sábado, 30 de junio de 2018

Tengo una vieja en el baúl


Tengo una vieja en el baúl. Así, como se lee. Puede sonar fuerte pero no es un invento, más bien es absolutamente cierto. Tengo a una persona de más de ochenta años, de sexo femenino, cabellos blancos, creo que con pollera floreada y un saquito, viajando en la parte trasera de mi auto.

¿Cómo sucedió? ¿Cómo es que suceden este tipo de cosas? De la forma más natural y al mismo tiempo más insensata: vengo por avenida Díaz Vélez casi Medrano de hacer una visita a un cliente, cuando de golpe veo caminando a esta anciana por la vereda. Juro que no sé lo que pensé, pero de golpe clavé los frenos, me bajé y le hice una seña para que se acercara. La mujer que se detiene y, mientras se acerca me mide. La noto vacilar: “Vos sos Luis María, el hijo de Mabelita, el de la pollería, ¿no?”. Le respondo que sí y entonces ella se relaja, me pregunta cómo está mi madre, yo le digo que bien y entonces agrega que es extraño, pero que la última vez que me vio juraría que yo era unos veinte centímetros más bajo. Le digo que eso es por el básquet, que empecé a entrenar básquet y que está demostrado que los estiramientos hacen crecer hasta medio metro.

Mientras entablamos este diálogo extravagante, yo siento como un hormigueo en el cuerpo, abro el baúl del auto y simulo buscar algo en su interior. Ella me pregunta cómo está de salud Osvaldo, yo me pregunto a velocidad quién será el tal Osvaldo, si el tío de Luis María o el cajero de la pollería. Le respondo que recuperándose de la operación del riñón. La anciana abre la boca con ojos desorientados y antes de que pueda decir algo más yo la levanto por las axilas, la meto dentro del habitáculo y cierro la tapa.
¿Se puede hacer algo así, gratuitamente, sin una razón? Evidentemente sí porque yo lo hice, y en este momento, como cualquier hijo de vecino suele llevar la rueda de auxilio, el gato, las plegadizas para el camping, o los rollers de su hija menor, yo estoy llevando a una anciana desconocida en el baúl.

Ustedes no me conocen y no tienen por qué creer nada de lo que escriba, pero puedo jurar que no soy un secuestrador, tampoco un depravado, no tengo antecedentes penales, soy un tipo común con un trabajo común -vendo sistemas de rastreo satelital para camiones-, a veces insulto si me encierra un taxista, o pierdo la paciencia con mi hijo mayor, o recuerdo a la madre de algún delantero que veo por la tele. ¿Qué quiero decir con esto? Que no soy mala gente. Reconozco, sí, que me impliqué en un hecho grave, pero sin embargo en todo esto quizás haya algunos signos oscuros, elementos que se escapan a una mirada superficial. ¿Y si lo que hice así, de una forma atolondrada y automática, tiene que ver con una señal? ¿Si obedece a algún tipo de mensaje difuso que todavía no se deja ver del todo?

Desde hace un tiempo a esta parte uno tiene la sensación de que en la calle puede suceder casi cualquier cosa. Compartirán que si prestamos atención hay signos que demuestran que algo rápidamente se deteriora. Se percibe en el aire, en las caras, en los movimientos de la gente, uno adivina como una cuenta regresiva, un conteo ominoso. Y en determinado momento, paf, los automovilistas dejarán de detenerse en las bocacalles, los aviones van a chocar de frente en lo alto del cielo, la gente irrumpirá en los súper a tomar lo que necesite y zanjará sus diferencias estrangulando y acuchillando a su vecino con un gesto incrédulo, una luz de interrogación en la mirada.

Ante semejante panorama, ¿qué importancia tiene el acto de alzar a una anciana, meterla por un rato en un baúl, transportarla de un barrio a otro de la ciudad y todo esto en forma totalmente gratuita? ¿No debería invertirse el signo de la acción para convertirla en una voz de alerta? ¿El llamado de atención de un ciudadano sensible que ve acercarse la tragedia y no repara en brindar su sacrificio y tal vez terminar en la cárcel, si eso sirve para salvar a toda la especie humana?

Mientras pienso esto sigo avanzando por Diaz Vélez y doblo en Salguero. El tráfico a pesar de la hora de la mañana fluye tranquilo. Me detengo en un semáforo y por detrás del asiento trasero escucho bajito “qué barbaridad”, “adónde vamos a ir a parar”. ¿Por qué será que a partir de cierta edad, no importa lo que haya hecho con su vida, la gente termina diciendo las mismas frases? “Qué barbaridad”, “adónde vamos a ir a parar”. Prendo la radio y subo el volumen para no escuchar.

