOR: Cosas… ¿Qué cosas?

JUGADOR: Cosas, couch… Cosas que, no sé, que no puedo controlar, que me dominan, que son más fuertes que yo, que el rugby, que el club…

ENTRENADOR: ¡Epa!

JUGADOR: Que la familia, que el mundo, que el Universo.

ENTRENADOR: Mirá vos. ¿Are you sick?

JUGADOR: No lo sé. Puede ser. Puede ser, ahora que usted lo dice, que esté un poco sick.

ENTRENADOR: Explain me. Desarrollá el tema.

JUGADOR: Estoy en pleno juego, estamos ahí, pasándonos la pelota y de pronto es como que me salgo de mí mismo y me digo: “¡Hey, hey, men, Rama, wake up! ¿Qué hacés en medio de toda esta gente corriendo atrás de una pelota?

ENTRENADOR: ¡Epa! ¿Y entonces?

JUGADOR (alucinado): Es que yo, couch, en ese momento ya no veo una pelota.

ENTRENADOR: Ah, ¿no? ¿Y qué ves?

JUGADOR: Un corazón.

ENTRENADOR: ¡Epa!

JUGADOR: Veo que nos estamos pasando un corazón, palpitante, lleno de vida. Y de pronto miro a mis contrincantes y ya no veo a enemigos. ¿Sabe qué veo? Seres humanos, couch. Seres humanos que están ahí con sus bajezas y sus grandezas. Seres que se acercan con su 
personalidad, con sus creencias, con su cultura.

ENTRENADOR: ¿Con su cultura?

JUGADOR: Sí, seres que vienen hacia mí a intercambiar experiencias. Y es en ese momento cuando esta voz adentro mío me dice: “¡Hey, Rama, reaccioná, hay que  hacer el amor, no la guerra, man!…

ENTRENADOR: Y decime una cosa, ¿este fenómeno desde cuándo…?

JUGADOR (señala): Desde la última vez que jugamos contra este mismo equipo.

ENTRENADOR: ¡Ah, bueno, ya sé!

JUGADOR: ¡No, couch, espere, no haga conjeturas, mire, yo ahora voy a salir por esa puerta y le prometo que voy a ser el mismo Rama demoledor de siempre! Sí, porque yo ya me di cuenta que esto es una cuestión de concentración, de enfoque.

ENTRENADOR: ¿Ah, sí? ¿Y vos en quién te estás enfocando? (el JUGADOR acusa el impacto) No me digas nada, ya lo sé, en ese jugador excepcional, veloz para ser pilar, con mucha presencia en la cancha y muy pillo. Estoy hablando de Pico Pardo Mariátegui.

JUGADOR (descubierto): Sí, couch. Es él.

ENTRENADOR: Lo sabía. Como dijo Porta, o Mandela, no recuerdo bien, “esta noticia es como un tackle al cuello”.  Sin dudas fue mi error…

JUGADOR: No, couch.

ENTRENADOR: Sí, me distraje. ¿Cómo no me di cuenta? ¿Cómo no lo vi? Te dejé solo. Pero pará, pará, sin embargo vos en los últimos partidos estabas tackleando.

JUGADOR: ¡Acting, couch, acting! ¡Disimulé! De alguna manera pude ahogar esto que siento y pude ser el Rama imparable de siempre. Pero hoy, cuando entramos y lo vi ahí calentando. Estaba con las medias bajas y con sus gemelos al viento (el ENTRENADOR, oprime la pelota, paulatinamente se va excitando con la descripción), de pronto clava sus ojos en mí, con esa mirada penetrante, agarra el bidón, comienza a beber y de golpe el agua que se le chorrea y corre por sus pectorales bronceados (al ENTRENADOR se le cae la pelota al piso) ¡Couch, prométame que no va a decir nada, eh!

ENTRENADOR: Pero claro que no.

JUGADOR: ¡Prométamelo!

ENTRENADOR: ¡Quedate tranquilo, pichón, no seas pavote!

JUGADOR: Usted me conoce, yo había preparado todo, yo sabía que en algún momento ellos iban a atacar por el lado de Pico, porque es su estrella. Estaba preparado para ese momento y un segundo antes de dar el tackle… lo vi.

ENTRENADOR: ¿Qué viste?

JUGADOR (alucinado): Es difícil de explicar, porque por un lado yo veía que venía, venía, venía ese pilar salvaje hacia mí. Y por otro lado, veía un ser… como de luz.

ENTRENADOR: ¿De luz?