Soy consciente de que la situación va a tener que resolverse pronto: en veinte minutos tengo que estar en casa para recoger a Magda e ir juntos al supermercado a hacer la compra semanal. ¿Qué pasaría si mi mujer abre la tapa del baúl y se encuentra a esta señora? ¿Cuál sería su reacción? Superada su hernia de disco y mis ataques de pánico, nuestra pareja está pasando por un buen momento, estamos criando a Rodo y a Juli, la vida nos trata con relativa armonía. Sí, definitivamente sería mejor que cuando Magda abra el baúl para cargar las bolsas con los rollos de cocina y las latas de atún, este se halle libre de ser humano alguno, pertenezca a la franja etaria que pertenezca.

Ahora sí -no había reparado en un ruidito insistente que suena desde hace un par de minutos-, la anciana está golpeando con algo metálico el interior de la tapa, ¿la llave del gato, la pinza pico de loro? Bajo la radio y ella aprovecha la pausa para hablar: me pregunta si no me da vergüenza, si yo no tengo madre. ¿Si yo no tengo madre? ¡Y claro que tengo madre! ¡Pero a mi madre, señora, yo la cuido, no la dejo andar sola, ni subirse al auto de cualquier desconocido! Sin advertirlo alcé la voz. ¡Pero mirá vos el atrevimiento! Qué sabe esta mujer de mi vida y –además- quién le da confianza para opinar de mi familia. Aprovechando la onda verde de Salguero piso el acelerador y el zumbido del motor apaga sus protestas.

No quiero que suene a justificación, pero tampoco está bien que la gente de edad ande sola por la calle. Señores hijos, ¿es sensato dejar a los viejos librados a su suerte cuando van a la consulta médica, al hacer  las compras, o si tienen que tomar el subte? Uno los ve por la ciudad, ajenos, extraviados. Y ni hablar cuando van a cobrar la jubilación al banco. Acaso no soy yo el responsable de llevar al padre de Magda cada primer lunes de mes, sostenerlo en la cola por si sufre alguno de sus vahídos, escoltarlo hasta la caja y luego llevarlo de regreso a su casa. La culebra ciega de la existencia se muerde la cola y el adulto otrora astuto y desconfiado se transforma en el niño crédulo e inocente que alguna vez fue. Invitación irrevocable al robo, al secuestro extorsivo, cuando no a la violación seguida de muerte.

Dejo Salguero y debo doblar a la derecha. ¿Entro por Paraguay o voy por Güemes? Por una u otra estoy a unas diez cuadras de mi casa. Demasiado cerca. A los golpes con la pico de loro, la energúmena ahora agrega gritos: “¡Policía! ¡Policía!”.

En las películas sobre los carteles de la droga los narcos cargan en la cajuela a sus rivales para luego tirarlos en el desierto de Arizona. Yo necesito un plan b, puedo bajarla e intentar tejer un engaño: decirle por ejemplo que luego de la operación de riñón el pronóstico de Osvaldo es desesperante, que la situación me llevó a un estrés incontrolable que me hace cometer barbaridades. Para eso sería de ayuda que el tal Osvaldo por lo menos fuese familiar cercano. Posibilidad dos: que la acción completa, esto es: detención, llamada, introducción en el auto y transporte, fuese parte de la “prueba Renault” para testear la comodidad de los baúles. Totalmente absurdo.

Quizás debería volver al origen, actuar de la misma forma en que comenzó toda esta historia, dejarme llevar por el impulso, detenerme en una cuadra cualquiera, abrir el baúl, sacar a la señora, subirme al auto y arrancar.  Difícil salir indemne, la ciudad está llena de cámaras y resultaría imposible no quedar registrado.

Llegando a Gallo se enciende el display del celular: ¿Por dónde andás? Es Magda que ya está lista para ir al súper. Amo la seguridad de mi mujer, la decisión con que encara cada situación. Cuando yo me aturullo ella sabe resolver, como cuando el crédito para el viaje a Disney, o la quebradura de Juli con los rollers.  De todas las opciones posibles, quizás la conveniente sea dejarla hacer a ella. Que suba al auto, que de alguna forma yo haga las presentaciones, que Magda convenza a la anciana de abandonar los gritos y desde el asiento trasero le hable. Las mujeres tienen sentido práctico y enseguida congenian. Aunque el varón siempre quede como un estúpido, como un inútil a quien las cosas siempre se le caen de las manos. Después si quiere la podemos alcanzar hasta la casa, o hasta donde quiera, aunque se nos haga un poco tarde para la compra. Somos seres civilizados. Al menos por el momento, porque como decía, cada vez  tengo peores sensaciones con lo que sucede en la calle, la gente está rara, el mundo en su conjunto está raro y en cualquier momento va a pasar algo tremendo.
Llegando, le wasapeo a mi mujer. Ya estoy a dos cuadras.

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