JUGADOR: Sí, como un alma llena de encanto, de inocencia, de alegría. No sé. Y cuando lo voy a tacklear lo vi tan vulnerable.

ENTRENADOR: ¡¿Vulnerable?! ¿Vulnerable a esa bestia de dos metros? ¡Con este asunto de que no lo estás tackleando ya nos metió cuatro tries seguidos y estamos veinticinco puntos abajo!

JUGADOR: ¡Sí, me bloqueé, couch, me bloqueé! No sé, en vez de tacklearlo me nacían ganas de darle un abrazo, de decirle: “¡Pucha, Pico, qué bien me hacés, viejo!”. Pero le advierto, couch, él también me ama. Y después del partido vamos a huir juntos.

ENTRENADOR: ¿Huir? ¿Adónde?

JUGADOR: No lo sé, al campo.

ENTRENADOR: ¿Al campo?

JUGADOR: A la Pampa Húmeda. A comenzar una vida de cero (en un increscendo) Entre los gauchos, la chacarera, el mate, la baguala, la chacarera doble, el facón, el fogón.

ENTRENADOR (con tono gauchesco): ¡Bueno, bueno, basta! Yo soy el entrenador /
y acá vengo a dar mi razón / el partido hay que jugarlo con tesón / y que Pico si quiere espere su turno / porque Rama, Rama es el campeón…

JUGADOR (aplaudiendo): ¡Bien, muy Vizcacha lo suyo, muy bien!

Suena un celular, el JUGADOR lo busca en el bolso.

ENTRENADOR: Te dije que acá lo silencies.

JUGADOR: Es Piquín. ¡Hola, Pico! (el ENTRENADOR le arrebata el teléfono) ¡No, qué hace!

ENTRENADOR: Hola, Pico…Sí, soy el couch. No, no cortés.Te quiero decir algo: lo que hacés es de poco caballero y de pésimo deportista... ¡No, señor, incide en el juego, claro que incide! Con este asunto que Rama no te está tackleando ya nos metiste cuatro tries al hilo, estamos veinticinco puntos abajo en la final y me decís que no incide! ¿A vos te parece bien eso, te parece bien? (tiempo, aparta el celular, al JUGADOR) Creo que está llorando (al celular) Hola, sí, hola… (al JUGADOR) Cortó (el JUGADOR le arrebata el celular)

JUGADOR: ¡Qué hace, couch, qué hace! Yo confiaba en usted.

ENTRENADOR: I’m so sorry.

JUGADOR: ¡Uf, adiós al campo, adiós a la chacarera! (vuelve a la banca, tiempo, cambiando) No, perdóneme usted. No sé qué tengo. Lo que me pasa no es normal.

ENTRENADOR: Bueno,  ¿qué es normal y que no es normal en esta vida, Rama? Te veo ahí sentado, en la misma banca en que estaba ARZ cuarenta años atrás, con ese físico torneado, la mirada penetrante y esa sonrisa perturbadora. Un día me dijo “me voy a Australia” y he broke my heart, me partió al medio (cambiando, se sienta junto al JUGADOR, le pone una mano en el hombro) Mirá, pichón  uno tiene que ser lo que es. Y vos tenés que “ser”, Rama!  La rivalidad y el amor no son incompatibles. Seguramente vas a ser feliz con Pico en la Pampa Húmeda, en la Pampa Seca, o donde sea. Pero ahora quiero que salgas a esa cancha y lo tacklees como nunca. Repeat conmigo: voy a tacklear y voy a ser.

JUGADOR (respondiendo paulatinamente): Voy a tacklear… y voy a ser.

ENTRENADOR (señalándole el centro del vestuario): ¡Párate ahí! ¡Repiqueteo! ¡Voy a tacklear y voy a ser!

JUGADOR (ocupando ese lugar y moviendo las piernas en repiqueteo): ¡Voy a tacklear y voy a ser!

ENTRENADOR (increscendo): ¡Voy a tacklear y voy a ser!

JUGADOR: ¡Voy a tacklear y voy a ser!

ENTRENADOR: ¡Voy a tacklear y voy a ser!

JUGADOR: ¡Voy a tacklear y voy a ser!

De golpe ambos comienzan a bailar y a cantar el haka neocelandéz.

ENTRENADOR Y JUGADOR:
Ka mate! Ka mate! Ka ora! Ka ora!
Ka mate! Ka mate! Ka ora! Ka ora!
Tenei te tangata puhuruhuru
Nana i tiki mai
Whakawhiti te ra
A upane! ka upane!
A upane kaupane whiti te ra!
Hi!!!

APAGÓN